CAMBIOS EN PUNO
François
Bourricaud
Institut français d’études andines
Cambios en Puno
La tesis indigenista
La organización agraria precolombina
El ayllu precolotmbino
Hacienda y encomienda
LA COMUNIDAD
En busca de una definición
La organización social de Ichu
El pueblo
Minifundios
La comunidad y su territorio
El ayni
Hostilidad y vecindad
Propiedad y embrollos
La integración de la comunidad
Organización política de la comunidad: la
doble jerarquía
Los mandones y su poder
Jerarquía del prestigio
El apego a la comunidad
La hacienda
Hacienda y dominio
El patrón y sus empleados
El patrón y sus indios
La hacienda y sus problemas de
organización
LA REFORMA DE LA HACIENDA
La cuestión agraria
NOTES
NOTES DE FIN
TABLE DES
ILLUSTRATIONS
Capítulo 3.
Dinámica cultural: homogeneización y diferenciación*
La organización familiar
El nacimiento y los primeros padrinos
La escuela y el maestro
La escuela y el alumno
“Saber amar”
Folclore: la amante de la serpiente
La amante del cóndor
La joven
El seductor
“La felicidad de ser amado”
“Ser macho”
La sexualidad indígena vista por losmistis
El servinacuy
La dislocación del lazo familiar
La ceremonia del matrimonio
Los padrinos
El papel de la mujer
El susto
El curandero y el brujo
La muerte y los condenados
El ñakaq
Las huacas
El cura y el sacristán
Inkarri
Los adventistas y la moralización del
indígena
Las fiestas
La fiesta patronal de Ichu
El carnaval de Puno
Significación de la fiesta
NOTES
NOTES DE FIN
TABLE DES
ILLUSTRATIONS
Conclusión.
¿Cholificación?
NOTES
Institut français d’études andines
Cambios en Puno
Capítulo 1. Presentación de la ciudad de Puno en 1953
Capítulo 2. El conflicto de
intereses: la estructura agraria
p.
81-141
·
1 Bloch, Marc, “Le probleme des régimes
agraires”. EnBulletin de l'Institut Français de Sociologie, (...)
1No basta abrir los ojos para observar; muy a menudo no vemos la realidad porque los prejuicios
envuelven nuestra percepción. Durante las primeras semanas de nuestra estancia
en Puno estábamos obsesionados por la investigación de las supervivencias
comunitarias. La cultura incaica fue recubierta por aportes españoles y
cristianos y muy a menudo encontramos que en las tradiciones indígenas hay
menos creencias y ritos propios de los autóctonos que costumbres de la España
del siglo xvitransportadas a
América. La magia de los indios que tan constantemente mezcla objetos de culto
católico, crucifijo y rosario, con la hoja de coca o con la grasa de la llama, untu,
merece un estudio especial. Pero ¿no encontraríamos intactas en la estructura
agraria algunas de las características distintivas de la gran civilización tan
trágicamente interrumpida por la conquista española? La rotación de las
cosechas, las técnicas de cultivo, cambian más lentamente que los códigos y los
regímenes militares o políticos. Aun cuando sea absurdo considerar a las
sociedades rurales como inmóviles, la actividad del campesino muestra “mucho
más netamente que cualquier otra” la profunda solidaridad del presente y del
pasado.1
La tesis indigenista
·
2 En 7 ensayos
de la interpretación de la realidad peruana. Mariátegui reproduce con una fuerza y au (...)
·
3 Para la definición de la palabra ayllu véase las páginas siguientes: El aylluprecolombino.
·
4 Véase Mariátegui, ob. cit., p. 70. “Si el
comunismo incaico no fuera evidencia histórica incontest (...)
2En un libro que ha contribuido bastante al diseño de la imagen
que el peruano de hoy se hace de su propio país2 José Carlos Mariátegui
sostiene que el ayllu3 o comunidad indígena prolonga
hasta nuestros días la organización comunista de los incas4 Frente a esta institución, en
la que se habrían conservado todas las virtudes ancestrales, Mariátegui
describe la hacienda, producto de la rapiña, de las exacciones y de la arbitrariedad
de los conquistadores. Esta antítesis es constante en la ideología del Perú
contemporáneo. Los “indigenistas” la usan como base de su programa agrario:
expropiar a los expoliadores y devolver a los indios las tierras de las que han
sido despojados. Esta antítesis, una vez que se modifica el valor asignado a
cada uno de los términos, guarda toda su fuerza para los conservadores: la
comunidad nada agrega a la producción nacional; los indios que la componen
viven hundidos en la rutina y producen a lo sumo para su mantenimiento. Tal
contraste entre hacienda y comunidad se impone a primera vista. En la región de
Puno se oponen dos sistemas político-jurídicos; allí, como en todo el Perú, se
concibe la propiedad privada según las categorías del Derecho romano
occidental, llevado por los conquistadores españoles y confirmado cuando no
reforzado desde la Independencia; pero, por otra parte, sobreviven y
probablemente en Puno más que en ninguna otra parte de la república, costumbres
relativas a la posesión y a la propiedad de las tierras, a las modalidades del
trabajo y a los cultivos que se pueden calificar con mayor o menor precisión
como comunitarios y cuyo origen incaico, o aun precolombino, generalmente es
admitido. La vida de las aglomeraciones rurales, de fuerte predominio indígena,
está regida por un sistema más o menos coherente de costumbres que se
desprenden del segundo sistema; más concreta se encuentra en Nuestra
comunidad indígena de
Hildebrando Castro Pozo (Lima, 1924): “Todavía hoy las tierras comunales
pertenecen a todo el ayllu, es decir al conjunto de familias que constituyen la
comunidad [...] Cada familia posee una parcela de tierra que cultiva, pero que
no puede alienar porque, en realidad, no le pertenece [...] Hay dos categorías
de tierras, las que se cultivan en común y que están consagradas a algún santo
y las que poseen cada familia para sí, esta últimas se tiene de por vida [...]
hasta que vuelven a la masa después de la muerte del jefe de familia que tenía
el usufructo”. Castro Pozo destaca la fuerza de las tradiciones comunitarias
pues, según él, las tierras son de propiedad colectiva; y cuando no lo son,
serían objeto de una posesión familiar vitalicia. El autor alega hechos
recogidos en el centro (Muquiyauyo) y norte (Cajamarca); la misma
interpretación se encuentra en la novela de Ciro Alegría El
mundo es ancho y ajeno. Esta
interpretación tuvo gran popularidad en la literatura e ideología indigenista
entre 1920-1945, antes del desarrollo de los primeros estudios positivos sobre
la vida social de las comunidades indígenas.mientras que los blancos y los
mestizos que poseen una propiedad ejercen en ella, en teoría por lo menos,
todos los derechos que la definen en nuestra concepción occidental (libertad de
comprar, de vender y de disponer).
3Pero esta primera calificación resulta insuficiente. En la
región de Puno, por lo menos, la hacienda no se compara sino mal, y de muy
lejos, con una explotación agrícola regida por las normas del provecho. El
propietario es teóricamente dueño absoluto. Pero necesita contar con sus
“colonos”. Como lo veremos, no dispone de sus tierras a su albedrío. Una vez
que ha delegado el uso de ciertas tierras a los indios, le es muy difícil
retomarlas. En apariencia dueño y señor, el hacendado está ligado por un
complejo sistema de tradiciones y por la presión obscura de la masa indígena
sobre la que ejerce su poder. En cuanto a la comunidad, ¿es comunista o
siquiera comunitaria? El campesino, del que la literatura indígena elogia la
perfecta adhesión a su pueblo y el maravilloso espíritu de solidaridad, tiene
un sentido muy vivo de la propiedad individual. Los indios que en Puno esperan
turno para entrar en el bufete del abogado no van solamente a someterle los
litigios que los oponen a los mistis. En buena parte de los procesos, los
comuneros están divididos entre ellos. Después veremos mejor cómo disputas sin
término sobre herencias afligen a buen número de familias. Renunciemos pues a
la fácil antítesis entre el comunismo de la comunidad y el individualismo del
hacendado o, más bien, no la tomemos sino con prudencia y estemos prontos a
rectificarla y a matizarla.
La organización agraria precolombina
·
5 Para los cronistas que constituyen nuestra
única fuente escrita sobre la civilización incaica, ver (...)
4Esta antítesis despierta, con seguridad, muy serias reservas si
se le toma en un sentido histórico. La organización actual de la comunidad ha
sufrido alteraciones a lo largo de la Colonia y desde la independencia, unas
voluntarias y provocadas por los conquistadores, otras espontáneas y más o
menos endógenas, que finalmente han alterado considerablemente su primitivo
diseño. Por otra parte, ¿qué se sabe de la organización agraria precolombina?
Esta inmensa pregunta aún espera a su historiador. No es seguro, por lo demás,
que se disponga de todas las informaciones necesarias para resolverla. Los
cronistas5 es decir los militares,
misioneros y funcionarios españoles —de cuyo grupo se distingue el primer
mestizo ilustre, el inca Garcilaso de la Vega, hijo de un conquistador y de una
princesa del Cuzco—, han descrito el fabuloso reino con gran abundancia y
precisión variable. Pero sus intereses no tocan siempre lo que nosotros
quisiéramos que hubieran estudiado. Cobo, por ejemplo, en su Historia
del Nuevo Mundo, se maravilla de las especies vegetales y animales
que encontró en este mundo. Presta también mucha atención a las creencias y
supersticiones de los autóctonos. Nunca está lejos el apologista que trata de
convertir a los infieles. Cieza de León da gran importancia a la sabiduría
política de los incas y, cuando trata de sus conquistas y extensión de los
territorios, nos hace pensar en el Montesquieu de Las
consideraciones;Garcilaso, por su parte, prepara a Marmontel. Casi
todos los cronistas son sensibles al medio natural en el que se desarrolló el
imperio, a la maquinaria administrativa de la que admiran su eficacia, a los
ritos y creencias que los intrigan y que a veces los seducen y otras los
molestan. Son mucho menos locuaces sobre la infraestructura de la sociedad
incaica. Sin duda, se dieron cuenta del abigarramiento étnico del imperio.
Cuando se esfuerzan en establecer la cronología —por otra parte obscura— de los
soberanos del Cuzco, se extienden con complacencia en las expediciones contra
los pueblos de la costa o contra los de la selva. Pero, por otra parte, dan muy
poca información sobre los pueblos sometidos por el Inca. Insisten mucho más en
la maquinaria asimiladora de la administración imperial que en la
heterogeneidad original de los elementos que unificaba. Así, nuestra mayor
información recae especialmente sobre las estructuras religiosas, políticas y
administrativas de la sociedad.
·
6 Comentarios reales, parte I, libro VIII, cap. 9 y 10.
·
7 La observación de Garcilaso es muy
general. Después de los 3500 m el maíz no madura; está ausente (...)
·
8 Garcilaso, ob. cit., en particular, parte
I, libro 5, cap. 2 y 15; y Cobo, ob. cit., libro 12, cap (...)
·
9 Cobo, ibid.
·
10 Garcilaso, ob. cit., parte I, libro 5,
cap. 3.
5Sin embargo, es su infraestructura la que más intriga a los
autores recientes. La célula del imperio era, según se dice, el ayllu. Esta palabra designa hasta hoy, tanto
en quechua como en aimara, a la comunidad de pueblo. Por otra parte, es muy
vaga, porque se aplica tanto a un pueblo como a una parcialidad. Ichu es un ayllu,
y también Ojerani o Tunuhiri, que son divisiones o dependencias. Digamos que,
en el vocabulario corriente, se puede llamar ayllu a toda aglomeración indígena de
volumen e importancia inferior a la de una cabecera de distrito. Sobre el aylluprecolombino
nuestra información es de valor muy desigual. Ciertos puntos están bien
establecidos, otros permanecen en duda. Los cronistas concuerdan más o menos en
lo que toca a las plantas y a las técnicas agrarias. Garcilaso de la Vega66 señala a la quinua y el maíz
como las dos plantas esenciales de la cultura incaica.7 Los indígenas, hay que
precisarlo, dejaban descansar las tierras para cultivar nuevas. Garcilaso
también nos informa sobre los trabajos de irrigación y las terrazas, gracias a
los cuales se evitaba la desastrosa erosión de los suelos. En estos puntos, el
acuerdo se logra sin dificultad. En lo relativo al orden que los indios tenían
para cultivar sus campos, los textos son numerosos e igualmente convergentes.8 En primer lugar, el trabajo
era comunitario. El trabajo, nos dice Cobo, era supervisado por los hilacata,
es decir por los jefes del ayllu, que
atribuían a cada uno una sección o suyu, en la
que el interesado trabajaba ayudado por su familia; de esta manera, el
individuo que por disponer de un mayor número de ayudantes terminaba primero
era considerado como rico.9 Pero ¿era el Inca el único
propietario? “En tres partes de tamaño desigual estaban divididas todas las
tierras, la primera era asignada al inca; la segunda a la religión y a sus
sacerdotes y la tercera a los productores, es decir a los miembros del ayllu”.
Esta división no era aritméticamente igual. Cobo nos informa que en la región
de Arapa (departamento de Puno), al sol y a los otros dioses se habían
atribuido todos los terrenos y, en consecuencia, todos sus frutos; en otras
regiones, la parte del emperador era con mucho la mayor. En cuanto a la tercera
parte que tocaba al pueblo, debía en general ser bastante grande para
satisfacer el mantenimiento de la población. Según Garcilaso,10 la distribución tenía en
cuenta las necesidades de los productores.
Ellos (los incas), daban a cada indio un tupu, es decir un
pedazo de terreno, para allí sembrar maíz. Un tupu de tierra bastaba para
alimentar a un hombre casado siempre que no tuviera hijos; inmediatamente que
los tenía se daba a cada hombre un tupu y a cada hija la mitad de esta medida.
Si el hijo de la casa se casaba, su padre le daba entonces la tierra que él
había recibido para su mantenimiento... Cuando las hijas se casaban no se les
entregaba ninguna tierra, bastaba que sus maridos tuvieran para mantenerlas.
6Este testimonio reproduce el más breve de Cobo:
Las tierras se distribuían cada año entre los individuos por el
jefe del ayllu, no en partes iguales, sino en proporción al número de hijos y
padres a cargo de cada uno; y según que la familia se acrecentara o disminuyera
la parte se hacía más grande o más pequeña.
7Para subrayar mejor la relación tan estrecha entre el volumen de
la producción y las necesidades de los productores, Cobo agrega:
·
11 Cobo, ob. cit., libro 12, cap. 28.
A nadie se le atribuía más terreno que el necesario para
mantenerlo, fuera noble o simple ciudadano, aun si esto provocaba que mucha
tierra quedara en descanso; este reparto anual, prosigue nuestro autor, se
practica todavía en la provincia del Collao (área del lago y del altiplano) y
yo mismo he sido testigo de ello en la región de Chucuito.11
·
12 Cfr. Cieza de León, Del señorío de los incas,
cap. XXII; Cobo, ob. cit., libro 13, cap. 33-35.
·
13 Ibíd.
8Propiedad de las tierras por el Inca, trabajo comunitario y
reparto de tierras según el principio de “a cada uno según sus necesidades” son
tres rasgos bien establecidos que caracterizan el ayllu. Agreguemos —y en este punto nuestros
textos también están de acuerdo— que el ayllu no constituía en modo alguno una
unidad autónoma y descentralizada. Estaba sometido a la muy exigente autoridad
de los representantes del poder central. La burocracia incaica era compleja y
muy diferenciada, y su acción se dejaba sentir hasta en los agrupamientos más
elementales. Cada grupo de diez hombres estaba sometido al control de una
especie de capataz, nombrado y revocable por las instancias administrativas ordenadas
en pirámide. De esta intervención de la autoridad política y administrativa en
la vida delayllu,
el ejemplo más famoso lo ofrece la institución de los mitima12 “Se llamaba mitima, dice
Cieza de León, a los individuos transferidos de una tierra a otra”. Esta
transferencia de población arrancaba de los territorios recientemente
conquistados a los individuos cuya fidelidad era todavía dudosa y se les
reemplazaba por vasallos —dice Cieza—, escogidos de los territorios anexados
más antiguamente y a quienes los primeros iban a relevar. La primera y más
clara intención de tal política era la de asegurar la paz y el orden en las
recientes conquistas. Los incas perseguían también un objetivo más amplio. Al
poner en contacto a sus nuevos subditos con una población ya asimilada,
aceleraban su aculturación: “... de tal suerte —dice Cieza—, que aquéllos, los
mitima, comprendieran y supieran lo que comprendían y sabían las gentes que
eran desde hacía tiempo sus vasallos”. Tal vez las consideraciones demográficas
no eran ajenas a estos arreglos: “así enviaban (los incas) a poblar y valorar
las regiones menos densamente ocupadas, con la única condición que el clima de
dicha región tuviera relación con el clima de la región de donde provenían los
mitima”13
El ayllu precolotmbino
·
14 Es Rowe quien hace esta observación con
buen sentido (Handbook, v. 2, p. 273): “Calificar o no de (...)
·
15 Saavedra, El ayllu.
·
16 Durkheim citado por Davy, G., Des Clans aux Empires,
p. 18.
9El ayllu,
cuando los españoles llegaron al Perú, era una unidad comunitaria de
producción, sometida al control continuo de una autoridad política central que,
además de la propiedad eminente del suelo y de un tributo probablemente fijo en
horas de trabajo, se había reservado el derecho de intervenir en la cultura y
en la afectación de la mano de obra; tal es la hipótesis que parece más o menos
establecida. Son tales hechos los que autorizan, si se quiere, a hablar del
“imperio socialista de los incas”.14 Por el contrario, sobre los
orígenes del ayllu preincaico la obscuridad permanece
casi impenetrable. Se ha imaginado que el ayllu era un clan estrictamente exogámico,
de derecho uterino, de religión totémica, cuya estructura habría sido
tardíamente alterada por la administración de los señores del Cuzco. Bandelier
sugiere esta hipótesis. Saavedra la ha desarrollado con dedicación,15 pero el asunto parece
irremediablemente obscuro. Dejemos de lado la cuestión del totemismo. Nuestras
informaciones mejor establecidas se refieren a la religión incaica que, en todo
caso, había sobrepasado largamente el estado totémico. La herencia de los cargos
públicos se verificaba por línea masculina. Probablemente, en el momento de la
conquista, el ayllu era una unidad endogámica, cerrada
sobre ella misma, como más o menos ha permanecido. Para afirmar con alguna
seguridad un estado anterior de exogamia, habría que recurrir a una hipótesis
auxiliar, como la existencia de la fratria, es decir “de un clan primario
segmentado en cierto número de clanes secundarios... que hacen del agregado
formado por su reunión un grupo dotado de cierta unidad”,16 de la que no se ve traza
alguna. Si la filiación uterina y la regla de exogamia deben ser tenidas por
suposiciones arbitrarias, es generalmente más admitido que el ayllu constituye una unidad en la que los
lazos de parentesco son fuertes y vivos; por otra parte, la palabra se emplea
también en el sentido de linaje para designar las diferentes secciones de la
familia imperial.
Hacienda y encomienda
·
17 Matienzo, citado por Kubler, p. 367,
“Colonial Quechwa”. En Handbook
of South American Indians, pp(...)
10Ahora bien ¿cómo es que estas instituciones fueron afectadas por
la conquista? El ayllu muy pronto se vio incluido en las
redes de la encomienda. En segundo lugar, por diversos procedimientos, unos
jurídicos, otros de simple violencia, los conquistadores españoles se
apropiaron de una fracción variable, según las regiones, de las tierras de los ayllu. Notemos, en primer lugar, que el
sistema de la encomienda es muy flexible. En teoría, no constituye una
transferencia de la propiedad (en su origen, el encomendero no era un
propietario) sino una especie de contrato, por el que se entrega a la guarda de
un español un grupo de indios, de cuya evangelización debe cuidar. El
encomendero está autorizado a cobrar un tributo, pero muy rápidamente llegó a
utilizar a su guisa la mano de obra indígena. La encomienda no es, pues, en su
origen, sino un derecho de recibir ciertos bienes y servicios especificados
ofrecidos más o menos gratuitamente por los indígenas. Ese derecho,
graciosamente concedido por el virrey, no era por otra parte hereditario, ni
siquiera permanente. Pero una vez instalado, el encomendero trata de afirmarse
y de consolidar su empresa. Se esforzará en convertirse en propietario de pleno
derecho y, si las leyes le prohiben transformar la encomienda en hacienda,
desea y a veces obtiene que algunas tierras sean para él. El favor del virrey
provee a esto. O bien ventas más o menos obligadas le permiten adquirir de los
notables indígenas algunas parcelas de cultivo y de pasto.17 La institución de la encomienda,
la apropiación violenta y las donaciones del virrey constituyen probablemente
los mecanismos más notables por los que se logró la constitución de la hacienda
sobre los despojos del ayllu.
·
18 Citado por Kubler, “The Quechua in the
Colonial World”, p. 364.
11Sin embargo, la comunidad no desaparece. Sobrevive aún
recubierta por la encomienda. Por otra parte, no es seguro que los
conquistadores hayan alguna vez pretendido extirparla. No tenemos la cualidad
necesaria para describir la política de la administración española. Digamos,
sin embargo, que algunas veces fue empleada para poner coto a la avidez
impaciente de los conquistadores. Así, para limitar los abusos de los
encomenderos, se instituye al corregidor. Los españoles parecen dudar entre una
política de asimilación (se convierte a los indígenas y se les emplaza a
renunciar a sus prácticas idolátricas), y una política respetuosa de las
tradiciones locales (se esforzó en conservar las instituciones incaicas que
facilitaran la tarea de los administradores). Es en la actitud de los
conquistadores respecto de las autoridades del ayllu que estas dos tendencias se encuentran
muy claramente indicadas. Los españoles, en primer lugar, dejaron subsistir
ciertos cargos y Matienzo nos ofrece la lista de indios notables18 (curacas, denominados
caciques por los españoles) cuyo rol, por subordinado en que se hubiera
convertido, se mantuvo formalmente. Treinta años más tarde, en una ordenanza
famosa, fechada en Arequipa el 6 de noviembre de 1575, el virrey Toledo define
una política diferente. Prescribe que los indios sean organizados en cabildos o
municipalidades, y fija el procedimiento de designación de esos notables
indígenas. Los títulos de los diversos cargos vienen de España: corregidor,
alcalde, regidor, alguacil, mayordomo. Dos rasgos se desprenden del texto de
Toledo. En primer lugar, el corregidor, a la vez magistrado y administrador,
especialista en asuntos indígenas, tiene mano libre en la municipalidad. A él
le incumbe convocar a los indios en sesión plenaria el primero de enero.
Designa los titulares si los que salen no logran ponerse de acuerdo sobre el
nombre de sus sucesores. Es poco probable, en todo caso, que los indios se
aventurasen a proponer individuos que no hubieran tenido la aceptación del
corregidor. Un segundo aspecto merece ser destacado en esta ordenanza de
Toledo: el cuidado del virrey por descartar de estos cargos a los curacas,
caciques, indios principales y, en resumen, a los indígenas notables. El
artículo VI estipula que el cacique, y aun el segunda —segunda persona de la
jerarquía indígena tradicional—, no pueden ser designados alcalde ni regidor.
Una precaución no menos interesante es mencionada en el artículo VII. Los dos alcaldes
no pueden ser uno y otro indios principales, ni entre ellos parientes cercanos.
De este modo, en el ayllu aparecen dos jerarquías que en ciertos
aspectos coinciden y en otros se oponen: la organización formal impuesta más o
menos brutalmente por el conquistador, o más bien por la autoridad
administrativa central, y una organización informal, más o menos indígena y
espontánea.
12La comunidad indígena actual es, si se quiere, la heredera del ayllu incaico, aunque el legado se ha
alterado mucho con el tiempo. ¿Qué pasa hoy con el trabajo comunitario, con la
apropiación de los terrenos por el Estado, con el modo de designar a los
notables? Como régimen agrario, como sistema jurídico, como tipo de repartición
de la autoridad, la comunidad conserva de su modelo original numerosos rasgos,
pero alterados, borrados y a menudo apenas perceptibles. Del mismo modo, cuando
se califica de individual la gran propiedad de tierras, se habla en vano. El
hacendado no es totalmente ni un empresario agrícola ni un señor feudal. La
organización de la hacienda incluye con toda seguridad elementos tomados de la
España del siglo xvi: la hacienda
procede de la encomienda y conserva mucho de la organización agraria
precolombina. Entre hacienda y comunidad los contrastes son mucho menos
marcados de los que una primera observación permite suponer. La historia
restituiría las continuidades y discontinuidades, los pasajes y las rupturas
entre una y otra. Pero el sociólogo no puede olvidar que su antítesis
constituye una de las características más notables del paisaje social actual.
Vamos a tratar, en las páginas que siguen, de describir brevemente la
estructura y el funcionamiento de una comunidad y de una hacienda, que hemos
podido observar y de las cuales disponemos de informaciones directas y
verificables. Trataremos de definir el conflicto entre esos dos tipos de
organización y las soluciones.
LA COMUNIDAD
En busca de una definición
·
1 Cuando Bourricaud escribe este texto,
estaba en vigencia la Constitución del 29 de marzo de 1933,(...)
13La palabra comunidad se emplea de una manera tan vaga, y se
aplica a situaciones tan alejadas unas de otras, que vale la pena comenzar por
fijar ese punto del vocabulario. Precisemos inmediatamente que la palabra
comunidad puede entenderse en un sentido técnico relativamente claro y
definido, el que le dan los legisladores y los redactores de la Constitución.
Se trata de un grupo indígena, cuyo reconocimiento jurídico está subordinado al
cumplimiento de ciertas condiciones, investido de ciertos derechos y al que se
le imponen ciertas reglas en cuanto al funcionamiento de su administración
interior. Los terrenos de la comunidad son “imprescriptibles”, según el
artículo 41 de la Constitución de 1920;1 así se impide su
acaparamiento por el misti. Los comuneros eligen a cierto número
de representantes —personeros— para la administración de los intereses comunes.
Una ley de 1925 determinó las condiciones de las que depende el reconocimiento
jurídico: es necesario que las tierras sobre las que se ejercerá la propiedad
colectiva no sean objeto de ninguna reivindicación o disputa por parte de un
propietario vecino. La ley impone a los indígenas la obligación de levantar el
plano de las tierras que pretenden tener en comunidad y deja a las autoridades
el cuidado de apreciar si la oposición de los propietarios limítrofes es o no
válida. Estas acciones de reconocimiento a veces toman varios años, como en el
caso de Capachica, y el hacendado, inquieto de ver constituirse frente a él a
un poderoso grupo indígena, empleará todos los medios para frenar tal
procedimiento. En 1958 no había sino 33 comunidades inscritas para todo el
departamento de Puno. Todavía es necesario agregar que, de esta cifra, cinco
por lo menos ya no tenían en esa fecha sino una existencia legal y, por decirlo
así, ficticia. Esta situación puede parecer sorprendente en una región en la
que la población indígena es tan densa. Para disipar esta sorpresa, basta
observar que el reconocimiento está ligado a cierto número de procedimientos
largos y laboriosos, que los indígenas no tienen oportunidad de ver sus
gestiones llegar a fin si es que no son ayudados por políticos locales que
hagan presión sobre los funcionarios de Lima. En el caso de que las autoridades
rehusen o se vuelvan tardas de oído, el procedimiento arriesga a prolongarse
hasta que los solicitantes indígenas se cansen. Agreguemos que, para proteger
los bienes de la comunidad, la ley los vuelve intransferibles; ni siquiera
pueden servir de garantía. Con el desarrollo de las operaciones de crédito, los
indígenas se han dado cuenta de los peligros que les significa el
reconocimiento jurídico de sus comunidades.
14Además, la comunidad instituida por ley no solamente alcanza a
los bienes terrenos. De esto nos pudimos dar cuenta no en Puno, sino en ocasión
de una rápida excursión que en agosto de 1953 hicimos al valle del Mantaro.
Esta región, en la que el mestizaje cultural es de los más avanzados, se
caracteriza, simultáneamente, por el renacimiento de los movimientos
comunitarios y por la vitalidad de la pequeña propiedad indígena. Tuvimos la
ocasión de visitar la comunidad de Muquiyauyo, pueblo que dista tres kilómetros
de Jauja, a menudo descrita como comunidad modelo, y resulta cierto que a
primera vista el éxito de sus empresas es realmente notable. Lo que en primer
lugar nos llamó la atención es que la actividad comunitaria no estaba, ni
exclusiva ni principalmente, orientada hacia la valoración de los campos
comunales, sino a la producción de corriente eléctrica. La pequeña planta, que
no solo da corriente al mismo pueblo, sino también a la mayor parte de la
ciudad de Jauja, le ofrece a la comunidad recursos considerables. El empleo de
esos ingresos plantea un problema curioso. Lejos de distribuirlos entre los
comuneros, que de este modo podrían darle el uso que les conviniera, las
autoridades piensan en nuevas inversiones comunitarias. Con los beneficios
obtenidos de la venta de la electricidad se proponen montar una fábrica textil
o aun constituir una sociedad para la compra de material agrícola. El
presidente, que discutió largamente con nosotros, tenía clara conciencia de los
límites que la ley impone a las comunidades en cuanto a la utilización del
crédito. Notemos bien esta característica. El territorio comunal es de
extensión relativamente débil. En Muquiyauyo no representa sino unas 50
hectáreas, por otra parte dispersas. Es decir que los comuneros poseen a título
individual la mayor parte de las tierras y la poca importancia de los campos
comunales es todavía subrayada por el hecho de que los mismos comuneros los
tienen alquilados. No es, pues, la posesión común de tierras sino más bien de
la planta eléctrica, establecida con los ingresos de los campos comunales, que
la comunidad obtiene la mayor parte de sus rentas. Por último, el estatuto
jurídico de comunidad le parece a la gente de Muquiyauyo cada vez menos
conveniente a sus necesidades y proyectos. Las dificultades que encuentran para
procurarse créditos llevan a los dirigentes a desear que la comunidad se
transforme en sociedad anónima. Para la ley, Muquiyauyo es una comunidad. El
uso común confirma la palabra: se convendrá que estamos lejos del ayllu. En todo caso, el régimen de la tierra
tiene allí muy poca importancia. No es la propiedad colectiva de unas 50
hectáreas la que explica la vitalidad de Muquiyauyo.
15Muquiyauyo y la región del Mantaro, en donde el mestizaje está
muy avanzado, ¿constituyen un caso excepcional? La situación de las comunidades
reconocidas en Puno confirma la situación de Muquiyauyo por lo menos en un
punto: las tierras explotadas bajo régimen comunitario no constituyen sino una
parte de las tierras de las que viven los indígenas. El comunero posee a título
individual un campo que es su bien propio y del que obtiene parte de su
subsistencia. Por eso sería completamente inexacto juzgar la importancia de las
comunidades reconocidas por la sola extensión de las tierras que poseen. No es
el régimen jurídico de la propiedad solamente ni, como lo veremos, ninguna
institución política particular; es la vitalidad de ciertos sentimientos o de
ciertas actitudes lo que hace la comunidad. Esos sentimientos, en lugar de
encarnar en instituciones jurídicas, económicas o políticas firmemente
organizadas, ahora se manifiestan y se satisfacen o aun se refuerzan, por una
expresión simbólica rejuvenecida, la planta eléctrica o la cooperativa. ¿Qué
importa que las tierras en su mayor parte correspondan a la propiedad
individual? La parte colectiva puede parecer insignificante en relación con el
conjunto de tierras disponibles. Pero los sentimientos comunitarios continúan
animando las instituciones que, si bien pierden mucha de su importancia cuando
se considera su función social explícita, adquieren una nueva cuando se
considera su función cultural latente. La construcción colectiva de las casas
tal vez retrocede ante el progreso de la división del trabajo; esta sería
descuidada desde el punto de vista técnico y económico si continuara como una
fiesta que permite una expresión culturalmente sancionada de los sentimientos de
solidaridad. Se tendría dificultad en definir la comunidad por un conjunto de
instituciones específicas; ¿no podría caracterizársele por la solidaridad, por
el espíritu comunitario de sus miembros?
16¿Se invocará la fuerza de la ayuda mutua? Después tendremos
ocasión de tratar del ayni e intentaremos ligarlo al sistema de
dones y prestaciones que “obligan” al individuo a todo lo largo de su vida.
Este complejo de instituciones regidas por el principio de reciprocidad es de
origen precolombino y se puede admitir que la permanencia de tales costumbres
constituye un criterio importante para identificar a la comunidad. Si ese
principio de reciprocidad solo aparece como un ideal, es necesario buscar en
qué reglas particulares se encarna y se determina. Los trabajos colectivos
gratuitos pierden terreno. La construcción de las casas se despoja de su
carácter de ayuda mutua y, en lugar de constituir una prestación con cargo de
reciprocidad, tiende cada vez más a organizarse sobre la base de una
remuneración monetaria. No obstante que hay un cambio por la transformación del
medio físico, social y cultural, en las circunstancias u ocasiones a propósito
de las cuales se manifestaba la solidaridad, puede ser que permanezca
inalterable el principio implícito que se encuentra debajo de las conductas, en
apariencia poco comparables. El ideal de la solidaridad y de la reciprocidad
continúa rigiendo la organización comunitaria, aun si las instituciones
políticas o jurídicas tradicionales desaparecen o se transforman. Pero ¿no es
reconocer que la comunidad no corresponde a un tipo social definido sino, más
bien, a un conjunto más o menos coherente de modelos culturales? Es necesario
precisar que los sentimientos y prácticas comunitarias pueden subsistir aun
cuando la comunidad, alejándose de las tradicionales actividades agrícolas, se
consagre a la producción de electricidad.
·
19 Término aimara; suyues el equivalente
quechua; también se dice “mando” o “cuartel”. Se trata de t (...)
17En todo caso, cuando la palabra comunidad llega a la
conversación, sea mencionada por un blanco, por un misti (que en general prefiere sinónimos
como el de parcialidad) o por un indígena, su sentido es infinitamente menos
preciso del que le asignan los juristas. Muchas veces hemos tenido esta
experiencia y por eso creemos que vale la pena dedicarse a precisar los muy
diversos significados con los que el uso común la utiliza. En nuestros primeros
viajes preguntábamos sistemáticamente ¿a quién pertenece esta tierra? o ¿hay
una comunidad por aquí? Aun cuando se tratara de surcos tomados de un conjunto
de tierras de labor, donde la diversidad de cultivos, aquí papas, allá avena,
dejara presumir propietarios diferentes, si nuestro interlocutor era indígena
respondía sin fallar: “es de la comunidad”. Pero ¿qué entendía por comunidad?
Veamos —decíamos nosotros—, ese surco es trabajado por tal familia, ese otro
por otra familia; por otra parte, la primera ha cultivado tales plantas y la
segunda tales otras. Por último, esas piedras que observo entre los surcos ¿no
son los linderos entre los propietarios? “Naturalmente —respondía nuestro
interlocutor indígena— ese pedazo pertenece a X y ese otro a Y y se los
trasmiten de padres a hijos”. El investigador queda perplejo y se pregunta en
qué puede consistir la “comunidad”, si cada parcela pertenece a un individuo
determinado y si este individuo le da el uso que le place y, por último, si lo
puede trasmitir a sus herederos. En lo que sigue de la conversación se da
cuenta de que por lo menos parte de esta fórmula es inexacta. De hecho, el
propietario no dispone completamente de su bien y como quiere, o por lo menos
es así con cierta parte de su propiedad, la que se encuentra en el territorio
de la aynoca19que está sometida a obligaciones colectivas, especialmente a una
rotación fija de cultivos. Así, llegamos a pensar que un cierto tipo obligatorio
de rotación de cosechas podría ser todo lo que aquí queda de la comunidad; pero
aun así la cuestión no queda todavía bien planteada, porque esas costumbres
pueden hacerse cada vez más vagas y, sin embargo, la solidaridad comunitaria se
afirma. Veremos después que la comunidad no se define por tal o cual
característica que defina el régimen jurídico de la propiedad, sino que
constituye un conjunto más o menos coherente, muy complejo y muy variado cuyo
sentido expresivo es mayor que el sentido instrumental: la comunidad reside
tanto en el espíritu comunitario como en instituciones constantes y bien
definidas. Por lo demás, lo que mis interlocutores indígenas tenían presente
cuando me aseguraban que tales campos pertenecían a la comunidad, evidentemente
no era tanto el conjunto de las reglas técnicas y jurídicas que rigen la
propiedad, la posesión o la explotación, cuanto el hecho para ellos muy simple
y esencial: esas tierras son tierras de indios, no de los mistis,
quienes allí no tienen nada que hacer. Es lo que, por otra parte, sugiere
también el uso que le dan los mismos mistis.
·
20 Nota de campo, 24 de junio de 1953.
Volviendo de Azángaro, en compañía de H. M., conversábamos sobre
la repartición de las haciendas en esa región. Al acercarnos a la ruta
principal, que va de Juliaca a Huancané, encontramos pequeños pueblos indígenas
cada vez más numerosos. Hice la observación a mi compañero, quien respondió:
toda esa región está llena de comunidades.20
18Se puede, pues, según la manera como espontáneamente habla la
mayor parte de nuestros informantes, entender por comunidad, por lo menos en
una primera aproximación, a toda aglomeración rural de fuerte predominio
indígena, sin conceder demasiada importancia al régimen, a la propiedad ni a
las técnicas de trabajo, con la sola condición de que este grupo no esté directamente
comprometido en una actividad cualquiera bajo la dirección o en provecho de un misti.
19Si la definición jurídica era demasiado estricta, la definición
que estamos sugiriendo tal vez arriesga ser demasiado amplia. Al identificar la
comunidad con todo grupo indígena que viva sin el apoyo de blancos y mestizos,
nos exponemos a exagerar la diferencia entre la situación del indio de
comunidad y el indio de hacienda. Los indios de la comunidad exhiben ciertos
rasgos que permiten distinguirlos de los de las haciendas. Esta distinción, por
otra parte, es conocida en Puno y es a través del lenguaje y del sentido común
que se establece la diferencia entre indios de hacienda e indios de comunidad.
¿Qué comprende esta oposición? Su contenido psicológico varía según los
interlocutores. Para unos, el indio de comunidad es insolente, pronto a la
provocación y a la rebeldía, muchas veces ladrón (este último reproche es
particularmente frecuente en la región ganadera donde se sufre el abigeato).
Este punto de vista corresponde, especialmente, a los hacendados que muchas
veces tienen conflictos con los comuneros limítrofes, no solo a propósito del
abigeato sino también a causa de los daños que los carneros, caballos o burros
de los indios infringen a sus campos adonde clandestinamente los llevan a
pastar. Otros insistirán en el vigor de la vida colectiva de la comunidad, que
oponen a la “desmoralización” del indígena en la hacienda. El indio de
comunidad está adornado de todas las virtudes: frugal, paciente, orgulloso,
apegado a su grupo y a sus tradiciones.
20En realidad, tales fórmulas dan poca cuenta de la situación
real, más bien expresan los prejuicios que los grupos sociales sufren unos
respecto de los otros. Si nos ceñimos a los estereotipos indigenistas, la comunidad
se define por su espíritu comunitario, así como la hacienda se caracteriza por
su apetito de explotación y de dominio. Por otra parte, a comienzos de nuestra
investigación, quedamos asombrados por la diferencia de conducta en lo que a
nosotros se refería entre los indios de hacienda y los indios de comunidad. En
el pueblo de Ichu, que puede ser considerado como muestra de comunidad, quedé
sorprendido por la ausencia de todo servilismo de parte de los indígenas con
quienes tuve contacto. Fui a Ichu presentado por uno de los padres Maryknoll de
Puno, y no obstante la diferencia de ropa, el padre y yo fuimos clasificados en
un mismo grupo. Para la gente de Ichu yo era un padre; dos o tres mujeres me
pidieron la bendición; los niños se me aproximaban mendigando algunos
caramelos, porque los religiosos, para congraciarse, distribuyen estos pequeños
regalos en cada uno de sus paseos. Mi presentación por los padres de Maryknoll
tuvo así una doble ventaja. Me hizo beneficiar del prestigio y afección de que están
rodeados y, sobre todo, me evitó molestas identificaciones. La gente de Ichu,
al igual que todos los comuneros, es desconfiada si un misti va a instalarse entre ellos, aunque
sea por pocos días y con mayor razón si regresa a visitarlos, piensan que algo
malo les espera. Una frase resume todas estas sospechas: “quitarnos la tierra”.
Esta desconfianza es bien conocida por los servicios del Ministerio de Salud;
los enfermeros encargados de desinfectar las casas, de proveer a los indígenas
con polvo insecticida, de controlar las vacunas no siempre son bien acogidos y
muchas veces, cuando se acercan, las casas se vacían. Cuando me paseaba por las
calles del pueblo, escoltado por mi intérprete, rara vez me devolvían el
saludo, salvo las personas que me eran conocidas. Las mujeres bajaban la cabeza
y apresuraban el paso. Su confusión, por lo menos la incomodidad y el embarazo,
eran mucho más notorios si la mujer era joven. Los hombres me dirigían una
breve mirada, murmuraban una vaga respuesta o no decían nada. Mis relaciones
con los indígenas amigos, Aurelio, mi huésped; Marcelino, un curandero; y
Pedro, eran corteses. Cuando los visitaba me tenían en el umbral de su puerta y
esperaba a que me rogaran entrar. Entonces, me sentaba al lado de ellos, en el
banco empotrado en el muro. En general, las conversaciones entre indígenas
comienzan con el intercambio de algunas hojas de coca. Pero esta cortesía no se
usa con los mistis y mucho menos si son gringos. A veces,
en lugar de coca, mi huésped me ofrecía un poco de alcohol. Observé el tono
suplicante, la voz que al hablar casi solloza, conforme dice Tschopik;
especialmente si mi interlocutora trataba de provocar mi piedad y, por el
espectáculo de su miseria y de su humillación, obtener un poco de dinero.
Cuando en las calles de Puno encontraba a uno de mis conocidos de Ichu, tenía
cuidado en cruzarla para acercarme a su encuentro; mi interlocutor no
manifestaba molestia alguna, intercambiábamos un fuerte abrazo. Cuando se
encuentra a una persona a quien se conoce, uno se le acerca para saludarla y se
le palmea más o menos fuerte en la espalda. Esta costumbre, general en el Perú,
se observa también entre los indígenas. Es la persona de rango más elevado
quien debe tomar la iniciativa. Agreguemos que es menos frecuente entre
personas de sexo opuesto. Estas demostraciones son raras entre indígenas y mistis y, evidentemente, toca a este la
iniciativa. Posteriormente, tuve ocasión de pasar varias semanas en una
hacienda de la región de Azángaro. Allí, mi rol era diferente al de Ichu. Era
el huésped de los propietarios, dos hermanos jóvenes que me acogieron de la
manera más amistosa. Era, pues, identificado con los titulares de la autoridad.
Cada peón, al pasar a su trabajo, si estaba al alcance de sus amos, saludaba
con un “buenos días” o “buenas tardes", según la hora. Ninguno lo evitaba,
aun si los indígenas llegaban en grupo. Parece que individualmente todos
debieran al patrón un testimonio de deferencia. El saludo es acompañado con un
golpe de sombrero o, más bien, con la intención de quitárselo. Por ser las
mañanas de junio muy frías, muchos usan un chullu en forma de sombrero y, como sería
incómodo quitarse esta especie de pasamontaña, no se descubrían. Por el
contrario, las mujeres se quitaban su pequeño sombrero melón y nos rendían
homenaje con la cabeza descubierta. Una vez que sorprendimos a un grupo en el
momento de almorzar, dos filas de una decena de personas, los hombres frente a
las mujeres, las conversaciones se detuvieron y cada uno nos saludó con un
“buenos días”.
21Estas pequeñas observaciones bastan para subrayar el contraste
entre la conducta que respecto del místi tienen los indios de comunidad y los
indios de hacienda. Pero no nos autorizan para afirmar que las comunidades,
cualquiera que sea su régimen jurídico, sean unidades sociales integradas en
las que milagrosamente se encuentre protegida la cultura indígena. ¿Están tales
grupos exentos de toda tensión y de todo conflicto? Todo lo que podemos decir
es que ningún criterio preciso, jurídico o costumbrista, logra definir la
comunidad. En consecuencia, siguiendo a José Matos Mar, debemos contentarnos
con algunas características mucho más indicativas que descriptivas. El
observador, según este sociólogo peruano, está autorizado a hablar de
comunidades si encuentra “agrupamientos tradicionales con vocación agrícola o
ganadera, o las dos a la vez” que
·
21 Matos Mar, José, Las actuales comunidades de
indígenas, Huarochirí en 1955, p. 18.
[...] mantienen una organización tradicional, fundada sobre la
posesión de tierras comunales, o por lo menos que se consagran a trabajos de
interés común; que viven bajo la autoridad de jefes tradicionales electos
libremente; que no forman parte de una hacienda; y cuyo territorio constituye
un área cultural tradicional.21
22Estos criterios están bien matizados y su empleo puede ser
estricto, por ejemplo, si nos limitamos a no hablar de comunidad sino en el
caso de una posesión —el autor cuida de decir posesión y no propiedad— de las
tierras comunales, o muy elástico si nos contentamos con “trabajos de interés
común”. En adelante, cuando hablemos de comunidades querremos decir grupos de
indígenas más o menos autónomos y queda a nuestro cargo precisar la forma y
organización de esos agrupamientos.
La organización social de Ichu
·
22 Sin embargo, debe señalarse que, en su
artículo “The Contemporary Quechwa”, B. Mishkin dedicada al (...)
23Hemos tenido ocasión de estudiar, aunque de manera muy rápida,
la comunidad de Ichu; estuvimos en ella varias veces en 1953 y quisiéramos
resumir aquí el conjunto de nuestras observaciones. Es un pueblo al que se le
suman seis caseríos: Ojerani, Chimu, Aballanes, Tunuhiri, Pusalaya, Jai-Uiuaylla,
con los que Ichu mantiene relaciones estrechas y constantes. No hay sino muy
pocas casas que sean excéntricas con relación a los núcleos de población
fuertemente aglomerada.22 Un pueblo con cinco caseríos,
ese es Ichu. De Chimu, centro de pescadores que se encuentra a las orillas del
lago, a poco menos de 10 km de Puno a Apusalaya, encaramado en una colina que
domina la pampa de Ichu, la distancia es aproximadamente de 5 a 6 km. La
distancia máxima entre dos caseríos no excede nunca de esa cifra. Para ir de
Ichu a Jailliuaylla, por ejemplo, hay que franquear la cresta de una colina; de
Ichu a Tunuhiri no hay más de 2 km, por otra parte fáciles de recorrer, porque
Tunuhiri ocupa casi el centro de la pampa que se extiende desde la carretera
Panamericana a una línea de colinas, pasando las cuales se encuentra
Jailliuaylla. El mismo pueblo de Ichu está instalado en el punto en el que se
reúne una línea de colinas, más o menos paralela a la carretera, con una
segunda que en general le es perpendicular y que casi aisla a Ichu de Ojerani.
Fuera de esos puntos de poblamiento se encuentran unas cuantas casas aisladas;
por ejemplo, a lo largo del camino de tierra que de la carretera Panamericana
conduce al pueblo. Pero estas casas aisladas forman grupos de tres o cuatro y
algunas veces de dos; en resumen, constituyen lo que allí se acostumbra llamar
un caserío o una “estancia” (nosotros hemos destacado un grupo de dos y otro de
cuatro). Estos constituyen algo así como una avanzada de Tunuhiri que se
levanta a la izquierda del camino de tierra, bajo las cuestas arregladas en
andenes de una pequeña eminencia de terreno denominado Inkatunuiri; además,
tales casas de ninguna manera están aisladas. Nada las protege, nada las separa
de los transeúntes. En ese paisaje en que los árboles casi están ausentes, con
la excepción de algunos racimos de eucaliptos, la casa está expuesta a la
mirada de los que caminan por la pampa o sobre las faldas de las colinas. Las
casas aisladas, por otra parte, están construidas a lo largo de los senderos
que siguen los pastores y sus carneros, los hombres que se dirigen hacia los
campos, siguiendo sus muros, y las mujeres que hilando los acompañan o que se
apresuran hacia sus casas. Se puede aquí hablar de un hábitat concentrado o
aglomerado: la casi totalidad de la gente de Ichu vive en el pueblo mismo o en
los caseríos.
El pueblo
24La misma forma del pueblo, las relaciones que mantiene con el
territorio de la comunidad nos informan sobre su vida social. Está construido a
uno y otro lado de una carretera que le sirve más o menos de eje de simetría.
Esa carretera viene de la pampa, entra al pueblo en cuya extremidad superior
está edificada la iglesia. Frente a esta, en la parte norte de la plaza, se
encuentra la antigua escuela que pronto será reemplazada por una construcción
más moderna. A la derecha, bajando —porque Ichu está construido sobre una terraza
que baja al suroeste hacia una especie de valle—, se encuentra una segunda
plaza, de dimensiones más reducidas que la primera y que sirve de plaza de
toros en ocasión de la fiesta de San Pedro y San Pablo, ambos patrones de Ichu.
A la izquierda, hacia el noroeste, en los flancos de la colina se encuentran
algunas casas ya separadas del pueblo mismo. En general, el pueblo tiene la
forma de un rectángulo, más largo que ancho, y está dividido en forma regular
en varias manzanas o cuadras, en las que las casas también adoptan la forma del
rectángulo. Las casas están orientadas hacia la calle y generalmente las
fachadas se abren sobre esta.
·
23 El teniente gobernador es el representante
del Prefecto, en el último escalón de la jerarquía admi(...)
25Dicha característica es particularmente notable en la calle
principal, en la que se encuentra la tienda de uno de los hombres más
considerados de Ichu, importante tanto por su riqueza como por su posición de
teniente-gobernador.23 Los indígenas le compran
coca, alcohol, azúcar, algunas veces cigarros, velas y queroseno. Vienen
también a solicitarle que les preste algo de dinero o para que les arregle
algún asunto o dificultad pendientes. Este hombre de importancia, junto con la
maestra y su familia, son los únicos mistis que viven permanentemente en Ichu.
Nacido en Chucuito, se instaló en Ichu hace más o menos 30 años y, desde la
muerte de su mujer, vive con la única compañía de su hija (que hace tiempo
cumplió los 30]. La tienda del teniente-gobernador está abierta casi todo el
día. Su hija recibe a los clientes en ausencia del viejo, cuando este sale a
dar una vuelta por sus campos.
26En las calles perpendiculares a la principal, la orientación de
las casas puede ser diferente. Un pequeño muro de piedra las separa de la
calle, la casa da a un patio en cuyo interior el visitante puede observar las
idas y venidas de los animales y de la gente, porque el muro no sobrepasa los
50 cm de altura. En nuestra estancia de noviembre a diciembre de 1952 estaban
desiertas estas calles estrechas, la más ancha no tiene más de 5 m. La gente
dejaba el pueblo hacia las 7 de la mañana y al mediodía casi todos almorzaban
en el campo, al que buen número de mujeres iba con sus maridos. Todo el día
permanecían las casas vacías. Las cuidaban algunos niños o bien los perros o
los viejos. Después, cuando caía la noche, los trabajadores regresaban en
pequeños grupos constituidos en general por el padre, la madre y los hijos en
edad de trabajar (la familia constituye la unidad de producción). Entonces las
calles del pueblo se animaban nuevamente; pero durante todo el día los hombres
trabajan en la pampa, caminando de un lado a otro. Una vez que se han recogido
las cosechas, hacia fines de junio y antes del barbecho en octubre, en resumen
durante la estación muerta, los campos quedan vacíos. Buen número de hombres se
va del pueblo y las mujeres van a los mercados. Los niños cuidan a los
carneros, que pacen libremente por los campos en descanso. Los de Ichu no
tienen todas sus tierras al lado de sus casas. Los terrenos de cultivo están
situados en la pampa; y muchas de las familias se ven obligadas a recorrer dos
o tres kilómetros y aun más para llegar a pie hasta el sitio de trabajo.
Además, no es raro que un habitante del pueblo de Ichu tenga tierras en
Jailliuaylla, en Tunuhiri o en Pusalaya. La división del patrimonio, la
obstinación común en poseer una parte de todos los terrenos de la heredad
conducen tanto a un desmembramiento como a una diseminación de la propiedad. El
pueblo es, pues, una aglomeración de agricultores que puede resultar bastante
distante del lugar de trabajo. Por eso la vida del pueblo, por lo menos durante
el periodo del trabajo, está sometida a un ritmo sumamente contrastado. Casi
vacío y desierto durante el día, se anima por la mañana y por la tarde cuando
los habitantes van o regresan de los campos.
·
24 Negocio en el que el comprador encuentra
artículos de consumo tales como sal, coca, velas, galleta (...)
27Las estructuras de las casas aclara nuestra observación sobre el
ritmo de la vida social. Constituyen refugios a la vez que residencias. Hagamos
notar que las casas no tienen un tipo uniforme. La del teniente-gobernador, por
ejemplo, exhibe influencias mestizas muy claras. Está provista de un segundo
piso y el teniente es probablemente el único de Ichu que no duerme en la
cocina, sino en una habitación especialmente dispuesta en el segundo piso. Dos
o tres casas vecinas están también provistas de un piso más. Aquella en que nos
alojamos es bastante típica y merece una descripción. La forman tres bloques
separados por un patio. El primer bloque comunica con la calle y tiempo atrás
fue utilizado como tienda24(nuestro huésped, Aurelio, hizo malos negocios y no pudo
resistir la competencia del teniente). Tiene una puerta de madera, provista de
un candado, y la pieza mide aproximadamente 1,50 m de fondo, por más de 5 de
largo. A la derecha disponía de un gran poyo de adobe sobre el que instalé mi
catre de campaña. En el muro habían estado unas estanterías en las que antes
Aurelio acomodaba las mercaderías. Por una puerta baja, que para pasar bajo
ella es necesario agachar la cabeza, se sale de esta primera pieza y se llega
al patio. Su largo es el mismo que el de la primera pieza, pero su fondo es
todavía más reducido. A mano izquierda se encuentra un segundo bloque, la
cocina. Esta construcción es menos alta que la primera. La luz solo entra por
una puerta estrecha y baja. No tiene chimenea, solamente un hueco en el muro
por el cual escapa algo del humo del fogón. Cuando se penetra en este lugar,
los ojos y la garganta pican. Sin embargo, la familia —Aurelio, su mujer y sus
dos hijas— pasa allí la noche, arrinconada, envuelta en sus ponchos y mantas.
No duermen directamente en el suelo, pues colocan sobre él algunas pieles de
carnero. El tercer bloque, que hace frente al primero, situado al otro lado del
patio, es un depósito. Aurelio guarda allí su cosecha: papas, cebada, avena y
quinua, y sus instrumentos de trabajo. Se sale del patio por un corredor
ubicado entre el depósito y la cocina. En un patio con muros de piedras
asentadas con barro y cerrado por una puerte-cita de madera, que allí se llama
canchón, Aurelio guarda durante la noche sus carneros y su burro. Más allá del
canchón se extiende un terreno igualmente delimitado por un pequeño muro.
Durante el día sus hijas sacan y cuidan los carneros. Mientras que los campos
de la pampa están en cultivo, es tarea de las pastoras alejar a los carneros
que se ven forzados a buscar la yerba escasa de las cimas áridas. Pero cuando
la cosecha se recoge pueden entrar libremente en esos terrenos. El burro pasa
la mayor parte del tiempo en el canchón. Como allí no encuentra sino una débil
parte de su alimento, Aurelio está obligado a proveerlo de lo esencial, avena y
cebada, tomado de la débil reserva familiar. Así, Aurelio tiene el ganado a la
mano y algunos surcos de papa alrededor de su casa. Sus campos, por el
contrario, están dispersos en todo el territorio de la comunidad. Esta es, al
parecer, la situación común de Ichu, la casa no está contigua a los campos de
cultivo. Por el contrario, hay un punto que varía y es que como el alojamiento
está constituido por una colección de bloques, los hijos recién casados pueden
construir en la cercanía de la vivienda de sus padres un nuevo bloque de adobe
en el que se instalan. Sin embargo, esta situación está lejos de ser frecuente.
Hemos levantado para el pueblo de Ichu un pequeño censo. Es insuficiente su
exactitud. No insistimos sobre las dificultades que se oponen a la recolección
de tales informaciones. Es particularmente inexacto en lo referente al número
de hijos muertos a corta edad y al número de personas que ha salido del pueblo.
Es mucho más fácil para el investigador darse cuenta de la composición actual
de la población, ya que él mismo vive en Ichu. Ahora bien, de las 41 familias
visitadas, 19 constituían unidades conyugales, es decir, una pareja con sus
hijos aún menores. Encontramos cinco casos en los que una pareja en edad de
procrear vivía en la misma vivienda que los padres, sea del hombre o de la
mujer. En este caso, la joven pareja se ha contentado con construir un nuevo
bloque en el terreno perteneciente a los padres de uno u otro de los esposos.
Las relaciones entre jóvenes y viejos son más o menos estrechas, a veces los
jóvenes hacen su cocina aparte, otras la comparten con los viejos.
·
2 Se refiere a Maxime Kuczynski-Godard
quien, por encargo del Ministerio de Salud Pública y Asistenc(...)
·
25 Hay otro tipo de poblamiento que se da en
el Perú; el disperso, en forma de bosquecillo. Las casas (...)
28En Chucuito y Acora la situación es análoga: ambas son capitales
de distrito, parcialidades y caseríos que unen el conjunto de una manera muy
floja. En Molloco, parcialidad de Acora, so encontramos una casa aislada. Los
caseríos, en general, están formados por cuatro o cinco casas y se presentan en
racimos unidos unos a otros por el pedúnculo de una o dos casas. Nos parece
difícil decidir si la causa tiene un origen geográfico o histórico. En todo
caso, este tipo de poblamiento constituye una característica muy general en las
orillas del lago. Lo encontramos en la pampa de llave visitada por el doctor
Kuczynski2 y también en la pampa
comprendida entre Juliaca y Huancané. ¿Corresponde a condiciones muy imperiosas
del medio geográfico? ¿Es consecuencia de las reagrupaciones y reunificaciones
efectuadas por los conquistadores españoles?25
Minifundios
29Como quiera que sea, podemos decir que en la región de Puno la
comunidad es un pueblo que corresponde a una forma de población aglomerada.
Agreguemos que es una aglomeración de pequeños propietarios. Aun cuando existan
campos o pastos comunes, la mayor parte de la tierra está dividida entre
propietarios individuales. A este respecto el caso de Ichu es revelador. No hay
familia que hayamos visitado que no sea propietaria de un campo; los únicos no
propietarios son algunos ancianos que con anticipación han dispuesto de sus
bienes en beneficio de sus herederos. Pero si bien en Ichu todo el mundo es
propietario, las parcelas que a cada quien le tocan son ínfimas. El servicio
regional del Ministerio de Agricultura emprendió en Puno el levantamiento del
catastro de Ichu. Las dificultades se revelaron tan grandes que el proyecto fue
abandonado. Solamente fueron censados la parcialidad de Ojerani y el pueblo de
Ichu. El jefe del Servicio Agrícola nos ha permitido examinar sus informes y
nosotros mismos hemos podido verificar esas informaciones mediante algunas
observaciones directas. Para 41 familias censadas en Ichu, el total de campos
de cultivo, excluyendo los pastos y las tierras en descanso, es de 343,52 ha,
lo que por familia significa 0,84 ha como promedio. Las 41 familias constituyen
una población total de 230 personas; la media se sitúa, pues, entre 5 a 6
personas por familia. Agreguemos que el propietario más importante de Ichu posee
aproximadamente 6 ha, el más pobre 0,20; 10 poseen más de 1 ha; 18 poseen entre
0,50 y 1 ha; el resto, es decir 11 familias, vive de lo que produce de 0,20 a
0,50 ha. Es difícil determinar hasta qué punto estas cifras pueden ser
consideradas como típicas y representativas. Sin embargo, señalemos que
Tschopik, en su artículo del Handbook of South
American Indians, “Contemporary Aymara”, publica informaciones muy
comparables relativas a Chucuito, pueblo vecino de Ichu.
·
26 Tschopik, “The Aymara”, p. 514.
Un aymara rico de Chucuito que tiene a su cargo una mujer y un
hijo, posee 0.75 acres de buena tierra, 1.45 de tierra pasable y dispone,
además, de 0.75 acres de buena tierra perteneciente a un propietario mestizo.
Un aymara ni rico ni pobre, con una mujer y un hijo, posee 0.68 acres de buena
tierra y 0.94 de mala tierra. Uno pobre, con una mujer y dos hijos posee 0.11
acres de mala tierra y, además, recibe 0.57 de tierra mediocre, propiedad de su
patrón mestizo.26
·
27 En Garcilaso se encuentra una descripción
clásica de esas terrazas (Comentarios reales,
parte I, l (...)
30El doctor Kuczynski confirma la misma situación para la pampa de
llave. Un viaje rápido por la región de Huancané nos deja suponer que la
situación en cuanto a la propiedad de la tierra no es muy diferente. Un trabajo
efectuado a pedido de la Comisión de la Reforma Agraria para el conjunto del
departamento de Puno da en 1958 las mismas cifras: 4.860 ha por familia de 5
personas, incluyendo las tierras en descanso y los pastos, lo que da 0,90 de
tierras cultivables. Estos campos no solo son exiguos sino que, además, están
dispersos: Aurelio tenía más de 20 parcelas y, de estas, solo algunas de unas
áreas. Esta penuria de tierra que impone a las comunidades de indígenas de esta
región la emigración definitiva o temporal de parte de su población, que las
obliga a buscar en actividades complementarias una solución más o menos
satisfactoria al problema de su subsistencia, toma todo su sentido si se le
relaciona con la población, no de la superficie total ocupada de una manera más
o menos vaga por la comunidad, sino con la superficie de tierras actualmente en
cultivo. En Ichu, las tierras buenas están en la parte central de la pampa, en
el valle que constituye la parte baja del pueblo, donde se concentran las
culturas ribereñas, andenes (pata
pata en quechua; el
mismo término se emplea también en aimara), que son considerados como los
mejores.27 En relación con la extensión
total sobre la que se despliegan las actividades de la comunidad, tales
superficies no constituyen sino un porcentaje muy limitado. Si proporcionan al
indígena lo esencial de su ingreso monetario, no exceden jamás al 20% de sus
propiedades y más bien parecen oscilar entre el 5 y el 10%. Además, no están
localizadas en la aynoca y por eso escapan así a las obligaciones
comunitarias. Los tres cultivos constituyen un ciclo netamente identificable.
Se comienza con la papa, que ofrece la base de la alimentación indígena, le
sigue la avena y, por último, viene la quinua. La primera ventaja de esta
rotación es asegurar en las cosechas una parte constante de cada uno de estos
diversos alimentos de base. Además, al suelo le favorece la variación de los
cultivos. Observamos que, en Ichu, la mayor parte de las tierras cultivables
parece que siempre estuvieran en cultivo. La penuria se hace sentir hasta tal
punto que las familias menos provistas no pueden dejar de sembrar y plantar
sobre los mismos campos. Como su tierra es muy reducida, el comunero de Ichu,
para asegurar su subsistencia, debe dedicarse a algunas actividades
complementarias. Las mujeres se dirigen a Puno, donde venden cebollas y
lechugas. Los hombres confeccionan sandalias con llantas; viejas. Cuando el
trabajo agrícola se los permite, las llevan al mercado de Puno. Cierto número
de entre los más jóvenes emprende largos viajes que pagan con el dinero
obtenido en su pequeño negocio. Un hombre joven, ya casado y padre de dos
hijos, se preparaba poco antes de la Navidad de 1952 a ponerse en camino para
el Cuzco; pensaba detenerse en todas las ferias, pasaría algunas semanas en el
Cuzco y contaba con regresar aproximadamente para el carnaval. Lo notable de
estas actividades complementarias es que, por lo menos en Ichu, parecen fijar
al comunero. Al asegurarle los magros recursos que le permiten proseguir su
miserable existencia, lo retienen en su suelo natal, no obstante que lo alejan
durante largos periodos.
31Lo que en el Perú se designa bajo el nombre de minifundio
constituye una característica distintiva de las comunidades indígenas. Todos
los pueblos indígenas que hemos podido observar en la región de Puno parecen
sufrir de esta falta de tierra que hace contraste con las inmensas extensiones
de ciertas haciendas y le presta a su paisaje agrario una de sus
características más notables. Estaríamos muy dispuestos a generalizar esta observación
para una región más amplia de la que hemos podido observar por nosotros mismos;
por otra parte, la hacienda parece haberse constituido empujando a las
comunidades hacia las tierras más pobres, sobre territorios cada vez más
reducidos. El caso de Muñani, por ejemplo, comunidad vecina a Putina, en la
provincia de Azángaro, es característico a este respecto. Hoy se encuentra
comprimida entre dos amplias haciendas, de las cuales una se ha constituido por
separación y anexión de terrenos que anteriormente pertenecían en su mayor
parte a los comuneros; pero este problema solo se podría aclarar con una serie
de estudios regionales.
La comunidad y su territorio
32Ahora, tratemos de caracterizar a la comunidad indígena por la
organización de su territorio. Conforme hemos podido observar directamente y de
lo que se desprende de nuestras informaciones, los campos comprendidos en la
parte central del territorio y denominadosaynoca están sometidos a una rotación que, si
bien no es obligatoria en el sentido literal, presenta una regularidad muy
notable. Cada propietario tiene una o varias parcelas en cada uno de los sitios
de la aynoca. Esta nos intrigó mucho tiempo. La cosa
y el nombre se encuentran en todas las comunidades aimara del sur de Puno.
Creímos, en primer lugar, que se trataba de un territorio comunal de propiedad
colectiva. Pero nada hay de eso. Cada parcela de la aynoca tiene un propietario y, entre las
parcelas, los linderos simbolizan muy claramente los derechos de los mismos. No
se trata de que las parcelas que trabaja cada familia le hayan sido cedidas por
decisión de la comunidad o del consejo de la comunidad o que le puedan ser
retiradas según la costumbre incaica de la distribución de tierras. Esas
antiguas prácticas se observarían aún en el altiplano boliviano. Al comenzar el
año, la comunidad, siguiendo el molde descrito por Garcilaso y Cobo, repartiría
tierras a los jefes de familia según el número de hijos y de personas a su
cargo. Conforme se modifique el volumen de la familia, un individuo verá
reducir o acrecentar el número y la extensión de parcelas que le otorga el
consejo de la comunidad. No lo hemos constatado por nosotros mismos y los
testimonios que hemos recibido se refieren a un pasado más o menos alejado:
“así era hace más o menos 15 años”. Se pueden asociar estos relatos más o menos
verificables con una observación de Mishkin: la repartición, especie de
catastro anual, es solemnizada por la visita del gobernador, que ratifica los
antiguos linderos y límites de la propiedad, con la reserva de los arreglos o
cambios que el gobernador hubiera introducido.
33Como quiera que sea, en la aynoca de Ichu el comunero es dueño, con la
única restricción de las rotaciones que se imponen a todos con notable
uniformidad. Por eso, el observador que la visita queda sorprendido por la
unidad de cultivo; cada uno ocupa una gran extensión. Como la rotación se
inicia con las papas, que constituyen la base principal de la alimentación, le
es dedicada toda una parte de la aynoca, una
segunda lo es a la cebada y a la avena, destinadas al consumo humano o animal y
no solamente empleadas como forrajes, y la tercera a la quinua; parte del
terreno se deja en descanso por un tiempo (un año o dos), que varía según la
calidad de los suelos y la urgencia de las necesidades del agricultor. En lugar
del abigarramiento de parcelas dedicadas a diferentes cultivos, por pequeñas
que sean (dos surcos de cebada, tres surcos de papas), es un espacio más o
menos homogéneo el que aguarda al visitante. El contraste entre la homogeneidad
de la aynoca y la heterogeneidad de las pequeñas
parcelas nos impresionó tanto que, en un primer momento, consideramos la unidad
de cultivo vinculada a la unidad de la propiedad. Bastó para disuadirnos ver la aynoca vacía después de la cosecha. El
parcelamiento reaparece; los límites entre los campos de los diversos
propietarios no siempre son muy visibles. Sin embargo, los denuncian diversos
signos: los surcos que hasta cierto punto están orientados en una dirección
cambian de sentido (los surcos del campo B son oblicuos o perpendiculares en
relación con los del campo A). O bien la separación entre dos surcos cambia
bruscamente: un surco intercalado indica el cambio de propietario. O puede ser
que un trozo de yerba verde se deje al final del campo, en esa parte que
nuestros campesinos llaman la “vuelta”. Esta visita a la aynoca
vacía, al mismo tiempo que nos confirmó el carácter individual de
la propiedad, nos descubrió la vigencia de ciertas tareas colectivas. A fines
de julio, cuando la cosecha ha terminado y antes de que los campos se preparen
para la siembra, los carneros vagan en la aynoca buscando ahí su pastura. El
propietario de una parcela no puede quejarse porque el rebaño de su vecino esté
en ella, pues dispone del mismo derecho respecto de su vecino. La regularidad
de la rotación no sufre sino dos obstáculos. Los servicios del Ministerio de
Agricultura desde hace algún tiempo desean introducir el cultivo de ciertas variedades
de trigo. Este recién llegado podría quebrar el ciclo tradicional. Por eso
encontramos un poco de trigo en la aynoca de cebada. Al informarnos sobre la
infracción que significa, se nos respondió que el propietario del campo había
conversado con las autoridades de la comunidad y estas le habían otorgado un
permiso. Otra amenaza proviene de la escasez de tierra y, como lo hemos ya
indicado, influye en la periodicidad del descanso. Varias veces se mencionó
delante de nosotros el caso de familias tan pobres que no dejan descansar sus
tierras. Salvo estas dos reservas, parece que el ciclo tradicional de rotación
de cultivos continúa funcionando sin mayores tropiezos.
34Es difícil decir lo que actualmente significa el conjunto de
prácticas vinculadas a la aynoca. En todo caso, se trata de una
costumbre, porque ninguna sanción legal seguiría a su violación y las
sanciones, por severas que fueren, no podrían venir sino de los mismos
comuneros. La ley no prevé ninguna pena contra quien quisiera sustraerse a la
obligación colectiva de la aynoca; esta rotación tradicional, se dice,
tiene la gran ventaja de asegurar un aprovisionamiento más o menos regular de
los productos alimenticios al repartir los riesgos en varios cultivos. Sin
embargo, grosso modo, no hace sino reproducir la repartición que todos cumplen
en las parcelas que no forman parte de la aynoca. Ocurre que, como las tierras de la aynoca en general son de las más fértiles,
las cosechas resultan más abundantes que en el resto de las parcelas. Por eso,
en el espíritu del campesino se produce una curiosa asociación. Muy a menudo
hemos escuchado quejas por la pobreza de las cosechas; las heladas que caen de
improviso pueden de un solo golpe arruinar todas las esperanzas. Sin embargo,
nuestro interlocutor agregaba: “felizmente la cosecha fue buena en la aynoca”.
Así se explica la creencia de que laaynoca constituye una reguladora de las
cosechas o, más bien (porque allí no se plantea el problema de la abundancia ni
del excedente) una especie de recurso supremo cuando las cosas amenazan con
resultar completamente mal. Sin embargo ¿por qué no considerar a la aynoca como proveedora de lo esencial del
consumo y a las parcelas como destinadas a asegurar el excedente?
·
28 Comentarios reates, parte 1, libro V, cap. 2.
35La existencia de una aynoca o de un suyo constituye algo así como
uno de los rasgos de la comunidad indígena; en Paucarcolla, distante de Puno
alrededor de 15 kilómetros, en la ruta a Juliaca, pudimos darnos cuenta de que
el suyo en las regiones de lengua quechua
cumple las mismas funciones que la aynoca de la región aimara. Apresurémonos en
agregar que la aynoca o el suyo no van acompañados por una explotación
comunitaria. Recordemos el texto famoso en el que Garcilaso de la Vega describe
a grupos indígenas que se dirigen alegres al campo. Comenzaban por las tierras
del Inca y del Sol, pasaban a las de las viudas o a las de los hombres
requeridos por el servicio militar o el trabajo comunitario en un rincón más o
menos alejado del inmenso imperio. Por último, todos indistintamente se
dedicaban al cultivo de los campos que tocaban a cada familia para asegurar su
subsistencia.28 Este relato de Garcilaso
subraya con toda la nitidez deseable que el trabajo en común no solo interesa
al servicio del Estado,sino también al de las familias que componen el pueblo.
Digamos que el campesino trabaja hoy para sí y su familia en su propio campo, y
con cargo de reciprocidad y en condiciones específicas para sus amigos y
parientes (ayni), y
con estos en ciertas tareas por el bien común del pueblo (minka). De esta tercera categoría de trabajos
tenemos un ejemplo en Ojerani, donde el mantenimiento de la fuente y de los
canales de irrigación está a cargo de todos. Una vez que el alcalde fija el día
en que deben realizarse los trabajos, todos abandonan sus propios asuntos y se
dedican a ellos. La gente de Ichu construye una nueva escuela. Preparan los
adobes y proceden a hacer el techo. Es decir que la prestación de servicios no
tiene lugar solo entre los individuos (de uno a otro), sino también entre los
individuos y la comunidad, considerada como una unidad aparte (de cada uno a
todos).
El ayni
·
29 Vocabulario de la lengua general de todo
el Perú, llamada lengua quechwa o del inca. reeditado por (...)
·
30 González Holguín, p. 40.
·
31 La historia de los incas, pp. 94-95 de la edición Loayza.
·
32 George Dumézil ha consagrado un artículo
importante al ayni(“Catégories
et échanges de services c (...)
36La relación bilateral (de uno a otro, o más bien de algunos a
otros) se expresa en el ayni, ayuda
que parientes y colaterales se ofrecen con reciprocidad. En su campo cada uno trabaja
por su cuenta y se ocupa de su propia cosecha. Pero las familias reciben la
ayuda o asistencia (ayni,
entre los de habla quechua o aimara) de parientes o amigos; el padre y los
hijos, los hermanos, a veces hermanos y cuñados, primos, padrinos y ahijados
trabajan en ayni los unos en terrenos de los otros. Lo
que caracteriza alayni es la reciprocidad. En su célebre
diccionario, González Holguín29define el verbo aynini o aynicupuni: ofrecer una compensación o pagar en la
misma moneda. La idea de reciprocidad está también subrayada cuando el mismo
autor precisa que se trata ya de una prestación para saldar un servicio o un
favor, ya de una represalia o venganza para pagarle a otro con la misma moneda.30 El principio de reciprocidad
está perfectamente claro en un texto del cronista Blas Valera.31 El ayni es calificado de ley de hermandad:
“Todos los hombres del pueblo deben ayudarse unos a otros a barbechar, a
sembrar, y a coger sus cosechas y a labrar sus casas y a otras cosas desta
suerte y que fuesen sin llevar paga ninguna”. El jesuita Blas Valera distingue
expresamente la ley de hermandad que los habitantes del ayllu ejercen unos
respecto a los otros y “la ley común” que define sus deberes frente a Estado y
frente a los señores, es decir construir templos, las casas de los reyes y de
los señores, arar sus campos, hacer puentes, trazar caminos y otras cosas
semejantes. Pero estas dos leyes están sometidas a la misma exigencia de
justicia porque, según nuestro autor, “cada provincia, cada pueblo, cada
linaje, cada individuo no debía trabajar sino lo que le incumbía y nada más”.
Estas obligaciones se deben sucesivamente y por turnos. ¿Es riguroso el
automatismo del principio de reciprocidad puesto en juego en el ayni?.
En primer lugar, esta prestación de servicio no es estrictamente obligatoria.
No está rígidamente fundada en el estatus del que da y del que recibe: los
hermanos peleados no se sienten obligados al ayni. Sin embargo, los amigos o los
compadres se ayudarán en ayni. Es decir que esta obligación es
moralmente muy fuerte aunque socialmente no esté definida de manera precisa.32 En general, es una obligación
directa, que no necesita del intercambio monetario, un día de trabajo vale un
día de trabajo. Está acompañada por una prestación de alimentos y bebidas; los
que trabajan en ayni son alimentados por el propietario del
terreno. Cuando el intercambio del servicio puede efectuarse unidad contra
unidad (yo trabajo un día contigo, y a cambio tú vendrás a trabajar otro día
conmigo) nada más simple que el ayni. Las cosas se complican si uno de los
miembros necesita más días de trabajo de los que el otro está dispuesto a
ofrecerle. Entonces hay que recurrir a compensaciones triangulares o saldar los
excedentes en trabajo por arreglos en especie. La primera solución,
evidentemente, es incómoda, porque introduce colaterales o amigos, en todo caso
a terceros, en el circuito de intercambio que así contribuye a agrandar. En
cuanto a la segunda, al introducir el elemento monetario en un intercambio
ritual, amenaza a la institución del ayni, tal
vez prepara su ruina o por lo menos le quita su finalidad instrumental para no
quedar ya sino el aspecto simbólico. No es raro que el ayni dé lugar a agrias y aun violentas
discusiones. Usted viene a trabajar un día en mi campo. A cambio yo iré un día
a ayudarlo. Pero ¿cuándo debo devolverle el día que me ha ofrecido?, ¿quién
decidirá? Seguramente que el arreglo es más fácil si se cumple inmediatamente.
Sin embargo, puede ser que me excuse alegando que no he terminado mi propio
trabajo; entonces usted puede irritarse por tanta demora y acusarme de poner en
peligro su cosecha. En resumen, a pesar de la identidad cuantitativa entre las
jornadas de trabajo, siempre es posible objetar que un día no vale siempre un
día y que, según la fecha y las condiciones, el valor de un día de trabajo
recibido no es igual al que me declaro dispuesto a devolver.
Hostilidad y vecindad
37Cualquiera sea la vitalidad de las instituciones de ayuda mutua
y de asistencia pública, en nuestra visita a Ichu nos sorprendió la hostilidad
que se testimoniaban buen número de habitantes. Nuestro hostelero se encontraba
en muy difícil relación con su vecino. Los hombres no se dirigían la palabra y
cuando de un patio al otro las mujeres se distinguían, casi siempre se
interpelaban en tono poco amable. Tuvimos la suerte de asistir a una disputa
que progresivamente llegó a incluir a todos los miembros de las dos casas. Era
de mañana y los hombres se preparaban a partir al campo. El asunto comenzó con
una riña de perros. equivalentes y homogéneos), hay que hacerle lugar a un ayni,
lato sensu (relación de intercambio gracioso entre un indio y un misti en la que la estricta exigencia de
igualdad y de homogeneidad en el servicio prestado y rendido, si no ha
desaparecido, por lo menos se ha relajado notablemente). Nuestra hipótesis es
que el funcionamiento actual del ayni tiende a esta segunda forma, aun si los
que participan son indios.
38Cada hombre llamó al suyo y le echó la culpa al perro del otro.
Los niños se acercaron y los muchachos comenzaron a desafiarse. Por último,
intervinieron las mujeres y después de unas breves observaciones cada una logró
convencer a su marido de entrar a su casa. No entiendo una palabra de aimara y
mi intérprete carecía de la sutileza necesaria para traducirme las réplicas a
medida que se producían y sobre todo para restituirme todo su sabor. Pero
bastaba ver para sorprenderse por la intensidad de sentimientos que este
mediocre episodio comprometía. Los protagonistas casi no elevaban la voz y se
mostraban sobrios de gestos. Las dos bandas se enfrentaban, claramente se
desafiaban. Ahora bien, la mujer de mi hostelero era la hermana de nuestro
enemigo y me explicó que, a la muerte de su padre, su hermano, que era el
mayor, había repartido la herencia según su interés, de manera que ella
prácticamente quedó excluida. Su marido, entonces, decidió llevar el asunto a
Puno ante el juez. Este, compadre de un amigo de su hermano, contra todo
derecho y toda equidad, según mi informante, rechazó al querellante. Es posible
que el fondo de la historia, tal como me la contó mi hostelero, haya sido
dramatizado. Así y todo el relato muestra la aspereza de las querellas
familiares y la fuerza de los conflictos que la propiedad suscita.
Propiedad y embrollos
39El sentimiento de la propiedad individual es muy vivo en el
indígena. Este hecho, muy conocido por los hombres de ley, ha servido para que
algunos deduzcan conclusiones sobre la mentalidad del indio, mientras que la
mayoría se ha dedicado a sacarle provecho. Es de observación constante que el
indígena se compromete sin dudar, y con una perseverancia casi infinita, en
procesos cuyos gastos le comen incluso la utilidad que el juicio aun ganado le
ofrecería o que sobrepasan de lejos la pérdida que significaría para él una
decisión contraria del juez. Este sentimiento de la propiedad tiene, sin duda,
un origen utilitario. No es difícil comprender por qué una familia, cuyos
campos le son insuficientes, considera toda amputación como una calamidad. La
tierra es también un símbolo de estatus. Su pérdida afecta directamente al
propietario. A esto se agrega, cuando el asunto está en marcha, la vanidad de
no desdecirse, la obstinación en no descuidar ningún recurso en la esperanza de
no sufrir en el amor propio. Por eso, los procesos ocupan una parte apreciable
del tiempo del indígena y de esto incluso se vanagloria. En uno de mis pasos
por Ichu la mujer de mi hostelero, Aurelio, vino una mañana a verme con las
manos llenas de papeles; eran las copias de los juicios relativos a los
procesos que su marido había sostenido con su hermano. Me contó el asunto con
todo detalle, citando con complacencia el nombre de los notables abogados de
Puno cuyos consejos había buscado.
·
33 Gamonal, latifundista, gran propietario en
el vocabulario de los indigenistas.
40Estar en condiciones de sostener un proceso largo y costoso
puede darle a un hombre reputación de importante. Esta afición a los conflictos
evidentemente es estimulada por la ausencia casi completa de toda pieza escrita
en la que se establezcan los derechos del propietario. En la mayor parte del
Perú, salvo en la costa, no se ha podido levantar un catastro. Por una parte,
la inscripción en el Registro de la Propiedad Inmueble se acompaña de
formalidades que en general espantan al pequeño propietario indígena. De allí
las innumerables disputas entre vecinos y también las fructuosas ocasiones que
se le ofrecen al misti para agrandar su dominio. Se ha
desarrollado toda una literatura sobre la explotación del indígena por el
gamonal.33 Con seguridad que la
confusión en lo referente a los títulos de propiedad ha facilitado tales
empresas, al mismo tiempo que ha contribuido a avivar las intenciones en el
interior de la comunidad indígena. Los conflictos y los antagonismos alrededor
de la propiedad se desarrollan, si no con complacencia, con tal fuerza que la
comunidad no podría ser presentada como una autoridad social armoniosamente
integrada.
La integración de la comunidad
41La palabra integración es de uso corriente; sin embargo, es
necesario subrayar algunos equívocos. El psicólogo habla “de personalidad bien
integrada” cuando los deseos, apetitos o tendencias de una persona son
relativamente compatibles y su satisfacción no expone al sujeto a intolerables
conflictos, consigo mismo y con sus compañeros. Se dirá también que la cultura
francesa está bien integrada si los temas que se reconocen en los productos
materiales o espirituales de nuestra civilización se prestan apoyo y se
refuerzan, en lugar de contrariarse y destruirse. En razón de la sola
naturaleza de los elementos que se trata de integrar, aquí tendencias y
apetitos, allá la tecnología, arte o ciencia, la integración cultural y la
integración psicológica son muy diferentes tanto en su estructura como en su
desarrollo. Pero la integración social es distinta de una y de otra. Una
sociedad, en apariencia por lo menos, puede estar fuertemente integrada; entre
los individuos que la componen pueden desarrollarse intercambios regulares,
sobre todo si esos intercambios están convencionalmente cuantificados, sin que
aparezcan, por lo menos inmediatamente y en forma explícita, conflictos
demasiado violentos, aun cuando las obligaciones que impone dicha sociedad a la
personalidad de sus miembros sean muy pesadas y los sometan a una tensión
próxima al punto de ruptura. Del mismo modo, no habría dificultad en concebir
una sociedad desintegrada o de débil integración si se prolonga en una cultura
en la que ciertos valores hayan permanecido armoniosos y activos. Por otra
parte, indicaremos después en qué sentido se debe tomar la distinción entre
integración cultural e integración social. Cuando hablamos de integración
social se debe entender que las diferentes actividades a las que se dedican los
individuos que componen una sociedad se efectúan de tal manera que minimizan
las tensiones y conflictos que esta acción colectiva puede ocasionar a los
individuos. La determinación objetiva de esas tensiones y conflictos ¿no es
acaso tan difícil como la medida de las satisfacciones que obtienen los
individuos de su participación en la vida social? Nos contentaremos con índices
superficiales, tales como la frecuencia de procesos y querellas, y al ahondar
en ellos nos creemos autorizados a poner en duda el punto de vista trivial, y
para nosotros muy optimista, sobre la integración de las comunidades. Con toda
seguridad que una comunidad indígena como Ichu no está integrada en la forma de
una gran ciudad, como Lima o Arequipa, donde los grupos profesionales, los
grupos étnicos y aun las clases sociales tienden a diferenciarse y a oponerse.
Pero sería apresurarse demasiado calificar a Ichu como comunidad integrada y a
Lima como ciudad socialmente desintegrada. En Lima, el millonario de San Isidro
y el pobre indio recién llegado de la sierra representan dos universos que se
ignoran casi tanto como se oponen. En Ichu, los conflictos que destrozan a
vecinos y parientes son de expresión, cuando no de naturaleza interpersonal, y
no por eso son menos vivos, y el predominio de querellas que conciernen al
derecho de propiedad nos sugiere que estas tensiones interpersonales reflejan
antagonismos a escala de la sociedad global.
Organización política de la comunidad: la
doble jerarquía
·
34 El vecino, en la época colonial, era “el
habitante que había podido probarle al cabildo que le per (...)
42De esta debilidad de la comunidad encontramos otro signo en su
organización política. Esta última revela orígenes prehispánicos y coloniales,
a la vez que rasgos característicos de la sociedad peruana contemporánea. A una
organización formal, diseñada por los funcionariosmistis, se superpone una
organización informal que satisface con más o menos felicidad las exigencias
tradicionales de la vida indígena. El Estado está representado en el
departamento por el prefecto, que tiene su sede en Puno; en la provincia por el
subprefecto, cuya residencia está en la capital de la provincia; y en la
capital del distrito por un gobernador. Por último, en los pueblos indígenas se
encuentra como representante de la autoridad central a un teniente gobernador
cuyo estatus es muy ambiguo. El gobernador es un notable, un vecino.34 Muy a menudo se trata de un
comerciante o de un mediano
43propietario; tal era en 1959 la situación de Chucuito. Sus
funciones son múltiples. Vela por el orden público; se asegura, en unión del
cuerpo de policía rural, denominado guardia civil, que los reclutas no escapen
a sus obligaciones militares. Una de sus tareas más estrictamente
administrativas es la de proporcionar certificados de conducta, para cuya
entrega pide a veces una gratificación, contrariando la ley. El gobernador
interviene también en los conflictos entre propietarios. Dispone de un poder de
patronato porque prepara una nómina de la que el subprefecto escoge a los
tenientes. En principio, para cada puesto se hacen tres propuestas, pero lo más
frecuente es que el subprefecto ratifique la primera elección del gobernador.
Ocurre a veces que el cargo se encuentra capturado por una familia que lo pasa y
repasa a sus diversos miembros. El teniente ocupa la base de la jerarquía y se
trata de un notable ínfimo, unas veces esmisti (como es el caso en Ichu), y otras
indio. (Puede ocurrir que en el mismo pueblo haya un teniente de indios al lado
del teniente de misti.) De
todos modos, el teniente es solo un adjunto del gobernador, pertenece a su
clientela, salvo el caso, muy raro, en que por sus méritos o afiliaciones goce
de una posición autónoma. Así, Cotimbo, teniente de Ichu, ocupa el cargo desde
hace mucho tiempo y goza de un prestigio personal considerable en las oficinas
de Puno. Pero el teniente, por el simple hecho de que su nominación es
propuesta por el gobernador y no obstante que a menudo este es indígena, no es
considerado como una verdadera autoridad indígena. Cotimbo es el único misti de Ichu; los indígenas lo tratan con
deferencia, porque le temen y algunos odian en él al prestamista intratable.
Precisemos, además, que en los ayllu no siempre se cubre el puesto de
teniente. Su designación se deja a la diligencia y criterio del gobernador, que
muchas veces no provee el puesto. Esto da por resultado cierta fluctuación. Al
lado de la jerarquía administrativa legal, subsiste una organización indígena
tradicional cuyo origen debe buscarse en el pasado colonial. Está constituida
por el consejo de mandones,
cuyos títulos y, en menor medida, las funciones varían grandemente según los
lugares. En la zona quechua, en Paucarcolla por ejemplo, se encuentra un
alcalde, un segunda (segunda persona) y regidores; las atribuciones de estos
personajes están muy mal definidas y la nomenclatura es bastante vaga. A veces
el alcalde ocupa la cima de la jerarquía; en otros casos, los indígenas lo
citan en tercer lugar, después del teniente, a quien no se debe confundir con
el personaje administrativo cuyo rol hemos descrito. El subprefecto de Puno (en
Puno, capital del departamento y de la provincia, tienen sede un prefecto y un
subprefecto) nos aconsejó ponernos en relación con el teniente Cotimbo y nos
proporcionó una recomendación muy halagadora. Pero en Ichu este era conocido
como gobernador. Uno de los efectos de esta promoción era que Cotimbo, por
teniente que fuera, tenía su propio teniente de carácter indiscutiblemente
indígena.
44En otras comunidades de la región aimara, el hilacata ocupa unas veces el último rango (es
el más joven de los mandones) y
otras el primero. La nomenclatura no distingue claramente entre la jerarquía
tradicional y administrativa. El teniente puede ser un funcionario o un notable
indígena. El título de alcalde no solamente se usa entre las autoridades del
pueblo, también designa al jefe de la administración municipal: Lima tiene su
alcalde del mismo modo que Ichu tiene el suyo. La confusión se hace todavía
mayor cuando al lado de las instituciones comunitarias tradicionales coexisten
los organismos jurídicos de la comunidad legal. La ley precisa que los
persone-ros sean elegidos en votación secreta. Además, es necesario que sepan
leer y escribir, y por eso se reclutan entre los individuos más aculturados del
grupo indígena. Aunque el caso no se presenta en Ichu, la información que hemos
podido recoger nos permite hacernos una idea de las complejas relaciones que se
establecen entre estas múltiples jerarquías. A veces, cuando la comunidad legal
está comprometida en una empresa de interés común, sus personeros aparecen como
los verdaderos detentores del poder, con los que es necesario contar. En otras
ocasiones, su iniciativa suscita resistencias entre los notables tradicionales,
se forman coaliciones con o contra funcionarios (gobernadores y tenientes),
tanto más que los gobernadores hábiles o intrigantes a veces presionan a los
indígenas para que acepten tal o cual cargo en la organización tradicional. Por
eso las diversas jerarquías que hemos distinguido no constituyen órdenes
autónomas, unas veces se recortan y refuerzan, otras se oponen y contradicen.
Ciertos mandones (los más influyentes y poderosos del
conjunto, el alcalde, por ejemplo) son presentados por el gobernador, quien más
o menos los impone a la comunidad; otras veces son designados sin el acuerdo y
contra la voluntad de las autoridades administrativas.
Los mandones y su poder
45Hemos marcado la fluctuación en la terminología. Los poderes de
estos notables son tan difíciles de circunscribir como lo son sus títulos. Con
toda seguridad, los mandones son tomados a veces como mediadores,
más o menos oficiosos, cuando surgen dificultades entre los comuneros; pero no
vayamos a imaginar a la comunidad gobernada por un consejo de sabios. Árbitros
y consejeros, el poder adjunto a esta magistratura de consejo se desprende del
prestigio y de la autoridad de sus titulares, más que de la ley (pues esta los
ignora) o de la tradición. En la plaza de Ichu, el domingo después de misa, los mandones provistos de sus varas con puño de
plata se alinean a lo largo del muro de la iglesia, los más venerables y los
que actualmente ostentan los cargos en la organización de la comunidad se sientan
en el banco cavado en el muro de la iglesia. Se invitan hojas de coca, alcohol
e intercambian algunas informaciones entre conversaciones amistosas. Pero no
hay consejo que realice sesiones en fechas fijas. A causa de su volumen y
composición, el grupo de mandones carece de poder de decisión y de
límites. Los cargos son anuales; constituyen una sucesión, una especie de cursus
honorum, a cuyo término el individuo se convierte en un pasado,
un anciano, especie de senador que hasta el fin de sus días tiene acceso a ese
consejo. Por eso, si viven bastante, casi todos los hombres tienen la
oportunidad de participar con uno u otro título, en un momento u otro, en la
vida pública de la comunidad. Es decir que el cargo, si bien constituye una
obligación en un sentido muy estricto, no basta para distinguir a los
individuos en una escala segura de prestigio. El grupo de los mandones y el de los notables no se superponen
exactamente. Nuestro hostelero había sido alcalde y los domingos no dejaba de
ir a alardear con su bastón al lado de sus pares. Sin embargo, todos los
trataban como a un pobre hombre, conocido por su ebriedad y su pereza. Sus
negocios desde hacía tiempo peligraban. Se había comprometido en un largo
proceso con su cuñado del que salió perdedor. Para pagar los costos, tuvo que
vender una pequeña parte de su herencia. Por mandón que sea, dudo que Aurelio Flores tenga
gran prestigio en Ichu. El prestigio se adscribe a la edad y a las cualidades
morales, tanto como el cumplimiento de funciones de autoridad, efímeras y poco
deseadas.
Jerarquía del prestigio
46Aquí no podemos presentar sino un bosquejo muy sumario del
sistema de estatus en la comunidad indígena: ¿quiénes son importantes en Ichu?
Con toda seguridad, los hombres que han satisfecho las exigencias
tradicionales, que han pasado cargos. Pero, también lo son los
ricos, los que tienen tierra, ganado o los que se supone tienen dinero. Algunos
observadores —Tschopik para Chucuito, Mario Vásquez para Vicos— han llegado a
sostener que en la sociedad indígena actual el criterio decisivo, cuando no el
único, es la riqueza. No estamos completamente convencidos. Otros elementos
sirven para apreciar lo que vale un hombre. Además de la riqueza, el indígena
otorga importancia a la instrucción; se trata menos del respeto por el que sabe
que de la envidia hacia quien, por saber hablar y escribir castellano, puede
defenderse, él mismo y a los suyos. Agreguemos que la familiaridad con el mundo
de los mistis es un criterio ambiguo: Cotimbo, que
puede hablarle al subprefecto es, a la vez, admirado, envidiado y temido. Otra
fuente de prestigio es el control que se adjudica a ciertos individuos sobre
las fuerzas naturales: el curandero es un personaje discreto pero muy rodeado.
¿En qué medida la jerarquía tradicional de los mandones toma en cuenta los criterios que
acabamos de enumerar? ¿Cómo ponderar el prestigio mágico-religioso y el
prestigio utilitario del que tiene dinero, habla castellano y tiene acceso al
mundo de los mistis? Nuestras observaciones en Ichu han
sido muy breves para que podamos responder. Lo más probable es que sean varios
criterios antitéticos los que contribuyan a determinar el estatus de los
individuos y de las familias en la actual comunidad indígena. En primer lugar,
dado el número de cargos y lo reducido de la población, se debe subrayar que la
mayor parte de los hombres tienen la oportunidad de ser mandones; pero su paso puede ser más o menos
rápido y su promoción más o menos brillante. Por eso no podemos hablar de un
sistema de estatus atributivo, como las categorías de edad en la sociedad
incaica. Hoy, los criterios de selección unas veces valorizan la conformidad
del individuo con el modelo tradicional (la reputación de sensato, de buen
consejero o de curandero, por ejemplo, define un tipo de autoridad), otras
recompensan los méritos del hombre rico o instruido. Según el predominio de uno
de estos criterios podemos prever cómo evolucionará la comunidad.
El apego a la comunidad
47¿Qué fuerza tienen aún las instituciones tradicionales? ¿Por qué
el indígena acepta entrar en cursus honoruml? Por mucho tiempo, los notables
indígenas han sido utilizados como instrumentos por las autoridades
administrativas. ¿Tenía el gobernador necesidad de mano de obra para la
construcción o mantenimiento de los caminos, para la reparación de la iglesia o
de los edificios comunales? Su teniente se dirigía a los mandones,
a quienes incumbía la tarea de reclutar los hombres y esta obligación, como se
supone, no contribuía a hacer muy deseable el cargo de mandón.Pero
las autoridades tradicionales no solamente estaban obligadas a ofrecerle brazos
al gobierno. ¿Se le ocurría al gobernador hacer una requisición de carne o
lana, en su propio beneficio o para el de una autoridad administrativa más
elevada, el subprefecto por ejemplo? Tal comisión recaía también sobre los
notables indígenas. No es, pues, sorprendente que el honor de serlo haya sido
considerado por estos como el signo precursor de una ruina cierta o, por lo
menos, de muy serios disgustos. Y los cargos más elevados (segunda, alcalde,
teniente), expuestos a los mayores sinsabores, eran evitados o, por lo menos,
se procuraba apartarse de ellos. El caso es que, de buena o mala gana, había
que decidirse; los que ya habían cumplido, así como los más jóvenes, a quienes
no les importaba porque aún no veían aproximárseles muy pronto este peligroso
honor, no dejaban en paz al recalcitrante. Sobre este también hacía presión el
gobernador, que no dejaba de sacar provecho de su función, porque si bien uno
se arruina cuando es mandón, se
enriquece cuando llega a gobernador. Este humilde funcionario ha dispuesto de
privilegios de hecho mucho tiempo después de que la ley los permitiera. La mano
de obra reclutada con fines pretendientes colectivos, pero utilizada en las
tierras del que la reclutaba, las requisiciones, más o menos arbitrarias de
carne o de lana, las apropiaciones de tierras a veces dudosas, y ante las que
cerraban los ojos magistrados complacientes, constituían las ventajas de estos
pequeños jefes. Algunas fortunas de Puno deben su origen a un abuelo, todavía
muy cercano de los indios, del que el subprefecto había hecho un gobernador. La
situación que describimos ha cambiado y la arbitrariedad administrativa ha
decrecido notablemente. Pero todavía hoy las funciones administrativas rinden
provecho (mucho más que prestigio) y por esta razón son deseadas, mientras que
los cargos indígenas provocan rechazos y evasiones. Aunque estas protestas no
se cumplen efectivamente, si bien no hacen sino expresar el malhumor de los
interesados, sin dispensarlos de la costosa tarea, porque el ciclo de los
honores está tan claramente trazado que son muy débiles las oportunidades de
evitarlo, subrayan que en la comunidad el poder político no se busca, pero sí
que se teme tanto como se desea.
48Para explicar la vitalidad de las instituciones tradicionales es
necesario considerar a la vez la sociedad comunitaria y la persona del
indígena. En lo relativo a la sociedad del pueblo, se puede admitir que la
organización tradicional la defiende contra el dominio o contra los abusos y
amenazas de las haciendas vecinas. La gente de la comunidad lo sabe bien. Pero
la misma función de defensa podría ser asumida de manera más eficaz y con menor
costo. La vitalidad de la organización tradicional no solo se explica por los
servicios que presta a la sociedad indígena, sino por la significación
simbólica de la que está revestida a ojos de los comuneros. A pesar de las
incomodidades que trae el cargo de mandón,
tiene prestigio porque consagra al individuo en su comunidad (se debe
distinguir con cuidado las declaraciones explícitas de los indígenas y su
conducta efectiva). A este respecto, el caso más instructivo es el del
mayordomo, especie de maestro de ceremonias a cuyo cargo corren todos los
gastos de la fiesta tradicional del pueblo. No se trata de un cargo propiamente
político, aunque esté incluso en el cursus honorum,
pero a causa de su designación religiosa y de los gastos que implica está
rodeado de más respeto y temor que los demás. Literalmente, consagra al
individuo que debe pagar la mayor parte de los gastos ocasionados por el santo
patrón. Los padres de Maryknoll han hecho lo posible en Ichu para reducir el
esplendor ruinoso de la fiesta patronal de San Pedro y San Pablo. Sin embargo,
en 1959, parece subsistir con el mismo brillo. Decíamos que los cargos de
autoridad son evitados, reconozcamos que también constituyen una fuente de
prestigio. El pasadoes un
consejero cuya opinión es solicitada con deferencia. Uno de nuestros amigos de Ichu
que pretendía haber visto en su niñez a los ocupantes chilenos, emitía
arbitrajes salomónicos. Hacía venir a los litigantes uno por vez, los escuchaba
con mucha paciencia y después proponía su solución. A la vista de la autoridad
de que están revestidos algunos pasados tomamos con algo más de prudencia las
quejas del indio que gime sobre las “cargas” que pesan sobre los notables;
también le inspira el orgullo de ser reconocido como individuo que ha cumplido
adecuadamente las obligaciones del hombre adulto.
·
35 Cfr. La cuestión agraria, en este mismo
capítulo.
49La multiplicidad de fuentes de la autoridad está en relación con
las actitudes individualistas. El individualismo es notable en el apego al
pedazo de tierra que cada uno hereda de su padre y que trata de transmitir a su
hijo y no encuentra sino un contrapeso muy débil en las instituciones, en el
fondo muy ambiguas, de la comunidad. Cuando hablamos del individualismo del
indígena no queremos decir que este no reconozca ninguna regla, que no se sienta
obligado por ninguna costumbre ni ninguna ley; queremos simplemente decir que
reconoce muy bien una esfera privada y que esa zona privada, aunque se vea
reducida por ciertas instituciones jurídicas (estructura de la propiedad), o
políticas (estructura de la autoridad), es más importante de lo que nos obligan
a admitir los estereotipos sobre el colectivismo del indio. Por otra parte,
este individualismo es contrabalanceado muy eficazmente por las costumbres y
prácticas que unen al indígena a la comunidad; pero pensamos que ese contrapeso
no debe buscarse en las instituciones políticas y jurídicas, sino en ciertos
modelos culturales, notablemente vivos, como las fiestas patronales o el cursus
honorum que asigna a
cada una un lugar en el sistema de los estatus. La confusión entre las
instituciones comunitarias y los sentimientos comunitarios ha pesado
fuertemente en los intentos para definir a la comunidad. Esta definición es
difícil: un régimen de comunidad sobre ciertas tierras coexiste con el régimen
de propiedad individual sobre otras y con las tareas colectivas a las que los
comuneros solo dedican una fracción muy limitada de su tiempo. Ahora, si
consideramos a la comunidad reconocida, tal como la define la ley, su vitalidad
no se explica tampoco por la sola propiedad colectiva de algunas tierras. Ahí
también comunidad y comunidad de tierras no son en absoluto nociones
equivalentes. La fuerza de la comunidad reposa en ciertos sentimientos y
actitudes colectivos y no en instituciones coherentes y bien delimitadas. Estos
sentimientos y actitudes se expresan en el orgullo de pertenecer a tal o cual
pueblo: los de Ichu, la gente de Capachica. Estas fidelidades locales están
simbolizadas en los vestidos característicos de las mujeres (se reconoce a las
de Capachica por sus monteras, a las de Ichu por su sombrero hongo), se exaltan
en las fiestas, de las que hablaremos en el capítulo siguiente. Este
sentimiento de participar en un grupo muy cerrado aún es reforzado por las
prácticas matrimoniales. La gente de Ichu se casa en su pueblo o en las
diversas parcialidades que constituyen el ayllu. El último rasgo, y tal vez el más
importante, para explicar el apego del comunero a su comunidad es que esta es
imaginada claramente como propia y auténticamente india: de gente india. La
comunidad constituye el órgano de defensa y de expresión por el que un grupo
indígena logra mantener su originalidad. Esta la defiende contra la servidumbre
que pesa sobre el indio de hacienda. Y es en este sentimiento donde se debe
buscar la razón del apego del comunero a su pueblo. Cuando decíamos que la
fuerza de la comunidad reside más en los sentimientos que en las instituciones,
no oponíamos a las actividades de la vida indígena una conciencia colectiva
abstracta y separada. Los sentimientos comunitarios puede ser que antes que
nada tengan su fuente en el esfuerzo de los comuneros para mantener su
autonomía frente a la hacienda. Es en relación con ese objetivo que deben ser
apreciadas las instituciones con elayni,
la aynoca, y los trabajos colectivos.
Lejos de constituir bases inalterables, ofrecen condiciones de existencia y
supervivencia al grupo indígena. ¿Tienen éxito? Y ¿en qué límite? Es lo que
podremos apreciar más tarde.35
La hacienda
·
36 Notas de campo, 25 de junio de 1953.
50La organización de la hacienda ofrece, a primera vista por lo
menos, un notable contraste con la organización de la comunidad. Notemos, en
primer lugar, que la extensión de la hacienda varía, que el mismo hacendado
como tipo social está muy lejos de ser homogéneo, que las actividades agrícolas
a las que se dedica son también variables, porque pueden ir de una
espe-cialización marcada, como es el caso general en la región de Puno, donde
el gran negocio es la ganadería, principalmente de ovinos, a un policultivo muy
diversificado, que se escalona a todas las alturas, desde las zonas de cultivos
tropicales hasta la ganadería en la puna, como puede observarse en la región
del Cuzco —sin hablar de las haciendas de la costa en las que se cultiva la
caña de azúcar, el algodón, la naranja y el limón—. Cierto número de
características observables en la región de Puno dan al régimen de la hacienda
su estilo y su figura. La producción de la hacienda es comercializable. El
hacendado no trata de vivir en ella de los productos de la tierra, lo hace de
la lana y de la carne, de las que obtiene los mejores rendimientos monetarios.
Agreguemos que el ingreso principal lo ofrece la lana. Los vacunos no
representan todavía sino una débil parte del rebaño, alrededor del 20%, y están
claramente localizados. Las zonas de vacunos son de fuerte densidad indígena:
la pampa de llave, entre Puno y Juliaca, la región de Paucarcolla y, entre
Juliaca y Huancané, la región de Taracoto. Los principales mercados son los de
llave, el domingo, y de Taracoto, el jueves. Los intercambios obedecen a un
ritmo de estación. A comienzos de la estación seca, a más tardar una vez
recogida la cosecha (julio), el campesino se desprende de su vaca y compra otra
en vísperas de la siembra (octubre). A este ritmo temporal corresponde un
desplazamiento espacial: las regiones de mejores pastos constituyen zonas de
reservas de las que se escogerán los animales que se emplean en los trabajos
agrícolas. El ganado que es objeto de intercambio no solamente está destinado a
trabajos agrícolas. Los animales que ofrecen una carne aceptable son
solicitados para los mataderos por los compradores de Arequipa, adonde los
expiden en camión o por tren. Mientras que los animales de trabajo casi siempre
son negociados por los mismos indígenas, los que van al matadero lo son por
tratantes cholos, que actúan por cuenta de los compradores, originarios de
Arequipa. Muy a menudo la gran propiedad lanera se caracteriza, en general,
como una propiedad muy extensa, de varios miles de hectáreas, y a veces de
varias decenas de miles de hectáreas (la hacienda en la que pasamos varias
semanas, entre Putina y Azángaro tiene alrededor de 15.000 hectáreas; según el
decir de sus propietarios, contenía 150 familias con una población total
aproximada de 500 personas). El propietario casi siempre es un blanco o un
mestizo, es decir un misti, que
casi no reside en ella sino que pasa la mayor parte de su tiempo en una gran
ciudad como Lima o Arequipa. Apresurémonos en agregar que estas dos
características, que corresponden indiscutiblemente a la generalidad de los
casos, admiten excepciones. A veces el hacendado es un mestizo que, por un
proceso de involución y regresión muy curioso, tiende a volver a la condición
indígena. Es así como hemos conocido a un hombre cuyo porte y vestido nos lo
señalaban como indígena, como a uno de los peones de la hacienda en la que
estuve invitado. López habla castellano con dificultad, la comisura de sus
labios está sucia por la mancha verdosa que le deja la coca. Este hombre posee
una propiedad que nuestro huésped evalúa en 1500 hectáreas. Por otra parte,
tiene alguna de las características físicas de sus ancestros europeos (su
abuelo fue un español que llegó a Azángaro en busca de fortuna): ojos azules,
una pigmentación clara y una barba rubia muy abundante. Él mismo es el producto
de un mestizaje, pero lo más importante es que ha llegado a adoptar un género
de vida cada vez menos discernible del de los indígenas que trabajan en sus
tierras. Su mujer es india. Sus hijos, por lo menos dos de los muchachos que
conocimos, van descalzos y usan poncho. Sería fácil apostar, según mi
hostelero, que López venderá su hacienda por parcelas a algunos indios deseosos
de agrandar sus campos. A menos que no llegue un misti que le ofrezca un buen precio por el
conjunto. Su mujer lo estimula a instalarse en Azángaro para abrir ahí una
tienda. La clase de los hacendados está, pues, muy lejos de ser homogénea. “Qué
contraste entre López y mi hostelero, que ha hecho buenos estudios en Lima, después
en Estados Unidos, que habla correctamente el inglés, muy convenientemente el
francés, que lee alemán y trata de tenerse al corriente de las recientes
publicaciones en biología y genética”.36 Además, hay que desconfiar
del cliché según el cual el hacendado nunca reside en sus tierras. Sin duda es
así en la mayoría de los casos, pero mi huésped, que posee una casa en Lima, no
pasa en ella sino dos o tres meses, y la mayor parte de su tiempo permanece en
su hacienda.
51Repitamos, pues, que salvo reservas y calificaciones cuyo
alcance e importancia trataremos de apreciar después, el hacendado es para el
indígena un patrón y para nosotros un rentista antes que un empresario. Asi, la
mano de obra indígena es utilizada por un propietario cuyo género de vida y
cultura difieren largamente del género de vida y de la cultura del indígena.
Pero, en general, este propietario delega sus poderes ejecutivos a un
administrador o a un mayordomo, o a uno y otro de estos personajes según la
importancia de la hacienda. Lo que en primer lugar caracteriza a la hacienda es
la inclusión del indígena en una organización que no controla y a cuya
finalidad permanece en gran parte ajeno. Sin duda, como lo veremos, tiene un
sentido muy vivo y a veces muy claro de sus intereses. Vemos que a pesar del
individualismo, cuya importancia hemos observado en las instituciones de la
comunidad, subsiste entre los comuneros la conciencia de pertenecer a una misma
unidad social fuertemente unida. ¿Puede decirse lo mismo del indio de hacienda?
El amo o su representante se yergue frente a él para recordarle a todo instante
su dependencia. De esta tenemos tal vez una primera ilustración en las
condiciones mismas del poblamiento. En una hacienda cuya actividad principal es
la ganadería, las exigencias de la actividad pastoril reclaman una población
dispersa. A cada familia indígena se le confía la vigilancia de un rebaño de
ovejas o de vacunos y, a diferencia de los agricultores de Ichu, que pueden
vivir a cierta distancia de su lugar de trabajo, el pastor, para vigilar el
ganado, debe vivir con él. Por eso, de tanto en tanto, encaramada en una colina
o acurrucada entre los pliegos de un valle, se percibe la casa de un pastor. El
propietario vive en su caserío.
·
37 Esta hierba se llamaichu. Es la más rústica y resistente. Se le
distingue de la paja brava y del (...)
Mi huésped, que vino a esperarme a Pucará, me señala el caserío
del que todavía nos separan algunos kilómetros. Es un cuerpo de construcciones
rectangulares que se destaca en el paisaje sin árboles; las casas de los indios
por su color (casas de adobe con techos de paja] se confunden con el fondo
rojizo o grisáceo de las colinas en las que crece una hierba densa aunque
chata.37 El caserío se destaca con
toda la autoridad de un símbolo de posesión y de dominación. Pasamos bajo una
puerta bastante alta que ha sido colocada en el mismo muro, y penetramos en un
patio rectangular al que dan, además de la casa del propietario, recientemente
restaurada, una galería en cuyos muros percibo unas pinturas que parecen
describir el desembarco de un grupo de europeos en un continente tropical
(desgraciadamente, estas pinturas han sido borradas por la injuria del tiempo].
Frente a la casa del dueño, cuyo techo está recubierto con tela metálica
ondulada, está la casa en la que se alojan los indígenas que, por turno, vienen
a servir a la casa-hacienda. A la izquierda, haciendo frente a la galería que
he mencionado, otra construcción en la que en forma fija se instala una especie
de equipo volante, cuya misión es recorrer la hacienda por secciones para
asegurarse de que los pastores indígenas cumplen su tarea. Próxima a la puerta,
por la que hemos pasado, una oficina en la que, sobre una mesa cubierta de
papeles, un viejo mestizo escribe a máquina y verifica sus cuentas.
·
38 Nota del 20 de mayo de 1953.
El patrón tiene así a la mano a su personal ejecutivo: el
contador, los rodeantes, especie de vigilantes, y los domésticos.38
52Esta primera descripción, sin duda, nos ofrece una visión muy superficial
de la hacienda y de su organización. Pero nos permite percibir, casi a primera
vista, que esta organización es fuertemente jerárquica (veremos después algunas
de las causas que le impiden ser eficaz). En muchos aspectos, el caserío se
presenta como un puesto de comando. Pero la tropa sobre la que se trata de
ejercerlo es, a la vez, numerosa, abigarrada y poco manejable. El mismo volumen
de esta población plantea un problema de difícil control. El hacendado no lleva
sino un registro aproximado de sus efectivos: cuenta por familias o por fogones
y no por individuos. Con frecuencia, los jóvenes se marchan a la mina —a San
Antonio de Esquilache y a Toquepala— y van y vienen sin que su ausencia se
note. De ninguna manera el indígena puede ser considerado como un obrero
agrícola; para usar categorías familiares, digamos que es un colono. Sin duda,
en los casos previstos por la ley, es posible obtener contra él una orden de
expulsión: si no ha cumplido su tarea, si por negligencia ha producido consecuencias
dañinas a su patrón, o aun si ha provocado incidentes con otros pastores. Pero,
como lo hacía notar mi huésped, es muy imprudente y difícil deshacerse de un
individuo que opone su inercia y amenazas más o menos vagas, que a veces está
en condiciones de cumplir. Cuando el propietario se instala en su tierra, por
compra o por herencia, la población de la hacienda está en el lugar. Los
individuos nacen en la hacienda, mueren allí y el mismo destino de los padres
parece esperar a los hijos. El indígena tiene a su cargo un rebaño. Debe
vigilarlo, llevarlo a pastar. Su remuneración no consiste, principalmente en un
salario, sino en el uso de alguna parcela en las que cultiva papas y quinua, y
en el derecho de tener algunos animales de su propiedad. Los lotes cultivables
que le son concedidos varían según el volumen de su familia. En cuanto al
derecho de pasto, tradicionalmente lo ha ejercido no en campos determinados
sino en toda la extensión de la hacienda; el indio mezclaba su rebaño con el de
su amo (veremos que esta costumbre se está modificando]. Así, una
diferenciación muy neta se introduce entre la población indígena. Un pastor
tendrá 100 carneros, otro, 25; un hombre muy rico poseerá tal vez 150. En
cuanto a la distribución de las parcelas de cultivo, esta da lugar a dos tipos
de dificultades. En primer lugar, el indígena se queja de que el patrón no le
da sino malas tierras; aquellas, por ejemplo, donde hiela más. Después
envidiará a otra familia que, según él, habrá recibido un lote mucho más
fértil. Como quiera que sea, tal régimen asegura la subsistencia del indio y
permite al hacendado obtener una renta más o menos elevada, según la cantidad y
la calidad de su rebaño. El indio, a condición de velar sobre los carneros del
dueño, dispone de tierras con las que, bien o mal, asegura su subsistencia y la
de su familia.
53En cuanto al volumen de la población indígena instalada en su
propiedad, el interés del hacendado está en que esta sea suficientemente
numerosa para poder vigilar la mayor cantidad de animales, teniendo en cuenta
la capacidad de pasto; muchos indios y pocos carneros sería un mal negocio,
pero pocos indios y muchos carneros no le convendría tampoco, porque si estos
están mal cuidados producen poca lana y carne de mediocre calidad. La conducta
del hacendado está determinada por tres categorías de factores: el precio de la
carne y de la lana; las condiciones técnicas de la cría y las condiciones
demográficas y sociales que rigen el empleo de mano de obra. Mientras los
precios sean buenos, la mano de obra dócil y la técnica de cría rudimentaria,
el hacendado tiene simultáneamente muchos carneros y muchos indios. Pero puede
llegar el momento en que este tenga interés en reducir el número de indios para
acrecentar y sobre todo mejorar su rebaño. En cuanto al indio, su alimentación
de todos modos estará asegurada, cualquiera sea la producción de la hacienda.
El ingreso monetario lo obtiene de la venta de su propio ganado, que negocia
directamente y por su propia cuenta. Pero el débil rendimiento, la mala calidad
de la lana y de la carne lo llevan a aceptar las condiciones que imponen los
comerciantes, indígenas o cholos, que le ofrecen un precio muy bajo.
Hacienda y dominio
54La estructura de la hacienda puede ser analizada a la luz de lo
que nos enseñan los historiadores sobre el feudalismo europeo.
·
39 Bloch, Marc, La société féodale: la formation
des liens de dependence, p. 365.
El dominio —dice Marc Bloch— se divide en dos fracciones unidas
por una estrecha interdependencia. De una parte la finca, también llamada por
los historiadores la reserva, de la que el señor recoge directamente los
frutos. De otra, los feudos, pequeñas o medianas explotaciones campesinas que
en número más o menos considerable se agrupan alrededor de la propiedad
señorial. El derecho superior que el señor ejerce sobre la choza, la labranza y
el campo del campesino se traduce en una nueva investidura... cada vez que
cambia de mano; en la facultad de apropiárselos en caso de falta de herederos o
de legítima confiscación; por último, y sobre todo, en la percepción de
impuestos y servicios. Éstos consistían en su mayor parte, en tareas agrícolas
ejecutadas en la reserva.39
55Naturalmente, el hacendado no da formalmente su “investidura” a
sus indios y menos aún puede hacerla onerosa. Tampoco puede “confiscar” los
feudos porque la presión de la población indígena es fuerte. Pero la oposición,
subrayada por Marc Bloch, entre la reserva y los feudos es bastante notable en
la hacienda. La reserva aquí está constituida por los campos en los que el
propietario emplea la mano de obra indígena para cosechar papas y quinua.
Guarda la cosecha en sus depósitos y en su mayor parte la cede a los indios en
condiciones más o menos draconianas.
56Esta comparación entre la hacienda y el dominio será tenida por
discutible. Se alegará que la ley prescribe el pago en especies. Teóricamente,
los servicios que el indio [pongo) debe a su patrón han sido abolidos.
Los días que se trabaja en casa del hacendado, cocinándole y sirviéndole, deben
ser pagados. Sin embargo, muchas veces estas disposiciones son burladas.
Evidentemente el hacendado no puede apropiarse gratis de todo el trabajo del
indio. Le asegura más o menos su subsistencia y, al permitirle tener su propio
rebaño, le deja los medios de hacerse de efectivo. Pero, sobre todo, hay una
originalidad característica que aparece en la hacienda ganadera; la reserva en
la que se cultiva la cosecha de que se apropia el propietario y que no le
interesa sino medianamente, puesto que se trata de cosechas —con la excepción
del chuño— de venta no importante, únicamente destinada al consumidor indígena.
Lo que le importa al hacendado es el mantenimiento de su rebaño. En la
organización tradicional este fin se obtiene, bien o mal, gracias al concurso
de cierto número de mecanismos que vamos a analizar.
El patrón y sus empleados
57Con frecuencia el hacendado no ejerce sino un control muy débil
sobre su propiedad. Esta, generalmente, la tiene en manos de un mayordomo, a
veces indio; este personaje debe cuidar de que los carneros del patrón sean
trasquilados, que no le roben la lana, de la entrega, en las condiciones
previstas, de los carneros y vacunos vendidos a los mataderos y, finalmente, de
que los trabajos agrícolas se ejecuten de manera satisfactoria. A veces el
patrón se reserva el cuidado de efectuar la venta y trata directamente con el negociante
en lana o en carne. Deja su residencia de Arequipa o Lima y por algunas semanas
se instala en la hacienda. En el primer caso, el mayordomo maneja el negocio
más o menos como lo entiende; en el segundo, está sometido a un control más o
menos estricto, por lo menos en los aspectos financieros de su gestión. Ciertos
propietarios contratan administradores con formación técnica, ingenieros
agrónomos o, muy a menudo en esta región de ganadería, a especialistas
entendidos en el arte de criar y engordar ganado. Algunos de estos
administradores son extranjeros —suizos, alemanes y yugoslavos—, y sus
funciones y atribuciones son muy variables. En ciertos casos, ellos mismos se
consideran expertos y de buena gana descargan sobre un mayordomo la tarea de
dirigir una mano de obra cuya conducta y sentimientos les escapan. Otras veces
cumplen, a la vez, una función técnica y otra de dirección. Entre el
administrador, el mayordomo y los indios se interpone una jerarquía muy
completa. En la hacienda vecina a Azángaro, en la que tuvimos la ocasión de
pasar algunas semanas, además del administrador, que residía en una extremidad
de la hacienda, a unos 10 kilómetros del caserío, vivienda casi permanente del
propietario, había un buen número de capataces a quienes se confiaba la gestión
y el control de los asuntos corrientes en un sector determinado. La función del
capataz no es técnicamente especializada. Los pastores dependen de su
autoridad, pero también debe asegurarse del cumplimiento de las tareas de los
indios que trabajan en los campos del propietario. Cada tarde, por lo menos
cuando el dueño está allí, el capataz va a dar su informe, a presentar
sugestiones y a recibir instrucciones para el trabajo del día siguiente.
Además, el capataz aparece como un elemento extranjero a la hacienda y recibe
una remuneración monetaria. Muy a menudo no está sino de paso en una propiedad
en la que no ha nacido y en la que no tiene intención de enraizarse. Su
ambición es llegar a administrador o, con el poco dinero que logre reunir, tentará
su oportunidad en una ciudad pequeña, ensayará lanzarse en un pequeño comercio
de lana en Juliaca; o bien irá a trabajar como mecánico en un garaje o como
chofer de camión. Uno de los capataces que encontramos había nacido en Cuzco,
era un muchacho de 25 años que se vanagloriaba de sus conocimientos mecánicos
(a su cuidado estaba el camión de la hacienda). Usaba, además de las botas del
jinete indígena, el blue jean del cowboy. Manifestaba un evidente deseo de
aprender. Cuando un día llegó de Puno el veterinario para vacunar a los
terneros, durante todo el trabajo mostró una aplicación notable y, como este le
encargara vacunar a algunos de los animales, reía de placer al ejecutar bien
dicha tarea.
·
40 Literalmente: los que hacen la ronda.
58Los rodeantes,40 especie de policía montada,
están encargados de vigilar a los pastores indígenas y de asegurarse que ningún
extraño se introduzca en la hacienda para allí alimentar a sus animales. La
primera vigilancia es para impedir que los indígenas, colonos de la hacienda,
hagan pastar a sus propios animales en los sitios que el hacendado reserva para
su uso. La segunda es todavía más difícil. Los indígenas son viajeros
inveterados: arreando dos o tres llamas, acompañados de un burro que trota a su
lado, o bien montados en sus caballos, se ponen en ruta hacia un pueblo
distante unos 50 km, en el que los atrae una feria y al que también los empuja
el gusto por el vagabundeo. De tiempo en tiempo se detienen en el camino para
respirar. Los caballos y las llamas, y a veces toda la caravana, arrasan los
pastos. Si el rodeante pasa por allí, debe desalojar a esta banda errante que
daña al propietario. Ocurre que sobre los bordes de la hacienda vive una
comunidad que está muy estrecha en sus propias tierras. Es el caso de Muñani,
cuyos habitantes son aficionados a hacer pastar a sus animales en los
territorios de las haciendas vecinas. El rodeante constata el delito, lo
informa al mayordomo, este al patrón y entre este último y ios indígenas,
presos en flagrante delito, la cosa se arregla a veces por la prestación
gratuita de servicios, como contraparte de los daños causados al hacendado por
los animales del indio.
59A veces el rodeante es bautizado como quipu (el empleo de ¡a palabra indígena es
un índice interesante). El quipu es un agente ejecutivo muy poco
diferenciado del pastor indígena y muy próximo a él. Mientras que elquipu es indio, el rodeante es a veces
mestizo, y parece ser característico de la organización de la hacienda, que
cuanto más esté controlada estrechamente por el patrón o por su representante
directo, más reducido es el número de indígenas empleados en los cargos de
autoridad. Mestizo es el capataz como el rodeante. El indígena permanece en la
parte más baja de la jerarquía. Esta situación corresponde, nos parece, a una
política consciente. Los agentes mestizos son más fácilmente sensibles a las
ventajas del progreso y a las innovaciones fructuosas. Son ellos los que
difundirán la práctica de la vacuna; verán la importancia de ciertos cruces
susceptibles para mejorar la lana y la carne. Además, muy contentos de hacer
sentir su poder a la indiada, serán sin duda muy poco tolerantes respecto de
las infracciones que pueda cometer el indígena de la hacienda o el viajero que
engorda a sus animales en detrimento del hacendado. Por otra parte, importa
mucho menos que el control de los trabajos agrícolas sea o no efectuado por un
mestizo. La tecnología agrícola casi no parece haberse modernizado y, si por
razones de gran apremio, muchos hacendados se muestran interesados por toda
innovación susceptible de mejorar su producción de lana o de carne, no parecen
mostrar el mismo interés por la mejora de los cultivos. En realidad, ocurre que
de las cosechas de papas o de quinua, el hacendado no puede obtener gran
provecho porque los mercados donde se distribuyen son reducidos (se trata de
productos de los que el comprador principal es el indígena) y muy poco
organizados. La venta al por menor en las ciudades está asegurada por un gran
número de pequeños compradores que se aprovisionan directamente de sus
parientes, amigos o compadres. De hecho, estas cosechas se acumulan en los
depósitos y se ceden a los indígenas con dificultades de víveres. Si la cosecha
ha sido mala en sus propias parcelas, el indígena se vuelve hacia el hacendado,
cuyas reservas le permiten hacer un arreglo a veces delicado. En intercambio de
estos productos alimenticios, el indio pondrá a disposición de su patrón
algunos animales de su rebaño o le ofrecerá algunos días suplementarios de
trabajo.
El patrón y sus indios
60Lo que es muy notable —cuando no sorprendente— es que las dos
partes tienen el sentimiento de ser explotadas. El indio se queja de que las
tierras recibidas son de mediocre rendimiento, que su vecino ha sido mejor
tratado o que el patrón se ha reservado abusivamente el uso de los mejores
campos. En resumen, siente que su trabajo “vale” más que la remuneración que
por él recibe. El patrón insiste en el débil rendimiento de la mano de obra
indígena, en la negligencia de los pastores que dejan morir a los carneros, en
el espíritu de merodeo que sugiere al indio substituciones fructuosas entre los
animales de su rebaño y los de la hacienda. La desconfianza es, pues, el tono
en que se desarrollan las relaciones entre el propietario y sus colonos. Esta
desconfianza alimenta discusiones infinitas cuando se trata de evaluar la
prestación de los servicios ofrecidos frente a las ventajas acordadas por el
hacendado. Este regateo tiene lugar de persona a persona o de grupo a grupo.
Pero el hacendado no solamente tiene que manejar a sus indios y protegerse
contra sus usurpaciones. Debe, también, defender sus fronteras contra otros
hacendados o contra las comunidades indígenas con las que mantiene variadas y
cambiantes relaciones.
·
41 Aguardiente que se produce con la
destilación de los vinos de Pisco.
·
42 Por otra parte, no dejaron de producirse
dificultades de interpretación; el protocolo del acuerdo (...)
61Asistimos a una negociación muy curiosa en la hacienda de la que
éramos huéspedes. El propietario había emprendido trabajos importantes en el camino
que sirve una parte de su propiedad y, después de emplear a toda su mano de
obra, propuso a los comuneros del vecino pueblo de Muñani que fueran a trabajar
donde él y que, en intercambio, pondría a su disposición ciertos campos de
cultivo. La negociación estaba en marcha desde hacía varias semanas. El alcalde
había tenido largas y laboriosas discusiones con el patrón. Finalmente,
llegaron a un proyecto de acuerdo, pero la ratificación del mismo había sido
pospuesta y en cada nuevo encuentro el alcalde alegaba que uno de los comuneros
al que había informado de los términos del contrato proyectado había hecho
resaltar tal dificultad, solicitado tal aclaración o formulado una nueva
pretensión. Apenas se arreglaba un punto, surgía otra dificultad y muy a menudo
una cuestión ya resuelta nuevamente era puesta sobre el tapete. ¿A qué
superficie de tierra daría derecho una jornada de trabajo? ¿La asignación se
haría en forma global o individualmente a cada jefe de familia? ¿Qué pasaría si
un individuo por una causa u otra cesaba bruscamente de ir a trabajar?
¿Retomaría la tierra el patrón o la entregaría al alcalde a condición de que
reemplazara al ausente? ¿Cuántas horas comportaría la jornada de trabajo?
¿Quién decidiría la fecha en que comenzarían los trabajos? La política del
hacendado era tratar directamente con el alcalde para evitar ser cogido en las
querellas que se suscitan entre los indígenas y se proponía dejarle mano libre
en lo relativo al reclutamiento de los trabajadores, una vez que hubieran fijado
de manera global los terrenos que el alcalde repartiría a continuación a cada
interesado. Pero como las cosas se eternizaban, el patrón decidió convocar a
los comuneros de Muñani que habían aceptado su proposición a fin de obligarlos
a decir su íntima palabra. Así, una mañana, hacia las ocho, vimos llegar un
grupo de unos 20 hombres, en su mayoría vestidos como indígenas (en Muñani hay,
a lo sumo, una decena de mestizos), de los que la mayor parte no hablaba sino
quechua. El alcalde los seguía a caballo. Prevenido mi hostelero (terminábamos
un copioso desayuno con sopa, carne y, además del café, una copa de pisco41 para defendernos contra los
rigores del clima) se dirigió a su oficina, en donde se le reunió el alcalde.
Como la puerta estaba abierta, algunos indígenas entraban y salían, pero casi
todos permanecían agrupados delante de la oficina. A cada punto delicado, el
alcalde venía hasta el umbral y explicaba las proposiciones que había comprendido.
Uno u otro de los indígenas interrumpía y se formaban grupos. El alcalde volvía
a reunirse con el patrón y después salía para parlamentar nuevamente con sus
poderdantes. Este ir y venir comportaba para cada artículo dos o tres vueltas.
Al mediodía, el asunto apenas si estaba arreglado.42
62Este ejemplo, que ilustra las dificultades incesantes que se
desprenden de la incertidumbre de cada parte respecto de sus derechos y
obligaciones, nos sugiere que puede ser muy precario el control que el
hacendado ejerce sobre su propiedad.
·
43 Término despectivo que se aplica a los
escribanos de las ciudades pequeñas.
63A primera vista, el hacendado aparece como todopoderoso y uno
imagina que dispone a su albedrío de personas y cosas. Es cierto que entre las
autoridades administrativas encontrará muchas simpatías y complacencias. Puede
ser amigo o pariente del diputado o del prefecto. Tal vez su familia tenga en
la capital relaciones o apoyos que inspiren temor al alcalde o al juez. Además,
el hacendado goza entre las autoridades de un prejuicio favorable, porque
representa el orden, mientras que las reivindicaciones del indígena fácilmente
pueden pasar como subversivas. Pero esta visión no es sino someramente cierta.
El indígena también encontrará entre los abogados y notarios de las ciudades
pequeñas a defensores, evidentemente interesados y con frecuencia eficaces. Más
de un hacendado retrocede ante la idea de una querella con los indígenas por temor
a ser arrastrado al mismo tiempo a un asunto desagradable. El tinterillo43 que explota la pasión
pleitista del indígena lo protege por el temor y la duda que inspira al
hacendado la amenaza de un proceso tal vez largo, confuso y difícil. El
hacendado teme reunir contra él la mala voluntad de los indios. Mala voluntad
tanto más difícil de reprimir porque también lo es de circunscribir. En
particular, el hacendado teme como a la peste al abigeato que puede diezmar su
rebaño. Ahora bien, la experiencia demuestra que los ladrones de ganado tratan
antes que nada de encontrar cómplices en la hacienda que tratan de pillar. Un
pastor descontento puede asegurarles una preciosa complicidad. Por eso, el
propietario duda antes de recurrir, aunque la ley se lo permita, a la expulsión
de sus colonos. El indio, por decirlo así, es inamovible; además, por un
proceso de penetración, tiende a implantarse cada vez más firmemente en toda la
hacienda. Si no se tiene cuidado hará pastar a sus ovejas en los mejores
pastos, reivindicará las mejores tierras, en resumen, agrandará su lote. Así, a
veces ocurre que los rebaños de los colonos de una hacienda son más importantes
que los del propietario, o que las tierras directamente explotadas por los
indios alcancen a un 30 o 40%, y a veces más, de las superficies cultivadas.
La hacienda y sus problemas de
organización
·
44 “La condición de las trabajadoras
indígenas en las haciendas ganaderas del sur del Perú”. Arequipa(...)
64Hay que citar un artículo publicado en Lana
y lanares por Juan
Chávez Molina.44 En la primera parte de su
estudio, Chávez Molina ofrece algunas notas interesantes sobre la organización
de la gran propiedad ganadera, que más o menos concuerdan con nuestra propia
descripción. El autor es un gran propietario de Puno que ha modernizado la
ganadería en su misma propiedad y, luchando contra los prejuicios, se esfuerza
en mostrar que el pastor indígena no ofrece al propietario una mano de obra
gratuita; en intercambio de sus servicios, el hacendado proporciona a sus
indios diversas ventajas, directas e indirectas. El hacendado, observa nuestro
autor, en primer lugar concede a sus indios el usufructo sin restricción ni
especificación (“ya que no se les da determinado lugar”) de pastos en los que
pueden mantener su ganado en número indeterminado. Les concede, además, el
derecho de cultivar parcelas de la hacienda sin limitar mayormente la extensión
de las mismas. Les paga “un salario en efectivo para remunerar sus servicios”.
Por último, les concede el uso de una vivienda para ellos y sus familias. Las
notas de Chávez Molina suscitan comentarios y reservas. El usufructo de los
pastos, aun en la organización tradicional de la hacienda, no es ciertamente
ilimitado y ahora lo es mucho menos. En cuanto al derecho que sería concedido a
los colonos de cultivar tantas tierras como quisieran, la afirmación también
nos parece discutible. En los dos casos, los derechos a que se refiere Chávez
Molina son ciertos, pero no ilimitados. Igual puede decirse de la concesión
gratuita de una vivienda a los pastores porque aunque es una ventaja real, no
se debe exagerar su importancia. En cuanto al pago en moneda, tampoco está
completamente ausente de la organización actual de la hacienda. Pero ¿algunos
soles por mes constituyen algo más que un símbolo? El hacendado, promediando la
concesión de tierras de cultivo y de pastos, se asegura el servicio de los
pastores que, al mismo tiempo que el suyo, harán pastar su ganado. Los
problemas de gestión para él se limitan, además de la venta directa de los
productos de la ganadería, al control que está en medida de ejercer sobre la
población indígena. Es cierto que desde hace una decena de años la ganadería se
moderniza en la región de Puno. Entre nuestra primera visita, que se remonta a
1952, y nuestro paso en 1959, las cosas habían cambiado. El número de
hacendados que cercan sus campos y que compran reproductores seleccionados ha
aumentado; se ha elevado el rendimiento de lana y carne. Dos grupos de causas
han presionado al hacendado a emprender estos cambios. Unas que llamaremos
psicológicas no deben ser descuidadas: la información se ha difundido, el
prestigio de los propietarios emprendedores ha empujado a otros menos audaces a
seguir sus huellas. Además, la modernización de la ganadería, su tecnificación,
como se dice allí, aparece a la vez como una empresa seductora y fructífera.
Los gastos de la modernización, si no pueden ser pagados totalmente con fondos
de la hacienda, pueden serlo con préstamos de interés. Si el indio, abandonado
a sí mismo, no tiene el deseo ni los medios de mejorar su ganado, el hacendado
puede dejarse convencer de las ventajas de toda clase que obtiene del progreso
técnico. Además —y este segundo grupo de motivos ha sido muy poderoso— la baja
de su ingreso real lo ha empujado a buscar la salvación en mejores
rendimientos. La separación entre el precio de la lana fina y de la lana
corriente (chusca) se ha acentuado sensiblemente. Una hacienda en la que el
ganado del propietario sea todo de raza indígena rendiría cada vez menos. Este,
además, a consecuencia del alza del costo de vida en los centros urbanos,
tendría que mantener a su familia en Lima o en Arequipa a un costo cada vez más
elevado, mientras que sus recursos permanecerían constantes o débilmente
crecientes. El único remedio es aumentar los ingresos con lana y carne de mejor
calidad. Pero esta solución favorable para el hacendado “progresista” tiene
muchos riesgos, porque está muy lejos de conciliar los intereses del
propietario con los de la mano de obra indígena.
·
45 El caso de la carne es algo diferente.
Hasta hoy, parte de la carne que se produce en la región de (...)
·
46 En 1959, un sol se cambiaba por 18
francos.
65El hacendado no se preocupa gran cosa si las rentas que obtiene
de su hacienda le parecen suficientes. Naturalmente que no es un rentista,
porque su ingreso no proviene de un alquiler. Se descarga de la administración
de sus bienes, sin hacerse muchas ilusiones sobre las pillerías de que es
víctima por parte tanto de los indios como de su mayordomo. En lugar de pensar
en términos de provecho, es decir de una separación a maximizar entre costos e
ingresos, tiende a pensar en términos de renta, es decir, de un ingreso capaz
de permitirle un cierto modo de vida. En resumen, lo que verdaderamente le
importa es obtener de su tierra de qué vivir, de manera agradable y decente. Se
trata de que la hacienda le asegure el mantenimiento de su familia en Arequipa
o en Lima, y que le permita mantener su rango. Sería falso imaginar que todos
estos rentistas se dan a una vida de lujo y voluptuosidad. Viven cómodamente,
aunque para muchos esta comodidad es muy modesta. Una casa en Arequipa, algunos
viajes a Lima; la misma casa a menudo es muy sencilla y el nivel de vida no es
de los más altos. Es decir que, hasta hace poco, los estímulos no eran ni muy
numerosos ni muy apremiantes como para invitar al hacendado a interesarse
directamente en la administración de su patrimonio o, con mayor razón, a la
introducción de nuevos métodos. Las innovaciones otorgan prestigio; el
hacendado está orgulloso de su ganado; se vanagloria de los nuevos métodos de
inseminación y vacunación que aplica en su propiedad. Fácilmente se da cuenta
de que sus ingresos aumentan si la calidad de la lana mejora y si se incrementa
la calidad de la buena carne.45 Esta consideración puede
inducirlo a comprar carneros de mejor raza. Pero los cruces de los que obtendrá
ovejas más finas no serán ventajosos si los productos de los reproductores
seleccionados no se mezclan nuevamente, a partir de la segunda generación, con
individuos de tipo menos puro. Ahora bien, en general el ganado del indio es de
muy baja calidad. Produce, como media, de medio a un kilo de lana por oveja,
mientras que el ganado del patrón rinde dos kilos y a veces más. Además, el
indio que no vende sino muy poco de esta lana, porque en su mayor parte la hila
para su propio uso, no es muy sensible a la calidad o, más bien, la aprecia con
criterios muy diferentes a los del consumidor misti. Por ejemplo, busca carneros negros
para evitarse el cuidado de teñir la lana con la que tejerá su ropa y prefiere
una lana algo delgada, más fácil de trabajar, la misma que los compradores
juzgarán frágil y quebradiza. Por otra parte, el ganado cruzado es de
mantenimiento más delicado. El pastor, habituado a las ovejas criollas ¿no
dejará morir a los animales importados a gran costo? El mejoramiento del ganado
tropieza a la vez con la indiferencia y la incompetencia del indígena. Como la
mezcla de un rebaño seleccionado con el del pastor indígena provoca una baja en
la calidad del primero, hay que separarlos. Por eso el hacendado se ve obligado
a cercar sus pastos. Hay otra consideración que lo incita: si quiere disponer
de pastos abundantes en periodos de sequía, debe preocuparse de que los pastos
de las hondonadas, mejor abrigados, permanezcan intactos como último recurso
para los meses de helada, de junio a septiembre, y que el ganado paste en las
alturas durante el periodo húmedo y menos frío, que va de diciembre a abril.
Para disponer esta migración, es necesario que los mejores pastos estén
defendidos y cercados. Aparte de que el cerco es muy costoso —7 a 8 mil soles
por km46—, pues se trata
de extensiones muy considerables, esta decisión no dejará de suscitarle graves
dificultades: de un solo golpe buena parte del personal resulta innecesaria.
·
47 Théorie générale de la Population, v. I, pp. 131-147 y 179-193.
66¿Qué hacer con esta población excedente? ¿Arrojarla? Como lo
hemos visto, si no es imposible, por lo menos es muy difícil. Hay que esperar
una resistencia que tal vez no sería completamente pasiva. Por el mismo proceso
del cerco, el indígena va a ser rechazado a tierras cada vez menos buenas y más
escasas. Los conflictos entre el hacendado y los indios —no solo por la
atribución de pastos, sino a causa de la conversión en pastos de tierras de
cultivo de débil productividad— tienen, pues, todas las oportunidades de
acrecentarse y avivarse. La consecuencia extrema a la que tiende esta política
de cerco es visible en el ejemplo de una hacienda muy próxima a la ciudad de
Puno, propiedad de un escocés. El número de pastores ha disminuido radicalmente
y los que han quedado ya no tienen derecho de tener su propio ganado; en
resumen, los colonos se han convertido en asalariados. La calidad del ganado ha
mejorado de manera notable, así como la ganancia del propietario y al mismo
tiempo el ingreso individual del trabajador asalariado. Este ejemplo ilustra
los análisis clásicos de Alfred Sauvy.47 El progreso técnico en la
cría de ovinos puede significar, a la vez, un alza del ingreso real de las
diversas categorías de productores (aquí, los pastores, y el hacendado en la
medida en que introduce innovaciones técnicas), al mismo tiempo que una
reducción en el volumen de empleo.
67Tal política es seductora por lo menos para el hacendado. Pero
tropieza con dificultades, tan temibles como fácilmente previsibles, por lo que
muchos dudan en aplicarla o, por lo menos, retroceden delante de sus últimas
consecuencias. Después de todo, aun en el caso de una explotación negligente y
mediocre, y promediando las fluctuaciones muy abruptas en el precio de la lana,
la hacienda mantiene más o menos a su dueño. ¿Para qué correr tales riesgos? Se
esforzará sin duda en mejorar el ganado, en cercar parte de los pastos —porque
el provecho que se desprende de tal mejora no es de ningún modo desdeñable—,
pero sin llevar las cosas hasta el punto en que el costo —inversión en alambre
de púas— y los riesgos sociales de la innovación resulten demasiado pesados. El
régimen de la hacienda se adaptará así, parcialmente, a las solicitaciones del
progreso y conservará sus caracteres esenciales: una población indígena muy
numerosa ligada al suelo, una agricultura de muy débil productividad y la
ganadería como fuente única de ingreso para el propietario, con cultivos alimenticios
destinados exclusivamente a asegurar la subsistencia de los indios.
LA REFORMA DE LA HACIENDA
68Chávez Molina, en la segunda parte del artículo que hemos
citado, revisa las diversas técnicas por las cuales puede mejorarse el
rendimiento de la gran propiedad. La primera, que consiste en transformar al
pastor indígena en asalariado, le parece impracticable en la mayoría de los
casos, teniendo en cuenta las consecuencias sociables desagradables que
acarrea. La eliminación de una parte importante de la población suscitaría
tantas dificultades en escala colectiva como las resolvería en escala
individual. El método del cual exalta los méritos, por haberlo utilizado
personalmente, consiste en “interesar” al indígena en el mejoramiento de su
ganado. Se pagarán salarios, hasta donde sea posible, muy diferenciados del
pastor que acepte cuidar al ganado seleccionado y le serán distribuidas primas
según su tasa de éxito con el ganado, teniendo en cuenta la mortalidad de los
animales jóvenes. También se pueden distribuir gratificaciones al pastor, si su
propio ganado comporta un porcentaje más o menos elevado de animales de raza.
Al finalizar el periodo transitorio —tanto del indio como del hacendado—, el
ganado se habrá renovado y mejorado completamente. Esta política supone que el
propietario esté en capacidad de financiar el costo de la innovación y que el
indígena reaccione positivamente a las incitaciones del progreso. Se puede
admitir que lo hará si no le cuesta nada, si no le retiran las pobres ventajas
a que la organización tradicional lo tiene acostumbrado y si obtiene algunos
beneficios del nuevo método. En todo caso, las resistencias indígenas son
débiles porque el procedimiento de Chávez Molina no deja a nadie sin trabajo.
Teóricamente, se llega a un punto crítico cuando el mejoramiento del ganado, al
obligar a la reducción de su densidad por hectárea (el ganado de calidad es más
hambriento), deja de compensar la disminución del efectivo por el mejoramiento
de la productividad física por cabeza de ovino o de bovino. Evidentemente,
todavía no se ha llegado a ese punto; sin embargo, uno se puede preguntar en
qué medida el pastor indígena no arriesga ser más sensible a la constancia o a
la reducción del efectivo que al mejoramiento de las calidades.
La cuestión agraria
69El propietario y los comuneros mantienen malas relaciones:
predomina la hostilidad. Hemos visto cómo el hacendado constantemente se
encuentra en conflicto con sus pastores indígenas; por la concesión de tierras
o por la cesión de productos se reserva un medio de explotar su trabajo, pero
el control que ejerce sobre la explotación de su patrimonio es tan vago que
permanentemente teme la ruina. La misma combinación de astucia, violencia y
temor marcan las relaciones del hacendado con las comunidades; la mayor parte
del tiempo la tensión es latente; escarceos, en apariencia insignificantes
aunque continuos, apenas la hacen perceptible. Los carneros, los asnos o los
caballos de los comuneros son sorprendidos en flagrante delito en los pastos de
la hacienda, o bien el propietario interviene en el nombramiento del gobernador
o de otra autoridad inferior. Sin embargo, a veces toda la región es sacudida
por una serie de explosiones en cadena. Es difícil hacerse una idea de lo que
los peruanos llaman “sublevación indígena”, amotinamiento que degenera en
pillaje. La historia de estas luchas campesinas en el departamento de Puno
valdría la pena de ser escrita, pero faltan informaciones serias. No podemos
conceder mucho crédito ni a la prensa local (que muy a menudo ni siquiera las
menciona) ni a la prensa de Lima, que ve las cosas desde muy lejos. Las
declaraciones de los testigos, o de quienes pretenden serlo, pueden, también,
ser sospechosas. Desde los últimos movimientos de alguna importancia, que
remontan a 1925, han pasado más de 30 años; la exactitud de muchos testimonios
se encuentra afectada por un plazo tan largo. Además, según su humor, los
testigos se muestran, ya discretos y reservados o, de lo contrario, estilizan
los sucesos, agrandándolos. Hemos tenido acceso a los expedientes de algunos
procesos criminales correspondientes a los participantes en tales sucesos. El
hecho de que hayan sido atribuidos a la competencia de los jueces y no tratados
según un procedimiento más corto, sugiere que no deben ser tenidos por muy
graves o muy exactamente representativos ni en su desarrollo ni en la solución
judicial que los sanciona.
70A veces los indígenas le buscan pleito a un individuo a quien
detestan particularmente. El Día de los Muertos, un hacendado de la provincia
de Lampa se fue de paseo a la capital del distrito, Calapuja. Era amigo del
gobernador. Mientras que los dos hombres bebían, se les anunció que el
mayordomo del hacendado tenía una discusión con indios ebrios. Algunos de ellos
eran pastores de la hacienda; otros, simples habitantes del pueblo, en dimes y
diretes con el mayordomo. Finalmente se libra de ellos y los indios se ponen a
las órdenes del gobernador. Pero, en la tarde, cuando el mayordomo y el
hacendado salen del pueblo a caballo, caen en una emboscada. Se les lleva
delante del gobernador, de quien los indios pretenden que ponga en prisión a sus
amigos. Después los encierran y, por la noche, un grupo de furiosos regresa,
los maltrata y finalmente matan a uno y otro. Un antiguo odio dirigido contra
un hombre marcado por su aspereza y dureza produjo una explosión espontánea,
que se vio acrecentada por el alcohol y la excitación de la fiesta y se
desahogó violentamente. Otras veces, la lucha es organizada: casi degenera en
guerra. Es dirigida no solo por la masa de indios contra el propietario, sino
por cabecillas que no siempre son indios. Hemos podido reunir algunos datos de
un asunto que remonta al 27 de septiembre de 1920. Una hacienda de la región de
Azángaro pertenecía a una viuda que no la visitaba jamás. El mayordomo era el
dueño absoluto y aprovechaba muy bien la situación. Un indio que había sido
soldado adoptó poco a poco la figura de jefe y reclamante. Los dos hombres se
enfrentaron varias veces violenta y públicamente. A fin de obligar a su enemigo
a dejar la hacienda, el mayordomo le infirió mil vejaciones. Un día, un grupo
de indios (varios centenares, según el informe del procurador) asedió y saqueó
la casa-hacienda y el mayordomo resultó muerto. Un grupo de policías, expedido
desde Azángaro, fue acogido a tiros de fusil. Hubo una decena de gendarmes
heridos y también numerosos indios, pero el jefe logró fugarse y nunca más fue
hallado.
71Hay varios tipos de bandoleros. Ciro Alegría ha bosquejado, bajo
el nombre de fiero Vásquez, el retrato de un quijote de la región de Cajamarca:
ladrón, pero valiente y magnánimo. Este enderezador de entuertos actúa solo,
aunque sus hazañas le valen la complicidad de numerosos admiradores. Las bandas
de hoy tienen como objeto más prosaico el robo de ganado. He aquí un asunto que
hizo gran ruido en Puno alrededor de 1925: X se da cuenta de que su ganado
disminuye. Se queja de abigeato. La hacienda vecina pertenece a uno de sus
primos. Tiene una explicación con este —quien le declara ignorar todo lo de la
marcha de su hacienda y lo remite a su mayordomo—. Escoltado por tres amigos, X
se dirige a la hacienda de su primo y pregunta por el mayordomo, quien se
encuentra ausente, aunque no debe tardar en regresar. Los tres hombres esperan
largo rato. Finalmente llega el mayordomo. X le entrega una carta de su primo y
la discusión se torna agria. El mayordomo encierra a los visitantes y regresa
escoltado de hombres armados y enmascarados. Sigue una pelea general en la que
mueren X y uno de sus acompañantes, el tercero logra escapar, pero guardando
una notable discreción.
·
48 Por lo menos, tal era la situación hasta
estos últimos años, pero esas antiguas familias están per(...)
72A todo lo largo del siglo xix y hasta hoy no han sido muy
graves los amotinamientos. Una hacienda quemada, un mayordomo muerto,
encuentros entre gendarmes e indios, así son las sublevaciones de los años 20 y
30. Según los propietarios, se debieron a la violencia y la bestialidad de los
indígenas. Se les excita haciéndoles creer que la hacienda los ha despojado de
sus tierras y que el hacendado quiere quitarles las que aún les quedan. La
versión de los “indigenistas” es totalmente distinta: en general, esas
sublevaciones serían “provocaciones” preparadas por los mismos propietarios.
Tomando como pretexto algunos desórdenes, se llama a la guardia civil y al
ejército, se hace tornar presos a los indígenas que molestan y se quiebra así
la resistencia de los comuneros, de los que pueden explotar la mano de obra y
adquirir tierras. Sin embargo, se debe tener cuidado de no reducir todos los
conflictos agrarios a la sola oposición entre los grandes propietarios y los
indígenas. Hemos recordado que, según estimaciones generalmente admitidas, la mediana
propiedad ocupa en Puno alrededor del 10% de los campos de cultivo y de pastos.
Esos medianos propietarios con frecuencia son los notables (vecinos) de los
pueblos, que a los ingresos de sus bienes territoriales agregan otros recursos.
Esta categoría está muy lejos de ser homogénea. A ella pertenece Cotimbo, el
teniente de Ichu, y también el joven maestro que el año 1959 encontramos en la
región de Azángaro. Si el primero es un notable de estilo tradicional, muy al
corriente de las sutilezas del comercio y de la usura, aunque completamente
indiferente a las nuevas prácticas agrícolas, el segundo es un hombre joven,
abierto al progreso técnico y que se interesa en particular en la introducción
de nuevos tipos de pastos, capaces de resistir la helada. En resumen, esta
categoría reúne a los comerciantes de antiguo estilo, a los tenderos más
emprendedores que representan, por ejemplo, algunas casas comerciales, y a
funcionarios que han logrado hacerse nombrar en sitios muy próximos a sus
pueblos de origen. Agreguemos que, si la importancia de la mediana propiedad es
muy limitada en Puno, sería falso imaginar que en todo el Perú la oposición
entre la gran propiedad y la comunidad indígena ofrece el rigor y la brutalidad
que le prestan los escritores indigenistas. En dos regiones sobre las que
tenemos alguna información, la de Puquio y la de Huamanga, una y otra situadas
en el vasto departamento de Ayacucho, los pequeños señores locales —aquellos
que José María Arguedas describe en su hermosa novelaYawarfiesta—
son pequeños o medianos propietarios y, además, se da que estos pequeños
potentados locales son tan duros con los indígenas como los más ricos
hacendados con sus indios.48 Hasta donde podemos saber,
las famosas sublevaciones de Huancané en 1923 no enfrentaron a los indígenas
con hacendados abusivos (en la región de Huancané no hay grandes haciendas);
parece que tuvieron por origen la resistencia activa de los indios a las
pretensiones exorbitantes de los vecinos, investidos con la autoridad
administrativa, que les exigían prestaciones gratuitas de servicios y de
trabajo. Estaríamos inclinados a creer que buena parte de los conflictos que
destrozan a la sociedad agraria interesan sobre todo a las relaciones entre
indios y pequeños notables, que han buscado y, hasta hace muy poco tiempo han
logrado, sacar todas las ventajas de la dependencia y de la inferioridad
indígenas, tanto más que los empleos administrativos medianos y subalternos
generalmente les son confiados. Es lo que en el Perú se llama el gamonal. Esto
quiere decir que el propietario que explota al indio no siempre es un
hacendado, muchas veces es un hombre que en resumidas cuentas no es muy rico,
sino que ha sabido rodearse de protectores poderosos en un puesto de ventaja.
El teniente, tal juez o tal subprefecto, puede ser un gamonal, tan abusivo y
tan odiado como un gran propietario de varias decenas de miles de hectáreas.
73La última crisis remonta a los años treinta, después de la caída
del presidente Leguía. Desde entonces la guardia civil y la policía parecen
ejercer un control muy firme; por otra parte, los particulares no están
autorizados a llevar armas. Si bien la inseguridad se manifiesta casi
exclusivamente por el abigeato, nuevas dificultades pueden volver a suscitar la
agitación. La presión demográfica se incrementa en las tierras ya bastante
escasas de las comunidades, aunque hasta ahora parece que ha estado limitada
por las tasas de mortalidad todavía muy elevadas (tal como lo hemos podido ver
en Ichu). Se han puesto grandes esperanzas en las migraciones espontáneas de la
población, sea hacia los valles cálidos (Tambopata), o a los de la costa.
Desgraciadamente, estos movimientos parecen ser tanto limitados cuanto temporales.
Los de Huancané —algunos millares en total— bajan hacia la región de San Juan
del Oro para cultivar café. Pero regresan una vez que recogen la cosecha. Del
mismo modo, los valles de la costa atraen una mano de obra golondrina para la
viña y el algodón. Las grandes inversiones en la región de Toquepala (minas de
cobre) entre 1956 y 1959 fijaron allí a varios miles de trabajadores, pero una
vez que las principales construcciones estuvieron terminadas, el efectivo
obrero se redujo. Solo queda que la población rural excedente pueda salir para
trabajar en la ciudad. En Puno no se ha emprendido ningún estudio completo
respecto de la distribución de tierras en las diversas categorías de
propietarios. Las estimaciones usuales que hemos recogido de los Servicios Agrícolas
atribuyen a las comunidades indígenas un poco más del 20% de las superficies
cultivadas, 10% a la mediana propiedad, y más o menos 70% a las grandes
haciendas. Debe precisarse que en las grandes haciendas el 20% de la superficie
total está ocupada por los colonos, que la destinan a cultivos alimenticios. Si
se tiene en cuenta que el 90% de los indígenas vive en las comunidades con el
20% de tierras, y que al 10% que trabajan como colonos corresponde,
aproximadamente, el 15% del dominio en la forma de tenencias, concedidas por el
hacendado, se concluye que la población indígena, que representa la casi
totalidad de la población agrícola del departamento, dispone aproximadamente
del 35% de las tierras. El campesino indígena se ahoga en sus campos exiguos,
mientras que las haciendas dedican a la ganadería inmensas extensiones en las
que viven muy mal algunas decenas de miles de pastores.
74Todo sería simple si fuera posible y deseable entregar a la
agricultura esos pastos. Desgraciadamente, a 3800 metros de altura la
agricultura es una empresa insegura. Está expuesta a sequías y heladas: las
cosechas son irregulares —veces catastróficas, como en los años 1955-1956, en
que el invierno fue muy severo y largo y de una aridez excepcional—. Contra la
sequía hay trabajos de irrigación emprendidos en la región de Azángaro en
particular. Son muy costosos y aún es pronto para apreciar su efecto en el
rendimiento de los principales cultivos (papas y avena).
75Por otra parte, la ganadería ofrece posibilidades inmediatas muy
atrayentes. La región de Puno, convenientemente tecnificada, puede ofrecer a la
economía nacional parte de su carne y de su lana. A este respecto facilitaría
las cosas la instalación de un gran matadero moderno en Cabanillas, en la ruta
de Puno a Arequipa, ahora en vías de conclusión. La realización de este
proyecto abriría nuevos mercados a la producción de carne. Por el contrario,
una reforma agraria clásica que parcele las grandes propiedades, tal vez
incrementaría la producción alimenticia o mejor el autoconsumo indígena, pero
arriesgaría destruir la producción de carne y lana de calidad, que requiere una
mano de obra competente e importantes inversiones. Lo que ensombrece las
perspectivas, en la hipótesis de que el proceso de tecnificación se deje a la
diligencia de los hacendados, es que la política de cerco amenaza desprender un
surplus creciente de mano de obra que, al dejar de tener trabajo en la
hacienda, se encuentra privado de tierra y de medios de subsistencia. La
comunidad indígena, tal como funciona actualmente, no está en capacidad de
alimentar a sus miembros. Hemos señalado la exigüidad de los campos que
corresponde a cada familia. Es aproximadamente en esos términos que en el Perú
se plantea lo que se conoce como el problema de la reforma agraria. En la
región de Puno la reforma parece, a la vez, particularmente urgente y difícil.
La exigüidad de tierras de que dispone el comunero aconseja una redistribución
en su provecho y en detrimento de las grandes haciendas ganaderas. Pero, además
de las dificultades de toda expropiación, los riesgos económicos son
impresionantes: ¿se contentarán los indígenas con las medidas parciales y
prudentes que preparan los expertos? ¿No entenderán toda reforma, por moderada
y juiciosa que sea, como una transferencia, inmediata y sin reserva, de todas
las tierras en su provecho? Conociéndose las posibilidades estrictamente
agrícolas del departamento como muy reducidas, ¿la reforma, no arruinará la
ganadería —por lo menos a la ganadería de calidad— sin mejorar en mucho la
agricultura?
76Sin embargo, se bosquejan transformaciones importantes. Hemos
subrayado las iniciativas de ciertos hacendados. Se deben mencionar las
consecuencias de las medidas tomadas por el gobierno en favor de los indígenas,
tanto en el orden educativo, como en el dominio económico.
77En el orden educativo, una de las experiencias más interesantes
es la de los núcleos escolares. Se escoge la capital de un distrito como sede
de una escuela principal que abre sucursales en las diversas parcialidades. A
esta escuela se encuentran adjuntos un educador de higiene, un educador
agrícola y un tercero encargado de la castellanización. La condición del éxito
reside en la aptitud de los nombrados para entenderse con los comuneros, para
suscitar y retener su interés. A este respecto las opiniones están divididas;
unos reprochan a los núcleos escolares su inercia, otros los acusan de excitar
a los indígenas y de difundir opiniones radicales. No esperemos resultados
inmediatos, ni demasiado notables. Uno de los efectos más interesantes de estas
medidas es el acceso de una nueva élite indígena a la vida moderna. En este
particular vale la pena citar la reciente iniciativa del Banco de Fomento
Agropecuario, que se remonta a 1958. Este organismo decide ofrecer a los
indígenas contratos de engorde. La dificultad está en que los interesados no
pueden ofrecer sino garantías muy mediocres: algunas parcelas de tierras, cuya
propiedad muy a menudo es incierta. El Banco dispone de agentes que recorren
los pueblos, encargados de formular listas de eventuales beneficiarios. El
préstamo es por un año y en 1959 las deudas habrían sido convenientemente
pagadas. El interés de esta medida no solamente es económica: al ganar dinero
con el engorde del ganado, el indígena entra en el circuito monetario, aprende
a contar y a calcular. No lo logra sino con dificultad. En el momento en que la
campaña de ventas estaba en lo mejor, con la que los indígenas clientes del
Banco de Fomento Agropecuario contaban para saldar sus deudas, una huelga de
tratantes de ganado y de los grandes compradores significó una baja de precios
en los principales mercados de la región. El Banco fleta varios camiones que
van directamente a Arequipa y Lima. Los precios se mantienen pero, cuando se
trata de pagar el costo del transporte, buen número de los que reciben
préstamos protesta y se queja. Por otra parte, los indígenas no solamente
reaccionan por la desconfianza: si el transporte es tan costoso es porque el
camionero solicita una remuneración excesiva. ¿Por qué no encargarnos nosotros
mismos, y no nos convertimos en camioneros? Encontramos aquí la tendencia a la
organización espontánea sobre la que pueden apoyarse las iniciativas oficiales,
si son oportunas y bien preparadas. Buen número de escuelas se construyen con
la ayuda y participación voluntaria de los comuneros, por “acción popular”. Una
serie de incitaciones parciales, juiciosamente aplicadas, puede preparar los
cambios necesarios. Educación, obras públicas, ayuda por el crédito, tantos
medios cuya eficacia depende tanto de la acogida que encuentren entre los
indígenas como de la intensidad y continuidad de la intervención. Pero ¿serán
suficientes para evitar la explosión?
NOTES
1 Bloch, Marc, “Le probleme des régimes agraires”. En Bulletin
de l'Institut Français de Sociologie, p. 46.
2 En 7 ensayos de la
interpretación de la realidad peruana. Mariátegui reproduce con una fuerza y
audacia admirables una tesis que después ha llegado a ser trivial. Su expresión
3 Para la definición de la palabra ayllu véase las páginas siguientes: El aylluprecolombino.
4 Véase Mariátegui, ob. cit., p. 70. “Si el comunismo incaico no
fuera evidencia histórica incontestable, la comunidad, órgano específico del
comunismo, bastaría para disipar todas las dudas”. Sigue una larga nota, pp.
79-80, en la que Mariátegui admite que “el comunismo moderno es cosa distinta
al comunismo incaico”, reconoce el carácter “teocrático y despótico” del imperio
de los incas, pero subraya que la comunidad “célula del imperio” suponía una
organización socialista de la propiedad.
5 Para los cronistas que constituyen nuestra única fuente escrita
sobre la civilización incaica, ver Baudin, Louis, L'empire
socialiste des Inka, Les Sources, pp. 6-25.
6 Comentarios reales, parte I, libro VIII, cap. 9 y 10.
7 La observación de Garcilaso es muy general. Después de los 3500 m
el maíz no madura; está ausente de Puno y su región. El clásico trabajo de
Yacovleff y Herrera, “El mundo vegetal de los antiguos peruanos”. En Revista
del Museo Nacional (dos
entregas reunidas en una separata), reúne los textos principales de los
cronistas con la reproducción de las piezas de cerámica, especialmente mochica.
Para la quinua, véase el texto de Cobo citado por Yacovleff, p. 239.
8 Garcilaso, ob. cit., en particular, parte I, libro 5, cap. 2 y 15;
y Cobo, ob. cit., libro 12, cap. 28.
9 Cobo, ibid.
10 Garcilaso, ob. cit., parte I, libro 5, cap. 3.
11 Cobo, ob. cit., libro 12, cap. 28.
12 Cfr. Cieza de León, Del señorío de los incas,
cap. XXII; Cobo, ob. cit., libro 13, cap. 33-35.
13 Ibíd.
14 Es Rowe quien hace esta observación con buen sentido (Handbook, v.
2, p. 273): “Calificar o no de socialista el sistema de los incas, depende de
lo que se entiende por socialismo”.
15 Saavedra, El ayllu.
16 Durkheim citado por Davy, G., Des Clans aux Empires,
p. 18.
17 Matienzo, citado por Kubler, p. 367, “Colonial Quechwa”. En Handbook of South
American Indians, pp. 331-340.
18 Citado por Kubler, “The Quechua in the
Colonial World”, p. 364.
19 Término aimara; suyu es el equivalente quechua; también se
dice “mando” o “cuartel”. Se trata de terrenos sometidos a rotaciones casi
obligatorias.
20 Nota de campo, 24 de junio de 1953.
21 Matos Mar, José, Las actuales comunidades
de indígenas, Huarochirí en 1955, p. 18.
22 Sin embargo, debe señalarse que, en su artículo “The Contemporary
Quechwa”, B. Mishkin dedicada algo más de una página (439-440) a esta importante
cuestión. Distingue: 1.° La comunidad abierta (open community)en
la que cada familia ocupa una casa en medio de sus terrenos, y 2° La comunidad
nuclear, que es un verdadero pueblo del que salen los habitantes hacia sus
campos. Mishkin agrega: “el tipo número 1, la comunidad abierta o dispersa, es
evidentemente una forma antigua, pre-incaica y propia de las grandes alturas
donde hasta ahora predomina. En cuanto al tipo 2, se observa en los valles y en
los terrenos más fértiles, situados a menores alturas”. Veremos después por qué
no nos parece que pueda sostenerse esta clasificación. Sin embargo, tiene el
mérito de vincular los tipos de poblamiento a las formas de organización
social.
23 El teniente gobernador es el representante del Prefecto, en el
último escalón de la jerarquía administrativa.
24 Negocio en el que el comprador encuentra artículos de consumo
tales como sal, coca, velas, galletas de soda, a veces agua mineral y casi
siempre alcohol.
25 Hay otro tipo de poblamiento que se da en el Perú; el disperso, en
forma de bosquecillo. Las casas se levantan en el centro de un campo cerrado.
Es lo que se llama campiña. El valle de Arequipa y Yungay, en la región del
Santa, constituyen ejemplos. Uno y otro lo hemos visitado muy rápidamente.
26 Tschopik, “The Aymara”, p. 514.
27 En Garcilaso se encuentra una descripción clásica de esas terrazas
(Comentarios
reales, parte I, libro V, cap. I). Aunque se refiere a la región de
Cuzco y al cultivo de maíz, vale la pena citarla: “En los cerros y laderas que
eran de buena tierra hazian andenes para allanarlas, como hoy se ven el Cozco y
en todo el Perú. Para hazer estos andenes echa-van tres muros de canteria
fuerte, uno por delante y dos por los lados, algo pendientes adentro (como son
todas las paredes que labran), para que pueden sufrir el peso de la tierra que
les arriman hasta emparejar con lo alto de las paredes. Passado el primer
andén, hazian luego otro menor, y adelante de aquél otro más chico. Y assi ivan
ganado todo el cerro poco a poco, allanándolo por sus andenes a manera de
escalera, gozando de toda la tierra que era buena para sembrar y que se podía
regar... ”. Esta misma técnica se encuentra en Ichu, Ojerani y Pusalaya:
algunas terrazas todavía son irrigadas y abonadas. Las situadas en las
vertientes de inferior exposición han sido abandonadas.
28 Comentarios reates, parte 1, libro V, cap. 2.
29 Vocabulario de la lengua
general de todo el Perú, llamada lengua quechwa o del inca. reeditado por Raúl Porras Barrenechea, Lima, 1952.
30 González Holguín, p. 40.
31 La historia de los incas, pp. 94-95 de la edición Loayza.
32 George Dumézil ha consagrado un artículo importante al ayni (“Catégories et échanges de services
chez les Indiens quechwa”, pp. 3-16). Aunque las observaciones de Dumézil se
refieren a la región del Cuzco, creemos útil resumirlas para discutir su
interpretación. “El ayni —escribe Dumézil— no se practica sino entre indios y
crea una relación durable entre individuos o entre familias [...] Por ejemplo,
el trabajo (el ank'a) hecho por X en el campo de papas de Y, no dará lugar sino
al trabajo de Y sobre el campo de papas de X”. Se trata, pues, de un
intercambio entre iguales (“no se practica sino entre indios”) que recae sobre
bienes o servicios rigurosamente equivalentes. A esta primera característica,
Dumézil agrega una segunda: “prestación y contraprestación no deben ser
negociadas ni aun solicitadas [...] Hay una lista de circunstancias que
tradicional-mente ordenan en el seno del ayllu un servicio de este tipo:
trabajo agrícola o de construcción, presencia y contribución en los duelos y
fiestas de familia, visitas y ofrendas a los enfermos, regalos de matrimonio,
donación de alimentos en la necesidad, mikuy ayni (asistencia alimenticia), por
último, la ayuda a quienes son designados para ocupar los cargos honoríficos,
de la iglesia y la comunidad, que en nuestros tiempos cristianos son onerosos
(no se ve dónde acaba la cita); Dumézil, al subrayar que los servicios del ayni no deben “ser negociados ni
solicitados”, insiste en el carácter de la institución. Nos parece que su
insistencia es excesiva. ¿Qué sanción recaerá sobre mí si me substraigo a las
cargas del ayni o si, por lo menos, trampeo con ellas?
Con toda seguridad seré mal visto por los otros comuneros, y eso me puede
costar. Pero el carácter impreciso de la sanción nos conduce a poner en duda el
carácter categórico de la obligación. El ayni excluye el regateo, escribe Dumézil.
Sin embargo, deja entre sus participantes secuelas de amargura y resentimiento.
Basta escuchar las quejas entre parientes y amigos para convencerse. La
equivalencia rigurosa entre los servicios rendidos y prestados es, sin duda,
una de las exigencias de la institución. Que esta exigencia se respete siempre
y fácilmente, sin duda es otra cosa. “El ayni no se practica sino entre
indios”, escribe Dumézil. Esta fórmula le ha debido parecer demasiado radical
al mismo autor, porque en el párrafo 4 de su texto agrega esta precisión muy
importante: “Por otra parte, entre indios y mestizos y por ser éstos los ricos
y poderosos del pueblo, el término ayni se emplea para designar intercambios de
servicios que ya no son homogéneos pero que aún tienen —prestación y
contraprestación— el carácter esperado, el carácter de necesidad tradicional
que no incluye la negación [...] e igualmente, por lo menos en teoría, el
carácter de intercambio en la igualdad [...] El indio trabaja las tierras del
mestizo, quien, en reciprocidad, le ofrece concejo y protección en las
innumerables acciones legales en las que es su defensor o, a veces,
demandante”. El texto precisa útilmente que al lado del ayni,
stricto sensu, intercambio obligatorio (entre indios, que recae sobre bienes y
servicios
33 Gamonal, latifundista, gran propietario en el vocabulario de los
indigenistas.
34 El vecino, en la época colonial, era “el habitante que había
podido probarle al cabildo que le pertenecía la casa de la ciudad en que
habitaba, que era propietario de armas, que había servido en la milicia... ”
(Helmer, Marie, ...Chucuito
en 1567.p. 127). En resumen, el vecino es un burgués en sentido
estricto.
35 Cfr. La cuestión agraria, en este mismo capítulo.
36 Notas de campo, 25 de junio de 1953.
37 Esta hierba se llama ichu. Es la más rústica y resistente. Se le
distingue de la paja brava y del kachu.
38 Nota del 20 de mayo de 1953.
39 Bloch, Marc, La société féodale: la
formation des liens de dependence, p. 365.
40 Literalmente: los que hacen la ronda.
41 Aguardiente que se produce con la destilación de los vinos de
Pisco.
42 Por otra parte, no dejaron de producirse dificultades de
interpretación; el protocolo del acuerdo nada había dicho del problema del
abono. Los de Muñani interpretaron a su favor el silencio y quisieron abonar
las tierras, cuyo uso se les había dado, con los abonos animales que el
hacendado pretendía reservarse en beneficio de sus propios campos.
43 Término despectivo que se aplica a los escribanos de las ciudades
pequeñas.
44 “La condición de las trabajadoras indígenas en las haciendas
ganaderas del sur del Perú”. Arequipa, febrero-marzo de 1957.
45 El caso de la carne es algo diferente. Hasta hoy, parte de la
carne que se produce en la región de Puno no se consume fresca; se sala y se
seca al sol y se conserva con el nombre de chalona. Para este uso no se precisa
carne de buena calidad; basta con la de los animales viejos. Sin embargo, como
el mercado de esta carne seca es muy extenso, no solo se consume en la sierra,
sino también en la costa, y se vende a buen precio. Con la apertura de un
matadero moderno en Cabanillas (en la vía férrea entre Puno y Arequipa), la
producción de carne de calidad puede resultar mucho más interesante. Hasta
ahora, la ambición de los hacendados progresistas se ha centrado en el
mejoramiento de la lana.
46 En 1959, un sol se cambiaba por 18 francos.
47 Théorie générale de la
Population, v. I, pp. 131-147 y 179-193.
48 Por lo menos, tal era la situación hasta estos últimos años, pero
esas antiguas familias están perdiendo sus comodidades y la escala de
prestigio. En Puno, por ejemplo, un observador tan advertido como Arguedas se
sorprende por la rápida decadencia de los notables tradicionales (que describe
en sus primeras obras) y del ascenso de los cholos que han hecho dinero con el
comercio y sus camiones (José María Arguedas, “Puquio: una cultura en proceso
de cambio”. EnRevista
del Museo Nacional).
NOTES DE FIN
1 Cuando Bourricaud escribe este texto, estaba en vigencia la
Constitución del 29 de marzo de 1933, donde se habla de “Comunidades indígenas”
en los artículos 193, 205 y en todo el título XI (arts. 207-231). En el
artículo 209 se señala que “la propiedad de las comunidades es imprescriptible
e inenajenable... asimismo, inembargable”. (N. del E.]
2 Se refiere a Maxime Kuczynski-Godard quien, por encargo del
Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, hizo una evaluación de la zona
a inicios de la década de 1940. Ello se publica con el título La
pampa de llave y su Hinterland(1944). Hay reedición por la UNMSM
con el título Los andes peruanos:
llave - Ichupampa - Lauramarca - Iguaín, serie Clásicos
Sanmarquinos, Lima, 2004. (N. del E.)
TABLE DES
ILLUSTRATIONS
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Légende
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Viviendas construidas en las rocas
cercanas al lago en la parcialidad de Chimu, cerca de Ichu. (Foto Abraham
Guillén.)
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Capítulo 3.
Dinámica cultural: homogeneización y diferenciación*
p. 143-198
·
* Las observaciones que siguen se refieren únicamente a
poblaciones de lengua y cultura quechua, sal (...)
1Hemos visto cómo, en la región de Puno, la sociedad se diversifica en grupos
rivales. Lo que ahora quisiéramos examinar es el lugar que se debe atribuir al
factor cultural en este proceso de diferenciación. La diferencia entre el indio
y el propietario de tierras se basa en un conflicto de intereses, pero no se
deja reducir a una diferencia en los regímenes de propiedad, o en los estatus
económicos. En el capítulo dedicado a la ciudad de Puno, hemos subrayado la
importancia de las características específicamente culturales que en la
representación de su sociedad tienen los habitantes de dicha ciudad. La
distinción entre indios, cholos y mistisretiene
en la definición de cada una de esas categorías muchos elementos que se
desprenden del género de vida, de los hábitos y de las tradiciones. ¿Tiene cada
uno de estos grupos una cultura específica y original? El observador está
expuesto a dos ilusiones, en las que caímos sucesivamente. Se comenzará por ver
en la cultura indígena un sistema de prácticas y de creencias tradicionales,
radicalmente originales: es la tentación del folclorista. Este insistirá en las
fuentes no occidentales, precolombinas, de todo aquello que en la actual
cultura indígena nos parece extraño y sorprendente. Para deshacerse de esta
ilusión basta con reflexionar sobre las condiciones históricas en las que, en
el Perú, tuvo lugar la aproximación y la asimilación parciales entre
conquistadores y conquistados; nos damos cuenta entonces de la vanidad de una
empresa que trataría de aislar lo que queda de específicamente precolombino en
las actuales culturas andinas. Pero podemos deslizamos en un segundo error,
inverso del primero: tendemos a exagerar la homogeneidad cultural de una
sociedad en la que muchas prácticas mezclan de manera indiscernible fuentes
occidentales y fuentes precolombinas. La historia de la formación de las
grandes propiedades y de la comunidad indígenas, así como el estudio de la
evangelización, rápidamente nos convencen de que muchas de las prácticas
estudiadas por los folcloristas asocian la doble herencia hispánica y
precolombina. Sin embargo, nos equivocaríamos si para explicar la sociedad
actual descuidáramos las diferencias culturales de los grupos sociales que
hemos distinguido. El indio, el cholo y el misti tienen una actitud muy diferente
frente a los problemas de la existencia personal y social, aun si en muchos
aspectos observan las mismas prácticas y obedecen a las mismas reglas. Por eso
la tarea del observador no es fácil: en su vida cotidiana, las tres categorías
sociales que hemos distinguido se comportan de manera comparable; en unos y
otros se observan más o menos las mismas reglas en el orden doméstico y las
mismas creencias en el nivel explícito. Sin embargo, cada una de estas
categorías atribuye a esas conductas significaciones muy diferentes. A un
observador que se contentara con describir las prácticas, la homogeneidad
cultural le parecería notable; pero esta unidad aparente se complica
inmediatamente que nos preguntamos el sentido que a las mismas prácticas le
atribuyen los individuos de las tres categorías.
La organización familiar
·
1 Garcilaso nos dice lo siguiente (Comentarios
reales, parte I, libro 4, cap. XI) sobre la nomenclat (...)
·
2 “The Aymara”, pp. 542-543.
2Consideremos brevemente la organización familiar.1 Es indudable que la familia
indígena no puede ser calificada como nuclear en el sentido que ciertos
sociólogos dan a esta palabra al caracterizar las instituciones familiares de
nuestras sociedades industriales; el indígena adulto reconoce tener
obligaciones respecto de su padre o de su hermano mayor, a las que no
aceptaríamos considerarnos ligados. Sin embargo, es necesario subrayar que su
horizonte está limitado muy claramente al círculo de sus padres y de su
descendencia inmediata. Y no es inexacto considerar al padre y a la madre, de
una parte, y a los hijos, de la otra, como centro de la red que forman las
relaciones familiares. Sin duda, en Ichu se establecen relaciones entre primos,
o entre suegros y yernos, o entre cuñados que trabajan juntos en ayni.
En una misma casa, en general, no viven sino los miembros de una sola familia
conyugal. De las 44 familias que censamos en Ichu, 24 se reducen a una pareja
con sus hijos menores. En los 20 casos restantes, 8 veces se trata de una joven
pareja que vive con los padres del marido o de la mujer. En cuatro de esos ocho
casos, la pareja todavía no tiene hijos. En los otros casos se trata de
ancianos que viven con sus hijos, o de viudas o viudos que viven con sus padres
o en casa de sus hermanos o hermanas. La cohabitación se limita así a los
abuelos, padres, hijos y nietos, hermanos y hermanas, tíos y sobrinos, primos y
primas (en primer grado). No se trata, pues, de una familia extensa —porque el parentesco
reconocido es muy estrecho—, ni de una familia nuclear (porque no son raras ni
la cohabitación de primos y primas, ni la cohabitación de hermanos y hermanas
adultos, ni de los padres con sus hijos adultos). Es por eso que no presentamos
sino con mucha reserva la observación de Tschopik sobre el pueblo aimara de
Chucuito:2
En el poblado (compound) donde vive la familia extensa, residen
un hombre y sus hermanos, sus mujeres, sus hijos e hijas solteras, pero cada
familia posee su propio núcleo, o bloque de casas (compound).
Cuando un hijo se casa recibe una porción de tierra en el bloque de su padre en
el que puede construir su propia casa. Por el contrario, una hija casada deja
el de su padre aunque en general queda en el mismo ayllu y muy a menudo en la
misma puerta de la casa de su padre.
3Nuestras observaciones son muy poco numerosas para que podamos
contradecir a Tschopik. Pero, al lado de casos muy frecuentes, en los que el
hijo habita en la proximidad de su padre, hemos observado que una joven pareja
puede muy bien establecerse en un terreno que pertenezca a la familia de la
mujer, o aun en uno que no pertenezca a ninguna de las familias y bastante
distante de la casa de los padres, tanto del hombre como de la mujer.
El nacimiento y los primeros padrinos
4La primera ceremonia en que participa el niño, sea indio, misti o cholo es el bautizo. Los indígenas
ponen especial cuidado en que sus hijos sean bautizados. Todo tipo de leyendas
describen las desgracias que acarrea la sepultura de los niños no bautizados:
la helada, el granizo que arruina las cosechas y aun las epizootias que asolan
al ganado o las enfermedades que diezman a los hombres. Para el bautizo se
escogen padrinos. Y la institución del padrinazgo, de la que veremos otro
aspecto cuando tratemos del matrimonio, es de las más importantes. Constituye
uno de los primeros lazos personales de los que el individuo podrá valerse y en
el que podrá apoyarse. Un proverbio frecuentemente citado dice: “el que no
tiene padrino no se casa”. La fórmula es una buena muestra de la ironía y del
cinismo limeños pero, salvo reserva de matices y correcciones, tiene sentido
para el indígena. En el rol del padrino se incluye que este ayude a su ahijado.
Por eso es frecuente que el padrino se escoja de una familia de más prestigio y
poder que la del recién nacido. El padre, en visita oficial, solicita a un
notable conocido suyo o, por lo menos, a uno de los comuneros de importancia,
que le haga el honor de ser el padrino de su hijo. Le lleva regalos, en general
alimentos cuya cantidad y calidad varían según los recursos del solicitante. Un
pollo puede ser suficiente, a defecto de un carnero. El padrino ofrece el
vestido que el ahijado usará el día de la ceremonia. El padre recibe al
padrino, así como a los parientes y amigos, y les ofrece un almuerzo. Si el
padrino es hombre de importancia, el padre no se considera digno de recibirlo
en su casa. En ese caso, en lugar de una invitación a almorzar, el padrino
recibirá alimentos que podrá preparar y consumir según sus gustos y costumbres.
Pero el padrino no solamente queda ligado al niño por el “lazo de parentesco
espiritual”, sino que también se convierte en el compadre del padre. El término
de compadretiene un uso muy
amplio; dejamos para después el cuidado de precisarlo. El padrino de bautizo
debe velar, según las enseñanzas de la Iglesia católica, porque su ahijado
cumpla exactamente sus deberes religiosos. Pero la interpretación que los mistis de Puno dan de los derechos y deberes
respectivos del padrino y del ahijado es mucho más amplia. Si el ahijado es
inteligente y ambicioso, su padrino debe estimularlo. Por el contrario, el
segundo debe fidelidad al primero. Le debe incluso servicios gratuitos, a veces
muy importantes. Uno de nuestros amigos de Puno, que tiene numerosos ahijados
indígenas, los convoca de tiempo en tiempo para reparar su casa, para ayudarlo
a trabajar en su huerto o en su campo. Sin duda, alimenta y a veces aloja a
estos benévolos obreros, pero no tiene que pagarles un salario. Además, entre
el padre y el padrino (ambos compadres] se forma un lazo de naturaleza análoga.
El indio sabe que encontrará en su compadre, comerciante o abogado de la ciudad
vecina, ayuda y protección. En reciprocidad está pronto a ofrecerle algunas
horas de trabajo y a proveerle con productos de sus campos.
·
3 Cobo, Historia
del Nuevo Mundo, libro XIV, cap. 6: “Cuando destetaban a los niños
[...] convidaban (...)
5Un segundo padrino, sin la misma importancia que el primero,
sirve de testigo en la ceremonia que sigue al bautizo. Los cabellos del niño se
cortan por primera vez entre uno o dos años y medio.3 Esta vez el padrino ya no es
un hombre de importancia, como el del bautizo. A menudo es un indígena de paso,
uno de esos viajeros que llegan a vender sombreros, ojotas o tejidos y que a
veces llegan desde puntos muy lejanos. Este viajero recorre siempre el mismo
circuito, de manera que su ahijado lo ve regresar con una periodicidad más o
menos regular. Por eso, a veces se establecen lazos muy estrechos. El viajero
compra algunos productos a la familia y se convierte en su mercachifle
ambulante, pagando así la hospitalidad que recibe.
6El padrinazgo prepara relaciones útiles al niño pero, sus
primeros contactos, además de con su madre, los tiene con sus hermanos y niños
de su edad. El niño aprende a caminar bajo la vigilancia de su madre o de sus
mayores. En los campos, mientras que la madre siembra o recoge la cosecha, en
un extremo del surco hace solo sus primeros pasos. Desde que está en edad de
ayudar se le encarga una tarea útil. Las niñitas vigilan los pocos pollos de la
familia; muy jóvenes, a los seis o siete años, ya saben hilar o tejer. Los
niños hacen pastar a las ovejas. Hacia los diez años, cuando están en capacidad
de acompañar y ayudar a sus padres, aprenden a arar o a sembrar. No es raro que
el padre les ponga a su disposición una porción de terreno; al trabajar por su
cuenta pueden medir los efectos de su celo o de su negligencia. Un muchacho de
quince años tiene a menudo sus propias ovejas; dispone de ellas a su voluntad y
se constituye un bien propio del que, por ejemplo, usará al buscar pareja.
7Los grupos de jóvenes (el peer-group de los autores norteamericanos) no
parecen decisivos para la “socialización” del campesino indígena; este rasgo
contrasta con la importancia manifiesta de las bandas de niños que en la misma
ciudad de Puno pasan la mayor parte de su tiempo en la calle. El joven
campesino indígena cuida a sus ovejas durante largas horas encaramado en la
cima de una colina. Cuando regresa, entra a su casa y en Ichu hemos notado que
en las esquinas de las calles, generalmente desiertas durante el día, se forman
pocos grupos al regreso de los campos. El alcance de esta observación es,
evidentemente, muy limitado. Se contradice en pueblos apenas más importantes;
en Acora, por ejemplo, atravesado por la carretera Panamericana, en la plaza a
cuyo alrededor se disponen algunas tiendas, en cada uno de nuestros pasos hemos
visto pasear algunos grupos de niños que salían de la escuela. En general, el
niño indígena dedica la mayor parte de su tiempo al trabajo que desde muy
temprano se le encarga; trabajo que a menudo lo aísla de los demás niños (como
cuidar ovejas) y que lo coloca bajo la dependencia de los adultos desde que
está en capacidad de ayudar a su padre o a su madre en el barbecho, en la
siembra o en las cosechas.
La escuela y el maestro
·
4 Una maestra de Ojerani, muerta hace algunos años, cuyo recuerdo
permanece muy vivo entre los indíg (...)
8Es difícil evaluar lo que el niño obtiene de su paso por la
escuela. Digamos inmediatamente que la instrucción es considerada con respeto
por el indígena. Ichu tiene su escuela, Ojerani y Tunuhiri tienen cada una la
suya. Las rivalidades entre las parcialidades a menudo se desarrollan en el
interior de una misma comunidad y tienen por causa la construcción de una
escuela. Habría sido más simple hacer una construcción escolar más grande en
Ichu que emprender a dos kilómetros otra nueva. Sin embargo, como se requiere
el trabajo de los hombres de cada parcialidad para la construcción del edificio
escolar, ha sido necesario tomar en cuenta las susceptibilidades locales. El
maestro se beneficia de este interés por la instrucción, pues goza de gran
prestigio en el pueblo, donde a veces es el único misti.
A menudo, el cargo es ocupado por mujeres, señoras o señoritas. El contraste
entre la escuela normal, ubicada en la capital del departamento, y un pueblo
indígena, hace que su condición sea particularmente penosa a los maestros más
jóvenes. La comunidad pone una casa a disposición del maestro. Sus alumnos lo
ayudan en su limpieza y de tiempo en tiempo le llevan algunos víveres. Si se
trata de un hombre, se le pedirá consejo en lo relativo a los procesos y
asuntos judiciales. Pero muy a menudo es tratado con suspicacia. Un maestro del
núcleo escolar de Vilquechico nos contó que su carrera la comenzó en un pueblo
cerca de Yunguyo, de donde se vio obligado a partir, rechazado por una ola de
hostilidad, muda e irreprimible. Se había molestado por la tardanza, que ya
duraba varios meses, en la construcción de un local escolar de la que estaban
encargados los indígenas, y pretendió dar órdenes y fijar plazos. Estas
inconveniencias son particularmente frecuentes entre los numerosos maestros que
no proceden de la sierra, muchos de los cuales no hablan ninguna de las lenguas
indígenas. A pesar de todo, el prestigio del maestro de escuela es grande,
aunque esté ligado a exigencias difícilmente conciliables.4 En Ichu, por ejemplo, la
maestra de la escuela y su familia, junto con la del teniente Cotimbo, son las
únicas familias mistis del pueblo. No habla sino algo de
aimara y, al parecer, se mezcla muy poco en los asuntos ajenos. Esta reserva
contribuye a su prestigio. Naturalmente la distancia puede transformarse en
alejamiento. Hemos conocido a una joven maestra, muy inteligente por otra
parte, que consideraba su puesto como el exilio y cada sábado volvía a Puno y aprovechaba
de todos los pretextos para prolongar sus vacaciones; se vanagloriaba de
ignorar todo de la población en medio de la cual los azares de su carrera “la
hacían vivir”. Si bien el alejamiento daña el prestigio del maestro, una
familiaridad muy grande o, más bien, ciertas formas de familiaridad, no son
menos peligrosas. Haga lo que haga, el maestro es un misti,
y su riesgo más grave es pasar por cholo. Este peligro es más serio en las
pequeñas ciudades que en los pueblos. El maestro de una capital de distrito,
como Huancané o Yunguyo, puede alternar con la guardia civil, o con otros, y
beber y jugar con ellos. En Ichu, naturalmente, aun cuando lo deseara, estas
pequeñas fiestas no serían posibles. Por eso el maestro muy a menudo se siente
tentado a descuidar su puesto y a ir a buscar en la ciudad más próxima los
placeres que en el pueblo le son rehusados. No se nos escapa que el papel del
maestro de escuela tiene una gran dificultad; debe estar muy próximo al
indígena para establecer con él relaciones de confianza y, al mismo tiempo,
debe mantener su distancia si quiere conservar el respeto de los comuneros. En
cuanto a las causas del prestigio de que goza el maestro, estas se deben a la
inmensa ventaja que ante los ojos del indígena significa un dominio suficiente
de la lengua española. Aun cuando más del 75% de la población del departamento
no lo hable o lo haga apenas, todos los actos judiciales y administrativos
están redactados en esta lengua y los asuntos que se desprenden de un escalón
inmediatamente superior al del gobernador en su mayor parte se tratan en
español.
Viviendas de la
parcialidad de Ojerani al sur de Chimu. Obsérvese cómo la totora sirve de
alimento al ganado. (Foto Abraham Guillén.)
La escuela y el alumno
9En la formación del campesino indígena ¿constituye la escuela
una etapa esencial? En Puno, muy probablemente. Pero el paso del niño en los
bancos de adobe de la escuela de Ichu constituye, aunque este indio esté
llamado a vivir toda su vida en su pueblo, un episodio importante. Aprende un
poco de castellano, y aun si pronto lo olvida, siempre le queda alguna
curiosidad. Hay conocimientos que le son ofrecidos aunque no le sean
inmediatamente utilizables. Se le conduce hasta el umbral de un mundo en el que
no penetrará pero que, desde el exterior y a causa de su extrañeza, lo atrae y
lo intriga. A menudo la lengua es para el joven un obstáculo serio. Una
profesora que no hable ni aimara ni quechua endoctrina a jóvenes indios que
atrapan al vuelo algunas palabras de español; de este espectáculo hemos sido
testigos más de una vez y podemos asegurar que los niños, aun cuando podían
leer algunas frases, eran incapaces de traducirlas en su lengua. Mientras que
la cultura indígena, en una comunidad como la de Ichu, es esencialmente
trasmitida en la familia y en el grupo de edad al que pertenece el niño, la
escuela es, en una ciudad o en pueblo, un centro de difusión y de mestizaje
cultural de primera importancia. Algunos buenos alumnos proseguirán sus
estudios, y los volveremos a encontrar en San Carlos, en Puno. Entonces, el
paso ya se ha franqueado. Los que sigan la enseñanza media no tienen sino muy
débiles oportunidades de volver a su pueblo. Buscarán un empleo en la ciudad.
No vayamos a creer, sin embargo, que todos sueñan con instalarse en los grandes
centros urbanos. En varias oportunidades hemos tenido la ocasión de interrogar
a jóvenes rurales, alumnos de los cursos complementarios o del colegio de Puno.
La mayor parte comienza por afirmar que de ningún modo piensa volver a vivir
como sus padres; insisten en la exigüidad de los campos (no hay lugar para todo
el mundo), en la miseria y, sobre todo, en el atraso de los campesinos. Ante la
pregunta: ¿qué piensas hacer cuando salgas de la escuela?, la respuesta más frecuente
era: “trabajar”, y la lista de empleos enumerada era: chofer, mecánico,
carpintero, etc. Aquí surge una dificultad en el espíritu del encuestador, que
los interesados perciben por lo menos confusamente: “¿Esperas encontrar trabajo
en la región o piensas buscarlo afuera?”. Estábamos preparados a prejuzgar que
la atracción de las grandes ciudades (Arequipa o aun Lima) se impondría a
nuestros interlocutores. No es así. En primer lugar, el conocimiento que estos
muchachos tienen de su país es muy vago. Lima está muy lejos, “es necesario
varios días para llegar”. Arequipa y Cuzco resultan más familiares; sobre todo
Arequipa es descrita como muy bella, lugar donde es agradable pasearse (varios
muchachos han ido por algunos días o algunas semanas a visitar parientes). Pero
ahí todo es muy caro; algunos de nuestros interlocutores son muy conscientes de
que un obrero o un artesano, si bien gana buenos salarios, casi todo lo gasta
en su alimentación y alojamiento. Así, con gran sorpresa nuestra, muchos de
esos muchachos declaran que irán a establecerse en las ciudades de la región
(Juli, llave y Juliaca), las más próximas a sus pueblos de origen. Tienen la
ventaja de quedar cerca de sus parientes y amigos (hemos constatado varias
veces que quienes declaran más netamente su deseo de no trabajar la tierra son
también los más decididos a “no alejarse de su tierra” o “volver para visitar
sus padres”). Queda por saber en qué medida estos proyectos pueden realizarse;
las posibilidades de trabajo son raras en la región de Puno y para encontrarlas
hay que bajar a Arequipa. Lo que hemos llamado proceso de cholificación queda
así planteado.
“Saber amar”
·
5 La Musique des Incas, p. 484.
·
6 Canción y baile de la sierra.
·
7 José María Arguedas,Canciones y cuentos del pueblo
quechua, p. 56. Estos textos han sido recogido(...)
·
8 d’Harcourt, ob. cit, p. 189.
·
9 d’Harcourt, ob. cit., p. 390.
10La poesía popular quechua abunda en canciones en las que un
enamorado detalla las bellezas de su amada y se lamenta de la servidumbre a que
lo encadena esta “belleza”. Los amores son a menudo contrariados, sea por los
padres de uno de los amantes, sea por una fatalidad impersonal. Este
sentimiento se expresa finamente en la poesía popular, tanto en la tonalidad
carnal de la concupiscencia como en la melancolía de las inclinaciones
impedidas. El amor, por otra parte, es una pasión natural; el que es incapaz de
sentirla es un monstruo y quien me priva de ella por frialdad o coquetería me
inflige una injusticia. Raoul d’Harcourt5 cita unwayno6 del Cuzco en el que una
“princesa que no sabe amar” es amenazada con ser “arrojada en el agua dulce del
lago”; y el cantor continúa: “ahí aprenderá que debo ser amado, que debo ser
querido”. Es exaltada la ternura, la alegría del afecto compartido: “como dos
palomas hemos salido de mi pueblo, éramos como dos palomas que volaron de su
nido. Gozaron las gentes de mi pueblo, gozaron las gentes de mi casa, como dos
palomas nos fuimos de mi pueblo”.7 D’Harcourt8 señala algunas de las
metáforas más corrientes con las que la poesía popular ilustra y exalta a la
mujer: “la amada —escribe— es comparada a una rama verde, a una liana que se
adhiere, a una flor, pero sobre todo a la paloma urpi o a la tortolita cuculí”.
La ternura y la adoración no excluyen una sensualidad franca y exigente que no
hace misterio de las satisfacciones que busca. D’Harcourt9 cita un wayno de Puno en que el amante suplica a su
querida levantarse de la cama y abrirle la puerta. Como la bella se hace la
sorda, el cantor tiene ocasión de lucirse. El asunto es tratado de modo
cortesano. El amor a veces atrae la desgracia; puede ser rechazado, declinado
por la pareja ya comprometida:
·
10 José María Arguedas,Canciones y cuentos...,
p. 20.
[...] desde lo alto de la cima te he visto llorar águila del
cielo... llorabas completamente sola... llorabas en la orilla del arroyo; hacía
frío y tú llorabas completamente sola, patito. Yo te decía ¿por qué no hacer un
nido los dos, para no estar tan solos los dos? Mi padre es primero, me dices
tú, y después viene mi madre. Mentías mi patito, tu padre ha muerto y reposa en
paz y tu madre llora lejos en pueblos extranjeros.10
·
11 Ibíd., pp. 23-24.
11El tema es próximo al de esta canción: ¿“Por qué he amado a este
desconocido? ¿Por qué lo ha escogido mi corazón, cuando no sabía ni el nombre
de sus padres, ni por qué camino vino el día en que llegó”?11
Folclore: la amante de la serpiente
12Es tal vez en dos de los cuentos recogidos por José María
Arguedas que los azares del amor y sus terribles conexiones se ven mejor. Se
trata de “La amante de la serpiente” y de “La amante del cóndor”. Hemos podido
verificar que el segundo es perfectamente conocido en Puno. Por lo demás, los
dos parecen tener gran difusión:
Ella era [la amante de la serpiente] hija única de una pareja.
Todos los días iba al cerro a cuidar su ganado; [...]. La joven estaba en edad
de casarse, era muy bella y completamente desarrollada [...]. Un buen día en la
cima de un cerro se le aproximó un hombre joven, muy hermoso y audaz [...]. Sé
mi amante, le dijo, y se puso hablarle de amor. Como él era alto y lleno de
vigor la joven aceptó [...] Así vivieron largo tiempo. El hombre corría y
marchaba sobre el vientre y se arrastraba como si tuviera muchos pequeños pies:
es que no era un hombre. Era una serpiente. Pero a los ojos de la joven era un
muchacho alto y delgado:
13La joven queda encinta: ¿dónde vivirán los amantes? ¿En su casa
o en la de ella? “Iremos a la tuya, pero yo no podré entrar libremente, no es
posible. ¿No hay cerca del batán un hueco en la pared? ¿No hay un hueco donde
se guarde el trapo de limpiar la piedra?”. La joven, un tanto sorprendida de que
su amante pretendiera vivir en ese hueco, acepta el arreglo y todo va bien
hasta el momento del parto. Entonces la joven rechaza decir a sus padres el
nombre de este. Ellos recurren a un adivino que, en su sabiduría, se da cuenta
de la verdad y se las descubre. Se arreglan para alejar a la hija y, en su
ausencia, se disponen a matar la serpiente. Ella regresa cuando el proyecto
está en ejecución y, horrorizada, alumbra o, mejor dicho, pare una camada de
serpientes, que es muerta. Una vez que la casa es purificada la vida retoma su
antiguo ritmo y los padres le preguntan: “¿Cómo has podido vivir con una
serpiente? Tu marido no era un hombre, era el diablo”.
La amante del cóndor
·
12 Arguedas, Canciones
y cuentos..., ob. cit, pp. 131-144.
·
13 Ibíd., p. 132.
14Un tema análogo se presenta en la misma colección.12 Esta vez el seductor es un
cóndor. Es descrito como un “caballero elegante, en vestido de montar”. El
texto agrega dos o tres precisiones: el galán usa zapatos de punta (kkarawatanas) que lo hacen parecido a los criadores
o ganaderos de la llanura; su cabeza está cubierta con un chullo.
Al igual que en la historia precedente, los dos amantes tienen relaciones
sexuales y la joven queda encinta: “debemos —dice ella a su amigo13— ir a vivir a tu casa o instalarnos en la mía, tengo vergüenza
de decirle a mis padres en qué estado me encuentro”. El cóndor ofrece a la
joven que se instale en la suya. Y de este modo rapta a “su conquista”. La
conduce hacia unas rocas y le recomienda cerrar los ojos, con la amenaza de
dejarla caer en el transporte. Carga a la joven en sus hombros y alza el vuelo.
·
14 Ibíd., p. 133.
Ella no veía nada —dice el texto— solamente escuchaba que el
viento batía las alas. No sentía nada que le pudiera hacer pensar que se movía.
Sin embargo, se habían elevado muy alto en el cielo. Solamente se daba cuenta
de un dulce balanceo, como si recordara que su amante flotaba en su sueño.14
·
15 Ibíd., p. 134.
·
16 Arguedas, Cancionesy
cuentos..., ob. cit., p. 137.
·
17 Ibíd., pp. 137-138.
·
18 Ibíd., p. 141.
·
19 Ibíd., p. 144.
15Un niño le nace a la pareja. Pero el cóndor se muestra un esposo
duro, la abandonaba todo el día para ir de caza: “Ella lloraba todo el
tiempo... Lavaba los pañales de su hijo en una pequeña fuente; preparaba la
carne que le traía el cóndor; y ciertos días no tenía siquiera los restos de
animales muertos que le traía su amante”.15 Inmediatamente después de que
el colibrí (picaflor; en quechua, kkentí), que
desempeñará el rol de intermediario benévolo, gracioso y cómico, entre la joven
y sus padres, se aproxima a la caverna donde vive “la amante del cóndor”, esta
le dice: “Colibrí de esmeralda, sálvame. ¿No podrías llevarme hasta la casa de
mis padres?”. El gentil pájaro acepta y, cuando la hija está de regreso en su
casa, confiesa: “Un hombre me sedujo y me llevó a su casa. Allí me retuvo y he
dado a luz este niño. Es el cóndor que tomando la apariencia de hombre me
sedujo y me llevó a su cueva. Él es el padre mi hijo”.16 Los altercados entre el
colibrí y el cóndor se desenvuelven de modo bufo: el diminuto pájaro se ríe del
gigante. Después de robarle a la joven, el colibrí, con la complicidad de la
rana, le quita al hijo.17 En la persecución, el pequeño
le gana al grande con despliegue de gran astucia. En el cielo, el cóndor
buscaba al colibrí. “Ahora te tengo, te voy a comer”, y lo perseguía haciendo
círculos a su rededor para atraparlo. El colibrí se introdujo en un pequeño
hueco entre las rocas. “Sal de allí, sal inmediatamente”... “Voy a salir pero
abre bien tu pico y también tu culo: ábrelos bien grandes. Abre los dos, mi maestro”.
El cóndor abrió el pico y, con la boca dilatada, esperó. El colibrí salió,
entró en la boca del cóndor, se deslizó por su gaznate y salió por su trasero”18 Después de diversos episodios
el cóndor fracasa, víctima de las astucias del colibrí, como ave vulgar en la
olla de su suegra: “Sus plumas no eran plumas verdaderas, sus muslos, sus alas,
su cuello, su vientre desplumado lo hacían aparecer como un gallo viejo pelado.
Su prestancia de gran señor no era sino una apariencia. Y sin embargo, había
sido un verdadero cóndor”.19
La joven
16La comparación entre estos dos textos revela cierto número de
rasgos instructivos. Destaquemos, en primer lugar, la manera cómo son descritos
los primeros acercamientos entre los amantes. En uno y otro caso, el macho se
comporta como un conquistador agresivo; la serpiente propone sin subterfugios a
la joven ser su amante; el galante cóndor no es menos expedito. Agreguemos que,
en los dos casos, la joven es raptada, arrancada de su familia. La descripción
del seductor es mucho más acentuada en el segundo relato que en el primero; el
cóndor nos es descrito como “un caballero, como un ganadero”, “altivo, fastuoso
y elegante”; pero en las dos versiones la joven es presentada como una pastora
inocente y dócil; así, a las declaraciones de la serpiente (“sé mi amante”) la
joven responde inmediatamente: “de acuerdo”. La familia de origen de la joven
es descrita como un medio protector en la que buscará refugio (en la versión de
“La amante de la serpiente” los padres cuidaron a su hija, se ocuparon de ella,
le curaron el cuerpo y el espíritu), y de la que no se separará demasiado (en
la versión de la serpiente, la pareja se instala muy cerca del batán; en la
versión de la amante del cóndor “... los padres, la hija y el pequeño pudieron
vivir juntos, tranquilos, su angustia y su dolor se transformaron en alegría y
verdadera felicidad. Hasta hoy continúan viviendo alegremente en su pueblo,
lejos, muy lejos”. Y en los dos casos es a su propia familia de orientación que
lleva su hijo para criarlo. La joven no encuentra seguridad sino en su familia,
para ella el amor es una fuente de disgustos y desgracias. Ha sido engañada —y
parece que en los dos casos el seductor sea el engañador por excelencia, es
decir, el diablo, bajo la envoltura del cóndor o de la serpiente—. Ella era
feliz antes de la peripecia, antes del encuentro con el seductor; lo será
nuevamente después de la solución y tanto antes como después no lo es sino con
sus propios padres.
El seductor
·
20 “El oso raptor”, pp. 135-178.
17En cuanto al personaje del seductor, se nos señala por dos
características: en primer lugar, nada sabemos de su familia y, en segundo,
tiene cierta relación con el otro mundo. La serpiente y el cóndor, cuyas
empresas hemos relatado, son parientes cercanos del “oso raptor” cuyas
aventuras nos relata Morote Best.20 “El oso se apodera de una
joven, la retiene cautiva en su caverna y tiene con ella uno o varios hijos”.
Aquí comienza una peripecia susceptible de revestir varias formas: o bien la
madre y el hijo se escapan, o bien la madre escapa sola, o aun el escondite es
descubierto gracias al hijo del oso; en ciertas versiones del cuento, la madre
y su pequeño se refugian en una iglesia de donde algunos hombres tratan de
librarla; después de esta tentativa, que muy a menudo fracasa, la mujer y su
hijo logran la huida. La muerte del oso es variable: a veces es muerto por su
propio hijo o cae víctima de una astucia urdida por la mujer o también esta lo
mata directamente. En lo que respecta al hijo del oso, una serie de rasgos lo
diseñan como un personaje extraño. Es recogido por un cura o en un convento;
entabla combate con los condenados o con los demonios. Se retira al bosque o
bien atraviesa ríos profundos, en los dos casos siguiendo instrucciones de un
sacerdote. A veces termina quemado en un horno o precipitándose desde lo alto
de un campanario; otras veces es su madre quien lo mata. Digamos que el hijo
del oso participa de los poderes sobrenaturales de su padre: se destaca por una
fuerza física extraordinaria (es capaz de romper las campanas, de derrumbar una
iglesia y de quebrar las estatuas de los santos). Pero esta fuerza es de una
violencia ciega que lo pierde, tanto que, a veces, llega a matar a sus propios
camaradas de escuela. El texto de los dos cuentos, recogido por Arguedas,
desgraciadamente no nos ofrece informaciones sobre las aventuras del hijo del
cóndor o del hijo de la serpiente. Basta con señalar que uno y otro se parecen
a su padre: mientras que la madre vive feliz con sus padres y no ve
interrumpida su felicidad sino durante el periodo en que el seductor la separa
de ellos, a él le está prometida una muerte violenta (en “La amante de la
serpiente”) o un fin ridículo (en “La amante del cóndor”).
“La felicidad de ser amado”
·
21 “Éramos como dos palomas que volaron de su nido”; aquí, los dos
temas que hemos distinguido y opue (...)
·
22 Cancionesy cuentos..., op, cit., p. 27.
18En cuanto a la mediación por la que la felicidad perturbada se
restaura nuevamente después de la intrusión del seductor, en el primer caso le
incumbe a un adivino y, en el segundo, a un colibrí. Este pajarito sirve de
intermediario entre la amante del cóndor y los padres de esta. Dicho papel de
mensajero le es familiar, como lo muestran innumerables canciones populares.
Sin embargo, en el texto que hemos citado, en lugar de ser descrito como un
mensajero tierno y gracioso que permite comunicarse a amantes separados, hace
figura de bufón y es en sus enredos con el cóndor que expresa su personaje. La
actual poesía popular borda abundantemente sobre el tema del amor; en todos los
mercados se pueden encontrar pequeñas publicaciones impresas en quechua y en
español que se conocen como cancioneros. En ellos el amor se describe como un
sentimiento fatal y melancólico, que penetra y causa dolor. Uno de los
obstáculos que encuentran los amantes es la mala voluntad de los padres o
también el apego excesivo de uno de ellos a su padre o a su madre. “Entonces yo
te hablé de tener nuestro nido juntos para no estar tan solos. Mi padre viene
primero —me contestaste—, y después viene mi madre”. Si bien los padres son
percibidos como obstáculos, el resentimiento respecto de ellos no se expresa
explícitamente y la ternura hacia el padre o la madre es un tema obligado de la
poesía popular. Una misma palabra designa al indigente y al huérfano: ser
privado de sus padres es uno de los signos más ciertos de la desgracia. De esta
privación se queja el viajero, el errante, condenado a no ser en todos sitios
sino un forastero. El tema del amor y el tema del viaje muy a menudo van juntos
—así como el tema del amor se encuentra asociado a la relación
intimidad-lejanía—.21 Por otra parte, el viaje se
abre con las cortesías de los que se quedan hacia los que se van: la ceremonia
de la despedida se observa tanto entre los indígenas como entre los mistis.
“Es el día de mi partida”, dice precisamente una canción de despedida recogida
por José María Arguedas,22y el texto agrega: “hoy yo no me iré, me iré mañana”. El viaje
nos expone a la soledad, al abandono, a la tristeza total. “Estoy solo, sin
nadie —dice otro texto en la página 28 de la colección de Arguedas—, como la
flor de la puna, toda sola con su sombra... ¿Qué vida es ésta?, los caminos se
han perdido, han muerto todos aquéllos que me prestaban apoyo. Todo ha
terminado”. Y en la siguiente página:
Tal vez he tenido por madre a la vicuña de las pampas y por
padre al corzo de los montes, soy errante, no tengo reposo, vago por los montes
y las pampas, apenas envuelto con el viento, en las gargantas y en los picos,
vestido de frío y de viento.
19Pero a esta tonalidad depresiva hay que oponer el tono dinámico
y conquistador con el que algunas líneas más abajo se presenta el tema del
viaje: “Si fuera un halcón volando muy alto en el cielo, desde lo alto del
cielo te llamaría: no llores mi bienamada”. El dinamismo del vuelo y del pájaro
no borran completamente la tristeza en la cual se mueve el sueño; substituye
solamente la imagen del amante abatido por el de la querida alejada y
transfigura al amante en salvador, cuando no en raptor.
“Ser macho”
20En cuanto a la interpretación de estos textos, digamos que
cuando los sometemos a los mistis perciben muy vivamente su tonalidad
melancólica. Y una comparación, que no hemos podido sino bosquejar, permitiría
probablemente encontrar en las canciones de la costa, escritas y producidas
para el uso de la clientela criolla, muchos temas que hallamos en las canciones
de la sierra. Sin embargo, hay algunas restricciones y precisiones que se imponen.
Parece que en las canciones de la costa se da un personaje casi ausente en las
de la sierra: la del muchacho turbulento y cruel que hace ostentación de su
virilidad. Subrayemos, en primer lugar, la valorización ambigua de la
turbulencia y de un tipo de agresividad indiferenciada entre los niños de corta
edad y los jóvenes adolescentes. Muchas veces “romper todo” es apreciado como
signo y promesa de una masculinidad indiscutible. El folclore limeño del siglo
pasado había elaborado una especie de pilluelo, muchacho inquieto conocido bajo
el nombre afectuoso y ridículo de mataperro. Se trata de un individuo que hace
ostentación de turbulencia, pero que solo molesta a víctimas pacíficas e
impotentes.
21El mataperro es simpático porque es vivo y emprendedor, pero
también puede ser percibido como odioso y aun ridículo —y la segunda sanción es
tal vez más dura que la primera—, porque no hay nada que temer de las cabezas
de turco a las que fastidia. Transpuesto en el modo heroico, despojado de todo
elemento de bufonería, el mataperro se convierte en un personaje cruel,
imperioso, exigente y al que se quiere porque sabe hacer sufrir. Este machismo
(u ostentación de virilidad) parece característico no solo de la cultura
costeña, sino también de los adolescentes de las familias “decentes” de los
pueblos serranos. En Puno, los domingos por la mañana, después de misa,
muchachos y muchachas, en bandas homogéneas, dan vueltas al parque Pino. Los
grupos se aproximan, se rozan, se desafían; se intercambian saludos y guiños.
Pero es excepcional que un alumno de San Carlos o de San Ambrosio sea visto en
la calle con una joven o por lo menos con una joven “decente”. Esta sexualidad,
a la vez censurada y reprimida, reaparece sin embargo, y se manifiesta por una
pretensión muy insistente de virilidad. Los hombres y los muchachos deben ser
tan “hombres” como sea posible: “ser macho”, o por lo menos parecerlo, es un
imperativo muy estricto en Puno. ¿Cómo se reconoce al “macho”? Ciertamente por
sus cualidades físicas, por su prestancia, por sus maneras desenvueltas; un
“hombre”, por ejemplo, no declina jamás una invitación a beber y aguanta mejor
que otros. Con las mujeres es galante, si se trata de mujeres por las que se
debe experimentar un sentimiento, y con las otras es brutal y rápido. Varias
veces tuvimos ocasión de darnos cuenta hasta qué punto era ambivalente la
actitud del “macho” respecto de las mujeres. Un joven que profesaba el amor más
vivo por su novia, ausente de Puno, se vanagloriaba de su éxito con una
muchacha conocida y apreciada por los oficiales y suboficiales de la
guarnición. Las mujeres por su parte, insisten en su femineidad y, por lo menos
cuando son jóvenes, pretenden ofrecer una figura de ternura y pureza. Y si a
menudo la madre ejerce autoridad ante los hijos casados no es solo porque puede
continuar disponiendo de parte de la herencia, sino porque posiblemente
simboliza mejor que sus esposas cierta imagen ideal de la mujer que el “macho”
se ha acostumbrado a venerar, no obstante sus afectaciones de cinismo.
22Este personaje, el “macho” (el hombre fuerte, duro, como lo
llamaríamos) ¿está ausente en la cultura indígena? Sin duda, el tema terminará
difundiéndose a partir de sus fuentes criollas, por las canciones, los discos y
la radio, y es posible que no tarde en infiltrarse en el folclore indígena. Por
el instante, hasta donde podemos juzgar, no es muy aparente. Cuidémonos de
concluir que el ideal de virilidad está menos afirmado en la cultura mestiza
que en la criolla. Varios atentados (de los que hemos podido verificar su
autenticidad) nos convencen de la extrema brutalidad de la acción del indígena
cuando este tiene el sentimiento de que su honor o su dignidad están en
discusión. Así, un indígena matará fríamente al amante de su mujer y, al
explicarse ante los jueces, insistirá mucho más en la afrenta que le ha sido
hecha antes que en invocar su pasión y sus celos. 0 aun, otro indígena que ha
insultado a parientes o compadres, a quienes encargó representarlo en una
negociación, es muerto por estos que se juzgaron deshonrados al ser afrentados.
Si bien la virilidad es una conducta concretamente valorizada por sus
apreciaciones y acusaciones, el indígena no la sublima en las canciones y
productos de la imaginación popular; y aunque probablemente es tratada con
mucha mayor ironía y ambigüedad en la vida cotidiana de los criollos y gente de
la costa, allí también con mayor frecuencia es característicamente exaltada
como modelo y como ideal. Unas palabras más sobre las instituciones domésticas,
porque uno de los estereotipos más frecuentes entre los mistises
la promiscuidad sexual de los indígenas.
La sexualidad indígena vista por losmistis
23Lo que hemos observado directamente es la manera cómo los mistisdescriben
e imaginan la sexualidad de los indios. Los indígenas son presentados como
animales incapaces de contenerse. Para más de un mistide
Puno, la mujer indígena o la chola es considerada como un instrumento
para satisfacer necesidades elementales y muy específicas. Un distinguido
abogado de Puno me contó un día que uno de sus amigos, pintor argentino, de
paso en Capachica, se enamoró de una muchacha con la que tuvo un hijo. Este
tipo de amores está rodeado con el encanto de una sensualidad libre y natural,
pero a este abogado le habría parecido extraño que un hombre como su amigo se
hubiera enamorado profundamente de una mujer indígena. “La dejó cuando regresó
a Lima y ella no tuvo más noticias suyas”. Sin embargo, las relaciones del misti con las mujeres indígenas son, en
realidad, mucho más complejas. En una familia de Puno, conocida nuestra, reina
una vieja ama indígena que fue la amante del padre y, como ella crió a los hijos,
uno de estos, fiel a su nodriza, la tiene en su propia casa. Hay lazos que
pueden establecerse entre indios y mistisque
reposan en algo más que la simple satisfacción sexual. Cogeríamos en falta a
los amigos de Puno que quisieran hacernos creer que los indígenas están
librados a una sexualidad sin regla. La opinión sobre la vida sexual de los
indígenas no conoce sino uno u otro de estos extremos: o bien se insistirá en
su extraordinaria lascivia o bien se insinuará que, no obstante ciertos
desórdenes, por otra parte innobles, hombres y mujeres son en el fondo
frígidos. ¿En qué medida estos estereotipos contradictorios pueden
interpretarse como la expresión de celos reprimidos o como una compensación,
llámese también ridicula? Lo que está claro es que se trata de estereotipos, de
prejuicios. La libertad o aun la promiscuidad de su adolescencia no nos
autoriza a juzgar que el indígena sea un desvergonzado; por el contrario, nos
induce a pensar que la familia indígena, con las reservas que después indicaremos,
es estable y se mantiene unida por un sentimiento de fidelidad muy exigente,
eficazmente protegida por un sistema de sanciones precisas y rigurosas.
El servinacuy
·
23 La palabra servinacuytiene
como radical el verbo español: servir,
la desinencia y de los verbos q(...)
24Los mistis, para
racionalizar sus proyecciones invocan la institución delservinacuy,23 es decir, el concubinato en
el que viven muchachos y muchachas durante un periodo prolongado. Lo que
quisiéramos subrayar es que el servinacuy no tiene nada de unión libre, de
concubinato. Después de hablar con su padre y su madre, el joven toma la
iniciativa de hacer su petición a la familia de la joven. Va él mismo
acompañado de su padre y de algunos amigos, y lleva regalos: un poco de
alcohol, coca. A veces teme ir en persona; es cuando, en general, teme un
rechazo. Si el regalo es aceptado, la petición será bien acogida; el padre que
después de haber aceptado la ofrenda se desdijera y rehusara a su hija sería
duramente juzgado; tal vez en ese caso tendría que reembolsar al joven y a su familia.
En general, las cosas ocurren sin dificultad porque la tentativa no se hace
sino una vez que los padres de la hija, ya prevenidos, dejan entender que la
proposición es de su agrado o que, por lo menos, no los disgusta. Sin embargo,
está sobreentendido que los solicitantes no presentarán bruscamente su demanda.
Por un buen rato hablarán de otras cosas, como si nada ocurriera; cuando
finalmente se hace el pedido, el padre de la joven debe fingir la mayor
sorpresa, incluso indignarse, llamar a su mujer, convocar a su hija e
interrogarla largamente. A su vez, la interesada pretenderá no haber tenido la
menor relación con el muchacho y no conocerlo, sino apenas o en absoluto.
Después de mucha conversación, el enamorado se lleva a la muchacha y la prueba comienza.
·
24 Que viven en concubinato.
25Las cualidades domésticas la juzgarán. Si la muchacha cumple
correctamente las tareas que le confía su nueva familia, la prueba será
considerada positiva y el matrimonio tendrá lugar meses después. Esta es la
solución más corriente. En Ichu, muy pocos ensayos terminan en fracaso.
Notemos, por otra parte, que un embarazo en este periodo no es considerado como
una desgracia; aun si el “ensayo” resultara negativo, la mujer volvería a casa
de sus padres con su hijo. Hay dos razones que a menudo se alegan para explicar
por qué ciertos ensayos no terminan en matrimonio: la muchacha puede quejarse
de la dureza de su futura suegra, de no entenderse con ella. O también los
padres del hombre pueden juzgarla perezosa, sin interés por el trabajo y con
demasiados miramientos por su persona. Pero, repitámoslo, en la mayoría de los
casos el servinacuyno
es sino el preludio al matrimonio cristiano. Una razón muy fuerte contribuye a
volver poco deseable la ceremonia religiosa a los esposos indígenas. El
matrimonio cuesta caro y todos los ingresos del año fácilmente pueden gastarse
en una boda. Hay dos mecanismos que se ponen en movimiento para contrarrestar
toda veleidad de escapar a esta costosa ceremonia. En primer lugar, el
sacerdote hace todo lo posible porque las uniones de hecho sean finalmente
consagradas por su bendición. Evidentemente, esta es una de sus tareas y
muestra tanto más celo porque los matrimonios le dejan un ingreso. El
porcentaje de uniones regulares varía en razón a la proximidad con la
residencia del cura. En Ichu, por ejemplo, que no está sino a una decena de
kilómetros de Puno, todas las parejas quedan casadas al año de comenzar el
“ensayo”. Si se trata de pueblos aislados, a los que el cura no va sino algunas
veces por año, los matrimonios se realizan en serie, en ocasión de una visita
del padre, en general para la fiesta patronal. El mayordomo, poco antes de la
llegada del sacerdote, cuenta con precisión variable las parejas convivientes24 y trata de convencerlas para
que regularicen su situación. Pero en ciertas zonas de acceso difícil, en
Pisacoma, por ejemplo, según lo que un día nos dijo el padre de Pomata, que
sirve este anexo lejano, buena parte de la población se substrae a los beneficios
del matrimonio cristiano. Un segundo conjunto de razones estimula a los
convivientes a casarse. El hombre, como lo hemos dicho, no lo es verdaderamente
sino cuando está casado en forma regular y solamente en esa condición puede
acceder a los cargos comunitarios. Su amor propio se ve así picado. Vivir
indefinidamente fuera de los lazos del matrimonio es considerado como una
ofensa a las buenas costumbres. Una vez que el amor propio se pone en juego, la
repugnancia a gastar puede, fácilmente, ser más o menos reducida; mientras más
se gasta, mejor se establece la reputación de hombre rico y de importancia. Una
bella boda manifiesta a todos la riqueza de una familia.
La dislocación del lazo familiar
·
25 En este momento sobrepasamos ampliamente el alcance de nuestras
observaciones inmediatas y utiliza (...)
26El matrimonio de ensayo no es, pues, una unión libre. Sin
embargo, puede llegar a serlo si el control de la comunidad se relaja. En la
misma ciudad de Puno hemos tenido ocasión de visitar en compañía de una
asistente social a algunas familias miserables cuyos hijos habían pasado a
cargo del Centro Materno Infantil. De las seis familias que visitamos, cinco
presentaban fenómenos de cultura y de descomposición muy interesantes. Una
mujer de treinta años tiene nueve hijos. Vive en una sola pieza de adobes, en la
avenida del Sol. Los nueve hijos son de tres padres. Ella misma, nacida en
Paucarcolla, fue a Puno a trabajar como doméstica, después lo hizo en un café o
restaurante como mesera. Ahora es lavandera y ocasionalmente vende legumbres en
el mercado. El primer hombre con quien vivió era un cargador. Fue movilizado.
El segundo fue un chofer. Su compañero actual es mecánico en un barco del lago.
Ahora tiene 30 años y su compañero apenas 18. Esta diferencia de edades no es
rara. A los hombres muy jóvenes, sobre todo a los que no son nacidos en la
misma ciudad, no les desagrada emparejar con mujeres mayores que ellos. Tales
arreglos no son muy duraderos. El hombre se cansa de la mujer después de
algunos años. Así, la unión libre, desconocida en Ichu, florece en los barrios
populares de Puno. Tal vez en la vida sexual del cholo se encuentre, como este
pequeño ejemplo nos permite darnos cuenta, la realización de los temas
bosquejados en las canciones populares que antes hemos citado: el vagabundeo
sentimental y el profesional están estrechamente asociados (el mismo individuo
cambia de mujer a medida que se desplaza y se muda de empleo). En segundo
lugar, la mujer es percibida por el hombre como una ayuda, un socorro y un
sostén, es decir más como una figura maternal que como una conquista, según el
modelo del donjuanismo y del machismo. Ello lo hemos podido constatar varias
veces, en particular entre choferes y camioneros: la mujer, en primer lugar, es
un ama de casa que se ocupa de la ropa de uno y en la que, al regresar, se está
seguro de encontrar calor e intimidad. Pero esta mujer más madura vive bajo la
amenaza del abandono. “Él me va a dejar. ¿Regresará alguna vez?”; y esta
angustia se aviva por el hecho de que quedan a su cargo los hijos concebidos de
estas uniones sucesivas. El resentimiento de la mujer no se concentra solo en
sus amantes sino en sus propios hijos, que la abandonan a medida que crecen, no
sin antes haber explotado, al igual que el padre, su trabajo, devoción y
ternura.25
La ceremonia del matrimonio
·
26 En lugar de que el almuerzo tenga lugar en la casa del padrino,
a veces se realiza en casa de uno (...)
27Volviendo a la familia indígena, cuando la prueba ha sido
concluyente, el matrimonio se decide. La mejor época para esta ceremonia va de
julio a noviembre, cuando las cosechas han sido recogidas y el ganado está
gordo. La preparación de esta ceremonia, que a veces reúne a más de 50
personas, no es poca cosa. En la misma ciudad de Puno, entre los indígenas de
Bella-vista o de Laicacota, o aun entre los cholos de Manazo, la ceremonia generalmente
tiene lugar los jueves. Los primeros días de la semana se dedican a reunir los
alimentos y a adornar la casa. El jueves por la mañana la comitiva se dirige a
la casa del padrino principal (porque, como lo veremos, hay por lo menos tres
padrinos). Este es más o menos una notabilidad, pues el deseo de toda familia
es convencer a una persona de importancia para que acepte el honor y la carga
de ser padrino. Durante la ceremonia religiosa, el segundo padrino, llamado
padrino de arras, entrega a los novios algunas monedas. Mientras que el padrino
principal es un misti, de
quien los esposos esperan ayuda y protección, el padrino de arras es un vecino,
generalmente indígena, que ejercerá en el joven matrimonio una magistratura de
consejo. Después de la ceremonia religiosa comienza la boda propiamente dicha.
Muy a menudo se come en casa del padrino principal. Este comienza por hacer
servir un ponche con algunas galletas. Después, a la hora del almuerzo, la
mayoría de los invitados come en el patio mientras que los recién casados, sus
padres y a veces sus hermanos y hermanas son recibidos en la mesa del padrino.
La carne más fina, asada o en guiso, se reserva para la mesa de honor, mientras
que el resto de los invitados se contenta con arroz, papas y menudencias. Al
terminar la comida llega un tercer personaje, a veces calificado como padrino
de banda, pues tiene a su cargo la orquesta, es decir, la banda. En general,
esta se reduce a un tambor, a una gran caja y a una suerte de flauta o pito. A
veces los de “más copete” van de Puno a Chucuito a reclutar músicos que cobran
hasta 200 y 300 soles. La llegada de la orquesta marca el comienzo del baile.
Después, hacia las 3 o 4, para despedirse, los padres de los novios ofrecen a
su huésped, el padrino principal, dos pequeños chanchos asados, con una naranja
en el hocico y en las orejas dos plátanos. La boda se traslada entonces a casa
de los padres del marido, donde generalmente la pareja pasa la noche. Las
tradiciones de las noches de bodas son variables. Parece que en Manazo se
encierra a los esposos en un cuarto y el que se apodera de las llaves los
libera la mañana siguiente.26 La institución del padrinazgo
es común a indígenas y mistis.
Hemos citado el dicho según el cual “el que no tiene padrino no hace buen
matrimonio”. Hemos resaltado que la búsqueda de un padrino capaz de ayudar al
niño en su carrera, o por lo menos capaz de protegerlo y ayudarlo a salir de
las dificultades, se observa tanto entre los indígenas como entre blancos y
mestizos. Lo mismo ocurre con los padrinos de matrimonio. Al primer grupo de
lazos personales que se forman en ocasión del bautizo se agregan aquellos que
tienen su origen en las ceremonias del matrimonio. En uno y otro caso
encontramos el principio de reciprocidad: padrinos y ahijados se deben
servicios. Uno de nuestros amigos de Puno, que había emprendido la
reconstrucción de su casa, empleaba como albañiles y carpinteros a indiecitos
de Pomata, de los que era el padrino. Por solo un poco de comida se proveía de
mano de obra barata. Pero los ahijados, por su lado, saben que pueden contar
con él y que los ayudará en la medida de lo posible. Este sistema de
obligaciones recíprocas no se limita a ahijados y padrinos, se aplica también a
los padrinos y a los padres y madres de los ahijados. Estos se llaman entre sí
compadres y, aunque entre ellos las obligaciones pueden estar definidas menos
rigurosamente que en el caso anterior, dan origen a nuevos lazos de
reciprocidad que acercan aun más a las dos familias.
28El matrimonio no solamente establece relaciones de reciprocidad
entre los que lo contraen, sino también entre los principales personajes que
los ayudan en esta ceremonia. Otra costumbre tiene lugar en este ciclo de obligaciones.
Los recién casados se instalan algunas veces con los padres del varón, otras
con los de la mujer. Pero el ideal es que la joven pareja se construya lo más
pronto su propia casa. Esta construcción demanda tiempo: primero se hacen los
cimientos, después se levantan los muros de adobe. Hay que esperar a que sequen
antes de colocar el techo. Las fuertes heladas del invierno tornan imposible
este trabajo. En general, cada una de estas operaciones es conducida no solo
por los interesados sino también por sus padres, amigos y vecinos. No se trata
propiamente de una tarea comunitaria. En Ichu no participan en esos trabajos
sino los padres y amigos de la joven pareja. En principio, los trabajadores no
son remunerados; su colaboración es tomada en el ciclo más o menos largo delayni.
Algunas veces se suscitan dificultades; los vecinos y aun los parientes se
hacen esperar, objetan que deben atender a sus propios cultivos y así la
construcción demora. Entonces, para decidirlos, hay que ofrecerles algo de dinero.
La remuneración monetaria parece penetrar en tareas que hasta ahora eran
gratuitas. Sin embargo, la colocación del techo todavía da lugar a una fiesta:
las mujeres preparan la comida y, cuando todo está terminado, se bebe y se
baila. Los padres y amigos ofrecen entonces a los propietarios cruces más o
menos elaboradas para adorno de la nueva casa.
Los padrinos
·
27 Véase el texto de Cobo, que ya citamos en la nota 3 de la p. 147
del presente trabajo.
29Es el momento de volver sobre las diversas observaciones que
hemos hecho con relación al compadrazgo. Hemos señalado las del padrino de
bautizo. Las del padrino de matrimonio son similares. Pero los dos casos están
muy lejos de agotar las formas del compadrazgo. La lista es muy variable de
región a región. Gillin, en un pueblo de la costa, muy cerca de Trujillo,
establece una muy diferente de la que un joven sociólogo peruano, Abner
Montalvo, señala para Vicos, en el departamento de Áncash. Nuestra propia
relación es mucho más pobre que la de estos dos autores. No obstante estas
variantes, algunas características evidentemente se imponen en todo lugar. No
son solamente el nacimiento y el matrimonio los que dan lugar a la instauración
de un parentesco espiritual. Abner Montalvo señala que, cuando se termina una
casa, el propietario solicita a uno de sus parientes o amigos ser su compadre
de cruz. La cruz que coronará la nueva casa será ofrecida al propietario por el
amigo o pariente solicitado. Desde ese momento uno y otro se darán trato de
compadres. Es cierto que nada de esto lo hemos encontrado en Puno. ¿No hemos
buscado bien? En todo caso, la práctica destacada por Montalvo no es universal.
Aparece ausente en numerosas regiones del Perú. Su interés reside en un hecho
que a menudo escapa a los observadores. Ei compadrazgo no es solamente una
institución religiosa o cristiana. Hablábamos de compadres de cruz, y también
podríamos citar a los compadres de uña o a los compadres de corte. Las dos
últimas prácticas,27 además, podrían bien ser
supervivencias precolombinas adaptadas al cuadro religioso cristiano. La
relación de reciprocidad instituida por el parentesco espiritual se encuentra
extendida a situaciones diferentes de aquellas que le han dado origen. Hay que
señalar la tendencia a incluir en este sistema de obligaciones a gran número de
personas. No solo le digo compadre al padrino de mi hijo, sino también al
hermano de este padrino. No llamo solamente padrino a mi propio padrino, sino
también al padre y al hermano de mi padrino; y no llamo ahijado solamente a mi
propio ahijado, sino al hijo de mi ahijado. Además, mi mujer y la madre de mi
ahijado son comadres. No parece que la relación se extienda a lo lejos por las
mujeres. Como quiera que sea, el número de compadres, de padrinos y de ahijados
evidentemente es considerable. Lo es tanto más porque la selección en muchos
casos se hace fuera del círculo familiar. Parece que, en la gama de los
diferentes tipos de compadrazgo, algunos claramente se reservan para reforzar
los lazos familiares, mientras que otros intentan el establecimiento de nuevos
lazos fuera de la familia. Sabríamos precisar cuáles corresponden al primer grupo
y cuáles al segundo. No creemos adelantarnos demasiado al afirmar que la
selección de padrinos está guiada por la necesidad, percibida más o menos
conscientemente, de mantener un equilibrio entre estos dos criterios de
selección.
30El parentesco espiritual ilustra perfectamente nuestra tesis
sobre la simbiosis entre la cultura indígena y la cultura misti.
Sin duda, el compadrazgo entre los mistis no relaciona a un número tan extenso
de individuos. Del mismo modo, la profusión de tipos de compadrazgo, que hemos
destacado en ciertos grupos indígenas, aquí se ve mesurada. Pero queda lo
esencial de la institución. Incluso parece durar y aclimatarse en el medio
urbano. Pone a disposición del individuo un sistema de protección eficaz en el
que la exigencia de la reciprocidad se expresa en la forma extremadamente
correcta de las relaciones interpersonales. Podemos, sin duda, ver allí un lazo
de unión entre el indio y el misti.
El papel de la mujer
31Una vez instalada en su casa, es posible que la pareja indígena
pueda permanecer en ella hasta la muerte de uno u otro de los cónyuges.
Aparentemente, la mujer está muy subordinada a su marido, que cuenta con su
cooperación para el trabajo agrícola. La mujer indígena es, además, un ama de
casa y la famosa prescripción incaica respecto de la obligatoriedad del trabajo
parece aplicársele con todo rigor. Su marido espera de ella sumisión y
docilidad; evidentemente, es el hombre quien manda o por lo menos quien goza de
las apariencias del mando. Es popular la imagen del indio que cabalga sobre su
asno, mientras que su mujer camina a corta distancia. Nuestro hospedero,
Aurelio, no se privaba de golpear a su mujer, que lo soportaba en silencio.
Desconfiemos, sin embargo, de esta imagen. Las mujeres tienen una influencia
sobre la marcha de la casa mucho más fuerte de lo que permitiría creer su
estatus en apariencia humillado. En primer lugar, efectúan la mayor parte de
las actividades comerciales. Son las mujeres de Ichu las que llevan las
verduras al mercado de Puno; son también las cholas de Manazo las que venden la
carne, las mujeres de Capachica o de las islas quienes controlan la venta del
pescado. Los únicos hombres en el mercado de Puno son algunos cholos que venden
tejidos o zapatos y que ocupan un pequeño emplazamiento en la parte noroeste
del mercado; agreguemos a este grupo los ojoteros de Ichu o los vendedores de
cerámica de Pucará, comerciantes de estación e irregulares que se abstienen
cuando el barbecho y la cosecha los requieren en sus campos. Las mujeres
controlan buena parte de los recursos de la familia y solas efectúan la mayor
parte de las compras; sin duda, deben dar cuenta a sus maridos del dinero de
sus ventas, pero esta obligación muy a menudo es solo teórica. Nos
aventuraríamos a formular que, en Ichu, los principales recursos monetarios
pasan por manos de las mujeres. Evidentemente, no ocurre lo mismo en una
comunidad donde el dinero proviene de la venta de lana o de carne: en ese caso,
los vendedores son hombres. Por otra parte, hemos mencionado estos hechos para
reaccionar contra el común punto de vista, que nos parece inexacto, de que la
mujer está completamente subordinada al marido. Nos sorprendió, en una de
nuestras estancias en casa del gobernador de un pequeño pueblo del lago, el
contraste entre el estatus en apariencia subalterno de su mujer y la realidad
de su poder. Se trata de una familia misti bastante rica, dueña de una tienda, la
más importante del pueblo y, a cierta distancia del lugar, de una pequeña
granja. Tuvimos la ocasión de pasar tres días con esa familia y de hacerle una
breve visita algunos meses más tarde. Aparentemente, el marido casi no
trabajaba, se contentaba con recibir las quejas de sus administrados; de tanto
en tanto viajaba a Puno a hacerle la corte a las autoridades. Así, la mujer era
quien administraba la tienda y también, en gran medida, los demás bienes de la
familia. Sin embargo, nos servía en la mesa, jamás se sentaba con nosotros,
cumplía inmediatamente las instrucciones de su marido que, por lo menos delante
de nosotros, las daba con el tono breve y duro del jefe. Pero era ella quien
tenía los cordones de la bolsa y regularmente el marido recurría a su opinión y
consejo. Asistimos a una escena muy instructiva: una mañana estábamos en la
tienda y entró el marido. Entabló una conversación muy trivial con su mujer y
le preguntó si juzgaba razonable prestarle dinero a X. Ella respondió
negativamente y, como el marido insistiera, se molestó. Este, lejos de
ofenderse por ese tono que me sorprendió, asintió de la manera más natural y
habló de otra cosa. Otras observaciones refuerzan esta impresión. Hemos podido
constatar la ociosidad de los hombres, especialmente en las pequeñas ciudades.
Muchos notables pasan buena parte de su tiempo en el club o en conversaciones
interminables. La mujer, confinada en su casa en la que reina, llega a
controlar los ingresos de la familia y su empleo.
32El estatus de la mujer indígena no nos parece muy diferente del
de la mujer del misti.
Digamos, en todo caso, que el poder de la una y la otra es más grande de lo que
deja suponer su aparente sometimiento. Estaríamos inclinados a pensar que la
mujer indígena es más autónoma en relación con su marido que las burguesas de
la clase media lo son en relación con los suyos. Intentemos ahora comparar la
cohesión de la pareja indígena con la de la pareja misti.
Las infieles son muy raras entre los comuneros. Un hombre devuelve a su mujer
si esta no trabaja o si no le da hijos. Pero es raro que esta torne un amante.
El control social se ejerce con facilidad en los pueblos. Sin embargo, no es
tan difícil encontrarse: basta con que la mujer cuide sus ovejas cuando el
galán va a su campo. Uno de nuestros amigos de Puno nos contó una hermosa historia
de amor indígena que terminó en un homicidio del que tuvo que conocer como
magistrado. Un hombre, casado con una mujer mayor que él, se enamoró de la hija
de esta. Como el asunto amenazaba terminar mal, el mayordomo de la hacienda en
la que trabajaba el galán se las arregló para enviarlo al ejército. Cuando este
regresó, al terminar su servicio, encontró casada a la muchacha. Como
inmediatamente recomenzó con sus asiduidades, el marido se irritó y un buen día
lo mató. En primer lugar, se debe hacer notar que el esposo infiel suscita
cólera e indignación. Un marido engañado no es un personaje ridículo sino, en
primer término, víctima de una injusticia. Un abogado de Azángaro nos contó que
un día llegó a su estudio un indígena quejándose de haber sido engañado. Su
mujer había sido una primera vez sorprendida con un vecino. El asunto fue
severamente juzgado por la opinión. La mujer recibió fuertes golpes del marido
y el culpable, un joven soltero, salió del pueblo durante varios meses. Pero
desde que regresó, los amantes continuaron sus relaciones. El marido, furioso
por lo que consideraba, según nos decía el abogado, como un atentado a sus
derechos de propiedad, venía a pedir la separación y para que esta gestión
tuviera más solemnidad se hizo acompañar por el alcalde del pueblo. Las
funciones de policía doméstica muy a menudo son asumidas por el padrino. Los
padres de los esposos, en general, se guardan de intervenir en los asuntos de
una pareja joven, porque su intervención probablemente sería juzgada como una
interferencia. Por el contrario, es normal que el cónyuge demandante (la mujer
golpeada o abandonada) se queje al padrino, quien en caso de que la diferencia
de edad sea suficientemente marcada con el ahijado, puede muy bien aporrear al
infiel o al golpeador. Nos parece, sin que estemos seguros, que esta
intervención del padrino es muy frecuente si el culpable es el marido. Las
calaveradas de la mujer, en primer lugar son sancionadas por el marido, y si
este no logra su fin, recurre a su suegro. Probablemente no es sino en último
recurso que interviene el padrino. Finalmente, teniendo en cuenta la
repartición de la autoridad, la naturaleza de las relaciones entre los
diferentes miembros nos parecen comparables en la familia indígena y en la
familia misti. Hemos
insistido en el eclipsamiento de la mujer y en la preeminencia, por lo menos
aparente, del hombre. En el mismo sentido se encuentran las consideraciones y
ventajas que benefician al hermano mayor. Este tiene sobre sus hermanos menores
una autoridad de la que a veces usa para atribuirse la mejor parte de la
herencia. Numerosos procesos entre indígenas tienen su causa en estas querellas
fraternas, pero es la crónica del Puno misti la que abunda en estos asuntos: uno de
nuestros amigos abogados estaba de pleito con una hermana que lo acusaba de
haberla expoliado en la herencia. El mayor no solamente se beneficia con
ventajas materiales (que cada vez, con mayor frecuencia, le son discutidas).
Los menores lo consultan en las circunstancias importantes. Y también allí el
parecido es notable entre el indígena y el mestizo. Uno de nuestros amigos
Maryknoll nos contaba que un día, al señalarle a uno de sus parroquianos del
barrio de Manazo que haría bien en casarse (con la mujer con quien vivía tenía
ya varios hijos), este le respondió seriamente que no podía hacer nada sin
consultar a un hermano mayor, del que por otra parte había perdido la traza
desde hacía varios años. Sin duda, esta era una excusa pero, de todas maneras,
de buena calidad. La opinión de un hermano mayor, en defecto de la del padre o
de la madre, cuando estos están muertos, merece consideración y no se pasaría
por alto en un asunto tan serio como el matrimonio.
·
28 He aquí un texto de Cobo (libro XIII, cap. 8) que describe los
trabajos agrícolas: “Hacen sus barb(...)
·
29 Así es como Cobo describe la taclla:
“El arado o azada era un instrumento llamado taclla, de un pa (...)
33Una de las razones que contribuyen a mantener relativamente
unida la familia indígena (decimos relativamente porque, si bien los flechazos
no quiebran sino muy pocas parejas, no hay que olvidar las fuertes rivalidades
entre herederos, entre hermanos mayores y menores y entre hermanos y hermanas),
es que la naturaleza del trabajo agrícola, en lugar de separar a hombres y
mujeres y de encerrar a cada quien al lado de sus tareas especializadas, no
solamente los acerca sino que los asocia a los mismos trabajos. En Ichu, la
siembra tiene lugar al finalizar el periodo seco, entre octubre y diciembre.28 Son los hombres quienes aran;
en Ichu casi nadie tiene bueyes, se ayudan con la chaquitaclla,29 un tronco en el que fijan una
punta de fierro. Los trabajadores, en general, van de a dos o de a tres: el
jefe de familia con sus hijos, o bien los padres o vecinos que vienen a
trabajar en ayni, cavan
un surco de muy poca profundidad, las mujeres y los niños los siguen y rompen
los terrones. Es decir que, durante la siembra, las diversas edades y los dos sexos
se encuentran asociados. Los hombres pasan primero, aplanan la tierra ya
labrada y los más afortunados le agregan algo de abono. Después vienen las
mujeres, que echan la semilla o que entierran los tubérculos. Esta colaboración
entre hombres y mujeres es continua durante todo el ciclo del trabajo. Sin
embargo, el trabajo del hombre no se considera equivalente al de la mujer. Las
tareas más penosas incumben a los primeros: barbechar y cosechar. Las mujeres
siembran, desyerban y, en resumen, realizan las pequeñas tareas. Aunque
aparentemente la función del hombre y de la mujer son especializadas, lo son
menos que las del hombre misti y de su mujer. La mujer indígena no
está confinada en su casa. En realidad no pasa en ella sino algunas horas.
El susto
·
30 Sal y Rosas, “El mito del jani o susto en la medicina indígena
del Perú”. EnRevista de la Sanidad (...)
·
31 Este diagnóstico, llamada “limpia” del cuy, admite una variante:
la limpia de granos. “Cinco grano (...)
34Consideremos ahora un conjunto de creencias y prácticas
vinculadas a la salud. En ese campo es donde con mayor frecuencia se enumeran
las supervivencias mágicas, creencias que generalmente son consideradas como de
origen precolombino. Tomemos el notable estudio de Federico Sal y Rosas, hasta
hoy el mejor sobre uno de los síndromes más curiosos de la medicina popular
peruana: el susto.30 La enfermedad, conocida con
ese nombre por los médicos indígenas, se presenta como un debilitamiento
acompañado de palidez, inapetencia y adelgazamiento: “El sujeto comienza a
adelgazar, se vuelve pálido, desganado, abatido, indiferente al orden y a la
pulcritud de su persona...”. Ese debilitamiento está asociado a un nivel de
actividad muy bajo pero, salvo en las formas malignas y en sus fases últimas,
no obliga al sujeto a guardar cama. A veces, por la noche, el sueño del enfermo
es interrumpido por pesadillas y una violenta agitación. El doctor Sal y Rosas
sugiere que el cuadro clínico del enfermo es a la vez muy variado y muy
coherente. Se trata de una baja de tono que conduce, en el mejor de los casos,
a una incapacidad prolongada y a veces a la muerte del paciente. Es raro, pero
no excepcional, que a esa descripción se agreguen signos orgánicos como
afecciones de la piel o del sistema óseo. El diagnóstico no consiste solamente
en identificar la enfermedad; como se trata de una enfermedad grave, a menudo
se procede, para estar seguro, a un análisis conocido como “soba o limpia del
cuy”31 (masaje o limpieza mediante
un conejillo de Indias). La creencia que racionaliza esta práctica es que “el
cuy aplicado sobre el enfermo, según las formas prescritas, atrae algo de la
enfermedad —aquí se observa que el aspecto terapéutico está en segundo plano—
pero mucho más los signos exteriores de esta, comprendidas las lesiones
anatómicas de los órganos, es como una radiografía, para hablar como ciertos
observadores indígenas”. Sal y Rosas agrega:
La curandera [pues casi siempre se trata de una mujer] frota el
cuy por todo el cuerpo, haciendo corresponder las diversas partes del cuerpo
del animal con las homólogas del cuerpo del enfermo. Al terminar la operación
el animal está muerto; en seguida se le examina y su sangre es vertida gota a
gota en una vasija con agua; la manera como cae la sangre en el agua y se
mezcla a ésta ofrece una indicación sobre la enfermedad. En caso de susto, la
sangre se diluye inmediatamente en el agua, formando en la parte superior una
capa de color rosa. El diagnóstico se completa por la observación del lomo y de
los flancos del animal, por el color de su carne, por el vigor de sus
movimientos reflejos, por el examen de sus visceras y, en particular, por el
color amarillento y espumoso del peritoneo.
35En cuanto a la terapéutica propiamente dicha, esta reposa en la
hipótesis de que la afección tiene por origen la separación del alma (ánima,
tal vez por abreviación ani, de
donde viene jani) que se
trata de reintegrar al cuerpo que ha dejado. Se emplean diversas prácticas,
separadas o sucesivamente, según la gravedad del caso. Si se trata de una
afección ligera, bastará con una especie de baño en una mezcla de hojas,
pétalos y harina de maíz. Las hojas se obtienen de las flores de la puna o
también se substraen de los ramilletes que en las iglesias se ofrecen a la
virgen y los santos. Las harinas son de maíz y trigo; se puede, según el doctor
Sal y Rosas, agregarle polvo recogido de los muros y del techo de los molinos.
Es de notar que la curandera, antes de aplicar esta mezcla al enfermo,
comenzará con una oración dirigida a la virgen María: “Ave María Purísima,
tengo fe en ti y quiero que me hagas el milagro de curar a X para que le vuelva
su jani”; después, se aplica la mezcla en todo el cuerpo del enfermo, de la
cabeza a los pies. Entonces entra en escena el segundo personaje, masculino
esta vez, quien envuelve en su poncho o en una tela que pertenezca al enfermo,
su camisa por ejemplo, los diversos objetos que se han usado en la primera
parte de la ceremonia y los deposita en el sitio donde se supone que el alma
del enfermo le fue arrebatada. Antes de dejar la casa, el mago se dirige al
enfermo, lo exhorta a quedarse tranquilo, a no hablar una palabra, y le asegura
que al día siguiente estará curado. En su recorrido va esparciendo a trechos la
mezcla de flores y harinas que, asegura Sal y Rosas, traza el camino por el que
el alma pasará cuando vuelva hacia el enfermo. El mago se dirige hacia un lugar
del pueblo de reputación maléfica donde se cree que tienen lugar las capturas
del alma. Se dirige al espíritu del lugar, generalmente un cerro o una
elevación del terreno, o también una gruta. El mago hace una ofrenda (algunas
hojas de coca mascada, algunos cigarrillos, algunas gotas de alcohol) y dice,
dirigiéndose al espíritu del lugar: “te traigo lo que te gusta, quiero que me
devuelvas el jani de X”. Después, algunas veces, agita al aire la camisa del
enfermo y dice en voz alta, como si se dirigiera al alma del enfermo: “vamos,
regresemos a la casa”. Estas invocaciones las repite cinco veces, después el
mago da media vuelta y regresa a la casa del enfermo por el mismo camino, con
la camisa al hombro, sosteniéndola del lado del cuello. El resto cuelga sobre
su espalda para que el espíritu pueda introducirse en ella y así volver a la
casa. En todo el recorrido, el mago no debe volverse ni pronunciar palabra
alguna; en primer lugar, es informado del éxito de la operación por un pequeño
ruido seco que percibe al fin de la quinta invocación y que evoca a la madera
cuando se rompe. Después experimenta una impresión de pesantez, porque la
camisa que lleva a la espalda se vuelve pesada por el espíritu que se adhiere a
ella. Por último, el tercer signo de que la cura ha tenido éxito es cuando el
mago, al regresar a la casa del enfermo, lo encuentra profundamente dormido;
entonces, sin despertarlo, le coloca la camisa sobre el cuerpo, de manera que
las diversas partes de la prenda correspondan exactamente a las regiones
homólogas del cuerpo del enfermo. Cuando el mago percibe un ruido extraño, se
acuesta a su lado y contiene la respiración hasta estar bien seguro de que el jani ha regresado al cuerpo de este.
Entonces sale del cuarto sin ruido, si es posible, por una puerta distinta de
la que usó para salir y regresar. Una vez afuera, masca unas hojas de coca y se
reconforta con un trago de alcohol o aun con comida (en general, una sopa de
maíz) que le han preparado parientes del enfermo.
36En lo que concierne a la etiología o, como dice Sal y Rosas, al
sistema de creencias que racionaliza estas prácticas, hay que distinguir dos
versiones. En las dos, el fenómeno del susto se explica por un robo o captura
del alma del que el enfermo ha sido víctima. Pero ese robo del alma tiene lugar
en dos contextos diferentes. O bien
·
32 Otro signo de que la etiología del fenómeno es atribuida a la
tierra y a los espíritus de la tierr (...)
[...] en cierto momento un individuo se asusta y la tierra se
apodera de su alma (acse
patza achcoucun, la tierra de mala voluntad o mala se apodera de
él)... Todo parece indicar que el mecanismo de la evasión del alma se debe a la
irritación o resentimiento de la divinidad telúrica. Por otra parte, los actos
terapéuticos más importantes son de tipo propiciatorio: ofrenda y sacrificio
reclaman a las divinidades telúricas que dejen y liberen el alma de la que se
han apoderado... El robo del alma es atribuible a ciertos accidentes de la
tierra como las cimas y laderas de las montañas, los valles, grutas y, por
extensión, los ríos, lagunas, estanques y capas de agua... sin embargo, la
influencia más peligrosa la ejercen las ruinas incaicas o preincaicas, como
tumbas, santuarios y fortalezas, particularmente temidas por los campesinos.32
37Lo que caracteriza, pues, a la primera etiología del susto,
desde el punto de vista subjetivo por lo menos, es la fuerte emoción que el
enfermo ha experimentado al pasar cerca de ciertos lugares. Pero —y esto corresponde
a la descripción de un segundo tipo del fenómeno— hay casos en que se dan todos
los síntomas sin que el paciente tenga el recuerdo del choque emocional que se
supone dio origen a su enfermedad. Sal y Rosas cita dos casos: un individuo
pretendía sufrir de susto porque había tenido que dormir en una gruta que antes
“había sido casa de gentiles”; otro individuo que creyó necesario hacer una
ofrenda al auquí de un cerro, pensaba que su ofrenda
había sido mal recibida. En los dos casos, la emoción no se ha sentido en forma
efectiva y el accidente se afirma retrospectivamente como hipótesis apropiada
para dar cuenta de cierto número de fenómenos clínicos más o menos definidos.
Esta segunda etiología define lo que Sal y Rosas llama susto sin susto.
·
33 Valdizán y Maldonado, ob. cit., p. 63.
·
34 Ob. cit, pp. 77-78.
38Nos hemos detenido largamente en este fenómeno tan bien descrito
por este autor; deben señalarse numerosas variantes locales. Sal y Rosas
trabajó en la región de Áncash; en la obra de Valdizán hay informaciones sobre
el mismo fenómeno, pero la descripción corresponde especialmente a la región de
Huánuco. El complejo del susto tiene una gran extensión y, con algunas
variantes, lo encontramos también en la región de Puno, pero como en ese campo
nuestras propias investigaciones son muy superficiales, aquí no podemos
utilizar sino informaciones de segunda mano. Preferimos citar una información
de Valdizán, reproducida en las páginas 77 y 78 de su obra, relativas a la
región de Puno. Valdizán no distingue con tanta nitidez como Sal y Rosas las
diferentes fases de la ceremonia. En la descripción que vamos a reproducir, el
diagnóstico y la terapéutica no están separados muy claramente. La cura es
esencialmente ritual. Reviste variadas formas pero, con la excepción del shogpi,
practicado en la región de Huánuco,33 esa variedad puede reducirse
a algunos temas constantes. La siguiente ceremonia, relatada por Valdizán,34 ha sido efectivamente
observada en la región de Puno. El brujo se instala en la casa del enfermo, se
prepara una ofrenda que se repartirá en dos partes: cristales de color rojo de
una parte y las substancias rituales a las que se agrega un feto de llama. El
brujo deposita la ofrenda en un poncho blanco y recita sus oraciones. Mientras
tanto, las mujeres hilan lana de llama; el revés será negro y el derecho
blanco. Después se frota el cuerpo del enfermo con minerales rojizos. El brujo
los entrega a un niño con el encargo de ir a enterrarlos lo más lejos posible
de la casa, en el punto más alejado al que podrá llegar corriendo. Cuando este
regresa, todos los asistentes, siguiendo al brujo, dejan la casa del enfermo, a
quien dejan solo. Se entierra una segunda ofrenda (hojas de coca, feto de
llama, etc..) para pagar la tierra. Este esquema es el más elaborado de los
recogidos por Valdizán. En la mayor parte de los casos, la ceremonia es más
corta y más simple. Pero el rito siempre está asociado a la creencia de que el
alma ha sido capturada, que el mal puede ser transferido del enfermo hacia un
objeto que se entierra, que el alma capturada puede ser recuperada con un
sacrificio apropiado. Muchas veces están ausentes las técnicas que pretenden la
transferencia de la enfermedad. Lo esencial en la cura del susto es la llamada
del alma.
·
35 “Al pasearme en Ichu con mi intérprete, encontramos a un hombre,
todavía joven, extendido en la pu (...)
39¿En qué medida estas prácticas y creencias son específicas del
medio indígena? Los mistis se burlan de ellas y las denuncian
como supersticiones. Pero las encontrarnos declaradas y con orgullo por muchos
cholos. La variedad de síntomas que describen el susto a veces llegan a
imaginar que si un individuo no está en sus cabales, si adelgaza, si se
debilita, si duerme mal, bien puede ser víctima de un susto; se tendrá la misma
hipótesis a propósito de un niño de crecimiento difícil o lento. Una maestra
casada con un policía de la guardia civil nos explicó muy claramente el aspecto
de su pequeña hija por el susto de que la niña era víctima: se trataba de una
mirada demasiado fuerte que le había sido dirigida por un indio viejo,
sospechoso de ser brujo; el recurso a tales prácticas no solo es frecuente,
sino que se reconoce sin molestia alguna —y por individuos cuya formación
profesional parecería inmunizarlos contra tales creencias—. En cuanto a los mistis,
si bien las toman a risa, reconocen que el curandero a veces es más eficaz que
el médico y cuentan gustosos cómo ellos mismos o algunos de sus familiares han
sido salvados por el curandero. Algunos se excusan como de una debilidad, al
parecer inocente, y tratan de buscar la eficacia del curandero en razones que,
hasta donde es posible, reducen la distancia entre la medicina popular y la
medicina occidental; es así muy frecuente que presenten la “limpia del cuy”
como una radiografía y que las dos operaciones, la científica y la mágica, con
más o menos buena fe, las consideren idénticas. Por eso estamos dispuestos a
creer a Sal y Rosas cuando afirma que el curandero constituye la fuente de
servicios médicos a los que concurre la mayor parte de la población. Se debe
agregar que la oposición entre la medicina popular y la medicina occidental no
parece ser percibida con gran intensidad; coexisten los dos sistemas de
creencias y prácticas y un individuo podrá, alternativa o sucesivamente,
recurrir a los dos, no solo según la naturaleza de la enfermedad,35 sino también según la opinión
más o menos favorable que tenga del médico o del curandero. En el mismo Puno,
una informante nos declaró que desde la muerte del doctor X, en quien tenía
confianza, ya no iba al médico, sino que había vuelto a consultar al curandero.
El curandero y el brujo
·
36 Cobo, ob. cit., libro XIII, cap. 29.
·
37 En la p. 553 de suDiccionario [1944].
·
38 “El demonio en los Andes”, pp. 39-40.
·
39 El P. Arriaga [1920] nos informa que los “sacerdotes de las
huacas se reclutan de tres maneras: po (...)
40De las creencias y actitudes sobre la salud se pasa naturalmente
a las creencias mágicas. El curandero cumple un papel ambiguo; es a la vez un
técnico de la salud —y los individuos más “aculturados” pretenden que su
técnica, en el fondo, es del mismo orden que la del médico— pero, por otra
parte, el curandero no ejerce eficazmente su oficio sino en la medida en que
está en contacto con el otro mundo, del que controla sus fuerzas. En la
civilización incaica la enfermedad era considerada como un castigo, por eso el
sentido de la famosa ceremonia conocida como la situa,36 que era a la vez de
purificación y de precaución. Por eso, el individuo que es capaz de devolver la
salud (hanpikk), el curandero, al
mismo tiempo es como un brujo (laykka) capaz de enviar la enfermedad, según
un proverbio citado por Jorge A. Lira:37 “en un mismo individuo se
reúnen a veces las tres cualidades de brujo, adivino y curandero” (laykka,
watukk, hanpikk). Tal individuo tendrá la reputación de ser brujo.
Pero este rumor, propagado por algunos, es desmentido por los amigos del
interesado. Por otra parte, las actividades del brujo y las del curandero son
difíciles de distinguir. Supongamos que un individuo atacado por el susto no
cure de su enfermedad: “es que habrá sido dañado. Habrá sido víctima de un laykka”
(aquí interviene un nuevo personaje, el diablo, que necesitamos conocer). Un artículo
de Jorge A. Lira38 describe muy bien al brujo (laykka) y
sus relaciones con el diablo. Cualquiera no puede ser brujo. Signos muy
particulares permiten reconocer al elegido. Digamos, someramente, que el signo
es haber sido tocado por el rayo pero, agrega el autor, por tres descargas
sucesivas: la primera vez el rayo mata al individuo, la segunda le arranca la
cabeza y le separa las extremidades. En la última reúne el tronco y los miembros
y resucita al individuo. Falta, agrega Lira, una última condición. La quemadura
del rayo deja una marca en el cuerpo del elegido o en una de sus extremidades.
En general, el suceso ocurre en la puna, durante una tempestad, sin que el
individuo lo sepa ni se dé cuenta. Una vez tocado, regresa a su casa casi
sonámbulo, tambaleándose; y comienza su aprendizaje con un maestro bien
confirmado.39
41Si la brujería es condenada por el misti,
o por lo menos despierta en él sentimientos ambiguos, no es tanto en razón de
lo absurdo de sus ritos sino de sus tenebrosas relaciones con el infierno y el
diablo. La calificación de la magia está regulada por algunas creencias
cristianas. Hemos tenido ocasión de hablar sobre esto con un sacerdote. Nuestro
interlocutor, el párroco de Pomata, tenía a su cargo una vasta jurisdicción. La
conversación se entabló sobre un individuo de quien en el pueblo se suponía que
era brujo. La primera toma de posición del padre fue muy neta: el brujo es un
agente del diablo. La razón que alegó fue notable: el brujo debe ser tocado
tres veces por el rayo sin ser muerto. ¿No está ahí la prueba de ser un
protegido de las potencias infernales? Pero tuvo que desdecirse. El brujo, le objeté,
¿no es también un curandero y en ciertos casos no cura mejor que el médico?
Nuestro interlocutor admitió que tal individuo —que en ese caso rehúsa de
calificar como brujo— no era con seguridad un agente de Satanás y que, en
efecto, podía rendir servicios eficaces e inocentes. La distinción entre magia
“buena” y magia “mala” se nos aclaró: es considerada como “buena” aquella a la
que recurre el misti, sin
ningún temor de entrar en relación con Satán.
La muerte y los condenados
·
40 José María Arguedas,Canciones y cuentos...,
p. 46.
·
41 Para los indios del Cuzco, la selva tropical, muy próxima, es la
residencia de los muertos.
·
42 La coca crece en los valles cálidos.
·
43 Pueblo cercano al Cuzco.
·
44 Especie de picador que fastidia al caballo.
42En lo relativo a las relaciones del hombre con las fuerzas malas
o peligrosas, los innumerables relatos sobre los condenados ofrecen un material
abundante e instructivo. En forma general, digamos que los condenados son los
espíritus de los muertos que, por una razón u otra, “regresan”. No hemos
llegado a unir en nuestra interpretación de la cultura indígena el miedo a los
muertos con la estructura de los ritos funerarios. Estos son relativamente largos
y complejos, y dan ocasión al intercambio de regalos ceremoniales y a la
prestación de servicios. Cuando muere una persona, su familia da a conocer la
noticia. Amigos y parientes se acercan a su casa llevando regalos, alcohol y
coca. El cadáver será velado por el pequeño grupo de sus íntimos. Se recitan
oraciones. La viuda gime y acusa al difunto de abandonarla. La muerte es,
evidentemente, imaginada como un viaje, y los ritos funerarios tratan de que
ese pasaje sea fácil, tanto al que se va como a los que quedan. Un buen texto
del Cuzco, citado por Arguedas,40 expresa el contraste del que
nos ofrece las tonalidades afectivas: “¿Dónde vas, padre? —Me voy a la gran
selva, me voy caminando.41 —¿Dónde vas, quién te lleva?
—Voy a recoger la coca tan dulce,42 me voy solo. —Vuelve pronto,
te esperaré llorando, te esperaré gimiendo”. Sigue una estrofa en la que se
evocan algunos de los peligros que esperan al viajero y, después, el último
verso: “Campanita de Paucartambo43 tócame la despedida. Me voy a
la gran selva, no regresaré nunca jamás”. El velorio no se dedica solo a la
oración. El alcohol, llevado por amigos y parientes, se consume alrededor del
difunto. Se entablan conversaciones, hay muchos cuentos y anécdotas que han
podido ser registrados por los folcloristas en tales ocasiones. A veces,
incluso, se organizan juegos. Según los archivos folclóricos de Lima, la que
sigue es una costumbre del departamento de Apurímac. Hombres y mujeres se
distribuyen en dos campos y cada uno en su turno lanza una piedra en forma de
“pirámide rectangular truncada” cuyas caras están numeradas. Uno de los
asistentes registra las ganancias y pérdidas de los dos campos, que se marcan
por el intercambio de granos de maíz amarillo. Al final de la partida, que se
juega en doce golpes, escogen un rey, una reina, una mula y un chalán.44 El chalán monta la mula,
después el rey y por último la reina. El juego se realiza en medio de risas y
gritos.
·
45 Para los ritos funerarios de los antiguos, consultar Cobo, ob.
cit, libro XIV, cap. 19: “Daban de (...)
43Se entierra al difunto envuelto en una cobertura y atado a una
parihuela. Esto último es raro entre los indígenas que viven en Puno, pero
costumbre casi exclusiva de Ichu. Los amigos del muerto, o sus parientes, se
dedican a cavar la tumba en alegre emulación. El entierro da lugar a numerosas
libaciones y se desarrolla siguiendo la misma alternancia de lamentaciones
lúgubres y de bufonería. Después de cinco u ocho días, la viuda lava la ropa
del difunto y se reparte entre los que ayudaron a la familia en su dolor; en
otros casos, la queman. Para ayudar a los muertos en su viaje, es necesario
decir misas; una es de particular importancia, la que recuerda a todos que ha
transcurrido un año del deceso. Los indígenas cumplen muy exactamente esta
obligación, a la que consideran sagrada. Así se despide a los muertos, aunque
vivimos en su constante compañía. La ceremonia del 2 de noviembre hace sensible
su presencia. Las iglesias de los pueblos (los clérigos de la ciudad de Puno
tratan de evitar esta práctica] se llenan de fieles que colocan sobre una mesa
pequeños panes y alcohol, o bien alinean estas provisiones en el mismo piso del
templo. Las ofrecen a los transeúntes a cambio de algunas oraciones por los
difuntos. En la iglesia, que apesta a alcohol y a incienso, corre el murmullo
de los fieles en oración.45
El ñakaq
·
46 Morote Best, Efraín, “La huida mágica. Estudio de un cuento
popular del Perú”, p. 829 y ss.
·
47 Cfr. José María Arguedas, “Folklore del valle del Mantara”.
·
48 Ibíd., p. 125.
·
49 Ibíd., p. 218.
44¿De qué manera se nos presentan los condenados? Toman la forma
de un animal como el chancho, el burro o la serpiente, aunque también la
apariencia humana les es accesible. Tal arrogante caballero del que admiramos
su belleza no es, en efecto, sino un condenado. ¿Cómo reconocer la maldición
que pesa sobre él? Vuela por los aires; no puede dormir en el interior de una
casa porque entonces experimenta una impresión insoportable de calor; no puede
permanecer en un lugar, está obligado a un vagabundeo; come los platos más
extraños y a veces es antropófago; sus cabellos están llenos de gusanos.
También puede ocurrir que ningún signo lo denuncie y, al pasar desapercibido,
engañe infaliblemente a todos.46 El condenado debe expiar sus
faltas y una de las más graves, según Morote Best, es el incesto del que es
culpable o también la falta de respeto hacia su padre. Pero entre esos
desgraciados se destaca una categoría muy particular,47 la de los degolladores (en
quechua,ñakaq).
El tema del degollador es susceptible de las variaciones más diversas; a veces
es tratado de un modo fantástico, otras de modo realista. Es bastante admitido,
por ejemplo, que en la fundición de las campanas entre la grasa humana. Para
procurarse esta preciosa substancia es necesario recurrir a los degolladores,
de los que se supone tienen contrato con las autoridades religiosas. Entre Ichu
y Puno, los salesianos han establecido una gran granja en la que instruyen y
educan a jóvenes indígenas. Uno de nuestros interlocutores de Ichu nos aseguró
que un Padre Superior, hacía algunos años, fue muerto por uno de sus amigos,
muerto ya también. Varias personas habían desaparecido de la comunidad, de las
que habían sido educadas por esos padres, a quienes después de degollarlas les
extrajeron la grasa del cuerpo. Un día, al ir de caza, el Superior fue
sorprendido cerca del camino y, precisa nuestro interlocutor, fue dejado muerto
sobre el terreno. Tal convicción no es exclusiva de los indígenas. Muchos mistis la comparten. José María Arguedas escribe
que “hasta la edad de 15 años estaba convencido de la existencia de
degolladores, brujos y condenados”.48 Agrega: “Una directora de la
escuela de segundo grado, educadora notable, me ha afirmado que en Jauja dos
pishtacus o ñakaq hacía poco habían degollado a una mujer y que los
degolladores tenían un contrato con el gobierno para enviarle grasa humana, que
se empleaba en la fabricación de locomotoras”.49 El segundo hecho
probablemente es excepcional. ¿Pueden con frecuencia encontrarse creencias tan
precisas, tan explícitamente articuladas, en personas de ese rango social y de
ese nivel intelectual? En todo caso, se insinúan difusamente en las opiniones
relativas a la salud, las causas de la enfermedad y la buena o mala suerte.
Recurrir al curandero y al adivino es frecuente y espontáneo. Cuando parecía
sorprenderme de que tal o cual persona hiciera gran caso de tales prácticas y
parecía dudar de su eficacia, ¿quién sabe?, se me respondía, tanto para
excusarse de creencias que debían parecerle ridiculas a un gringo como para
darme a entender que su validez no era, en absoluto, tenida por improbable.
·
50 “El degollador” (ñakaq)”.
45Efraín Morote Best ha publicado un excelente artículo50 sobre el ñakaq,
en el que distingue cuidadosamente las variantes locales de las características
comunes a todos los relatos en los que este interviene. El degollador opera de
noche, se embosca en las rocas y bajo los puentes. Sale bruscamente de su
escondite y ataca al viajero. Su objeto es extraer la grasa de sus víctimas, de
la que hace el curioso uso ya mencionado. Las variantes se refieren en primer
lugar a la naturaleza del personaje. A veces es un ser irreal, solitario,
dotado de una especie de supervivencia y otras, aseguran los informantes de
Morote Best, es un hombre que, al igual que los demás, mantiene mujer e hijos.
En uno de los relatos ofrecidos por el folclorista del Cuzco, se dice que el ñakaq no muere sino después de haber
engendrado un hijo. A veces es un blanco, bajo, robusto, de cara roja; otras
veces es un mestizo; otras, por último, es un indio. Esas diferencias se deben
probablemente a la identidad del informador: para la gente de Ichu, el ñakaq era un padre salesiano. Para ciertos mistis no sería sorprendente que fuera un
indio. Por último, las técnicas son variables. A veces el ñakaq abre la garganta de su víctima antes
de substraerle su preciosa grasa. Este procedimiento parece conforme al papel
mismo del degollador. Después de concluida la operación, el ñakaq hace desaparecer el cadáver, es una
especie de crimen perfecto. Morote Best destaca una segunda versión, de lo más
interesante.
46Esta vez, el ñakaq se contenta con echar cierto polvo a
los ojos de su víctima, con dormirla, y una vez que el desgraciado está sumido
en profundo sueño, el ñakaq lo abre, le quita la grasa, lo cose y
se va. La víctima se despierta. No guarda ningún recuerdo porque el ñakaq,
hábil cirujano, corta y cose sin dejar cicatriz. Pero el hombre, debilitado por
la extracción de la grasa, languidece lentamente con una enfermedad de la que
bien puede morir. No parece seguro que estas dos variantes tengan un área de
difusión netamente localizada. Las recogimos simultáneamente en Puno de un
mismo informante. Se diría que expresan dos angustias o dos temores en forma
distinta: el temor de una agresión brutal y súbita, digamos el de ser muerto,
el miedo a las maquinaciones obscuras, lentas e impenetrables, algo así como el
temor a ser hechizado. Por último, debe señalarse que la segunda versión
recogida por Morote Best y la descripción clásica del susto de Valdizán son, en
dos puntos, si no comunes, por lo menos comparables. El hombre a quien el ñakaq quita la grasa se debilita y esta
languidez es uno de los síntomas del susto. En lo que concierne a la etiología,
en los dos casos se trata de una captura o de una amputación. El alma nos es
robada por el susto. El ñakaq se apodera de algunos principios
vitales esenciales y, al privarnos de ellos, nos conduce a la muerte.
47Estas creencias, evidentemente ligadas a sentimientos de miedo
muy intenso, probablemente asocian viejas creencias precolombinas a
supersticiones más recientes. Morote Best se da el trabajo de buscar en
determinada congregación religiosa cristiana el modelo del ñakaq.
El padre Arriaga, en su famosa Extirpación de la
idolatría, relata hechos muy comparables, de los que atribuye el
primer descubrimiento al padre Acosta: “los canchus o runamicuc”, como los
llaman, lo que quiere decir “los comedores de hombres”; son una especie de
brujos que matan a mucha gente, especialmente a los niños. Sería, por
casualidad, un mismo indio brujo quien habría mencionado la existencia de estos
terribles personajes. Estos brujos constituirían como un ejército secreto,
cuyos efectivos, repartidos en cada ayllu,
estarían a la orden de una especie de capitán. Y el texto continúa:
·
51 Arriaga, La
extirpación de la idolatría, cap. 3, pp. 21-23.
[...] cada uno de esos capitanes tiene a sus órdenes discípulos
y soldados. El jefe les avisa y previene cada vez que le parece que tal noche
[porque sus reuniones siempre tienen lugar de noche] y en tal lugar se deben
reunir. Esa noche el jefe va a la casa que ha escogido, acompañado de uno o dos
de sus discípulos y, mientras éstos guardan la puerta, él entra esparciendo un
polvo hecho de huesos de muerto que preparan con ese fin y que mezclan con no
sé qué otras substancias y palabras, duermen a todas las personas de la casa de
tal manera que ni personas ni bestias se mueven ni sienten y así llega hasta la
persona a quien quiere matar y con una uña le saca un poco de sangre de alguna
parte del cuerpo y se la succiona hasta donde puede... El efecto es que la
persona muere al cabo de dos o tres días.51
48El relato de Arriaga, evidentemente, es diferente de los que
hemos recogido sobre el ñakaq. Aquí
no se trata de grasa, sino de sangre. Pero en uno y otro caso se trata de una
extracción. No es agresión en el camino, sino una operación a domicilio. En uno
y otro caso, sin embargo, la violencia se ejerce sin que la víctima se dé
cuenta y concluye en una muerte misteriosa. Por último, hay un elemento común
en las dos versiones: el polvo que adormece.
Las huacas
·
52 La civílisation de l’Empire Inca, p. 182.
·
53 Comentarios reales, parte I, libro II,
cap. 4 y 5. Véase también, entre otros, Cobo, ob. cit, libr (...)
49Los muertos no son los únicos espíritus peligrosos. Ciertos
lugares, como lo hemos visto con el ejemplo del susto, pueden apoderarse de
nuestra alma. La palabra huaca los designa, aunque con varios
significados. Karsten52 ofrece la definición del
etnólogo Tschudi. Por huaca, dice
este autor, se entiende “toda representación de la divinidad, de la divinidad
misma, de todo objeto sagrado en el que reside una divinidad, de todo templo o
lugar que, en la creencia de los indígenas, es habitado por un espíritu bueno o
malo...” o aun de “toda manifestación de fealdad extraordinaria cuyo origen
debe ser buscado fuera de las cosas naturales”. Esta definición resume un texto
famoso de Garcilaso53 en el que el gran cronista
analiza finamente los diversos sentidos de la palabra; “huaca —dice— es en
primer lugar una cosa sagrada”, y da una lista de ejemplos a los que se aplica
el calificativo de sagrado: “los ídolos, las piedras, las rocas, en los que el
Enemigo entra para hacer creer que hay un dios”. De este primer significado,
Garcilaso pasa a un segundo: “la huaca es el templo y las tumbas”. Ahora el
autor pasa de estas acepciones obvias a otras tres menos comunes, pero que
aclaran las dos anteriores: “huacas son todas aquellas cosas que en belleza o
en excelencia son superiores a otras de su especie...” o aun: “aquellas que se
nos aparecen como muy feas o monstruosas, como las grandes serpientes...”. Por
último, Garcilaso menciona un quinto uso de la palabra huaca:
“las cosas que salen del curso natural, como la mujer que pare dos de un
vientre... las ovejas que paren dos de un vientre, los niños que nacen con seis
dedos o con pies dobles... las fuentes que ya nacen como ríos...”; y el buen
Garcilaso concluye:
·
54 “Como imaginan los españoles ignorantes”. Aquí Garcilaso se
coloca en el grupo de autores que, con(...)
Todas estas cosas, y otras parecidas, ellos las llaman huacas no
porque hagan de ellas dioses, ni que las adoren54 sino a causa de la ventaja
particular que tienen frente a las cosas comunes; es por eso que las consideran
y tratan con veneración y respeto.
·
55 Reeditadas en Lima, en 1945, en el tomo VII de Los Pequeños
Grandes Libros de Historia Americana.
50El padre Blas Valera, en sus Costumbres antiguas del
Perú, da en su capítulo IV, “Templos y lugares sagrados”, una
enumeración en lo esencial idéntica a la de Garcilaso.55 Pero mientras este último
insiste en la rareza de los objetos de que los indios hacen sus huacas,
y esta rareza explicaría según Garcilaso que estos objetos hayan sido tratados
con “respeto y veneración”, el jesuita Blas Valera presenta una distinción muy
interesante:
Ellos [los indios] tenían dos suertes de templos, unos naturales
y otros artificiales. Los naturales eran los cielos, los elementos, el mar, la
tierra, los cerros, los valles, los ríos profundos, las fuentes, los lagos y
las lagunas, las grutas, las rocas, las cimas, los cerros... Y no es sino más
tarde —agrega el jesuita— que comenzaron a levantar templos bajos en lugares
altos.
·
56 Lira, Diccionario,
p. 1076.
·
57 Cuentos andinos, p. 19.
·
58 Diccionario, p. 72.
51Estamos en capacidad de comprender el uso actual de la palabra huacaque
Lira, en su Diccionario,
define en estos términos: “Dios familiar e ídolo que lo representa. Osario en
el que se encuentran entierros y tesoros”.56Por eso, ciertos puntos del espacio adquieren un valor religioso
particular. Su rareza los señala a la imaginación de los indios que hacen de
ellos ídolos, para hablar como los viejos autores del siglo xvi. Pero, entre los objetos
extraños a los que se debe respeto y admiración, los cerros tienen una
importancia particular. Un novelista contemporáneo, López Albújar, pone en uno
de sus personajes indios las siguientes expresiones:57 “Las jircas [espíritus de los
cerros en el quechua de Huánuco] comen, hablan, son dioses. De día se callan,
murmuran o duermen. Por la noche caminan”. El auki es, en la lengua del Cuzco, según lo
que nos dice el padre Jorge A. Lira: “la divinidad que se manifiesta en la
majestad de los cerros o las almas de los muertos que participan de la
naturaleza divina y vuelven al mundo material para hacer alguna revelación”.58 Además de que este texto deja
de lado por lo menos una acepción —el auki, en la
fiesta del agua en Puquio, es un sacerdote— tiene el defecto de comentar e
interpretar antes que definir claramente. Pero nos trae una preciosa información
sobre la imaginación indígena; los cerros son respetables y vivos. Hay que
temerlos y venerarlos. Se apacigua a estos espíritus con oraciones y ofrendas.
Unas veces el mismo individuo ejerce el culto; otras, recurre a sacerdotes.
Esta devoción se expresa principalmente por la edificación de apachetas: en la mayor parte de las cimas o
eminencias apreciables se reúnen piedras que ahora están coronadas con una
cruz. En su esfuerzo por “extirpar la idolatría”, los conquistadores atacaron
esas apachetas. Los indios tenían la
costumbre de depositar en ellas hojas de coca o granos de maíz mascado. La
primera superstición no ha muerto. Simplemente se ha mezclado a los ritos
católicos. Cuando un camión llega a una cumbre, cruza una apachetay,
como hemos tenido ocasión de observar, los pasajeros se persignan, las mujeres
se besan el pulgar y murmuran una oración. Los lugares elevados, o más bien los
que atraen la imaginación por algún carácter sorprendente, están habitados por
espíritus, los ancestros han hecho ahí su residencia. Los cerros más altos
tienen, además, su propio espíritu.
·
59 Notas de campo, agosto de 1959.
52En sus relaciones con el orden sobrenatural, el indio tiene
mucho de las creencias y prácticas que ha heredado de su pasado precolombino y
que más o menos confusamente se han mezclado con el aporte occidental. Para él,
la naturaleza está poblada de potencias sobre las que se puede ejercer un
control más o menos eficaz. Se debe tener en cuenta que tales convicciones no
son exclusivas de la población indígena; hemos notado que las creencias
aparentemente más irrazonables —como las que se refieren al ñakaq—
encuentran audiencia entre el cholo y el misti. De la
misma manera, ciertos ritos propiciatorios —ofrendas de alcohol, hojas de coca
y cigarrillos— son practicados fuera del círculo indígena. Así, un campesino de
Taraco, muy entendido en la venta de ganado y que hablaba convenientemente el
castellano, nos declaró, en un giro de la conversación, sin que provocáramos
esta confidencia, que el año pasado, una vez terminada la casa en la que había
instalado un pequeño comercio de víveres, hizo llamar a X, muy conocido en el
pueblo, para que rezara y “pagara la tierra”. Y, para prevenir nuestra
sorpresa, nuestro interlocutor agregó que él no daba gran crédito a esa
ceremonia pero que, en todo caso, no le hacía daño a nadie.59
El cura y el sacristán
·
60 En “El oso raptor”, p. 64.
53¿Hacen buena pareja los espíritus de los muertos y los espíritus
errantes que pueden apoderarse de nuestra alma con las potencias sobrenaturales
que la religión cristiana nos enseña a venerar? La extirpación de la idolatría
es una empresa a lo Sísifo. Si bien la Iglesia católica no ha logrado destruir
las antiguas creencias, en todo caso las ha alterado y, sobre todo, ha logrado
hacerse reconocer como una mediadora aceptable entre el indígena y el mundo
sobrenatural. Está muy difundida la creencia de que los niños muertos sin
bautizar atraen la maldición no solo sobre sus propios padres sino también
sobre el pueblo de su nacimiento: el granizo o la helada arruinarán las
cosechas. Hemos señalado la resistencia del indígena a la costosa obligación de
hacer bendecir su matrimonio; pero también hemos subrayado cómo hay fuerzas
poderosas —en particular la convicción de que un individuo no logra la plenitud
del estatus de hombre si no está casado solemnemente— que lo conducen a
recurrir a este sacramento. Hablando muy a la ligera, diremos que el indígena
es un “conformista de estación”: bautizo, matrimonio y entierro deben ser
efectuados según los ritos prescritos por la Iglesia católica. Pero este
conformismo de estación no es fachada, prudencia ni concesión (tal vez sea así
en Puno, en la parroquia de San Juan Bautista, donde a los hombres se les ve
escasamente, solo los días de fiesta). Para el indígena y para el cholo, el
sacerdote es un personaje poderoso que controla fuerzas temibles. Parece que el
sacerdote es más temido que respetado. En el folclore, el cura y el sacristán
son personajes bufos que hacen gala de astucia y de lujuria. Así, Morote Best
relata estos dos cuentos de buena vena anticlerical:60
·
61 Debe notarse que la expresión “bastardo” muy a menudo es
reemplazada en el lenguaje familiar por “(...)
El cura está confesando a su sacristán para saber si éste le
roba su vino de misa, las hostias y las ceras. El sacristán hacía como si no
escuchara e incansablemente respondía a todas las preguntas: —No oigo, padre.
El cura que habla cada vez más alto lo invita a cambiar de lugar. Es lo que
hace el sacristán. Entonces éste le pregunta al cura: —¿Quién es el que se
acuesta con la mujer del sacristán? El buen padre responde sin alterarse:
—Efectivamente, hijo mío, no se oye nada.61
54Un segundo relato señala la malicia un poco burda del sacristán
y denuncia las trampas risibles del cura. Para impresionar a los indios (la
indiada), el cura ordena a su sacristán que esconda una paloma y que la suelte
en la iglesia en el momento en que recordará a los fieles cómo el Espíritu
Santo descendió en forma de lenguas de fuego sobre los doce apóstoles. Pero, en
el momento psicológico, el sacristán grita: “—Padre, el gato se comió al
Espíritu Santo”.
Inkarri
·
62 “Puquio, una cultura en proceso de cambio”. EnRevista
del Museo Nacional, 1956.
55Para explicar las relaciones entre lo sobrenatural cristiano y
lo sobrenatural indígena, lo mejor que podemos hacer es citar un texto recogido
por José María Arguedas en Puquio.62 Se trata de un personaje
varias veces mencionado por informantes indígenas en la región del Cuzco y en
varios puntos del departamento de Ayacucho. No hemos oído hablar de él en Puno.
56Este personaje es Inkarri, o, si se quiere, el Rey Inca.
Arguedas nos propone tres versiones: la primera (la de Mateo Garriaso) atribuye
a Inkarri una “madre salvaje” (sallqa
warmí). Su padre había sido el Sol. Inkarri tuvo tres mujeres y las
huellas de su paso sobre esta tierra están claramente localizadas. El
informante cita dos lugares próximos a Puquio. Precisa, en el caso del segundo,
que bien podría haber sido el Cuzco. En cuanto a las hazañas de Inkarri, se
supone que encerró al viento, encadenó al padre Sol y, después de tomar esas
precauciones, habría fijado el punto en el que iba a construir la ciudad del
Cuzco, arrojando desde la cima de un cerro próximo a Puquio, llamado Osquonta,
una barra de oro. Esta parte del mito reproduce fielmente el relato de
Garcilaso sobre la fundación del Cuzco. Pero lo que sigue es mucho más
original:
El inca de los españoles se apoderó de Inkarri, su igual, y lo
hizo su prisionero... Hoy sólo existe la cabeza de Inkarri y es a partir de la cabeza
que Inkarri está creciendo, de nuevo, hacia adentro. Se dice que está creciendo
de la cabeza hacia los pies. Después el Inkarri regresará, lo hará cuando su
cuerpo esté completo. No ha regresado todavía, pero regresará. Debe regresar
para nosotros, si el buen Dios le da su permiso. Pero no sabemos, es lo que se
dice, si el buen Dios le permitirá regresar.
57La segunda versión reproduce ciertos rasgos de la precedente,
aunque agrega algunos y borra otros. Comienza por esta afirmación:
·
63 El Wamani,
comenta Arguedas, es el espíritu del cerro y aun simplemente el cerro. Un
informante pr (...)
Los wamani63 existen realmente y han sido
creados por el antiguo señor Inkarri. El wamani es pues nuestro segundo dios.
Cada cerro tiene su Wamani. En cada uno de ellos hay un Wamani. Él es el que
hace crecer los pastos para nuestros animales y es también quien nos ofrece el
agua. Nuestro Dios ha creado las nubes, la lluvia, pero de nuestros padres
Wamani recibimos el agua. Es así como lo ha decidido y ordenado nuestro Dios
porque todo lo que existe fue creado en la forma deseada por nuestro antiguo
Inkarri...
58El texto confirma a continuación que Inkarri fue llevado al
Cuzco, que tiene la cabeza separada del cuerpo pero que, cuando su cuerpo se
haya reconstituido, tal vez venga el juicio final. “No sabemos muy bien quién
lo ha matado, pero parece que sea el español; y en el momento de morir Inkarri
había ordenado desaparecer y esconderse al oro y a la plata”.
59La tercera versión no agrega gran cosa a las dos precedentes.
Retiene de la primera que las maravillas de Inkarri son todavía observables,
cerca de Puquio, en la llanura de Qellqata —que bien podría ser el mismo
Cuzco—; esta versión reproduce también el relato de la barra de oro. Sobre
todo, aparte de una referencia a las piedras de las que Inkarri se servía como
materia prima y a las que daba órdenes, comporta una precisión sobre el papel y
la persona de Inkarri: “Fue un hombre excelente” (allin qarin karqa) y sobre todo
“fue un joven excelente” (allin
maqta). Pero este joven bueno y hermoso, “¡cuánto, cuánto ha debido
sufrir! Hoy no se respeta su ley. Como ha muerto, su ley ya no se cumple ni
siquiera se conoce”. El informante prosigue: “muy probablemente nuestro diosito
(como dice la tradición española —taytaccachiri—
dice el texto quechua) se las ha arreglado para hacerlo olvidar”.
·
64 La separación de la cabeza constituye un tema muy frecuente en
el folclore peruano (Véase Morote B(...)
60De este texto tan rico conservaremos solo lo que nos ayude a
comprender el sincretismo religioso. El Dios cristiano se distingue de lo
sobrenatural indígena. “El buen Dios”, “nuestro pequeño diosito”, no aparece
sino después de la muerte de Inkarri y, para que este pueda regresar, se
necesita que el “buen Dios” dé “su asentimiento” y tal vez es el “buen Dios”
quien ha decidido que olvidemos a Inkarri. Este es un héroe civilizador
(escogió el sitio del Cuzco y construyó la ciudad, según la segunda versión) y
es también una Providencia (ha creado las nubes, la lluvia y es quien ha
encargado a los Wamani de hacer crecer la yerba y de
ofrecernos el agua). Actualmente, este dios es solo una fuerza latente; puede
ser que regrese pero, mientras tanto, lo hemos olvidado e ignoramos su ley. La
manera como Inkarri existe en esta fase latente de su historia no es sino como
una cabeza cortada, separada del cuerpo.64 Inkarri aparece como un joven
desgraciado que encarna las esperanzas de su pueblo y que regresará si el Dios
de los cristianos lo quiere o, por lo menos, lo permite.
·
65 [“Poesía folklórica quechua”] Revista
del Instituto de Antropología de Tucumán, n° 2, v. 12.
·
66 Fondo de Cultura Económica, México.
·
67 [Apu Inca Atawallpaman] Publicada por Mejía
Baca y Villanueva. Lima, 1955.
·
68 Traducción de Arguedas, p. 2.
·
69 Ibíd., p. 14.
·
70 Vid supra.
·
71 Esta interpretación de la elegía de Atahuallpa está en
desacuerdo con el punto de vista sostenido (...)
61En un texto del siglo xvi —recogido por J. M. B. Farfán65 y por el boliviano Jesús
Lara, quien lo publica en su Poesía quechua,66 con la traducción de Farfán,
y del que José María Arguedas da también una traducción67—, encontramos, si no una de las fuentes, por lo menos uno de
los arquetipos del personaje Inkarri. Se trata de un canto fúnebre, escrito en
quechua, al último Inca muerto por los españoles en Cajamarca. El texto ilustra
el personaje de un hombre joven, hermoso y patético, deplora la tragedia del
pueblo privado de su príncipe y exalta la esperanza que sobrevive a tantas
pruebas. Citemos la antepenúltima estrofa: “Bajo el poder del extranjero,
reunidos los mártires y destruidos, huraños, sin memoria, solos, muerta la
sombra protectora, lloramos, sin tener a nadie ante quien regresar, deliramos”.
Y el último verso es una invocación al Inca:”... tus manos magnánimes,
extiéndelas sobre nosotros. Y fortalecidos por esta visión ordénanos caminar”.
Este texto opone la extrema postración a la esperanza. La soledad desamparada,
huraña, “sin memoria”, el delirio de un pueblo que está en las manos del
extranjero, son enunciados con una fuerza y una nitidez sin igual. Pero, en el
fondo del abismo, brilla la esperanza: “Tus manos magnánimes extiéndelas sobre
nosotros”. Sorprende la semejanza entre el estilo de este canto fúnebre y los
salmos que lamentan la miseria de Israel. Después de la muerte del Inca, “las
nubes del cielo han bajado, completamente negras; nuestra madre luna, transida,
con la cara enferma, se ha hecho completamente pequeña. Y todos, todos se
esconden, desaparecen y sufren”.68 En otro verso: “La tierra
rechaza enterrar a su amo”. El dolor de la reina (mama
qhoya) hace pensar en
el dolor de la Virgen: “Ella, la reina madre sufre un dolor mortal en su
tristeza delirante”.69 La repartición de los
despojos de Atahuallpa evoca la de los despojos de Cristo: “El trono de oro y
su cuna, esos vasos de oro todo se lo han repartido”. Y he aquí la desolación
del pueblo cautivo: “por no tener ante quien regresar, deliramos”.70 Queda en el campo de la
conjetura saber hasta qué punto el convertido pueblo indígena ha sido instruido
para imaginar y sentir su desgracia como la repetición de las aventuras del
pecador a quien Jesús vendrá a salvar y, hasta qué punto, este esquema
cristiano de la caída y de la salvación se superpone a la historia de la muerte
de Inkarri y de su retorno glorioso. No presentamos estos textos sino para
ilustrar dos tesis, dos puntos: la importancia del traumatismo de la conquista
en la cultura indígena —y este primer punto nos parece firme y claramente
establecido— y el sincretismo que repiensa sus propias aventuras a través de
las categorías históricas y místicas tomadas de los conquistadores.71
62La difusión del mito de Inkarri es probablemente muy reducida.
En general, no sobrevive sino en las regiones muy aisladas y no encuentra
crédito sino entre individuos ya muy ancianos y poco aculturados. En todo caso,
expresa de manera sorprendente las relaciones entre lo sobrenatural indígena y
el panteón cristiano. Las dos órdenes se mezclan sin confundirse y, en
especial, lo sobrenatural cristiano, que está muy lejos de haber absorbido
totalmente lo sobrenatural indígena, aparece como dotado de realidad y de
eficacia. El indígena y el cholo parecen concebir la experiencia religiosa más
según la categoría de la potencia, que según la de la conciencia. El Dios
cristiano espera de nosotros que cumplamos ciertos ritos —bautismo, matrimonio,
entierro, participación en los gastos de las fiestas patronales—; y deben
temerse sus severas sanciones si no se cumplen sus prescripciones. En lo
relativo a la vida cotidiana, su desarrollo está regido por las divinidades
indígenas, de las que el Wamani es un ejemplo.
Los adventistas y la moralización del
indígena
·
72 En julio de 1959 tuvimos oportunidad de ver cómo un tractor
comprado con gran esfuerzo a crédito p (...)
63En Puno es notable el desarrollo de la influencia adventista.
Esta profesión de fe protestante define una actitud muy diferente de la
tradicional estimulada por la Iglesia católica. Denuncia con vigor la docilidad
ritual y critica muy duramente los gastos inútiles que acarrean las fiestas;
condena la idolatría y las supersticiones y reduce las obligaciones del culto a
las plegarias de los sábados. La predicación adventista ha logrado éxitos
notables en las comunidades indígenas de la orilla sur del lago y también en la
región de Huancané, es decir, esencialmente, en zona aimara. Parece que sus
primeros éxitos los encontró entre los indios y no entre los cholos, aunque
ciertos elementos de esta doctrina hayan sido acogidos por individuos cholos
que, en su mayor parte, no se adhieren a ella. Hemos señalado los puntos en que
las enseñanzas adventistas se oponen a la tradición católica; esta religión
insiste con vigor en algunos temas muy positivos que, en general, reciben la
mejor acogida. En forma somera, digamos que se esfuerza en “desritualizar” al
indígena para “moralizarlo”. Le presenta la vida religiosa no como un conjunto
más o menos coherente de prácticas, sino como un sistema de obligaciones y
prohibiciones. Le impone como deberes: trabajar, ser honesto y, sobre todo,
instruirse. Proscribe el alcohol, elogia el orden y la limpieza. La obligación
de leer la palabra del Señor, de estar en condiciones de remitirse al texto de
la Biblia, teniendo como condición que el individuo domine el español, le
prepara el acceso al vehículo escrito de la cultura occidental. Por eso, no es
sorprendente que el indígena adventista tenga a la vez la reputación de no ser
torpe, de sabérselas arreglar, y, al mismo tiempo, de buscar reivindicaciones y
de ser más peligroso. Los adventistas representan parte importante de los
dirigentes que emergen de la administración —en particular en lo que concierne
a los contratos de enganche a que hicimos mención en el capítulo anterior—, o
aun a la construcción de escuelas y a la implantación de núcleos escolares.
Ahora bien, el individuo que se separa de la nueva fe, después de sufrir su
influencia, conserva de la enseñanza adventista la desconfianza por la Iglesia
y sus sacerdotes, a los que juzga retrógrados y explotadores, la hostilidad por
las costosas fiestas tradicionales y la valorización de la instrucción y de las
virtudes morales laicas: orden, limpieza y temperancia. Nos sentiríamos
inclinados a afirmar que la influencia adventista produce un doble efecto:
rompe las amarras con la cultura “tradicional” al mismo tiempo que refuerza la
unidad del grupo indígena, “moralizándolo” y preparándolo para nuevas tareas.
Debe notarse que esta ruptura del orden tradicional no se acompaña de una
desorganización, de una disolución; por el contrario, los indígenas adventistas
manifiestan una gran solidaridad, al mismo tiempo que viva preocupación por
mejorar sus condiciones y las de su comunidad —aun si esta preocupación los
lleva a veces a iniciativas desgraciadas y mal calculadas—.72
64Desde hace más o menos diez años, los padres de Maryknoll tratan
de reforzar y tal vez de reformar la penetración tradicional, y es muy
interesante comparar sus técnicas con la de los adventistas. Estos sacerdotes
se esfuerzan en “desritualizar” y en “moralizar” la religión católica. Con tal
propósito, han estimulado muchas iniciativas que tienen por objeto provocar la
acción concertada de los indígenas y desarrollar su solidaridad, mejorando sus
condiciones materiales. En Puno se ha organizado una cooperativa de consumo y
la gente de Ichu forma parte de ella. Es también notable la actitud de los
padres de Maryknoll frente a las fiestas tradicionales. Tratan de limitar
aquellas que, a ojos de un norteamericano, aun católico, pueden pasar por
absurdas y chocantes; no las atacan francamente por temor a provocar
desconfianza entre los mistisy en
las filas de la clerecía nacional. Así, buena parte de los valores laicos
difundidos por los adventistas, son igualmente propiciados por los padres de
Maryknoll: limpieza, sentido y gusto por la iniciativa individual. Su
influencia también podría señalarse como una “destradicionalización” y como una
“racionalización” de la cultura indígena.
Las fiestas
·
73 Cfr. en Canciones
y cuentos del pueblo quechua, los textos reunidos por el autor bajo
el título “L (...)
65Uno de los puntos en los que esta parece resistir mejor es en la
vitalidad de las fiestas patronales. En primer lugar, observemos que, de la
mayor parte de los trabajos, la cultura indígena hace hasta hoy un juego. Esto
se ve bien, por ejemplo, en la siembra o aun en la marca del ganado. Estas
diversas acciones siempre van acompañadas con la ofrenda de substancias
rituales: hojas de coca, alcohol, vino, grasa de llama, todo empaquetado y
depositado en la tierra. A veces, un brujo efectúa las ofrendas (por ejemplo,
para la marca del ganado). En todo caso, hay ciertas conductas o ciertos gestos
rituales que se cumplen en forma regular y a veces tienen una significación de
juego o aun de farsa: al cosechar las papas, los muchachos tiran a una muchacha
a lo largo del primer surco porque se supone que así la fecundidad de la mujer
pasa a la tierra. Sin embargo, como esta explicación nos ha sido ofrecida por mistis que no creen en ella, no podemos
apreciar si sería recibida con mucha convicción por los indios. Danzas y cantos
acompañan todas estas ceremonias.73
La fiesta patronal de Ichu
·
74 Los sacerdotes peruanos reciben un sueldo del Estado que les
resulta insuficiente para cubrir sus(...)
66Los conquistadores españoles se dieron cuenta del partido que
podían sacar para su campaña de cristianización del gusto de los indígenas por
las fiestas. Trasplantaron la institución específicamente hispánica de la
cofradía a ciertas regiones del Perú —especialmente en el centro y en el norte
del país, donde el fenómeno aún observable ha sido objeto de algunos estudios—.
Sin embargo, esta institución no se aclimató en Puno, donde no encontrarnos de
ella traza alguna. Las sociedades se formaron y se dedicaron con todo el brillo
posible a celebrar la fiesta de su santo patrón. Estas fiestas tienen por meta
la celebración de un suceso inscrito en el calendario religioso. En primer
lugar, los grandes episodios de la vida litúrgica: Navidad, Pascua de
Resurrección, Semana Santa, aquí como en otros lados, dan lugar a ceremonias en
las que la piedad recurre a una dramatización estética. Así se celebran los
sucesos notables de la vida de los grandes personajes del panteón cristiano, y
el extranjero, maravillado por tantos días de fiesta, no deja de recordar en el
Perú al zapatero de La Fontaine: allí también “el señor cura de algún nuevo
santo saca siempre su sermón”. Por último, cada pueblo tiene su patrón: Ichu,
por ejemplo, celebra a San Pedro y San Pablo, patrones de los pescadores. Los
hacendados, por su parte, ponen sus propiedades bajo la protección de un
intercesor. Probablemente, la fiesta del santo patrón es la que pesa más en la
vida social de la comunidad o de la hacienda. Se prepara largamente y su
importancia se deja medir por la amplitud de los gastos que acarrea. En caso de
que el santo patrón no tenga bienes, los gastos de la fiesta recaen sobre los
fieles y, muy particularmente, sobre alguno de ellos —el alférez o el
mayordomo— o en un pequeño número que se constituye en sindicato. Es a estos a
quienes toca pagar los servicios del sacerdote. Este se presenta a veces con
exigencias muy fuertes; para venir a cantar la misa solicita, además de dinero,
algunas otras “ventajas” en especies: carne, lana y a veces un gran saco de
papas. Además, el alférez, el día de la fiesta, deberá ofrecer su mesa a todos,
y en particular hacer los honores de su casa a las autoridades administrativas,
al gobernador del distrito, que no dejará tan buena ocasión de comer bien a
poco costo. Es fácil comprender que el cargo de alférez no sea deseado muy
vivamente. Significa obligaciones financieras, a veces tan pesadas que, para
hacerles frente, el indígena tiene que vender algunos surcos de tierra o, bien,
endeudarse. Sin embargo, lo que ya hemos dicho de los cargos políticos se
aplica aquí: esos honores son considerados como tareas costosas, pero nadie
tiene la esperanza, y ni siquiera el deseo, de substraerse. En primer lugar, el
cura tiene evidente interés en que la tradición guarde su fuerza, porque de
ella obtiene buena parte de sus magras rentas.74 Incluso el interesado
encuentra una satisfacción a su vanidad. Se siente obligado a no quedar atrás,
a no dejarse distanciar por sus predecesores. Por último, los gastos efectuados
en la celebración del santo pueden, a largo término, resultar una buena
inversión; y, además, no se sabe qué represión ejercería contra un alférez
rebelde un santo irritado.
67Esta ceremonia produce muy serias consecuencias económicas. En
una fiesta se dilapida el capital acumulado con trabajo y a menudo tomado del
consumo diario, la fiesta consume la riqueza ahorrada. Los indígenas, tanto
hombres como mujeres, ingieren en las fiestas enormes cantidades de alcohol.
Desde que un grupo se forma y una discusión se entabla, entre los participantes
circulan botellitas de alcohol (extracto de caña de azúcar). Los tragos los pasan
de un solo golpe, sin deleitarse, casi parece que buscan conscientemente el
efecto psicológico de la embriaguez. Toman una detrás de otra, dos, tres o
cuatro de estas botellitas, hasta que el individuo comienza a manifestar una
gran animación que terminará en postración. Primero ríe, habla fuerte, toma
parte en el baile. Poco después se le verá derrumbado, hundido durante varias
horas en un sueño de muerte. 0 bien peleará con otro borracho. Las mujeres
siguen un ciclo comparable: pero, aparte de que se embriagan con menos
frecuencia, es raro que provoquen batallas o pugilatos. Esta embriaguez tiene
algo de ritual: no hay fiesta sin borrachera. Ninguna vergüenza, por lo menos
explícita, parece sancionar estos desbordes. Sin embargo, su frecuencia y ciertas
modalidades constituirán mala seña. Será mal juzgado el individuo que se
embriaga mientras los otros se dedican a sus ocupaciones, como en el caso de
nuestro hospedero Aurelio.
·
75 José María Arguedas, en una hermosa novela,Yawar
fiesta (Lima, 1941),
que hemos traducido al fran(...)
68La embriaguez provocada y buscada es inseparable de un segundo
elemento de la fiesta, la danza, que adopta formas muy elaboradas y variadas.
Los danzarines casi siempre son hombres, a veces usan máscaras y casi siempre
visten trajes de colores brillantes (rojo, verde, amarillo o azul). A veces,
los vestidos reproducen la indumentaria española del tiempo de la Conquista:
tricornios, jubones de terciopelo. Otras veces, sugieren animales temibles por
las plumas o por las astas de las máscaras: aves como el cóndor o cuadrúpedos
como el puma. Estos personajes son tratados con respeto y seriedad o son
descritos como bufones. Algunos tipos sociales a veces se toman como hazmerreír:
el chapetón vestido a la moda del siglo xvi, el indio de la
selva (el chancho) o el negro de la costa. Hay un nuevo personaje que
recientemente ha hecho su aparición: el enfermero cubierto con una suerte de
casco colonial y vestido con un blusón blanco. En el curso de una misma danza
la bufonería se mezcla con la poesía: la coquela, que reproduce la caza de la
vicuña, comprende versos muy emotivos sobre el temor del animal al acecho,
sobre la rareza de la puna donde el cazador se siente perdido y bromas muy
gruesas que intercambian danzarines y danzarinas. Esta confusión de géneros
aparece muy claramente en las ridiculas corridas de toros con las que los
indígenas concluyen a menudo sus fiestas. La corrida se ha difundido en todo el
Perú y los indígenas han acogido con entusiasmo este rasgo de la cultura misti.
La diferencia está en que no matan al toro y la corrida se convierte en una
bufonería, en una charlotada, como dicen con condescendencia los mistis.
El toro es llevado a un encierro y los indígenas, generalmente ebrios, lo
provocan desde más o menos cerca. La corrida se desarrolla entre lo burlesco y
lo patético. Los espectadores se provocan para bajar a la arena y son acogidos
con burlas o como desafiadores. A veces el toro atrapa a uno de sus
perseguidores, lo tira al suelo o, bien, lo hiere de una cornada. A la
hilaridad de los espectadores sucede el horror de la sangre que corre y la
piedad por el herido.75
69Los elementos que disociamos en las fiestas los une el indígena,
en una síntesis imaginativa muy estable y eficaz. La fiesta rompe la monotonía
de las tareas cotidianas y las ennoblece al prolongarlas. La fiesta no es
gratuita. Sería ingenuo aceptar una explicación de los diferentes ritos y
ceremonias asignándoles una “función utilitaria”, al mismo tiempo que nos
equivocaríamos al descuidar que, en el pensamiento del indígena, contribuyen a
producir efectos felices. Así, la marca del ganado constituye una precaución perfectamente
justificable por la reflexión de que los animales marcados son robados con
menos facilidad; pero en realidad esta práctica también está ligada a la
creencia de que los animales marcados ceremonialmente serán más fecundos y
desarrollados. Por último, la fiesta permite la expresión de sentimientos que
tendrían dificultad en encontrar otra salida. En general, la fiesta se acompaña
de un relajamiento de ciertas prohibiciones. Permite a los participantes tomar
a unos respecto de otros actitudes más conformes con sus deseos; los padres
aflojan su vigilancia sobre los hijos. Las hostilidades se olvidan
provisionalmente y, por el contrario, encuentran finalmente un medio de
expresarse.
El carnaval de Puno
70La fiesta misti ha perdido mucho de la riqueza
imaginativa y simbólica que hemos creído observar en la fiesta indígena. Este
empobrecimiento viene de que la fiesta, al perder en gran medida su carácter
ritual, ha visto acentuarse su gratuidad. Ha perdido seriedad y no ha adquirido
la soltura de una simple representación estética. De este fenómeno, el más
curioso es sin duda el carnaval de Puno, al que, para concluir este capítulo,
quisiéramos dedicar algunas líneas. El carnaval es, evidentemente, una fiesta misti,
y aun cuando también lo celebren los de los barrios indígenas, es la
participación de los primeros la que le da su mayor brillo. En Puno, las
fiestas de carnaval duran un poco más de una semana. Según la información del
periódico Los Andes del 25 de febrero de 1953, las fiestas
ese año comenzaron el viernes anterior al martes de carnaval, con una reunión
en el cine Colón que finalizó en un primer baile. El sábado tuvo lugar la
coronación de las reinas. Esta ceremonia es presidida por el prefecto, quien
corona a la Reina del Trabajo. El alcalde corona a la Reina Infantil; la Reina
de las Vendedoras del mercado no tiene derecho sino a las atenciones de un
concejal. El mismo día, “Ño Carnavalón” hace su entrada en la ciudad y llega en
un carro escoltado por la música del 15.° Regimiento de Infantería. En la noche
del sábado hay un baile en los salones del Club de la Unión y una verbena en el
Parque Pino. El programa del domingo no es muy diferente al del sábado.
Comporta una segunda verbena, esta vez en el interior del mercado, e incluye un
desfile de las reinas y su cortejo. El lunes comienza el “juego libre”, que
continúa el martes y concluye el miércoles. Grupos de muchachos y muchachas
recorren las calles de la ciudad, se aproximan unos a otros para lanzarse
baldes con agua o mancharse la cara con harina. Los jóvenes, organizados en
bandas, atacan a las muchachas quienes, a su vez, hacen lo mismo. Las bandas de
muchachos se envalentonan y penetran en las casas de sus conocidos; se les da
de beber y se les ofrece comida. Estas distracciones son populares; las
muchachas de la “buena sociedad” no irán a provocar a los muchachos en la
calle. Son diversiones de cholas. Por el contrario, los jóvenes “decentes”
tienen toda libertad para remojar o ensuciar a paseantes, hombres y mujeres.
Observemos que los indios están fuera del juego. No hacen su entrada en escena
sino con la “pandilla” que se desarrolla el Miércoles de Ceniza, en la segunda
mitad de la semana de carnaval. Se forman grupos de músicos y bailarines que
salen a los campos y se dirigen a un punto de concentración tradicional. Ese
paseo tiene lugar el miércoles, el día siguiente de carnaval, más allá del Arco
Deustua, y el jueves en la pampa del Muelle. Cada familia lleva sus provisiones,
las mujeres visten con trajes de fantasía y, en esta ocasión, las damas de
sociedad llevan vestidos de seda de vivos colores, al igual que las cholas de
Manazo. A veces las familias más ricas reclutan sus propias orquestas y
alquilan músicos. En las pandillas se reúnen, en general, los de un mismo
barrio, y así se establece una rivalidad entre las que toman a su cargo el
prestigio y aun el honor de todo el barrio. Los de Manazo se preocupan de que
sus pandillas sean juzgadas entre las mejores. Las secciones indígenas de
Bellavista y de Laicacota también tienen sus tropas y entre ellas compiten.
Naturalmente, no se trata de desafíos lanzados y recogidos formalmente; los
criterios con los que se establece la opinión son bastante difusos e implícitos;
y dejan un margen muy amplio a la apreciación más o menos incierta de cada
quien.
71El carnaval de Puno atrae el interés de toda la población, pero
en momentos y bajo aspectos diferentes. Se debe evitar considerarlo como una
pura y simple manifestación de unidad colectiva. La gente tiene sus goces: un
baile en el Club de la Unión al que no tienen acceso sino los miembros del
club, sus amigos y relaciones. El temor de mezclarse con el populacho, con la
indiada, es particularmente notable en las verbenas (fiestas nocturnas): si los
jóvenes pueden sin menoscabo mostrarse emprendedores con muchachas de condición
inferior, las señoritas que, naturalmente, van acompañadas por sus chaperonas,
deben rechazar las invitaciones de los jóvenes a quienes su rango los hace
indignos de ellas. La coronación de las reinas, como lo hemos señalado, resalta
una jerarquía muy clara de los grupos y de su prestigio. La Reina del Trabajo
se elige entre las jóvenes empleadas de correos, algunas mecanógrafas o
secretarias que, aunque pobres, por razón de su educación y de su empleo
pertenecen al grupo misti. Las
cholas de Manazo ven coronada como Reina del Mercado a la más bella o graciosa
de entre ellas. Bellavista y Laicacota se encuentran implícitamente fuera del
juego. Esta estratificación también se manifiesta en la distinción que hemos
establecido en las dos mitades de la semana de carnaval. Del viernes al
miércoles, después de carnaval, tienen lugar todas las fiestas organizadas por
los clubs: baile del Club de la Unión, baile del Club Kúntur, matiné organizada
por los padres de la Reina Infantil y paseo en el lago en uno de los dos barcos
que aseguran, por cuenta de la Peruvian Corporation, el servicio de Puno a
Guaqui. Por el contrario, a partir del miércoles aparecen las pandillas,
formadas por cholos e indios que, hasta el fin, ocupan el primer rango de la
escena. Esto no impide que el carnaval interese a todo Puno; ciertos aspectos
de las fiestas, o algunos de sus momentos, expresan mejor los gustos y las
preferencias de tal grupo pero, si se considera la semana de carnaval como un
ciclo, cada uno encuentra lo que le gusta y todos tienen ocasión de participar
en estos goces colectivos.
El Arco Deustua,
construido en 1847, para honrar la memoria de los caídos en Junín y Ayacucho,
Está situado en la entrada norte, sobre una eminencia, domina la ciudad y es un
espléndido mirador sobre el lago.
72Igual puede decirse de la fiesta de la Candelaria, la santa
patrona de Puno. La historia afirma que la ciudad, asediada por los rebeldes de
Túpac Amaru, fue salvada por la intervención de la Virgen de la Candelaria. En
los momentos de mayor peligro, un sacerdote inspirado paseó la imagen de esta
Virgen por toda la ciudad. Todos los años, el 2 de febrero, hace el mismo
recorrido y la multitud la acompaña. Hasta hace poco formaban parte del cortejo
diablos enmascarados, pero los padres de Maryknoll, que han tomado a su cargo
la parroquia de San Juan Bautista, han prescrito estas “diablerías”. Estas son
muy comunes entre los aimara de Bolivia y siguen un esquema neto y bien
definido. Están representados la muerte, la mujer mundana y algunos diablos con
máscaras llenas de muecas. Como antítesis, un grupo de ángeles vestidos de
blanco, guiados por Gabriel o San Miguel. Después de diversas danzas, la última
palabra debe ser la de los buenos espíritus. Se arrojan flores y confetis sobre
el carro en el que se yergue la imagen. La fiesta patronal de los indígenas y
la fiesta patronal de los mistis son largamente comparables. Puno
celebra a Nuestra Señora de la Candelaria como lchu celebra a San Pedro y San
Pablo. En Puno, la Virgen desfila en un carro. Los comuneros de lchu llevan
sobre sus hombros las imágenes de San Pedro y San Pablo; se detienen en cada
esquina de la plaza, y el sacerdote dice una oración. Después se baila frente a
la iglesia.
Significación de la fiesta
73Digamos, para terminar, que la unidad de la fiesta aún tan
sensible al indígena, está en vías de dislocación entre los mistis.
El elemento religioso y el elemento profano son percibidos como distintos y la
fiesta, cada vez más, tiende a convertirse en recreación. Uno se podría dar
cuenta mejor de este proceso si se estudiara de más cerca el uso del alcohol y
la práctica de la danza en el misti para intentar una comparación con las
costumbres y actitudes indígenas. El alcohol ha perdido su significación
ritual. Entre losmistis tiene el valor de un bien
intercambiado y de una prueba por superar. Ofrecer un trago o pagar una vuelta
constituye, como lo hemos visto, una de las expresiones cotidianas de la
sociabilidad; rechazar tal invitación puede ser considerado como una injuria.
De otra parte, “portarse bien” es un signo cierto de valentía y de valor. El
indígena ebrio no está sujeto a ninguna censura de sus semejantes. El misti,
en el mismo caso, es objeto de burla. No es que el consumo de alcohol sea
condenado como inmoral o como antihigiénico. La ebriedad se juzga como una
prueba pública de debilidad o de presunción (este aspecto de la competencia o
del desafío es todavía señalado por el hecho de que los consumos muchas veces
se juegan a los dados y que el ganador bebe a la salud del perdedor). Así, lo
que importa más no es estar ebrio, sino parecer menos ebrio que los compañeros
y estar en condiciones de burlarse sobre su estado. Es notable también que las
reuniones terminen en fanfarronadas desmesuradas que expresan la arrogancia, el
desafío y la exageración del ego.
·
76 Ver después nuestras observaciones sobre la cultura criolla.
74Así como la ebriedad sufre una trasposición en la cultura misti,
ocurre igual con la danza. Esta pierde su carácter ceremonial para convertirse
en el lenguaje de la coquetería. En el wayno, las parejas permanecen a
distancia. En la marinera, danza típica de la costa, y acogida por todos losmistis como criolla, es decir no india,76 figuran las incertidumbres y
las vueltas de la persecución amorosa:
·
77 Bellesort, André, La
jeune Amérique, citado por d’Harcourt, La Musique des Incas,
p. 123.
[...] la bailarina con una mano agita su pañuelo y con la otra
levanta ligeramente su falda y huye delante de las llamadas del bailarín, quien
con la mano izquierda sobre la cadera hace girar su pañuelo encima de su cabeza
y con paso ritmado gira alrededor de ella, de la que quiere captar su atención.
Ésta, con la mirada obstinadamente baja, se esquiva. El hace mucho por
presionarla, por cortarle la retirada; ella siempre se le esquiva.77
75Dos tesis se desprenden de estos breves análisis. En primer
lugar, existe un fondo de prácticas y de creencias común a las diversas
categorías sociales que hemos distinguido. Hemos insistido en las semejanzas
que nos sorprenden en la organización de la familia en el indígena, en el misti y en el cholo. Ninguna de las
creencias fundamentales sobre la salud y las relaciones con el otro mundo son
específicas del círculo indígena; todas encuentran una acogida más o menos
mitigada en el cholo y aun en elmisti.
Aunque estos diferentes grupos afecten ignorarse o menospreciarse, participan
de una misma “cultura”; mucho de lo que se considera indígena tiene su origen
en las antiguas tradiciones hispánicas y lo que tenemos por autóctono muchas
veces es una supervivencia, una traza de la España del siglo xvi o aun de su administración
colonial, o de las viejas civilizaciones precolombinas. Además, hay un fondo
cada vez mayor de costumbres y de creencias que se está difundiendo por los
procesos de instrucción, de castellanización y por los de urbanización e
industrialización. El acercamiento de los diferentes grupos, su asimilación
recíproca, no datan de ayer, y sería un error ridículo imaginar que la
aculturación del indio no ha comenzado sino con las transformaciones económicas
que hemos tratado de describir en el capítulo precedente. El mestizaje es el
dato fundamental sobre el cual se desarrolla toda la historia cultural desde
los comienzos de la Colonia. Sin embargo, se debe tener cuidado porque
mestizaje, aculturación y homogeneidad no son sinónimos. Para constituir una
cultura común no bastan las fuentes comunes y un origen; así como tampoco los
elementos culturales comunes son suficientes para asegurar la integración de
diferentes grupos en una sociedad única y coherente. Por el contrario, casi se
podría decir que cuanto más se homogeneiza el fondo, la materia de las
creencias y las prácticas, más se conservan los grupos que hemos distinguido y,
por decirlo así, reivindican su originalidad y su especificidad. El mundo misti,
con sus valores “criollos”, no solamente está amenazado por la presión
indígena, sino también y sobre todo por el desarrollo del grupo de los cholos,
social-mente muy emprendedores y culturalmente muy invasores. Por su parte
¿acaso la sociedad indígena no está mucho más expuesta a la influencia de esos
cholos que a la de los mistis? Cada uno de estos grupos, sometidos a
profundas transformaciones, no evolucionan necesariamente pareciéndose cada vez
más unos a otros. Puede alejarse de uno, acercarse al otro o, por el contrario,
aislarse y encerrarse sobre sí mismo. Aunque el proceso de homogeneización que
hemos analizado, y cuyo origen encontramos no solo en las actuales
transformaciones económicas sino en todo el pasado colonial, conduce a una
sociedad integralmente homogénea, puede que al ofrecer estímulos idénticos a
grupos diferentes avive sus diferencias y aun complique sus relaciones. De este
proceso quisiéramos dar breve cuenta en las últimas páginas de este trabajo.
NOTES
1 Garcilaso nos dice lo siguiente
(Comentarios
reales, parte I, libro 4, cap. XI) sobre la nomenclatura de la
parentela en quechua antiguo: “...la [lengua] general del Perú tiene dos
nombres para decir hijos: el padre dice churi y la madre huahua [...] Para
llamarse hermanos tienen cuatro nombres diferentes. El varón al varón dice
huanque: quiere decir hermano; de mujer a mujer dicen ñaña: quiere decir
hermana [...] El hermano a la hermana dice pana: quiere decir hermana; y la
hermana al hermano dice tora: quiere decir hermano”. Y Garcilaso cuida de
aclarar: “Y si el hermano dijese ñaña (pues significa hermana) sería hacerse
mujer. Y si la hermana al hermano dijese huanque (pues significa hermano) sería
hacerse varón”. Por la misma razón: “Y un hermano a otro no puede decir tora...
ni una hermana a otra puede decir pana”.
2 “The Aymara”, pp. 542-543.
3 Cobo, Historia
del Nuevo Mundo, libro XIV, cap. 6: “Cuando destetaban a los niños
[...] convidaban a los parientes y amigos, los cuales juntos, bailaban bebían
con gran contento; y acabando el regocijo, el tío más anciano y estimado del
niño lo trasquilaba y cortaba el primer cabello y las uñas, las cuales, con el
cabello, guardaban con gran cuidado...” (véase también Garcilaso, Comentarios
reales, parte I, libro 4, cap. 11 y 12).
4 Una maestra de Ojerani, muerta
hace algunos años, cuyo recuerdo permanece muy vivo entre los indígenas, parece
que pudo conciliarlas.
5 La Musique des Incas, p. 484.
6 Canción y baile de la sierra.
7 José María Arguedas, Canciones
y cuentos del pueblo quechua, p. 56. Estos textos han sido
recogidos en los departamentos de Apurímac y Cuzco. Arguedas los presenta en su
original quechua. Lo citamos en su traducción castellana.
8 d’Harcourt,
ob. cit, p. 189.
9 d’Harcourt,
ob. cit., p. 390.
10 José María Arguedas, Canciones
y cuentos..., p. 20.
11 Ibíd., pp. 23-24.
12 Arguedas, Canciones
y cuentos..., ob. cit, pp. 131-144.
13 Ibíd., p. 132.
14 Ibíd., p. 133.
15 Ibíd., p. 134.
16 Arguedas, Cancionesy
cuentos..., ob. cit., p. 137.
17 Ibíd., pp. 137-138.
18 Ibíd., p. 141.
19 Ibíd., p. 144.
20 “El oso raptor”, pp. 135-178.
21 “Éramos como dos palomas que
volaron de su nido”; aquí, los dos temas que hemos distinguido y opuesto se
encuentran conciliados y reunidos. La intimidad del nido y el desgarramiento de
la separación se combinan con la intimidad de los amantes.
22 Cancionesy cuentos..., op, cit., p. 27.
23 La palabra servinacuy tiene como radical el verbo español: servir,
la desinencia y de los verbos quechua y un afijo de reciprocidad, ku.
Literalmente, significa el acto de rendirse un servicio mutuo.
24 Que viven en concubinato.
25 En este momento sobrepasamos
ampliamente el alcance de nuestras observaciones inmediatas y utilizamos
informaciones recogidas en entrevistas con individuos instalados en Lima, en
las famosas barriadas.
26 En lugar de que el almuerzo
tenga lugar en la casa del padrino, a veces se realiza en casa de uno de los
cónyuges. El padrino es, entonces, invitado. Esta práctica, aunque mencionada
por uno de nuestros informantes, nos parece excepcional.
27 Véase el texto de Cobo, que ya
citamos en la nota 3 de la p. 147 del presente trabajo.
28 He aquí un texto de Cobo (libro
XIII, cap. 8) que describe los trabajos agrícolas: “Hacen sus barbechos al fin
de las lluvias, y donde no llueve, algunos meses antes de sembrar; y a su
tiempo escardan sus sembrados, limpiándolos de la mala hierba; y cuando ya el
maíz está a medio crecer, le escarban en el pie y arriman y amontonan tierras.
Lo que más trabajo les costaba era arar, y a esto acudían con más gusto, porque
siempre araban en tropas de mucho número de gente, hombres y mujeres juntos,
por esta forma: los varones solos araban puestos en hileras, y delante dellos
estaban las mujeres en otra hilera contrapuestas a los hombres; y en arrancando
ellos con sus tacllas los céspedes de tierra, ellas los trastornaban y con
aquellos sus almocafes de palo los quebrantaban y deshacían. Por la mayor parte
sembraban en camellones, que hacían con gran concierto y muy grandes algunos.
Tienen sus cantares alegres, acomodados para cuando aran, los cuales cantan
todos a una entonando uno y siguiéndole los demás; y llevan su compás tan
puntual, que el golpe que dan en la tierra con las tacllas no discrepa un punto
del compás de su canto; y así como en éste van todos a una, lo van también en
levantar las tacllas y herir con ellas a la tierra...”.
29 Así es como Cobo describe la taclla:
“El arado o azada era un instrumento llamado taclla, de un palo tan grueso como
la muñeca y largo poco en más de dos codos, a manera de zanco. Por donde lo
asían estaba torcido como cayado, y en la punta ataban otro palo de cuatro
dedos de ancho [...] y como un palmo antes del remate della tenían asido un
gancho del largor de un jeme, donde hacían fuerza con el pie izquierdo. Porque
el modo como rompían y araban la tierra con estas tacllas, era levantando la
parte alta dellas hasta el hombro derecho y la punta dos o tres palmos de la
tierra, y para que hiciesen en ella el golpe con fuerza y entrase mucho, las
impelían y apretaban con toda la fuerza de los brazos y del pie izquierdo...”
(Cobo, ob. cit, libro XIV, cap. 8).
30 Sal y Rosas, “El mito del jani
o susto en la medicina indígena del Perú”. EnRevista
de la Sanidad de Policía 18,
pp. 167-210. Lima, 1958.
31 Este diagnóstico, llamada
“limpia” del cuy, admite una variante: la limpia de granos. “Cinco granos de
maíz de toda clase, un ajo seco, amarillo y entero, un poco de sal de mesa, un
poco de carbón, todo esto se coloca en una bolsa o en un trapo que haya tocado
el enfermo y se quema. Según la naturaleza y la forma de los vapores se puede
diagnosticar el mal” (Valdizán y Maldonado, La medicina popular
peruana, p. 63. Lima, 1922. Para comparar con la medicina de los
antiguos peruanos, véase Cobo, Historia del Nuevo Mundo,
libro XIV, cap. 10).
32 Otro signo de que la etiología
del fenómeno es atribuida a la tierra y a los espíritus de la tierra por la
conciencia popular, es que el término patza (tierra, en quechua) se emplea en
ciertas regiones para designar la enfermedad y que en las ofrendas el mago se
dirige al auki (espíritu de los cerros) o a la jirca.
33 Valdizán y Maldonado, ob. cit.,
p. 63.
34 Ob. cit, pp. 77-78.
35 “Al pasearme en Ichu con mi
intérprete, encontramos a un hombre, todavía joven, extendido en la puerta de
su casa. Sus dos piernas estaban inválidas. ¿Era un paralítico? ¿Se trataba de
poliomielitis? Al conversar con su padre, le pregunté qué podría hacerse. Nada,
me respondió. ¿Y el curandero?, pregunté. No es asunto de él. Él tampoco sabe.
Sugerí el hospital de Puno. Esta proposición no pareció sorprenderlo” (nota del
20 de diciembre de 1952).
36 Cobo, ob. cit., libro XIII,
cap. 29.
37 En la p. 553 de su Diccionario [1944].
38 “El demonio en los Andes”, pp.
39-40.
39 El P. Arriaga [1920] nos
informa que los “sacerdotes de las huacas se reclutan de tres maneras: por
sucesión (de padre a hijo), por elección (los demás [...] eligen a los que les
parecen más convenientes) y por último cuando alguno herido por el rayo, no
muere sino que le quedan algunas heridas, ha sido escogido divinamente como
ministro de las huacas”.
40 José María Arguedas, Canciones
y cuentos..., p. 46.
41 Para los indios del Cuzco, la
selva tropical, muy próxima, es la residencia de los muertos.
42 La coca crece en los valles
cálidos.
43 Pueblo cercano al Cuzco.
44 Especie de picador que fastidia
al caballo.
45 Para los ritos funerarios de
los antiguos, consultar Cobo, ob. cit, libro XIV, cap. 19: “Daban de comer y
beber a cuantos acudían a estos mortuorios, los parientes y amigos del muerto
[...]. Después de llorado el muerto desta suerte, hacían sus sacrificios y
supersticiones, en los cuales quemaban parte del mueble que habría dejado, y si
era señor calificado, mataban algunas de sus mujeres y criados...”.
46 Morote Best, Efraín, “La huida
mágica. Estudio de un cuento popular del Perú”, p. 829 y ss.
47 Cfr. José María Arguedas,
“Folklore del valle del Mantara”.
48 Ibíd., p. 125.
49 Ibíd., p. 218.
50 “El degollador” (ñakaq)”.
51 Arriaga, La
extirpación de la idolatría, cap. 3, pp. 21-23.
52 La civílisation de l’Empire
Inca, p. 182.
53 Comentarios reales, parte I, libro II, cap. 4 y 5. Véase también, entre otros, Cobo,
ob. cit, libro XIII, cap. 34 y 36.
54 “Como imaginan los españoles
ignorantes”. Aquí Garcilaso se coloca en el grupo de autores que, con Blas
Valera, no quieren obstaculizar a Polo de Ondegardo, Arriaga, etc., “ante
quienes los indios son idólatras”.
55 Reeditadas en Lima, en 1945, en
el tomo VII de Los Pequeños Grandes Libros de Historia Americana.
56 Lira, Diccionario,
p. 1076.
57 Cuentos andinos, p. 19.
58 Diccionario, p. 72.
59 Notas de campo, agosto de 1959.
60 En “El oso raptor”, p. 64.
61 Debe notarse que la expresión
“bastardo” muy a menudo es reemplazada en el lenguaje familiar por “hijo de
cura”. La supuesta fecundidad de los eclesiásticos alimenta muchas
conversaciones, pero lo hace en tono de broma y no de indignación. Estas
costumbres generalmente se le imputan a la clerecía nacional y no a los
sacerdotes extranjeros, sobre todo a los norteamericanos de la orden Maryknoll,
muy numerosos en la región de Puno.
62 “Puquio, una cultura en proceso
de cambio”. En Revista del Museo
Nacional, 1956.
63 El Wamani,
comenta Arguedas, es el espíritu del cerro y aun simplemente el cerro. Un
informante precisa: “la tierra tiene su nombre, como nosotros el nuestro y su
nombre es Wamani”. Obsérvese el equívoco en la denominación: Wamani es el nombre del cerro, no como silla
es el nombre del utensilio, con cuatro patas, sobre el que me siento, sino como
François es mi nombre o, mejor, mi patrón.
64 La separación de la cabeza
constituye un tema muy frecuente en el folclore peruano (Véase Morote Best, La
huida mágica, pp. 825-826). En numerosas referencias de Morote
Best, las cabezas voladoras generalmente pertenecen a los condenados,
hechiceros o a individuos culpables de relaciones incestuosas; son prueba de
una maldición.
65 [“Poesía folklórica quechua”] Revista
del Instituto de Antropología de Tucumán, n° 2, v. 12.
66 Fondo de Cultura Económica,
México.
67 [Apu Inca Atawallpaman]
Publicada por Mejía Baca y Villanueva. Lima, 1955.
68 Traducción de Arguedas, p. 2.
69 Ibíd., p. 14.
70 Vid supra.
71 Esta interpretación de la
elegía de Atahuallpa está en desacuerdo con el punto de vista sostenido por
Jesús Lara en su excelente volumen sobre la poesía quechua.
72 En julio de 1959 tuvimos
oportunidad de ver cómo un tractor comprado con gran esfuerzo a crédito por un
grupo de indígenas adventistas de la región de llave, estaba destinado al moho
y al abandono, sin que sus propietarios obtuvieran el menor provecho.
73 Cfr. en Canciones
y cuentos del pueblo quechua, los textos reunidos por el autor bajo
el título “La trilla de Angasmayo”, pp. 51-62. A cada una de estas canciones,
acompañadas a la guitarra, corresponde una danza y están indicadas las
posiciones respectivas de las parejas. Cada una marca una operación bien
definida.
74 Los sacerdotes peruanos reciben
un sueldo del Estado que les resulta insuficiente para cubrir sus necesidades.
75 José María Arguedas, en una
hermosa novela, Yawar fiesta (Lima, 1941), que hemos traducido al
francés, expresa muy bien el valor mítico que para el indio tiene la corrida.
La novela de Arguedas tiene a Puquio por escenario; pero la “fiesta de la
sangre” se celebra en toda la región andina, no obstante las prohibiciones
oficiales.
76 Ver después nuestras
observaciones sobre la cultura criolla.
77 Bellesort, André, La
jeune Amérique, citado por d’Harcourt, La
Musique des Incas, p. 123.
NOTES DE FIN
* Las observaciones que siguen se
refieren únicamente a poblaciones de lengua y cultura quechua, salvo que se señale
explícitamente al grupo aimara (N. del A.).
TABLE DES
ILLUSTRATIONS
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Légende
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Viviendas
de la parcialidad de Ojerani al sur de Chimu. Obsérvese cómo la totora sirve
de alimento al ganado. (Foto Abraham Guillén.)
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Légende
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El Arco
Deustua, construido en 1847, para honrar la memoria de los caídos en Junín y
Ayacucho, Está situado en la entrada norte, sobre una eminencia, domina la
ciudad y es un espléndido mirador sobre el lago.
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372k
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© Institut français d’études andines, 2012
Conditions d’utilisation : http://www.openedition.org/6540
Conclusión.
¿Cholificación?
p.
199-210
1El indio, el cholo y el misti pertenecen a una misma
cultura y a una misma sociedad. Pero unos y otros son sensibles a las
diferencias que los separan y los oponen. “Vivir como un indio”, “comportarse
como un indio” no es un elogio en la boca del misti.
Muchas veces, el gran propietario juzga sus intereses como contrarios a los del
pastor indígena y estos se quejan de la condición a que los obliga su patrón.
Sin embargo, unos y otros se desprenden de un mismo conjunto sociocultural. La
sociedad indígena ya no constituye una unidad autónoma. En cuanto a las
transformaciones que está sufriendo, en su mayor parte tienen su origen fuera
de ella. Es, pues, la imagen de una simbiosis la que nos viene al espíritu
cuando queremos caracterizar las relaciones entre indios, cholos y mistis.
Ahora bien, esta simbiosis no se da sin tensión ni conflicto.
2¿En cuál de los tres grupos que hemos distinguido aparece la
cultura dominante? Según los “indigenistas”, la evolución conduce a una rápida
indianización del Perú. ¿Define la vida indígena un modelo cultural
suficientemente prestigioso para conservar o atraer a los más evolucionados, a
los más aculturados? Observemos el gran prestigio de la instrucción, de la
castellanización sobre el campesino indio. Hablar y escribir castellano, estar
en capacidad de discutir con el juez, el militar o el funcionario, es
ciertamente la ambición de los comuneros más despiertos. No concluyamos que
estos reniegan de su grupo de origen; a propósito de los núcleos de indígenas
adventistas, hemos notado que los más emprendedores al mismo tiempo expresaban
el orgullo más natural de ser indios. No hay, por el momento, entre las
comunidades indígenas, ningún movimiento nativista que pretenda restaurar las costumbres
autóctonas. El relativo fracaso de la legislación comunitaria procede del
sentimiento, muy vivo entre los indígenas, de que las instituciones
tradicionales de la comunidad ya no están bien adaptadas a las exigencias
actuales. Digamos, a riesgo de simplificar, que cuando aparecen tendencias
nativistas, estas son más frecuentes en el misti indigenista que en el indígena mismo;
el indigenismo es una ideología del mestizo.
·
1 Este error es particularmente sensible en John Gillin (Moche,
a Peruvian Coastal Community, pp. 15 (...)
·
2 Algo notable: la pachamanca, una de las diversiones más
“criollas”, como su nombre lo indica, es u (...)
·
3 Valcárcel, por ejemplo, escribe en Tempestad en los Andes (Lima, Biblioteca Amauta, con un
prefaci (...)
3Sin embargo, la cultura misti no es capaz de constituir un foco de atracción
y de dar forma a la nueva cultura emergente. Es cierto que la condición delmisti hace soñar a los más ambiciosos y tal
vez a los indígenas más inteligentes. ¿Qué profesión escogerían los jóvenes
alumnos de Puno que rechazan vivir en el campo?: abogados, policías, militares
y comerciantes. Solo que cuando decimos que el indígena trata de identificarse
con el modelo misti,
queremos decir simplemente que desea para sí mismo o para sus hijos profesiones
de misti. No vayamos a imaginar
que trata de asimilarse totalmente a la cultura misti.
Sobre todo, no vayamos a creer que la “cultura criolla” pueda ser preferida por
él.1 Históricamente, el criollo
era el español, nacido en América, recién llegado, el chapetón, como aún se
dice en Lima. Pero el criollo, al mismo tiempo que se distingue del extranjero,
se opone también al autóctono, sobre todo al serrano, al hombre del interior.
En ningún caso, el indio y el cholo pueden ser considerados como criollos. Las
costumbres alimenticias, la ropa, el folclore, el pensamiento espontáneo, todo
contribuye a hacer del criollo una especie aparte. Preguntémo-nos, en primer
lugar, a qué conductas o actividades se da la calificación de criollas. Se
habla de una cocina o de una música criolla; el famoso arroz con pato, célebre
en la gastronomía limeña, las sopas de pescado, chupín, o ciertos bailes como
la marinera son calificados como criollos. La palabra también se aplica a
ciertas fiestas; al paseo limeño o a la pachamanca, especie de picnic en el que
carnes y aves se cuecen en un horno de tierra.2 También sirven para calificar
actitudes generales; el hombre alegre, que baila bien, que sabe cortejar a las
damas, contar chistes, será calificado como “bien criollo”. El acento se pone
sobre la vivacidad, la ligereza, el gusto por la vida y la complacencia por los
placeres. Pero el criollo [y en este último sentido la calificación puede ser
más o menos peyorativa) es también el vivo, el que hace combinaciones o el
astuto; se dice un “criollo bien vivo” y la denominación de “políticos
criollos” no está muy lejos de nuestro “político meridional”, con la mezcla de
admiración por la astucia y de desprecio por la falta de principios que los
franceses generalmente damos a este término. El criollo es, pues, el hombre de
la costa en oposición al campesino, al pueblerino. Es también el hombre de la
tradición nacional, sobre todo limeña (en oposición al “gringo”), pero en la
medida en que esta tradición nacional no es india. Sería, pues, irrazonable
imaginar que la identificación al modelo mistisignificaría
para el indio la asimilación a la cultura criolla. El indio constituye en el
Perú contemporáneo la antítesis misma del criollo,3 y esta antítesis es muy
percibida. El limeño habla de la gente de la sierra como de una especie social
distinta. Y esta condescendencia no es solo de la buena sociedad: el más
humilde de los empleados de banco consideraría a Puno como un exilio
insoportable. La prontitud y la vivacidad del uno son opuestos a la lentitud y
aun a la torpeza del otro. O, si se quiere, la seriedad del indígena hace
contraste con la ligereza del criollo. El movimiento indigenista ha exaltado en
el indio su dedicación, paciencia y ecuanimidad, es decir, sus cualidades
morales; y ha denunciado en el mestizo o en el criollo la falta de escrúpulo,
la ambición, al mismo tiempo que la indolencia, el espíritu de diversión y la
irresponsabilidad.
·
4 Tomo 1., pp. 14-15.
4La evolución de la que somos testigos ¿no hará del indígena un misti o un criollo?, ¿no está haciendo de él
un cholo? Esta hipótesis generalmente es evocada con inquietud, porque el cholo
no tiene buena reputación. Según un estereotipo común, reúne sobre su cabeza
las debilidades y los vicios de las dos culturas, al mismo tiempo que está
privado de las virtudes de una y de otra. Luis E. Valcárcel escribe en Historia
de la cultura antigua del Perú:4
·
5 En Tempestad
en los Andes (Biblioteca
Amauta, Ed. Minerva, Lima, 1927), Valcárcel escribe (p. 108)(...)
Los indios de la ciudad y los mestizos de indios (con predominio
de mestizo) son los yanacunas de los incas, desertores de sus comunidades,
desarraigados de su tierra, fuera de la protección y del apoyo del grupo, de la
gran familia. Hoy, como entonces, un espíritu de “yanaconaje” está pronto en
todo momento a ayudar al invasor, como a Pizarra y Almagro, contra la gente de
su propia raza.5
5El mestizo es descrito con los rasgos más sombríos: es un
traidor virtual, inestable y ansioso. La conclusión que se le podría atribuir a
nuestro autor es que un proceso de mestizaje cultural acelerado arriesgaría
multiplicar las muestras de esta especie. Este punto de vista nos parece
demasiado pesimista. Por otra parte, va mucho más allá de lo que la observación
nos permite prever. Reconozcamos que el cholo así descrito no es imaginario:
una ambición frenética, producida y reforzada por el desarraigamiento, no se
obstaculiza con muchos escrúpulos. Pero Valcárcel exagera los efectos de esta
ruptura con el medio tradicional; muchos artesanos de Puno han nacido en un
pueblo y no se han instalado en la ciudad sino en los primeros años de su
adolescencia. No podemos reconocerlos bajo estos rasgos tan poco halagüeños.
Nosotros mismos hemos señalado que la familia indígena, tan sólida en la
comunidad, parece dislocarse cuando el indígena va a instalarse a la ciudad.
Sin embargo, no debe generalizarse esta observación. ¿Por qué en ciertos casos
este trasplante es feliz y, en otros, desgraciado? Nos inclinaríamos a
establecer una primera distinción: la muchacha que deja sola su comunidad
tiene, en efecto, todas las oportunidades para que le vaya mal. Y el retorno le
será más difícil si ha tenido algunos hijos de parejas de ocasión. El hombre
joven, si logra aprender un oficio, puede convertirse en un pacífico artesano.
Todo depende de las salidas que se le ofrezcan y de su aptitud para sacarles
partido. El ejemplo de los carniceros de Manazo muestra que los cholos, no solo
como individuos sino como grupo, pueden conquistar una posición estimada y
hacerse reconocer sin equívoco. Valcárcel tiene, sin embargo, razón si quiere
decir que la promoción indígena no puede dejarse al azar de las aptitudes y de
las oportunidades individuales, sin correr alguno de los riesgos que señala.
Digamos que será mucho más fácil y feliz si pudieran mantenerse los lazos del
grupo primario y si los interesados pudieran encontrar un empleo fijo y
conveniente.
6Al retrato que hemos bosquejado del cholo agreguemos dos rasgos
que nos permiten comprender la notable vitalidad de este personaje: el cholo es
un viajero que mantiene sus lazos y, aun cuando deje definitivamente su pueblo
de origen, es raro que sea un desarraigado total. Todas las ciudades y pueblos
importantes de la región de Puno tienen un mercado semanal. En llave, por
ejemplo, hay feria los domingos en la que se intercambia, especialmente en la
buena estación, de julio a octubre, gran cantidad de ganado. La gente de la
Cordillera, los de Santa Rosa de Juli, por ejemplo, con el efectivo que
obtienen de su venta, se aprovisionan de tejidos o aun de legumbres, tubérculos
y cereales que no pueden cultivar en la puna. En Desaguadero, en la frontera
boliviana, las transacciones tienen lugar todos los martes (en el mismo pueblo,
en el lado boliviano, la feria se celebra los sábados). Frutas, plátanos,
naranjas y legumbres son transportados de lugares distantes, del valle del
Majes, cerca de Arequipa, o de los valles de la región de Sandia. De este modo,
los compradores bolivianos aprovisionan a su capital, por lo menos en parte, de
frutas y legumbres. Sin embargo, el tráfico se hace sobre todo en el otro
sentido. Los tejidos bolivianos atraen a los compradores peruanos por su buen
precio. Estos mercados atraen a la población indígena, que llega en camiones.
Muchas veces tuvimos la ocasión de recurrir a estos pintorescos vehículos,
caprichosos e incómodos. Aseguran una comunicación, irregular, entre Puno y
Desaguadero, entre Puno y Arequipa o aun entre Puno y Cuzco. Se trata de un
Ford, de un Chevrolet y de un GMC, en general en bastante mal estado. El
propietario comienza por reemplazar la cabina original por una de madera de
dimensiones más amplias: en lugar de tres o cuatro personas, podrá acomodar a
una decena en dos filas. Los caminos del altiplano son difíciles, enlodados en
tiempo de lluvias, y con la estación seca se transforman en pistas polvorientas
y onduladas. Sin embargo, los rigores del medio físico no explican por sí solos
el increíble estado de estos vehículos: son de norma las puertas sin cerraduras
y los vidrios rotos. Más de una vez hemos visto el pedal del acelerador
asegurado por un alambre. Los pasajeros de la cabina son los elegidos. En la
parte de atrás se apelotonan los indios, hombres, mujeres y niños, con sus
cargas y sus paquetes. Como sea, se acomodan cincuenta o sesenta personas. La
tripulación está compuesta por dos o tres personas; además del chofer hay uno o
dos ayudantes encargados de cobrar a los pasajeros. El chofer goza de gran
prestigio. Entiende algo de mecánica o, por lo menos, no deja de decirlo y sus
continuos viajes le dan un sentimiento de seguridad que lo determina a tratar a
sus clientes con desenvoltura.
·
6 Nota del 10 de mayo de 1953.
7El camión, ya lleno, se detiene para recoger a un viajero que
nos hace señas al borde de la ruta. Pero el chofer rechaza obstinadamente
aceptarlo porque lleva un paquete muy grande del que el indígena no quiere
separarse, y por cuya carga el chofer reclama una suma que el indio se declara
incapaz de pagar. El indio se humilla, finge llorar; el chofer permanece
inflexible y deja al viajero plantado en el mismo camino. Como intentábamos una
mediación, que resultó vana: —Es así como se debe tratar a esos indios, nos
respondió en tono brusco el chofer, a quien cualquier otro lo hubiera tratado a
él también como indio.6
·
7 Los peruanos dan el apodo de “roto” a sus vecinos chilenos.
8Cada camión tiene una existencia individual, su tripulación está
netamente individualizada. “El rey de las curvas”, “Voy a volver”, “El chasqui”
son algunos de los nombres que se leen en los parachoques; en otro se leía
“Quítate que te tumbo”. En Puno, la tripulación de uno de los camiones era
célebre, el chofer era conocido por el apodo de “Roto”,7 porque había trabajado algún
tiempo en las minas de Chile, e inspiraba terror en las horas de apuro y los
clientes no se acercaban a él sino con reverencia y circunspección.
9Tenía un ayudante, también muy popular, Raulito, un muchacho de
12 ó 13 años, sin igual para hacer pagar a los clientes. Los que viajan tienen
un gran caudal de paciencia y resignación. Apretados en la parte de atrás,
expuestos al viento, a la lluvia y al polvo, no se sorprenden si el chofer se
detiene indebidamente en cualquier pueblo o si un desperfecto los libra, sin
más remedio, a los inconvenientes de una noche a la intemperie.
·
8 Esta afirmación no podrá verificarse sino cuando se estudien
sistemáticamente las barriadas que se (...)
10Esta extrema movilidad del cholo no nos autoriza a ver en él a
un individuo que ha roto sus amarras. Se debe notar con qué facilidad entra en
conversación, toma contacto, hace amistad con los extranjeros. Por otra parte,
en cada ciudad tiene compadres, parientes o amigos. En Lima, es apreciable la
importancia de los clubs provincianos, donde los recién llegados del interior
encuentran amigos, conocidos o aliados. Un individuo que llega solo a la ciudad
tiene pocas oportunidades de permanecer así por mucho tiempo y, además, parece
que estos acercamientos y estas asociaciones están muy lejos de efectuarse a
capricho y fantasía, sino que siguen de muy cerca la red de afiliaciones,
amistades, vecindades y patriotismos locales. El cholo está lejos de ser el
individuo anómico, estigmatizado por Valcárcel; está unido a un “grupo
primario” bastante flexible, pero que lo sujeta a un sistema de recompensas y
sanciones relativamente estable y eficaz.8
·
9 No se ve muy clara la primera de las tres obligaciones
enumeradas por Mauss (dar, aceptar, devolve (...)
11Los lazos interpersonales parecen ser muy fuertes en los tres
grupos que hemos analizado. Las relaciones personales entre los indígenas nos
parecen caracterizadas por una mezcla muy curiosa de cooperación [fundada en la
reciprocidad) y de agresión (fundada en el desafío). El ayniteje
lazos muy sólidos y estrechos entre los diferentes miembros de una misma
familia y de un mismo grupo de residencia. El ayni constituye una prestación de servicios
a cargo de reciprocidad en el trabajo de los campos; hemos visto cómo el padre
y sus hijos adultos, los hermanos, a veces los cuñados o los primos, se ayudan
en la siembra y en las cosechas. No se trata solamente de individuos obligados
por el parentesco; los ahijados y sus padrinos, los compadres también trabajan
en ayni. Esta relación desborda el
círculo de la alianza y aun el del parentesco espiritual (padrinos, ahijados y
compadres). Incluye a los amigos y, generalmente, a todos los habitantes de un
mismo ayllu. Sobre todo, no se limita
a los trabajos del campo. Por ejemplo, cuando los miembros de un pueblo ayudan
a los recién casados en la construcción de su casa, en la colocación del techo,
es también en ayni. El
mismo principio de reciprocidad preside los obsequios que se intercambian en
ocasión de bautizos, matrimonio y entierros. No es raro, por ejemplo, que se
ofrezca un regalo a los recién casados con la mención muy explícita de que
constituye un obsequio o que es en ayni (el donante espera ser retribuido], e
incluso que sea declinado porque el destinatario lo juzga como contraparte
insuficiente a sus propias liberalidades. Estrictamente hablando, nadie está
obligado al ayni.
Naturalmente, si recibo, es necesario que devuelva. Pero no estoy obligado a
recibir.9 Puedo declinar la oferta; mi
rechazo lastimará, tal vez sea acogido como una ofensa, pero soy libre de
mantenerlo a costa de mis propios riesgos. Este es, evidentemente, el caso si
se trata de amigos o parientes lejanos. La misma situación se observa entre
hermanos. El aynino
constituiría una obligación casi incondicional sino respecto de los padres.
¿Puede en este caso hablarse de ayni, es
decir, de ayuda recíproca? ¿No debería hablarse de piedad filial? Incluso
tratándose del padre, no nos parece seguro que el rechazo a trabajar en ayni sea considerado como un crimen. El ayni se está convirtiendo en una obligación
contractual, en un imperativo hipotético de la forma: si se recibe una
prestación hay que restituir su equivalente; no es una obligación ética o
religiosa, de tipo categórico. Sin embargo, no es plenamente asimilable a una
máxima utilitaria: darás si tienes interés. Es indudable que la vitalidad de
estos intercambios ceremoniales se explica, en parte, porque constituyen
respuestas eficaces a los principales problemas de la vida indígena. El ayni,
al reducir a poca cosa la remuneración monetaria, frena la diferenciación
económica en el interior de las comunidades. Pero, más que instrumental, su
significación es simbólica y expresiva. Las prestaciones dadas y recibidas
constituyen un lenguaje por el que se expresa la solidaridad de las familias y
de toda la comunidad. El ayni da lugar a fiestas y, aun cuando se
trata de una prestación de servicios en el trabajo del campo, se acompaña con
ritos que señalan el carácter ceremonial de tal intercambio. La siembra, la
cosecha, el arado de la tierra no solamente significan trabajo, son también
fiestas: el ayni está en el complejo de fiestas y
ceremonias que marcan el año indígena.
·
10 Cfr. Cobo, ob. cit., libro XII, CAP. 24 y 25.
12Una cooperación normada por el principio de reciprocidad,
expresada con símbolos lúdicos, tal es el primer aspecto de las relaciones
interpersonales que inspiran al observador maravilladas consideraciones sobre
la sabiduría y virtud de los indios. Pero la norma de reciprocidad, cuyas
exigencias son claramente percibidas por los indígenas, no excluye entre ellos
la competencia y rivalidad. El Cuzco de los incas estaba dividido en una parte
baja y en una parte alta: hurinsuyo y hanansuyo.
No es muy fácil explicar este dualismo, y los cronistas que lo señalan como un
carácter difundido en todo el imperio ven en él una astucia de los incas para
ejercer un control más fácil sobre poblaciones, a las que así oponían mitad a
mitad.10Hasta hoy,
el antagonismo es muy aparente en las fiestas indígenas. El carnaval enfrenta a
muchachos y muchachas que se provocan de modo agradable; a adultos y jóvenes (a
los que provisionalmente se les permiten privilegios exorbitantes). En ocasión
del matrimonio, los padres y amigos de los cónyuges hacen despliegue de
magnificencia en los regalos que llevan a los esposos. En los cantos y en los
bailes no es raro que las suegras denigren a su nuevo yerno o a su nueva nuera
y que exalten a su propio hijo o su propia hija. Las fiestas patronales ofrecen
a los diferentes pueblos la ocasión de rivalizar en esplendor: Ichu no piensa
perder su reputación en provecho de Acora o de Chucuito. Este carácter
agonístico aparece también en la conversación indígena; en ella son frecuentes
los peores insultos y la burla que rebaja brutalmente al interlocutor. A veces,
las justas oratorias degeneran en combates singulares que, a su vez, conducen a
una extensión del conflicto.
·
11 Nota del 25 de marzo de 1953.
El domingo por la mañana en lchu las cosas pudieron terminar
mal. A la salida de la misa un hombre joven que había bebido más de la cuenta
le regateó unas bogas a una mujer de Chimu. Se mostró muy insistente y la mujer
se enojó. Un hombre, probablemente un forastero, se aproximó y lo recriminó.
Intercambiaron algunas advertencias que no comprendí pues la conversación se
desarrolló en aymara. Alrededor de ellos se formó un círculo de cinco a seis
hombres. Después, el primero quiso pegarle a su adversario. Los otros se
interpusieron, unos tomaron partido por el ebrio y los otros por el forastero.11
13¿Manifiesta el misti en sus relaciones con los demás y,
particularmente con los individuos que pertenecen a su mismo grupo, las mismas
actitudes que el indígena? El ayni no tiene un equivalente riguroso en el
mundo de losmistis: el intercambio de jornadas de trabajo
no es posible sino cuando las unidades intercambiadas son comparables, es
decir, homogéneas. El aynies
practicable si se trata de trabajo agrícola. Ahora bien, el misti no es un campesino. Es comerciante,
propietario de tierras, abogado o médico. Por el contrario, el principio de
reciprocidad aparece en una de las instituciones más características de la
sociedad misti; por lo demás, de esta se ha difundido
a la sociedad indígena. El compadrazgo o padrinazgo, de cierta manera,
constituye una relación de reciprocidad entre el padrino y el ahijado y entre
el padrino y el padre del ahijado. Las obligaciones a las que se obligan los
compadres no son de pura complacencia; el que quisiera substraerse a ellas sin
una buena razón, sería censurado. Cuando solicitamos un favor para un amigo,
comenzamos por excusarnos de solicitar una injusticia. El compadre que pusiera
por delante un motivo tan pobre sería tenido por cobarde o por felón. Precisemos
que las obligaciones del padrinazgo tampoco constituyen un sistema de
prestaciones totales. El ahijado no es un siervo y el padrino no es un señor
feudal; por otra parte, a nadie se le obliga a lo imposible. Pero como en la
sociedad misti tales obligaciones son confusas y mal
definidas, el antagonismo y la rivalidad dominan a la cooperación y la
reciprocidad. La fuerza del ayni proviene de que regula el intercambio
entre objetos más o menos comparables y mensurables y que este intercambio, en
lugar de ser puramente utilitario, ha conservado un valor simbólico. Los bienes
y los servicios, que se remiten a un orden fijado por los individuos cogidos en
el sistema del compadrazgo, en su mayor parte no son sino ritos que han perdido
mucha de su eficacia (los regalos a propósito del matrimonio) o bien, los
valores así intercambiados permanecen indeterminados y se desprenden más de la
buena voluntad del donante que de su docilidad a las exigencias de la estricta
justicia. Arriesga, pues, no hacer demasiado cuando ante sus ojos ya da de más;
aquí el intercambio no se presta, como en el ayni, a una
medida simple e indiscutible. Digamos que, entre losmistis, el principio de
reciprocidad no obedece a reglas claras y evidentes; no se encarna en
instituciones que aseguren su aplicación constante y sin tropiezos.
14Sin embargo, tanto para el indio como para el misti,
la cooperación y la hostilidad tienen siempre en mente a personas y casi nunca
se determinan a partir de prescripciones abstractas y anónimas. Si los indios y
los mistisse comprenden es porque,
unos y otros, imaginan las relaciones sociales sobre el modelo del lazo
personal. La cooperación organizada por el ayniune a
padres, compadres, amigos y, en resumen, se desarrolla en el interior de la
unidad familiar o, a lo más, del grupo de residencia. Sin duda, está normada
por la intervención de un principio abstracto: si recibo, debo dar; si doy,
estoy en derecho de recibir. Pero, me represento muy concretamente lo que doy y
lo que recibo; se trata de jornadas de trabajo, asociadas en espíritu a un tipo
bien definido de producción, a un círculo bien circunscrito de intercambistas.
En este punto, la actitud del misti de Puno es muy comparable a la del
indio. En primer lugar, el campo en el que se desarrolla su acción no es mucho
más amplio que el del indígena y, sobre todo, este campo es igualmente
percibido como una estructura cualitativa y no como un sistema mecánico de
posiciones y movimientos. El estatus está personalizado (“porque era él, porque
era yo”); casi nunca se relaciona con una jerarquía de roles, independientes de
los individuos que los cumplen. La sociedad aparece como un conjunto de
relaciones interpersonales entre el sujeto, sus padres, sus compadres y sus
amigos. Se comprende muy difícilmente la idea de que estas relaciones puedan
ser determinadas o modificadas por reglas trascendentes. No hay ley, solo
voluntades que obligan en forma diversa y eficaz. Esta característica aparece
en la actitud respecto de la justicia y de los magistrados. Aparece también muy
netamente en la conducta de nuestros amigos de Puno respecto de los
funcionarios: lo que importa, antes que nada, es saber si pueden ser
considerados como “amigos” o si se inclinarán a escuchar a nuestro adversario.
15Esta personalización extrema de las relaciones sociales no se
observa solamente en el interior del grupo misti y en el interior del grupo indio, sino
también en las relaciones de estos dos grupos. El indio es juzgado en nombre de
una justicia que comprende mal. Se le imponen carga —como el servicio militar—
que, en general, considera como puras obligaciones y simples vejaciones. Sin
duda, por prudencia, respeta las tradiciones. Por lo demás, no ve ninguna razón
en la mayor parte de las órdenes que debe ejecutar. No puede, pues, tratarlas
sino como enunciados de voluntad a las que es necesario someterse. Pero, por
otra parte, las voluntades cambian, pueden ser seducidas o ablandadas. Todos
nuestros amigos abogados han insistido en este punto; el indígena cree
firmemente que todo asunto puede arreglarse si el juez quiere. El misti también piensa espontáneamente sus
relaciones con los indios según las mismas imágenes y los mismos esquemas.
Aunque la razón es diferente, el resultado es el mismo. El propietario de
tierras, por ejemplo, no se creerá moralmente obligado por la ley a tales o
cuales obligaciones respecto de sus indios. Hablando estrictamente, no siente
obligaciones frente a estos o, más bien, no se siente obligado sino por las que
él mismo se reconoce porque, según él, las obligaciones no unen sino a los
iguales o, por lo menos, a quienes pertenecen a la misma familia o a la misma
clientela. Todas las obligaciones que el misti reconoce respecto del indio derivan de
un acto de buena voluntad de su parte; estas son concedidas y estrictamente
personales.
·
12 Muerto en 1958.
16Tocamos, tal vez, una de las razones por las que, a pesar de la
escasez de tierras para los indios y del hambre de acaparamiento en ciertos misti,
los conflictos agrarios jamás hasta ahora han sobrepasado la etapa de los
amotinamientos. Las situaciones se particularizan, se individualizan. Se echan
a perder en un sector porque allí un hacendado se muestra especialmente duro y
cruel o porque la resistencia indígena se organiza alrededor de un jefe
emprendedor y valiente. Sin embargo, este movimiento rara vez se extiende a
toda una región. Se quiebra por las deficiencias locales y, así, jamás toma
toda su amplitud. Agreguemos que la represión está centralizada. La
coordinación de estas pequeñas rebeliones locales exigiría que el órgano
central esté en manos de losmistis.
Dos veces las cosas han estado a punto de ponerse muy mal en la región de Puno;
una, en 1906-1907 y la otra en 1922. En los dos casos, el movimiento fue
dirigido por los mistis. El
jefe de la primera insurrección fue un anciano subprefecto de la provincia de
Chucuito, el comandante Gutiérrez, quien, finalmente, se escondió (sobre este
personaje he podido recoger informaciones orales: Gutiérrez desapareció de la
región más o menos en 1910 para pasar a Bolivia o a Chile; hacia 1920 aún se le
encuentra en un movimiento revolucionario boliviano). El segundo episodio
habría sido dirigido en sordina por un personaje considerable, intelectual de
renombre, hoy senador.12 Si, en ambos casos, los
sucesos tomaron un sesgo inquietante es probablemente porque los rebeldes
consiguieron aliados en la policía o en el ejército y porque el amotinamiento
fue seguido con cierta simpatía por algunos mistis.
17Es muy difícil organizar a la masa indígena basada, sin embargo,
en una cultura vivaz, en un grupo animado de voluntad propia. Hemos indicado,
al final de nuestro capítulo sobre la ciudad de Puno, las razones por las que
allí rehusamos hablar de clases. Indios y mistis se oponen por la posesión de tierras y
son conscientes de pertenecer a dos grupos de intereses opuestos. Pero, si el
hacendado tiene el sentimiento de que su autoridad reposa sobre el aparato
administrativo y policial, el indio evidentemente no tiene sino una conciencia
muy confusa de las vías y medios que exigirían el mejoramiento de su suerte y
más o menos explícitamente se entrega a otros, es decir, al fin de cuentas, a
los mistis. La promoción del cholo
se hace también, en parte por lo menos, gracias a los lazos personales que ha
sabido captar y retener. Pero mientras que los lazos personales en el indio o
en el misti son más bien del orden estatutario
(definidos por las relaciones de parentesco, de vecindad o de compadrazgo), en el
cholo participan de preferencia de una forma de sociabilidad más indecisa y
equívoca en la que dominan la habilidad, la intriga y también el encanto y la
gentileza. El cholo puede contar no solo con sus compadres, sino también con
sus compinches. Tal lazo es ciertamente menos estable, menos sólido, pero al
ampliar la red de conocimientos y de influencias protege al individuo y
acrecienta su poder. Este apoyo le es tanto más necesario cuanto que, en
general, el cholo es todavía un hombre joven que casi no puede emplearse sino
en tareas precarias. Está expuesto a los riesgos del desempleo y para no
permanecer mucho tiempo sin ser contratado, tiene que saber arreglárselas. La
inestabilidad, la fragilidad de su condición, lo obligan a compensar con
astucia, en el arte de hacerse enganchar, el handicap que le inflige su débil calificación
profesional.
18En esta sociedad de rápida transformación, el cholo nos parece
muy bien provisto. Conserva mucho de la antigua cultura tradicional y su
entrada en el medio urbano no le impone ciertamente pruebas tan intensas y tan
graves como al africano destribalizado. El cholo, al pasar del pueblo de sus
padres o de su pequeña ciudad a una grande, como Arequipa, Cuzco o Lima, sin
duda está expuesto a transformaciones profundas que tocan a sus hábitos más
esenciales, pero sus costumbres domésticas, el universo de sus relaciones
interpersonales, no se alteran hasta el punto que le resulten completamente
desconocidas. Entre su sociedad de origen y el mundo donde ahora va a desenvolverse,
las diferencias son muy numerosas y marcadas, pero no constituyen una
discontinuidad radical, no imponen al recién llegado al abandono y el reniego
de sí mismo. Lo que en realidad está en cuestión, es la aptitud de la sociedad
peruana para ofrecerle a este recién llegado el lugar que espera.
NOTES
1 Este error es particularmente
sensible en John Gillin (Moche,
a Peruvian Coastal Community, pp. 151-154; vertambién Mestizo
América, Mostofthe World, editado por Ralph Linton, pp. 156-212),
quien habla fácilmente de una cultura criolla, a la que considera dominante en
el Perú contemporáneo.
2 Algo notable: la pachamanca,
una de las diversiones más “criollas”, como su nombre lo indica, es una vieja
costumbre precolombina.
3 Valcárcel, por ejemplo, escribe
en Tempestad en los Andes (Lima, Biblioteca Amauta, con un
prefacio de Mariátegui): “el Perú es un pueblo de indios”. Esta afirmación se
prolonga en esta antítesis entre la costa y el interior: “Estas dos regiones
representan dos sexos: femineidad de la costa, masculinidad de la sierra
(Valcárcel, ob. cit., pp. 115-120).
4 Tomo 1., pp. 14-15.
5 En Tempestad
en los Andes (Biblioteca
Amauta, Ed. Minerva, Lima, 1927), Valcárcel escribe (p. 108): “el mestizaje de
las culturas no produce sino malformaciones. De un vientre de América nace un
nuevo ser híbrido. No hereda las virtudes de sus antecesores, sino sus vicios y
sus taras”
6 Nota del 10 de mayo de 1953.
7 Los peruanos dan el apodo de
“roto” a sus vecinos chilenos.
8 Esta afirmación no podrá
verificarse sino cuando se estudien sistemáticamente las barriadas que se
forman alrededor de las grandes ciudades peruanas. Nuestra impresión, apoyada
en la encuesta realizada en Lima por el Instituto de Etnología de la Universidad
de San Marcos, es que resulta engañoso hablar de desintegración y disolución
sociales. Lo que, por el contrario, nos sorprende, es la resistencia y
plasticidad de la cultura indígena, la facilidad con que los individuos y
familias llegados del interior se adaptan a condiciones muy duras y difíciles.
A primera vista, estaríamos inclinados a aplicar a Lima una expresión de Oscar
Lewis referente a México: “Urbanization without breakdown”. En Scientific
Monthly, julio, 1952, LXXV, pp. 31-41.
9 No se ve muy clara la primera
de las tres obligaciones enumeradas por Mauss (dar, aceptar, devolver). Mauss,
“Essai sur le don”. En Anthropologie et
Sociologie, PUF, París, 1949.
10 Cfr. Cobo, ob. cit., libro XII,
CAP. 24 y 25.
11 Nota del 25 de marzo de 1953.
12 Muerto en 1958.
©
Institut français d’études andines, 2012