CAMBIOS EN PUNO Capitulo 2, La Estructura Agraria
CAMBIOS EN PUNO
Capítulo 2. El conflicto de intereses: la
estructura agraria
p.
81-141
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1 Bloch, Marc, “Le probleme des régimes
agraires”. EnBulletin de
l'Institut Français de Sociologie, (...)
1 No basta abrir los ojos para observar; muy a menudo no vemos
la realidad porque los prejuicios envuelven nuestra percepción. Durante las
primeras semanas de nuestra estancia en Puno estábamos obsesionados por la
investigación de las supervivencias comunitarias. La cultura incaica fue
recubierta por aportes españoles y cristianos y muy a menudo encontramos que en
las tradiciones indígenas hay menos creencias y ritos propios de los autóctonos
que costumbres de la España del siglo xvitransportadas a América. La magia de
los indios que tan constantemente mezcla objetos de culto católico, crucifijo y
rosario, con la hoja de coca o con la grasa de la llama, untu,
merece un estudio especial. Pero ¿no encontraríamos intactas en la estructura
agraria algunas de las características distintivas de la gran civilización tan
trágicamente interrumpida por la conquista española? La rotación de las
cosechas, las técnicas de cultivo, cambian más lentamente que los códigos y los
regímenes militares o políticos. Aun cuando sea absurdo considerar a las
sociedades rurales como inmóviles, la actividad del campesino muestra “mucho
más netamente que cualquier otra” la profunda solidaridad del presente y del
pasado.1
La
tesis indigenista
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2 En 7 ensayos de la interpretación de la
realidad peruana. Mariátegui
reproduce con una fuerza y au (...)
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3 Para la definición de la palabra ayllu véase las páginas siguientes: El aylluprecolombino.
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4 Véase Mariátegui, ob. cit., p. 70. “Si el
comunismo incaico no fuera evidencia histórica incontest (...)
2En un libro que ha contribuido bastante al diseño de la imagen
que el peruano de hoy se hace de su propio país2 José Carlos Mariátegui sostiene que el ayllu3 o comunidad indígena prolonga hasta nuestros días la
organización comunista de los incas4 Frente a esta institución, en la que se habrían conservado todas
las virtudes ancestrales, Mariátegui describe la hacienda, producto de la
rapiña, de las exacciones y de la arbitrariedad de los conquistadores. Esta
antítesis es constante en la ideología del Perú contemporáneo. Los
“indigenistas” la usan como base de su programa agrario: expropiar a los
expoliadores y devolver a los indios las tierras de las que han sido
despojados. Esta antítesis, una vez que se modifica el valor asignado a cada uno
de los términos, guarda toda su fuerza para los conservadores: la comunidad
nada agrega a la producción nacional; los indios que la componen viven hundidos
en la rutina y producen a lo sumo para su mantenimiento. Tal contraste entre
hacienda y comunidad se impone a primera vista. En la región de Puno se oponen
dos sistemas político-jurídicos; allí, como en todo el Perú, se concibe la
propiedad privada según las categorías del Derecho romano occidental, llevado
por los conquistadores españoles y confirmado cuando no reforzado desde la
Independencia; pero, por otra parte, sobreviven y probablemente en Puno más que
en ninguna otra parte de la república, costumbres relativas a la posesión y a
la propiedad de las tierras, a las modalidades del trabajo y a los cultivos que
se pueden calificar con mayor o menor precisión como comunitarios y cuyo origen
incaico, o aun precolombino, generalmente es admitido. La vida de las
aglomeraciones rurales, de fuerte predominio indígena, está regida por un
sistema más o menos coherente de costumbres que se desprenden del segundo
sistema; más concreta se encuentra en Nuestra comunidad indígena de Hildebrando Castro Pozo (Lima,
1924): “Todavía hoy las tierras comunales pertenecen a todo el ayllu, es decir
al conjunto de familias que constituyen la comunidad [...] Cada familia posee
una parcela de tierra que cultiva, pero que no puede alienar porque, en
realidad, no le pertenece [...] Hay dos categorías de tierras, las que se
cultivan en común y que están consagradas a algún santo y las que poseen cada
familia para sí, esta últimas se tiene de por vida [...] hasta que vuelven a la
masa después de la muerte del jefe de familia que tenía el usufructo”. Castro
Pozo destaca la fuerza de las tradiciones comunitarias pues, según él, las tierras
son de propiedad colectiva; y cuando no lo son, serían objeto de una posesión
familiar vitalicia. El autor alega hechos recogidos en el centro (Muquiyauyo) y
norte (Cajamarca); la misma interpretación se encuentra en la novela de Ciro
Alegría El mundo es ancho y ajeno. Esta interpretación tuvo gran
popularidad en la literatura e ideología indigenista entre 1920-1945, antes del
desarrollo de los primeros estudios positivos sobre la vida social de las
comunidades indígenas.mientras que los blancos y los mestizos que poseen una
propiedad ejercen en ella, en teoría por lo menos, todos los derechos que la
definen en nuestra concepción occidental (libertad de comprar, de vender y de
disponer).
3Pero esta primera calificación resulta insuficiente. En la región
de Puno, por lo menos, la hacienda no se compara sino mal, y de muy lejos, con
una explotación agrícola regida por las normas del provecho. El propietario es
teóricamente dueño absoluto. Pero necesita contar con sus “colonos”. Como lo
veremos, no dispone de sus tierras a su albedrío. Una vez que ha delegado el
uso de ciertas tierras a los indios, le es muy difícil retomarlas. En
apariencia dueño y señor, el hacendado está ligado por un complejo sistema de
tradiciones y por la presión obscura de la masa indígena sobre la que ejerce su
poder. En cuanto a la comunidad, ¿es comunista o siquiera comunitaria? El
campesino, del que la literatura indígena elogia la perfecta adhesión a su
pueblo y el maravilloso espíritu de solidaridad, tiene un sentido muy vivo de
la propiedad individual. Los indios que en Puno esperan turno para entrar en el
bufete del abogado no van solamente a someterle los litigios que los oponen a
los mistis. En
buena parte de los procesos, los comuneros están divididos entre ellos. Después
veremos mejor cómo disputas sin término sobre herencias afligen a buen número
de familias. Renunciemos pues a la fácil antítesis entre el comunismo de la
comunidad y el individualismo del hacendado o, más bien, no la tomemos sino con
prudencia y estemos prontos a rectificarla y a matizarla.
La
organización agraria precolombina
·
5 Para los cronistas que constituyen nuestra
única fuente escrita sobre la civilización incaica, ver (...)
4Esta antítesis despierta, con seguridad, muy serias reservas si
se le toma en un sentido histórico. La organización actual de la comunidad ha
sufrido alteraciones a lo largo de la Colonia y desde la independencia, unas
voluntarias y provocadas por los conquistadores, otras espontáneas y más o
menos endógenas, que finalmente han alterado considerablemente su primitivo
diseño. Por otra parte, ¿qué se sabe de la organización agraria precolombina?
Esta inmensa pregunta aún espera a su historiador. No es seguro, por lo demás,
que se disponga de todas las informaciones necesarias para resolverla. Los
cronistas5 es decir los militares, misioneros y funcionarios españoles —de
cuyo grupo se distingue el primer mestizo ilustre, el inca Garcilaso de la
Vega, hijo de un conquistador y de una princesa del Cuzco—, han descrito el
fabuloso reino con gran abundancia y precisión variable. Pero sus intereses no
tocan siempre lo que nosotros quisiéramos que hubieran estudiado. Cobo, por
ejemplo, en su Historia del Nuevo Mundo,
se maravilla de las especies vegetales y animales que encontró en este mundo.
Presta también mucha atención a las creencias y supersticiones de los
autóctonos. Nunca está lejos el apologista que trata de convertir a los
infieles. Cieza de León da gran importancia a la sabiduría política de los
incas y, cuando trata de sus conquistas y extensión de los territorios, nos
hace pensar en el Montesquieu de Las consideraciones;Garcilaso,
por su parte, prepara a Marmontel. Casi todos los cronistas son sensibles al
medio natural en el que se desarrolló el imperio, a la maquinaria
administrativa de la que admiran su eficacia, a los ritos y creencias que los
intrigan y que a veces los seducen y otras los molestan. Son mucho menos
locuaces sobre la infraestructura de la sociedad incaica. Sin duda, se dieron
cuenta del abigarramiento étnico del imperio. Cuando se esfuerzan en establecer
la cronología —por otra parte obscura— de los soberanos del Cuzco, se extienden
con complacencia en las expediciones contra los pueblos de la costa o contra
los de la selva. Pero, por otra parte, dan muy poca información sobre los
pueblos sometidos por el Inca. Insisten mucho más en la maquinaria asimiladora
de la administración imperial que en la heterogeneidad original de los
elementos que unificaba. Así, nuestra mayor información recae especialmente
sobre las estructuras religiosas, políticas y administrativas de la sociedad.
·
6 Comentarios reales, parte
I, libro VIII, cap. 9 y 10.
·
7 La observación de Garcilaso es muy general.
Después de los 3500 m el maíz no madura; está ausente (...)
·
8 Garcilaso, ob. cit., en particular, parte
I, libro 5, cap. 2 y 15; y Cobo, ob. cit., libro 12, cap (...)
·
9 Cobo, ibid.
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10 Garcilaso, ob. cit., parte I, libro 5, cap.
3.
5Sin embargo, es su infraestructura la que más intriga a los
autores recientes. La célula del imperio era, según se dice, el ayllu. Esta palabra designa hasta hoy, tanto
en quechua como en aimara, a la comunidad de pueblo. Por otra parte, es muy
vaga, porque se aplica tanto a un pueblo como a una parcialidad. Ichu es un ayllu,
y también Ojerani o Tunuhiri, que son divisiones o dependencias. Digamos que,
en el vocabulario corriente, se puede llamar ayllu a toda aglomeración indígena de
volumen e importancia inferior a la de una cabecera de distrito. Sobre el aylluprecolombino
nuestra información es de valor muy desigual. Ciertos puntos están bien
establecidos, otros permanecen en duda. Los cronistas concuerdan más o menos en
lo que toca a las plantas y a las técnicas agrarias. Garcilaso de la Vega66 señala a la quinua y el maíz como las dos plantas esenciales de
la cultura incaica.7 Los indígenas, hay que precisarlo, dejaban descansar las tierras
para cultivar nuevas. Garcilaso también nos informa sobre los trabajos de
irrigación y las terrazas, gracias a los cuales se evitaba la desastrosa
erosión de los suelos. En estos puntos, el acuerdo se logra sin dificultad. En
lo relativo al orden que los indios tenían para cultivar sus campos, los textos
son numerosos e igualmente convergentes.8 En primer lugar, el trabajo era comunitario. El trabajo, nos
dice Cobo, era supervisado por los hilacata, es decir por los
jefes del ayllu, que atribuían a
cada uno una sección o suyu, en la que el
interesado trabajaba ayudado por su familia; de esta manera, el individuo que
por disponer de un mayor número de ayudantes terminaba primero era considerado
como rico.9 Pero ¿era el Inca el único propietario? “En tres partes de
tamaño desigual estaban divididas todas las tierras, la primera era asignada al
inca; la segunda a la religión y a sus sacerdotes y la tercera a los
productores, es decir a los miembros del ayllu”. Esta división no era
aritméticamente igual. Cobo nos informa que en la región de Arapa (departamento
de Puno), al sol y a los otros dioses se habían atribuido todos los terrenos y,
en consecuencia, todos sus frutos; en otras regiones, la parte del emperador
era con mucho la mayor. En cuanto a la tercera parte que tocaba al pueblo,
debía en general ser bastante grande para satisfacer el mantenimiento de la
población. Según Garcilaso,10 la distribución tenía en cuenta las necesidades de los
productores.
Ellos (los incas), daban a cada indio un tupu, es decir un
pedazo de terreno, para allí sembrar maíz. Un tupu de tierra bastaba para
alimentar a un hombre casado siempre que no tuviera hijos; inmediatamente que
los tenía se daba a cada hombre un tupu y a cada hija la mitad de esta medida.
Si el hijo de la casa se casaba, su padre le daba entonces la tierra que él
había recibido para su mantenimiento... Cuando las hijas se casaban no se les
entregaba ninguna tierra, bastaba que sus maridos tuvieran para mantenerlas.
6Este testimonio reproduce el más breve de Cobo:
Las tierras se distribuían cada año entre los individuos por el
jefe del ayllu, no en partes iguales, sino en proporción al número de hijos y
padres a cargo de cada uno; y según que la familia se acrecentara o disminuyera
la parte se hacía más grande o más pequeña.
7Para subrayar mejor la relación tan estrecha entre el volumen de
la producción y las necesidades de los productores, Cobo agrega:
·
11 Cobo, ob. cit., libro 12, cap. 28.
A nadie se le atribuía más terreno que el necesario para
mantenerlo, fuera noble o simple ciudadano, aun si esto provocaba que mucha
tierra quedara en descanso; este reparto anual, prosigue nuestro autor, se
practica todavía en la provincia del Collao (área del lago y del altiplano) y
yo mismo he sido testigo de ello en la región de Chucuito.11
·
12 Cfr. Cieza de León, Del
señorío de los incas, cap. XXII; Cobo, ob. cit., libro 13, cap.
33-35.
·
13 Ibíd.
8Propiedad de las tierras por el Inca, trabajo comunitario y
reparto de tierras según el principio de “a cada uno según sus necesidades” son
tres rasgos bien establecidos que caracterizan el ayllu. Agreguemos —y en este punto nuestros
textos también están de acuerdo— que el ayllu no constituía en modo alguno una
unidad autónoma y descentralizada. Estaba sometido a la muy exigente autoridad
de los representantes del poder central. La burocracia incaica era compleja y
muy diferenciada, y su acción se dejaba sentir hasta en los agrupamientos más
elementales. Cada grupo de diez hombres estaba sometido al control de una
especie de capataz, nombrado y revocable por las instancias administrativas
ordenadas en pirámide. De esta intervención de la autoridad política y
administrativa en la vida delayllu,
el ejemplo más famoso lo ofrece la institución de los mitima12 “Se llamaba mitima, dice Cieza de León, a los individuos
transferidos de una tierra a otra”. Esta transferencia de población arrancaba
de los territorios recientemente conquistados a los individuos cuya fidelidad
era todavía dudosa y se les reemplazaba por vasallos —dice Cieza—, escogidos de
los territorios anexados más antiguamente y a quienes los primeros iban a relevar.
La primera y más clara intención de tal política era la de asegurar la paz y el
orden en las recientes conquistas. Los incas perseguían también un objetivo más
amplio. Al poner en contacto a sus nuevos subditos con una población ya
asimilada, aceleraban su aculturación: “... de tal suerte —dice Cieza—, que
aquéllos, los mitima, comprendieran y supieran lo que comprendían y sabían las
gentes que eran desde hacía tiempo sus vasallos”. Tal vez las consideraciones
demográficas no eran ajenas a estos arreglos: “así enviaban (los incas) a
poblar y valorar las regiones menos densamente ocupadas, con la única condición
que el clima de dicha región tuviera relación con el clima de la región de
donde provenían los mitima”13
El ayllu precolotmbino
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14 Es Rowe quien hace esta observación con
buen sentido (Handbook,
v. 2, p. 273): “Calificar o no de (...)
·
15 Saavedra, El ayllu.
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16 Durkheim citado por Davy, G., Des
Clans aux Empires, p. 18.
9El ayllu, cuando los
españoles llegaron al Perú, era una unidad comunitaria de producción, sometida
al control continuo de una autoridad política central que, además de la
propiedad eminente del suelo y de un tributo probablemente fijo en horas de
trabajo, se había reservado el derecho de intervenir en la cultura y en la
afectación de la mano de obra; tal es la hipótesis que parece más o menos
establecida. Son tales hechos los que autorizan, si se quiere, a hablar del
“imperio socialista de los incas”.14 Por el contrario, sobre los orígenes del ayllu preincaico la obscuridad permanece
casi impenetrable. Se ha imaginado que el ayllu era un clan estrictamente exogámico,
de derecho uterino, de religión totémica, cuya estructura habría sido
tardíamente alterada por la administración de los señores del Cuzco. Bandelier
sugiere esta hipótesis. Saavedra la ha desarrollado con dedicación,15 pero el asunto parece irremediablemente obscuro. Dejemos de lado
la cuestión del totemismo. Nuestras informaciones mejor establecidas se
refieren a la religión incaica que, en todo caso, había sobrepasado largamente
el estado totémico. La herencia de los cargos públicos se verificaba por línea
masculina. Probablemente, en el momento de la conquista, el ayllu era una unidad endogámica, cerrada
sobre ella misma, como más o menos ha permanecido. Para afirmar con alguna
seguridad un estado anterior de exogamia, habría que recurrir a una hipótesis
auxiliar, como la existencia de la fratria, es decir “de un clan primario
segmentado en cierto número de clanes secundarios... que hacen del agregado formado
por su reunión un grupo dotado de cierta unidad”,16 de la que no se ve traza alguna. Si la filiación uterina y la
regla de exogamia deben ser tenidas por suposiciones arbitrarias, es generalmente
más admitido que el ayllu constituye una unidad en la que los
lazos de parentesco son fuertes y vivos; por otra parte, la palabra se emplea
también en el sentido de linaje para designar las diferentes secciones de la
familia imperial.
Hacienda
y encomienda
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17 Matienzo, citado por Kubler, p. 367,
“Colonial Quechwa”. En Handbook
of South American Indians, pp(...)
10Ahora bien ¿cómo es que estas instituciones fueron afectadas por
la conquista? El ayllu muy pronto se vio incluido en las
redes de la encomienda. En segundo lugar, por diversos procedimientos, unos
jurídicos, otros de simple violencia, los conquistadores españoles se
apropiaron de una fracción variable, según las regiones, de las tierras de los ayllu. Notemos, en primer lugar, que el
sistema de la encomienda es muy flexible. En teoría, no constituye una
transferencia de la propiedad (en su origen, el encomendero no era un
propietario) sino una especie de contrato, por el que se entrega a la guarda de
un español un grupo de indios, de cuya evangelización debe cuidar. El
encomendero está autorizado a cobrar un tributo, pero muy rápidamente llegó a
utilizar a su guisa la mano de obra indígena. La encomienda no es, pues, en su
origen, sino un derecho de recibir ciertos bienes y servicios especificados
ofrecidos más o menos gratuitamente por los indígenas. Ese derecho,
graciosamente concedido por el virrey, no era por otra parte hereditario, ni
siquiera permanente. Pero una vez instalado, el encomendero trata de afirmarse
y de consolidar su empresa. Se esforzará en convertirse en propietario de pleno
derecho y, si las leyes le prohiben transformar la encomienda en hacienda,
desea y a veces obtiene que algunas tierras sean para él. El favor del virrey
provee a esto. O bien ventas más o menos obligadas le permiten adquirir de los
notables indígenas algunas parcelas de cultivo y de pasto.17 La institución de la encomienda, la apropiación violenta y las
donaciones del virrey constituyen probablemente los mecanismos más notables por
los que se logró la constitución de la hacienda sobre los despojos del ayllu.
·
18 Citado
por Kubler, “The Quechua in the Colonial World”, p. 364.
11Sin embargo, la comunidad no desaparece. Sobrevive aún
recubierta por la encomienda. Por otra parte, no es seguro que los
conquistadores hayan alguna vez pretendido extirparla. No tenemos la cualidad
necesaria para describir la política de la administración española. Digamos,
sin embargo, que algunas veces fue empleada para poner coto a la avidez
impaciente de los conquistadores. Así, para limitar los abusos de los
encomenderos, se instituye al corregidor. Los españoles parecen dudar entre una
política de asimilación (se convierte a los indígenas y se les emplaza a
renunciar a sus prácticas idolátricas), y una política respetuosa de las
tradiciones locales (se esforzó en conservar las instituciones incaicas que
facilitaran la tarea de los administradores). Es en la actitud de los
conquistadores respecto de las autoridades del ayllu que estas dos tendencias se encuentran
muy claramente indicadas. Los españoles, en primer lugar, dejaron subsistir
ciertos cargos y Matienzo nos ofrece la lista de indios notables18 (curacas, denominados caciques por los españoles) cuyo rol, por
subordinado en que se hubiera convertido, se mantuvo formalmente. Treinta años
más tarde, en una ordenanza famosa, fechada en Arequipa el 6 de noviembre de
1575, el virrey Toledo define una política diferente. Prescribe que los indios
sean organizados en cabildos o municipalidades, y fija el procedimiento de
designación de esos notables indígenas. Los títulos de los diversos cargos
vienen de España: corregidor, alcalde, regidor, alguacil, mayordomo. Dos rasgos
se desprenden del texto de Toledo. En primer lugar, el corregidor, a la vez
magistrado y administrador, especialista en asuntos indígenas, tiene mano libre
en la municipalidad. A él le incumbe convocar a los indios en sesión plenaria
el primero de enero. Designa los titulares si los que salen no logran ponerse
de acuerdo sobre el nombre de sus sucesores. Es poco probable, en todo caso,
que los indios se aventurasen a proponer individuos que no hubieran tenido la
aceptación del corregidor. Un segundo aspecto merece ser destacado en esta
ordenanza de Toledo: el cuidado del virrey por descartar de estos cargos a los
curacas, caciques, indios principales y, en resumen, a los indígenas notables.
El artículo VI estipula que el cacique, y aun el segunda —segunda persona de la
jerarquía indígena tradicional—, no pueden ser designados alcalde ni regidor.
Una precaución no menos interesante es mencionada en el artículo VII. Los dos
alcaldes no pueden ser uno y otro indios principales, ni entre ellos parientes
cercanos. De este modo, en el ayllu aparecen dos jerarquías que en ciertos
aspectos coinciden y en otros se oponen: la organización formal impuesta más o
menos brutalmente por el conquistador, o más bien por la autoridad
administrativa central, y una organización informal, más o menos indígena y
espontánea.
12La comunidad indígena actual es, si se quiere, la heredera del ayllu incaico, aunque el legado se ha
alterado mucho con el tiempo. ¿Qué pasa hoy con el trabajo comunitario, con la
apropiación de los terrenos por el Estado, con el modo de designar a los
notables? Como régimen agrario, como sistema jurídico, como tipo de repartición
de la autoridad, la comunidad conserva de su modelo original numerosos rasgos,
pero alterados, borrados y a menudo apenas perceptibles. Del mismo modo, cuando
se califica de individual la gran propiedad de tierras, se habla en vano. El
hacendado no es totalmente ni un empresario agrícola ni un señor feudal. La
organización de la hacienda incluye con toda seguridad elementos tomados de la
España del siglo xvi: la hacienda procede de la
encomienda y conserva mucho de la organización agraria precolombina. Entre
hacienda y comunidad los contrastes son mucho menos marcados de los que una
primera observación permite suponer. La historia restituiría las continuidades
y discontinuidades, los pasajes y las rupturas entre una y otra. Pero el
sociólogo no puede olvidar que su antítesis constituye una de las
características más notables del paisaje social actual. Vamos a tratar, en las
páginas que siguen, de describir brevemente la estructura y el funcionamiento
de una comunidad y de una hacienda, que hemos podido observar y de las cuales
disponemos de informaciones directas y verificables. Trataremos de definir el
conflicto entre esos dos tipos de organización y las soluciones.
LA
COMUNIDAD
En
busca de una definición
·
1 Cuando Bourricaud escribe este texto,
estaba en vigencia la Constitución del 29 de marzo de 1933,(...)
13La palabra comunidad se emplea de una manera tan vaga, y se
aplica a situaciones tan alejadas unas de otras, que vale la pena comenzar por
fijar ese punto del vocabulario. Precisemos inmediatamente que la palabra
comunidad puede entenderse en un sentido técnico relativamente claro y
definido, el que le dan los legisladores y los redactores de la Constitución.
Se trata de un grupo indígena, cuyo reconocimiento jurídico está subordinado al
cumplimiento de ciertas condiciones, investido de ciertos derechos y al que se
le imponen ciertas reglas en cuanto al funcionamiento de su administración
interior. Los terrenos de la comunidad son “imprescriptibles”, según el
artículo 41 de la Constitución de 1920;1 así se impide su acaparamiento por el misti. Los comuneros eligen a cierto número
de representantes —personeros— para la administración de los intereses comunes.
Una ley de 1925 determinó las condiciones de las que depende el reconocimiento
jurídico: es necesario que las tierras sobre las que se ejercerá la propiedad
colectiva no sean objeto de ninguna reivindicación o disputa por parte de un
propietario vecino. La ley impone a los indígenas la obligación de levantar el
plano de las tierras que pretenden tener en comunidad y deja a las autoridades
el cuidado de apreciar si la oposición de los propietarios limítrofes es o no
válida. Estas acciones de reconocimiento a veces toman varios años, como en el
caso de Capachica, y el hacendado, inquieto de ver constituirse frente a él a
un poderoso grupo indígena, empleará todos los medios para frenar tal
procedimiento. En 1958 no había sino 33 comunidades inscritas para todo el
departamento de Puno. Todavía es necesario agregar que, de esta cifra, cinco
por lo menos ya no tenían en esa fecha sino una existencia legal y, por decirlo
así, ficticia. Esta situación puede parecer sorprendente en una región en la
que la población indígena es tan densa. Para disipar esta sorpresa, basta
observar que el reconocimiento está ligado a cierto número de procedimientos
largos y laboriosos, que los indígenas no tienen oportunidad de ver sus
gestiones llegar a fin si es que no son ayudados por políticos locales que
hagan presión sobre los funcionarios de Lima. En el caso de que las autoridades
rehusen o se vuelvan tardas de oído, el procedimiento arriesga a prolongarse
hasta que los solicitantes indígenas se cansen. Agreguemos que, para proteger
los bienes de la comunidad, la ley los vuelve intransferibles; ni siquiera
pueden servir de garantía. Con el desarrollo de las operaciones de crédito, los
indígenas se han dado cuenta de los peligros que les significa el
reconocimiento jurídico de sus comunidades.
14Además, la comunidad instituida por ley no solamente alcanza a
los bienes terrenos. De esto nos pudimos dar cuenta no en Puno, sino en ocasión
de una rápida excursión que en agosto de 1953 hicimos al valle del Mantaro.
Esta región, en la que el mestizaje cultural es de los más avanzados, se
caracteriza, simultáneamente, por el renacimiento de los movimientos
comunitarios y por la vitalidad de la pequeña propiedad indígena. Tuvimos la
ocasión de visitar la comunidad de Muquiyauyo, pueblo que dista tres kilómetros
de Jauja, a menudo descrita como comunidad modelo, y resulta cierto que a
primera vista el éxito de sus empresas es realmente notable. Lo que en primer
lugar nos llamó la atención es que la actividad comunitaria no estaba, ni
exclusiva ni principalmente, orientada hacia la valoración de los campos
comunales, sino a la producción de corriente eléctrica. La pequeña planta, que
no solo da corriente al mismo pueblo, sino también a la mayor parte de la
ciudad de Jauja, le ofrece a la comunidad recursos considerables. El empleo de
esos ingresos plantea un problema curioso. Lejos de distribuirlos entre los
comuneros, que de este modo podrían darle el uso que les conviniera, las
autoridades piensan en nuevas inversiones comunitarias. Con los beneficios
obtenidos de la venta de la electricidad se proponen montar una fábrica textil
o aun constituir una sociedad para la compra de material agrícola. El
presidente, que discutió largamente con nosotros, tenía clara conciencia de los
límites que la ley impone a las comunidades en cuanto a la utilización del
crédito. Notemos bien esta característica. El territorio comunal es de
extensión relativamente débil. En Muquiyauyo no representa sino unas 50
hectáreas, por otra parte dispersas. Es decir que los comuneros poseen a título
individual la mayor parte de las tierras y la poca importancia de los campos
comunales es todavía subrayada por el hecho de que los mismos comuneros los
tienen alquilados. No es, pues, la posesión común de tierras sino más bien de
la planta eléctrica, establecida con los ingresos de los campos comunales, que
la comunidad obtiene la mayor parte de sus rentas. Por último, el estatuto
jurídico de comunidad le parece a la gente de Muquiyauyo cada vez menos
conveniente a sus necesidades y proyectos. Las dificultades que encuentran para
procurarse créditos llevan a los dirigentes a desear que la comunidad se
transforme en sociedad anónima. Para la ley, Muquiyauyo es una comunidad. El
uso común confirma la palabra: se convendrá que estamos lejos del ayllu. En todo caso, el régimen de la tierra
tiene allí muy poca importancia. No es la propiedad colectiva de unas 50
hectáreas la que explica la vitalidad de Muquiyauyo.
15Muquiyauyo y la región del Mantaro, en donde el mestizaje está
muy avanzado, ¿constituyen un caso excepcional? La situación de las comunidades
reconocidas en Puno confirma la situación de Muquiyauyo por lo menos en un
punto: las tierras explotadas bajo régimen comunitario no constituyen sino una
parte de las tierras de las que viven los indígenas. El comunero posee a título
individual un campo que es su bien propio y del que obtiene parte de su
subsistencia. Por eso sería completamente inexacto juzgar la importancia de las
comunidades reconocidas por la sola extensión de las tierras que poseen. No es
el régimen jurídico de la propiedad solamente ni, como lo veremos, ninguna
institución política particular; es la vitalidad de ciertos sentimientos o de
ciertas actitudes lo que hace la comunidad. Esos sentimientos, en lugar de
encarnar en instituciones jurídicas, económicas o políticas firmemente
organizadas, ahora se manifiestan y se satisfacen o aun se refuerzan, por una
expresión simbólica rejuvenecida, la planta eléctrica o la cooperativa. ¿Qué
importa que las tierras en su mayor parte correspondan a la propiedad
individual? La parte colectiva puede parecer insignificante en relación con el
conjunto de tierras disponibles. Pero los sentimientos comunitarios continúan
animando las instituciones que, si bien pierden mucha de su importancia cuando
se considera su función social explícita, adquieren una nueva cuando se
considera su función cultural latente. La construcción colectiva de las casas
tal vez retrocede ante el progreso de la división del trabajo; esta sería
descuidada desde el punto de vista técnico y económico si continuara como una
fiesta que permite una expresión culturalmente sancionada de los sentimientos de
solidaridad. Se tendría dificultad en definir la comunidad por un conjunto de
instituciones específicas; ¿no podría caracterizársele por la solidaridad, por
el espíritu comunitario de sus miembros?
16¿Se invocará la fuerza de la ayuda mutua? Después tendremos
ocasión de tratar del ayni e intentaremos ligarlo al sistema de
dones y prestaciones que “obligan” al individuo a todo lo largo de su vida.
Este complejo de instituciones regidas por el principio de reciprocidad es de
origen precolombino y se puede admitir que la permanencia de tales costumbres
constituye un criterio importante para identificar a la comunidad. Si ese
principio de reciprocidad solo aparece como un ideal, es necesario buscar en
qué reglas particulares se encarna y se determina. Los trabajos colectivos
gratuitos pierden terreno. La construcción de las casas se despoja de su
carácter de ayuda mutua y, en lugar de constituir una prestación con cargo de
reciprocidad, tiende cada vez más a organizarse sobre la base de una
remuneración monetaria. No obstante que hay un cambio por la transformación del
medio físico, social y cultural, en las circunstancias u ocasiones a propósito
de las cuales se manifestaba la solidaridad, puede ser que permanezca
inalterable el principio implícito que se encuentra debajo de las conductas, en
apariencia poco comparables. El ideal de la solidaridad y de la reciprocidad
continúa rigiendo la organización comunitaria, aun si las instituciones
políticas o jurídicas tradicionales desaparecen o se transforman. Pero ¿no es
reconocer que la comunidad no corresponde a un tipo social definido sino, más
bien, a un conjunto más o menos coherente de modelos culturales? Es necesario
precisar que los sentimientos y prácticas comunitarias pueden subsistir aun
cuando la comunidad, alejándose de las tradicionales actividades agrícolas, se
consagre a la producción de electricidad.
·
19 Término aimara; suyues
el equivalente quechua; también se dice “mando” o “cuartel”. Se trata de t (...)
17En todo caso, cuando la palabra comunidad llega a la
conversación, sea mencionada por un blanco, por un misti (que en general prefiere sinónimos
como el de parcialidad) o por un indígena, su sentido es infinitamente menos
preciso del que le asignan los juristas. Muchas veces hemos tenido esta
experiencia y por eso creemos que vale la pena dedicarse a precisar los muy
diversos significados con los que el uso común la utiliza. En nuestros primeros
viajes preguntábamos sistemáticamente ¿a quién pertenece esta tierra? o ¿hay
una comunidad por aquí? Aun cuando se tratara de surcos tomados de un conjunto
de tierras de labor, donde la diversidad de cultivos, aquí papas, allá avena,
dejara presumir propietarios diferentes, si nuestro interlocutor era indígena
respondía sin fallar: “es de la comunidad”. Pero ¿qué entendía por comunidad?
Veamos —decíamos nosotros—, ese surco es trabajado por tal familia, ese otro
por otra familia; por otra parte, la primera ha cultivado tales plantas y la
segunda tales otras. Por último, esas piedras que observo entre los surcos ¿no
son los linderos entre los propietarios? “Naturalmente —respondía nuestro
interlocutor indígena— ese pedazo pertenece a X y ese otro a Y y se los
trasmiten de padres a hijos”. El investigador queda perplejo y se pregunta en
qué puede consistir la “comunidad”, si cada parcela pertenece a un individuo
determinado y si este individuo le da el uso que le place y, por último, si lo
puede trasmitir a sus herederos. En lo que sigue de la conversación se da
cuenta de que por lo menos parte de esta fórmula es inexacta. De hecho, el
propietario no dispone completamente de su bien y como quiere, o por lo menos
es así con cierta parte de su propiedad, la que se encuentra en el territorio
de la aynoca19que está sometida a obligaciones colectivas, especialmente a una
rotación fija de cultivos. Así, llegamos a pensar que un cierto tipo obligatorio
de rotación de cosechas podría ser todo lo que aquí queda de la comunidad; pero
aun así la cuestión no queda todavía bien planteada, porque esas costumbres
pueden hacerse cada vez más vagas y, sin embargo, la solidaridad comunitaria se
afirma. Veremos después que la comunidad no se define por tal o cual
característica que defina el régimen jurídico de la propiedad, sino que
constituye un conjunto más o menos coherente, muy complejo y muy variado cuyo
sentido expresivo es mayor que el sentido instrumental: la comunidad reside
tanto en el espíritu comunitario como en instituciones constantes y bien
definidas. Por lo demás, lo que mis interlocutores indígenas tenían presente
cuando me aseguraban que tales campos pertenecían a la comunidad, evidentemente
no era tanto el conjunto de las reglas técnicas y jurídicas que rigen la
propiedad, la posesión o la explotación, cuanto el hecho para ellos muy simple
y esencial: esas tierras son tierras de indios, no de los mistis,
quienes allí no tienen nada que hacer. Es lo que, por otra parte, sugiere
también el uso que le dan los mismos mistis.
·
20 Nota de campo, 24 de junio de 1953.
Volviendo de Azángaro, en compañía de H. M., conversábamos sobre
la repartición de las haciendas en esa región. Al acercarnos a la ruta
principal, que va de Juliaca a Huancané, encontramos pequeños pueblos indígenas
cada vez más numerosos. Hice la observación a mi compañero, quien respondió:
toda esa región está llena de comunidades.20
18Se puede, pues, según la manera como espontáneamente habla la
mayor parte de nuestros informantes, entender por comunidad, por lo menos en
una primera aproximación, a toda aglomeración rural de fuerte predominio
indígena, sin conceder demasiada importancia al régimen, a la propiedad ni a
las técnicas de trabajo, con la sola condición de que este grupo no esté directamente
comprometido en una actividad cualquiera bajo la dirección o en provecho de un misti.
19Si la definición jurídica era demasiado estricta, la definición
que estamos sugiriendo tal vez arriesga ser demasiado amplia. Al identificar la
comunidad con todo grupo indígena que viva sin el apoyo de blancos y mestizos,
nos exponemos a exagerar la diferencia entre la situación del indio de
comunidad y el indio de hacienda. Los indios de la comunidad exhiben ciertos
rasgos que permiten distinguirlos de los de las haciendas. Esta distinción, por
otra parte, es conocida en Puno y es a través del lenguaje y del sentido común
que se establece la diferencia entre indios de hacienda e indios de comunidad.
¿Qué comprende esta oposición? Su contenido psicológico varía según los
interlocutores. Para unos, el indio de comunidad es insolente, pronto a la
provocación y a la rebeldía, muchas veces ladrón (este último reproche es
particularmente frecuente en la región ganadera donde se sufre el abigeato).
Este punto de vista corresponde, especialmente, a los hacendados que muchas
veces tienen conflictos con los comuneros limítrofes, no solo a propósito del
abigeato sino también a causa de los daños que los carneros, caballos o burros
de los indios infringen a sus campos adonde clandestinamente los llevan a
pastar. Otros insistirán en el vigor de la vida colectiva de la comunidad, que
oponen a la “desmoralización” del indígena en la hacienda. El indio de
comunidad está adornado de todas las virtudes: frugal, paciente, orgulloso,
apegado a su grupo y a sus tradiciones.
20En realidad, tales fórmulas dan poca cuenta de la situación
real, más bien expresan los prejuicios que los grupos sociales sufren unos
respecto de los otros. Si nos ceñimos a los estereotipos indigenistas, la comunidad
se define por su espíritu comunitario, así como la hacienda se caracteriza por
su apetito de explotación y de dominio. Por otra parte, a comienzos de nuestra
investigación, quedamos asombrados por la diferencia de conducta en lo que a
nosotros se refería entre los indios de hacienda y los indios de comunidad. En
el pueblo de Ichu, que puede ser considerado como muestra de comunidad, quedé
sorprendido por la ausencia de todo servilismo de parte de los indígenas con
quienes tuve contacto. Fui a Ichu presentado por uno de los padres Maryknoll de
Puno, y no obstante la diferencia de ropa, el padre y yo fuimos clasificados en
un mismo grupo. Para la gente de Ichu yo era un padre; dos o tres mujeres me
pidieron la bendición; los niños se me aproximaban mendigando algunos
caramelos, porque los religiosos, para congraciarse, distribuyen estos pequeños
regalos en cada uno de sus paseos. Mi presentación por los padres de Maryknoll
tuvo así una doble ventaja. Me hizo beneficiar del prestigio y afección de que están
rodeados y, sobre todo, me evitó molestas identificaciones. La gente de Ichu,
al igual que todos los comuneros, es desconfiada si un misti va a instalarse entre ellos, aunque
sea por pocos días y con mayor razón si regresa a visitarlos, piensan que algo
malo les espera. Una frase resume todas estas sospechas: “quitarnos la tierra”.
Esta desconfianza es bien conocida por los servicios del Ministerio de Salud;
los enfermeros encargados de desinfectar las casas, de proveer a los indígenas
con polvo insecticida, de controlar las vacunas no siempre son bien acogidos y
muchas veces, cuando se acercan, las casas se vacían. Cuando me paseaba por las
calles del pueblo, escoltado por mi intérprete, rara vez me devolvían el
saludo, salvo las personas que me eran conocidas. Las mujeres bajaban la cabeza
y apresuraban el paso. Su confusión, por lo menos la incomodidad y el embarazo,
eran mucho más notorios si la mujer era joven. Los hombres me dirigían una
breve mirada, murmuraban una vaga respuesta o no decían nada. Mis relaciones
con los indígenas amigos, Aurelio, mi huésped; Marcelino, un curandero; y
Pedro, eran corteses. Cuando los visitaba me tenían en el umbral de su puerta y
esperaba a que me rogaran entrar. Entonces, me sentaba al lado de ellos, en el
banco empotrado en el muro. En general, las conversaciones entre indígenas
comienzan con el intercambio de algunas hojas de coca. Pero esta cortesía no se
usa con los mistis y mucho menos si son gringos. A veces,
en lugar de coca, mi huésped me ofrecía un poco de alcohol. Observé el tono
suplicante, la voz que al hablar casi solloza, conforme dice Tschopik;
especialmente si mi interlocutora trataba de provocar mi piedad y, por el
espectáculo de su miseria y de su humillación, obtener un poco de dinero.
Cuando en las calles de Puno encontraba a uno de mis conocidos de Ichu, tenía
cuidado en cruzarla para acercarme a su encuentro; mi interlocutor no
manifestaba molestia alguna, intercambiábamos un fuerte abrazo. Cuando se
encuentra a una persona a quien se conoce, uno se le acerca para saludarla y se
le palmea más o menos fuerte en la espalda. Esta costumbre, general en el Perú,
se observa también entre los indígenas. Es la persona de rango más elevado
quien debe tomar la iniciativa. Agreguemos que es menos frecuente entre
personas de sexo opuesto. Estas demostraciones son raras entre indígenas y mistis y, evidentemente, toca a este la
iniciativa. Posteriormente, tuve ocasión de pasar varias semanas en una
hacienda de la región de Azángaro. Allí, mi rol era diferente al de Ichu. Era
el huésped de los propietarios, dos hermanos jóvenes que me acogieron de la
manera más amistosa. Era, pues, identificado con los titulares de la autoridad.
Cada peón, al pasar a su trabajo, si estaba al alcance de sus amos, saludaba
con un “buenos días” o “buenas tardes", según la hora. Ninguno lo evitaba,
aun si los indígenas llegaban en grupo. Parece que individualmente todos
debieran al patrón un testimonio de deferencia. El saludo es acompañado con un
golpe de sombrero o, más bien, con la intención de quitárselo. Por ser las
mañanas de junio muy frías, muchos usan un chullu en forma de sombrero y, como sería
incómodo quitarse esta especie de pasamontaña, no se descubrían. Por el
contrario, las mujeres se quitaban su pequeño sombrero melón y nos rendían
homenaje con la cabeza descubierta. Una vez que sorprendimos a un grupo en el
momento de almorzar, dos filas de una decena de personas, los hombres frente a
las mujeres, las conversaciones se detuvieron y cada uno nos saludó con un
“buenos días”.
21Estas pequeñas observaciones bastan para subrayar el contraste
entre la conducta que respecto del místi tienen los indios de comunidad y los
indios de hacienda. Pero no nos autorizan para afirmar que las comunidades,
cualquiera que sea su régimen jurídico, sean unidades sociales integradas en
las que milagrosamente se encuentre protegida la cultura indígena. ¿Están tales
grupos exentos de toda tensión y de todo conflicto? Todo lo que podemos decir
es que ningún criterio preciso, jurídico o costumbrista, logra definir la
comunidad. En consecuencia, siguiendo a José Matos Mar, debemos contentarnos
con algunas características mucho más indicativas que descriptivas. El
observador, según este sociólogo peruano, está autorizado a hablar de
comunidades si encuentra “agrupamientos tradicionales con vocación agrícola o
ganadera, o las dos a la vez” que
·
21 Matos Mar, José, Las
actuales comunidades de indígenas, Huarochirí en 1955, p. 18.
[...] mantienen una organización tradicional, fundada sobre la
posesión de tierras comunales, o por lo menos que se consagran a trabajos de
interés común; que viven bajo la autoridad de jefes tradicionales electos
libremente; que no forman parte de una hacienda; y cuyo territorio constituye
un área cultural tradicional.21
22Estos criterios están bien matizados y su empleo puede ser
estricto, por ejemplo, si nos limitamos a no hablar de comunidad sino en el
caso de una posesión —el autor cuida de decir posesión y no propiedad— de las
tierras comunales, o muy elástico si nos contentamos con “trabajos de interés
común”. En adelante, cuando hablemos de comunidades querremos decir grupos de
indígenas más o menos autónomos y queda a nuestro cargo precisar la forma y
organización de esos agrupamientos.
La
organización social de Ichu
·
22 Sin embargo, debe señalarse que, en su
artículo “The Contemporary Quechwa”, B. Mishkin dedicada al (...)
23Hemos tenido ocasión de
estudiar, aunque de manera muy rápida, la comunidad de Ichu; estuvimos en ella
varias veces en 1953 y quisiéramos resumir aquí el conjunto de nuestras
observaciones. Es un pueblo al que se le suman seis caseríos: Ojerani, Chimu,
Aballanes, Tunuhiri, Pusalaya, Jai-Uiuaylla, con los que Ichu mantiene
relaciones estrechas y constantes. No hay sino muy pocas casas que sean
excéntricas con relación a los núcleos de población fuertemente aglomerada.22 Un pueblo con cinco caseríos, ese es Ichu. De Chimu, centro de
pescadores que se encuentra a las orillas del lago, a poco menos de 10 km de
Puno a Apusalaya, encaramado en una colina que domina la pampa de Ichu, la
distancia es aproximadamente de 5 a 6 km. La distancia máxima entre dos
caseríos no excede nunca de esa cifra. Para ir de Ichu a Jailliuaylla, por
ejemplo, hay que franquear la cresta de una colina; de Ichu a Tunuhiri no hay
más de 2 km, por otra parte fáciles de recorrer, porque Tunuhiri ocupa casi el
centro de la pampa que se extiende desde la carretera Panamericana a una línea
de colinas, pasando las cuales se encuentra Jailliuaylla. El mismo pueblo de
Ichu está instalado en el punto en el que se reúne una línea de colinas, más o
menos paralela a la carretera, con una segunda que en general le es perpendicular
y que casi aisla a Ichu de Ojerani. Fuera de esos puntos de poblamiento se
encuentran unas cuantas casas aisladas; por ejemplo, a lo largo del camino de
tierra que de la carretera Panamericana conduce al pueblo. Pero estas casas
aisladas forman grupos de tres o cuatro y algunas veces de dos; en resumen,
constituyen lo que allí se acostumbra llamar un caserío o una “estancia”
(nosotros hemos destacado un grupo de dos y otro de cuatro). Estos constituyen
algo así como una avanzada de Tunuhiri que se levanta a la izquierda del camino
de tierra, bajo las cuestas arregladas en andenes de una pequeña eminencia de
terreno denominado Inkatunuiri; además, tales casas de ninguna manera están
aisladas. Nada las protege, nada las separa de los transeúntes. En ese paisaje
en que los árboles casi están ausentes, con la excepción de algunos racimos de
eucaliptos, la casa está expuesta a la mirada de los que caminan por la pampa o
sobre las faldas de las colinas. Las casas aisladas, por otra parte, están
construidas a lo largo de los senderos que siguen los pastores y sus carneros,
los hombres que se dirigen hacia los campos, siguiendo sus muros, y las mujeres
que hilando los acompañan o que se apresuran hacia sus casas. Se puede aquí
hablar de un hábitat concentrado o aglomerado: la casi totalidad de la gente de
Ichu vive en el pueblo mismo o en los caseríos.
El
pueblo
24La misma forma del pueblo, las relaciones que mantiene con el
territorio de la comunidad nos informan sobre su vida social. Está construido a
uno y otro lado de una carretera que le sirve más o menos de eje de simetría.
Esa carretera viene de la pampa, entra al pueblo en cuya extremidad superior
está edificada la iglesia. Frente a esta, en la parte norte de la plaza, se
encuentra la antigua escuela que pronto será reemplazada por una construcción
más moderna. A la derecha, bajando —porque Ichu está construido sobre una
terraza que baja al suroeste hacia una especie de valle—, se encuentra una
segunda plaza, de dimensiones más reducidas que la primera y que sirve de plaza
de toros en ocasión de la fiesta de San Pedro y San Pablo, ambos patrones de
Ichu. A la izquierda, hacia el noroeste, en los flancos de la colina se
encuentran algunas casas ya separadas del pueblo mismo. En general, el pueblo
tiene la forma de un rectángulo, más largo que ancho, y está dividido en forma
regular en varias manzanas o cuadras, en las que las casas también adoptan la
forma del rectángulo. Las casas están orientadas hacia la calle y generalmente
las fachadas se abren sobre esta.
·
23 El teniente gobernador es el representante
del Prefecto, en el último escalón de la jerarquía admi(...)
25Dicha característica es particularmente notable en la calle
principal, en la que se encuentra la tienda de uno de los hombres más
considerados de Ichu, importante tanto por su riqueza como por su posición de
teniente-gobernador.23 Los indígenas le compran coca, alcohol, azúcar, algunas veces
cigarros, velas y queroseno. Vienen también a solicitarle que les preste algo
de dinero o para que les arregle algún asunto o dificultad pendientes. Este
hombre de importancia, junto con la maestra y su familia, son los únicos mistis que viven permanentemente en Ichu.
Nacido en Chucuito, se instaló en Ichu hace más o menos 30 años y, desde la
muerte de su mujer, vive con la única compañía de su hija (que hace tiempo
cumplió los 30]. La tienda del teniente-gobernador está abierta casi todo el
día. Su hija recibe a los clientes en ausencia del viejo, cuando este sale a
dar una vuelta por sus campos.
Viviendas construidas en las rocas cercanas al lago en la
parcialidad de Chimu, cerca de Ichu. (Foto Abraham Guillén.)
26En las calles perpendiculares a la principal, la orientación de
las casas puede ser diferente. Un pequeño muro de piedra las separa de la
calle, la casa da a un patio en cuyo interior el visitante puede observar las
idas y venidas de los animales y de la gente, porque el muro no sobrepasa los
50 cm de altura. En nuestra estancia de noviembre a diciembre de 1952 estaban
desiertas estas calles estrechas, la más ancha no tiene más de 5 m. La gente
dejaba el pueblo hacia las 7 de la mañana y al mediodía casi todos almorzaban
en el campo, al que buen número de mujeres iba con sus maridos. Todo el día
permanecían las casas vacías. Las cuidaban algunos niños o bien los perros o
los viejos. Después, cuando caía la noche, los trabajadores regresaban en
pequeños grupos constituidos en general por el padre, la madre y los hijos en
edad de trabajar (la familia constituye la unidad de producción). Entonces las
calles del pueblo se animaban nuevamente; pero durante todo el día los hombres
trabajan en la pampa, caminando de un lado a otro. Una vez que se han recogido
las cosechas, hacia fines de junio y antes del barbecho en octubre, en resumen
durante la estación muerta, los campos quedan vacíos. Buen número de hombres se
va del pueblo y las mujeres van a los mercados. Los niños cuidan a los
carneros, que pacen libremente por los campos en descanso. Los de Ichu no
tienen todas sus tierras al lado de sus casas. Los terrenos de cultivo están
situados en la pampa; y muchas de las familias se ven obligadas a recorrer dos
o tres kilómetros y aun más para llegar a pie hasta el sitio de trabajo.
Además, no es raro que un habitante del pueblo de Ichu tenga tierras en
Jailliuaylla, en Tunuhiri o en Pusalaya. La división del patrimonio, la
obstinación común en poseer una parte de todos los terrenos de la heredad
conducen tanto a un desmembramiento como a una diseminación de la propiedad. El
pueblo es, pues, una aglomeración de agricultores que puede resultar bastante
distante del lugar de trabajo. Por eso la vida del pueblo, por lo menos durante
el periodo del trabajo, está sometida a un ritmo sumamente contrastado. Casi
vacío y desierto durante el día, se anima por la mañana y por la tarde cuando
los habitantes van o regresan de los campos.
·
24 Negocio en el que el comprador encuentra
artículos de consumo tales como sal, coca, velas, galleta (...)
27 Las estructuras de las casas aclara nuestra observación sobre el
ritmo de la vida social. Constituyen refugios a la vez que residencias. Hagamos
notar que las casas no tienen un tipo uniforme. La del teniente-gobernador, por
ejemplo, exhibe influencias mestizas muy claras. Está provista de un segundo
piso y el teniente es probablemente el único de Ichu que no duerme en la
cocina, sino en una habitación especialmente dispuesta en el segundo piso. Dos
o tres casas vecinas están también provistas de un piso más. Aquella en que nos
alojamos es bastante típica y merece una descripción. La forman tres bloques
separados por un patio. El primer bloque comunica con la calle y tiempo atrás
fue utilizado como tienda24(nuestro huésped, Aurelio, hizo malos negocios y no pudo
resistir la competencia del teniente). Tiene una puerta de madera, provista de
un candado, y la pieza mide aproximadamente 1,50 m de fondo, por más de 5 de
largo. A la derecha disponía de un gran poyo de adobe sobre el que instalé mi
catre de campaña. En el muro habían estado unas estanterías en las que antes
Aurelio acomodaba las mercaderías. Por una puerta baja, que para pasar bajo
ella es necesario agachar la cabeza, se sale de esta primera pieza y se llega
al patio. Su largo es el mismo que el de la primera pieza, pero su fondo es
todavía más reducido. A mano izquierda se encuentra un segundo bloque, la
cocina. Esta construcción es menos alta que la primera. La luz solo entra por
una puerta estrecha y baja. No tiene chimenea, solamente un hueco en el muro
por el cual escapa algo del humo del fogón. Cuando se penetra en este lugar,
los ojos y la garganta pican. Sin embargo, la familia —Aurelio, su mujer y sus
dos hijas— pasa allí la noche, arrinconada, envuelta en sus ponchos y mantas.
No duermen directamente en el suelo, pues colocan sobre él algunas pieles de
carnero. El tercer bloque, que hace frente al primero, situado al otro lado del
patio, es un depósito. Aurelio guarda allí su cosecha: papas, cebada, avena y
quinua, y sus instrumentos de trabajo. Se sale del patio por un corredor
ubicado entre el depósito y la cocina. En un patio con muros de piedras
asentadas con barro y cerrado por una puerte-cita de madera, que allí se llama canchón,
Aurelio guarda durante la noche sus carneros y su burro. Más allá del canchón
se extiende un terreno igualmente delimitado por un pequeño muro. Durante el
día sus hijas sacan y cuidan los carneros. Mientras que los campos de la pampa
están en cultivo, es tarea de las pastoras alejar a los carneros que se ven
forzados a buscar la yerba escasa de las cimas áridas. Pero cuando la cosecha
se recoge pueden entrar libremente en esos terrenos. El burro pasa la mayor
parte del tiempo en el canchón. Como allí no encuentra sino una débil parte de
su alimento, Aurelio está obligado a proveerlo de lo esencial, avena y cebada,
tomado de la débil reserva familiar. Así, Aurelio tiene el ganado a la mano y
algunos surcos de papa alrededor de su casa. Sus campos, por el contrario,
están dispersos en todo el territorio de la comunidad. Esta es, al parecer, la
situación común de Ichu, la casa no está contigua a los campos de cultivo. Por
el contrario, hay un punto que varía y es que como el alojamiento está
constituido por una colección de bloques, los hijos recién casados pueden
construir en la cercanía de la vivienda de sus padres un nuevo bloque de adobe
en el que se instalan. Sin embargo, esta situación está lejos de ser frecuente.
Hemos levantado para el pueblo de Ichu un pequeño censo. Es insuficiente su
exactitud. No insistimos sobre las dificultades que se oponen a la recolección
de tales informaciones. Es particularmente inexacto en lo referente al número
de hijos muertos a corta edad y al número de personas que ha salido del pueblo.
Es mucho más fácil para el investigador darse cuenta de la composición actual
de la población, ya que él mismo vive en Ichu. Ahora bien, de las 41 familias
visitadas, 19 constituían unidades conyugales, es decir, una pareja con sus hijos
aún menores. Encontramos cinco casos en los que una pareja en edad de procrear
vivía en la misma vivienda que los padres, sea del hombre o de la mujer. En
este caso, la joven pareja se ha contentado con construir un nuevo bloque en el
terreno perteneciente a los padres de uno u otro de los esposos. Las relaciones
entre jóvenes y viejos son más o menos estrechas, a veces los jóvenes hacen su
cocina aparte, otras la comparten con los viejos.
·
2 Se refiere a Maxime Kuczynski-Godard quien,
por encargo del Ministerio de Salud Pública y Asistenc(...)
·
25 Hay otro tipo de poblamiento que se da en
el Perú; el disperso, en forma de bosquecillo. Las casas (...)
28 En Chucuito y Acora la situación es análoga: ambas son capitales
de distrito, parcialidades y caseríos que unen el conjunto de una manera muy
floja. En Molloco, parcialidad de Acora, so encontramos una casa aislada. Los
caseríos, en general, están formados por cuatro o cinco casas y se presentan en
racimos unidos unos a otros por el pedúnculo de una o dos casas. Nos parece
difícil decidir si la causa tiene un origen geográfico o histórico. En todo
caso, este tipo de poblamiento constituye una característica muy general en las
orillas del lago. Lo encontramos en la pampa de llave visitada por el doctor
Kuczynski2 y también en la pampa comprendida entre Juliaca y Huancané.
¿Corresponde a condiciones muy imperiosas del medio geográfico? ¿Es
consecuencia de las reagrupaciones y reunificaciones efectuadas por los
conquistadores españoles?25
Minifundios
29 Como quiera que sea, podemos decir que en la región de Puno la
comunidad es un pueblo que corresponde a una forma de población aglomerada.
Agreguemos que es una aglomeración de pequeños propietarios. Aun cuando existan
campos o pastos comunes, la mayor parte de la tierra está dividida entre
propietarios individuales. A este respecto el caso de Ichu es revelador. No hay
familia que hayamos visitado que no sea propietaria de un campo; los únicos no
propietarios son algunos ancianos que con anticipación han dispuesto de sus
bienes en beneficio de sus herederos. Pero si bien en Ichu todo el mundo es
propietario, las parcelas que a cada quien le tocan son ínfimas. El servicio
regional del Ministerio de Agricultura emprendió en Puno el levantamiento del
catastro de Ichu. Las dificultades se revelaron tan grandes que el proyecto fue
abandonado. Solamente fueron censados la parcialidad de Ojerani y el pueblo de
Ichu. El jefe del Servicio Agrícola nos ha permitido examinar sus informes y
nosotros mismos hemos podido verificar esas informaciones mediante algunas
observaciones directas. Para 41 familias censadas en Ichu, el total de campos
de cultivo, excluyendo los pastos y las tierras en descanso, es de 343,52 ha,
lo que por familia significa 0,84 ha como promedio. Las 41 familias constituyen
una población total de 230 personas; la media se sitúa, pues, entre 5 a 6
personas por familia. Agreguemos que el propietario más importante de Ichu
posee aproximadamente 6 ha, el más pobre 0,20; 10 poseen más de 1 ha; 18 poseen
entre 0,50 y 1 ha; el resto, es decir 11 familias, vive de lo que produce de
0,20 a 0,50 ha. Es difícil determinar hasta qué punto estas cifras pueden ser
consideradas como típicas y representativas. Sin embargo, señalemos que
Tschopik, en su artículo del Handbook of South American Indians,
“Contemporary Aymara”, publica informaciones muy comparables relativas a
Chucuito, pueblo vecino de Ichu.
·
26 Tschopik, “The Aymara”, p. 514.
Un aymara rico de Chucuito que tiene a su cargo una mujer y un
hijo, posee 0.75 acres de buena tierra, 1.45 de tierra pasable y dispone,
además, de 0.75 acres de buena tierra perteneciente a un propietario mestizo.
Un aymara ni rico ni pobre, con una mujer y un hijo, posee 0.68 acres de buena
tierra y 0.94 de mala tierra. Uno pobre, con una mujer y dos hijos posee 0.11
acres de mala tierra y, además, recibe 0.57 de tierra mediocre, propiedad de su
patrón mestizo.26
·
27 En Garcilaso se encuentra una descripción
clásica de esas terrazas (Comentarios
reales, parte I, l (...)
30El doctor Kuczynski confirma la misma situación para la pampa de
llave. Un viaje rápido por la región de Huancané nos deja suponer que la
situación en cuanto a la propiedad de la tierra no es muy diferente. Un trabajo
efectuado a pedido de la Comisión de la Reforma Agraria para el conjunto del
departamento de Puno da en 1958 las mismas cifras: 4.860 ha por familia de 5
personas, incluyendo las tierras en descanso y los pastos, lo que da 0,90 de
tierras cultivables. Estos campos no solo son exiguos sino que, además, están
dispersos: Aurelio tenía más de 20 parcelas y, de estas, solo algunas de unas
áreas. Esta penuria de tierra que impone a las comunidades de indígenas de esta
región la emigración definitiva o temporal de parte de su población, que las
obliga a buscar en actividades complementarias una solución más o menos
satisfactoria al problema de su subsistencia, toma todo su sentido si se le
relaciona con la población, no de la superficie total ocupada de una manera más
o menos vaga por la comunidad, sino con la superficie de tierras actualmente en
cultivo. En Ichu, las tierras buenas están en la parte central de la pampa, en
el valle que constituye la parte baja del pueblo, donde se concentran las
culturas ribereñas, andenes (pata
pata en quechua; el
mismo término se emplea también en aimara), que son considerados como los
mejores.27 En relación con la extensión total sobre la que se despliegan
las actividades de la comunidad, tales superficies no constituyen sino un
porcentaje muy limitado. Si proporcionan al indígena lo esencial de su ingreso
monetario, no exceden jamás al 20% de sus propiedades y más bien parecen
oscilar entre el 5 y el 10%. Además, no están localizadas en la aynoca
y por eso escapan así
a las obligaciones comunitarias. Los tres cultivos constituyen un ciclo
netamente identificable. Se comienza con la papa, que ofrece la base de la
alimentación indígena, le sigue la avena y, por último, viene la quinua. La
primera ventaja de esta rotación es asegurar en las cosechas una parte
constante de cada uno de estos diversos alimentos de base. Además, al suelo le
favorece la variación de los cultivos. Observamos que, en Ichu, la mayor parte
de las tierras cultivables parece que siempre estuvieran en cultivo. La penuria
se hace sentir hasta tal punto que las familias menos provistas no pueden dejar
de sembrar y plantar sobre los mismos campos. Como su tierra es muy reducida,
el comunero de Ichu, para asegurar su subsistencia, debe dedicarse a algunas
actividades complementarias. Las mujeres se dirigen a Puno, donde venden
cebollas y lechugas. Los hombres confeccionan sandalias con llantas; viejas.
Cuando el trabajo agrícola se los permite, las llevan al mercado de Puno.
Cierto número de entre los más jóvenes emprende largos viajes que pagan con el
dinero obtenido en su pequeño negocio. Un hombre joven, ya casado y padre de
dos hijos, se preparaba poco antes de la Navidad de 1952 a ponerse en camino
para el Cuzco; pensaba detenerse en todas las ferias, pasaría algunas semanas
en el Cuzco y contaba con regresar aproximadamente para el carnaval. Lo notable
de estas actividades complementarias es que, por lo menos en Ichu, parecen
fijar al comunero. Al asegurarle los magros recursos que le permiten proseguir
su miserable existencia, lo retienen en su suelo natal, no obstante que lo
alejan durante largos periodos.
31Lo que en el Perú se designa bajo el nombre de minifundio
constituye una característica distintiva de las comunidades indígenas. Todos
los pueblos indígenas que hemos podido observar en la región de Puno parecen
sufrir de esta falta de tierra que hace contraste con las inmensas extensiones
de ciertas haciendas y le presta a su paisaje agrario una de sus
características más notables. Estaríamos muy dispuestos a generalizar esta
observación para una región más amplia de la que hemos podido observar por
nosotros mismos; por otra parte, la hacienda parece haberse constituido
empujando a las comunidades hacia las tierras más pobres, sobre territorios
cada vez más reducidos. El caso de Muñani, por ejemplo, comunidad vecina a
Putina, en la provincia de Azángaro, es característico a este respecto. Hoy se
encuentra comprimida entre dos amplias haciendas, de las cuales una se ha
constituido por separación y anexión de terrenos que anteriormente pertenecían
en su mayor parte a los comuneros; pero este problema solo se podría aclarar
con una serie de estudios regionales.
La
comunidad y su territorio
32Ahora, tratemos de caracterizar a la comunidad indígena por la
organización de su territorio. Conforme hemos podido observar directamente y de
lo que se desprende de nuestras informaciones, los campos comprendidos en la
parte central del territorio y denominadosaynoca están sometidos a una rotación que, si
bien no es obligatoria en el sentido literal, presenta una regularidad muy
notable. Cada propietario tiene una o varias parcelas en cada uno de los sitios
de la aynoca. Esta
nos intrigó mucho tiempo. La cosa y el nombre se encuentran en todas las
comunidades aimara del sur de Puno. Creímos, en primer lugar, que se trataba de
un territorio comunal de propiedad colectiva. Pero nada hay de eso. Cada
parcela de la aynoca tiene un propietario y, entre las
parcelas, los linderos simbolizan muy claramente los derechos de los mismos. No
se trata de que las parcelas que trabaja cada familia le hayan sido cedidas por
decisión de la comunidad o del consejo de la comunidad o que le puedan ser
retiradas según la costumbre incaica de la distribución de tierras. Esas
antiguas prácticas se observarían aún en el altiplano boliviano. Al comenzar el
año, la comunidad, siguiendo el molde descrito por Garcilaso y Cobo, repartiría
tierras a los jefes de familia según el número de hijos y de personas a su
cargo. Conforme se modifique el volumen de la familia, un individuo verá
reducir o acrecentar el número y la extensión de parcelas que le otorga el
consejo de la comunidad. No lo hemos constatado por nosotros mismos y los
testimonios que hemos recibido se refieren a un pasado más o menos alejado:
“así era hace más o menos 15 años”. Se pueden asociar estos relatos más o menos
verificables con una observación de Mishkin: la repartición, especie de
catastro anual, es solemnizada por la visita del gobernador, que ratifica los
antiguos linderos y límites de la propiedad, con la reserva de los arreglos o
cambios que el gobernador hubiera introducido.
33Como quiera que sea, en la aynoca de Ichu el comunero es dueño, con la
única restricción de las rotaciones que se imponen a todos con notable uniformidad.
Por eso, el observador que la visita queda sorprendido por la unidad de
cultivo; cada uno ocupa una gran extensión. Como la rotación se inicia con las
papas, que constituyen la base principal de la alimentación, le es dedicada
toda una parte de la aynoca, una segunda lo es
a la cebada y a la avena, destinadas al consumo humano o animal y no solamente
empleadas como forrajes, y la tercera a la quinua; parte del terreno se deja en
descanso por un tiempo (un año o dos), que varía según la calidad de los suelos
y la urgencia de las necesidades del agricultor. En lugar del abigarramiento de
parcelas dedicadas a diferentes cultivos, por pequeñas que sean (dos surcos de
cebada, tres surcos de papas), es un espacio más o menos homogéneo el que
aguarda al visitante. El contraste entre la homogeneidad de la aynoca
y la heterogeneidad
de las pequeñas parcelas nos impresionó tanto que, en un primer momento,
consideramos la unidad de cultivo vinculada a la unidad de la propiedad. Bastó
para disuadirnos ver la aynoca vacía después de la cosecha. El
parcelamiento reaparece; los límites entre los campos de los diversos
propietarios no siempre son muy visibles. Sin embargo, los denuncian diversos
signos: los surcos que hasta cierto punto están orientados en una dirección
cambian de sentido (los surcos del campo B son oblicuos o perpendiculares en
relación con los del campo A). O bien la separación entre dos surcos cambia
bruscamente: un surco intercalado indica el cambio de propietario. O puede ser
que un trozo de yerba verde se deje al final del campo, en esa parte que
nuestros campesinos llaman la “vuelta”. Esta visita a la aynoca
vacía, al mismo tiempo que nos confirmó el carácter individual de
la propiedad, nos descubrió la vigencia de ciertas tareas colectivas. A fines
de julio, cuando la cosecha ha terminado y antes de que los campos se preparen
para la siembra, los carneros vagan en la aynoca buscando ahí su pastura. El
propietario de una parcela no puede quejarse porque el rebaño de su vecino esté
en ella, pues dispone del mismo derecho respecto de su vecino. La regularidad
de la rotación no sufre sino dos obstáculos. Los servicios del Ministerio de
Agricultura desde hace algún tiempo desean introducir el cultivo de ciertas
variedades de trigo. Este recién llegado podría quebrar el ciclo tradicional.
Por eso encontramos un poco de trigo en la aynoca de cebada. Al informarnos sobre la
infracción que significa, se nos respondió que el propietario del campo había
conversado con las autoridades de la comunidad y estas le habían otorgado un
permiso. Otra amenaza proviene de la escasez de tierra y, como lo hemos ya
indicado, influye en la periodicidad del descanso. Varias veces se mencionó
delante de nosotros el caso de familias tan pobres que no dejan descansar sus tierras.
Salvo estas dos reservas, parece que el ciclo tradicional de rotación de
cultivos continúa funcionando sin mayores tropiezos.
34Es difícil decir lo que actualmente significa el conjunto de
prácticas vinculadas a la aynoca. En todo caso, se trata de una
costumbre, porque ninguna sanción legal seguiría a su violación y las
sanciones, por severas que fueren, no podrían venir sino de los mismos
comuneros. La ley no prevé ninguna pena contra quien quisiera sustraerse a la
obligación colectiva de la aynoca; esta rotación tradicional, se dice,
tiene la gran ventaja de asegurar un aprovisionamiento más o menos regular de
los productos alimenticios al repartir los riesgos en varios cultivos. Sin
embargo, grosso modo, no hace sino reproducir la repartición que todos cumplen
en las parcelas que no forman parte de la aynoca. Ocurre que, como las tierras de la aynoca en general son de las más fértiles,
las cosechas resultan más abundantes que en el resto de las parcelas. Por eso,
en el espíritu del campesino se produce una curiosa asociación. Muy a menudo
hemos escuchado quejas por la pobreza de las cosechas; las heladas que caen de
improviso pueden de un solo golpe arruinar todas las esperanzas. Sin embargo,
nuestro interlocutor agregaba: “felizmente la cosecha fue buena en la aynoca”.
Así se explica la creencia de que laaynoca constituye una reguladora de las
cosechas o, más bien (porque allí no se plantea el problema de la abundancia ni
del excedente) una especie de recurso supremo cuando las cosas amenazan con resultar
completamente mal. Sin embargo ¿por qué no considerar a la aynoca como proveedora de lo esencial del
consumo y a las parcelas como destinadas a asegurar el excedente?
·
28 Comentarios reates, parte
1, libro V, cap. 2.
35La existencia de una aynoca o de un suyo constituye algo así como
uno de los rasgos de la comunidad indígena; en Paucarcolla, distante de Puno
alrededor de 15 kilómetros, en la ruta a Juliaca, pudimos darnos cuenta de que
el suyo en
las regiones de lengua quechua cumple las mismas funciones que la aynoca de la región aimara. Apresurémonos en
agregar que la aynoca o el suyo no van acompañados por una explotación
comunitaria. Recordemos el texto famoso en el que Garcilaso de la Vega describe
a grupos indígenas que se dirigen alegres al campo. Comenzaban por las tierras
del Inca y del Sol, pasaban a las de las viudas o a las de los hombres
requeridos por el servicio militar o el trabajo comunitario en un rincón más o
menos alejado del inmenso imperio. Por último, todos indistintamente se dedicaban
al cultivo de los campos que tocaban a cada familia para asegurar su
subsistencia.28 Este relato de Garcilaso subraya con toda la nitidez deseable
que el trabajo en común no solo interesa al servicio del Estado,sino también al
de las familias que componen el pueblo. Digamos que el campesino trabaja hoy
para sí y su familia en su propio campo, y con cargo de reciprocidad y en
condiciones específicas para sus amigos y parientes (ayni),
y con estos en ciertas tareas por el bien común del pueblo (minka). De esta tercera categoría de trabajos
tenemos un ejemplo en Ojerani, donde el mantenimiento de la fuente y de los
canales de irrigación está a cargo de todos. Una vez que el alcalde fija el día
en que deben realizarse los trabajos, todos abandonan sus propios asuntos y se
dedican a ellos. La gente de Ichu construye una nueva escuela. Preparan los
adobes y proceden a hacer el techo. Es decir que la prestación de servicios no
tiene lugar solo entre los individuos (de uno a otro), sino también entre los
individuos y la comunidad, considerada como una unidad aparte (de cada uno a
todos).
El ayni
·
29 Vocabulario de la lengua general de todo el
Perú, llamada lengua quechwa o del inca. reeditado por (...)
·
30 González Holguín, p. 40.
·
31 La historia de los incas, pp.
94-95 de la edición Loayza.
·
32 George Dumézil ha consagrado un artículo
importante al ayni(“Catégories et
échanges de services c (...)
36 La relación bilateral (de uno a otro, o más bien de algunos a
otros) se expresa en el ayni, ayuda que parientes
y colaterales se ofrecen con reciprocidad. En su campo cada uno trabaja por su
cuenta y se ocupa de su propia cosecha. Pero las familias reciben la ayuda o
asistencia (ayni,
entre los de habla quechua o aimara) de parientes o amigos; el padre y los
hijos, los hermanos, a veces hermanos y cuñados, primos, padrinos y ahijados
trabajan en ayni los unos en terrenos de los otros. Lo
que caracteriza alayni es la reciprocidad. En su célebre
diccionario, González Holguín29define el verbo aynini o aynicupuni: ofrecer una compensación o pagar en la
misma moneda. La idea de reciprocidad está también subrayada cuando el mismo
autor precisa que se trata ya de una prestación para saldar un servicio o un
favor, ya de una represalia o venganza para pagarle a otro con la misma moneda.30 El principio de reciprocidad está perfectamente claro en un
texto del cronista Blas Valera.31 El ayni es calificado de ley de hermandad:
“Todos los hombres del pueblo deben ayudarse unos a otros a barbechar, a
sembrar, y a coger sus cosechas y a labrar sus casas y a otras cosas desta
suerte y que fuesen sin llevar paga ninguna”. El jesuita Blas Valera distingue
expresamente la ley de hermandad que los habitantes del ayllu ejercen unos
respecto a los otros y “la ley común” que define sus deberes frente a Estado y
frente a los señores, es decir construir templos, las casas de los reyes y de
los señores, arar sus campos, hacer puentes, trazar caminos y otras cosas
semejantes. Pero estas dos leyes están sometidas a la misma exigencia de
justicia porque, según nuestro autor, “cada provincia, cada pueblo, cada
linaje, cada individuo no debía trabajar sino lo que le incumbía y nada más”.
Estas obligaciones se deben sucesivamente y por turnos. ¿Es riguroso el
automatismo del principio de reciprocidad puesto en juego en el ayni?.
En primer lugar, esta prestación de servicio no es estrictamente obligatoria.
No está rígidamente fundada en el estatus del que da y del que recibe: los
hermanos peleados no se sienten obligados al ayni. Sin embargo, los amigos o los
compadres se ayudarán en ayni. Es decir que esta obligación es
moralmente muy fuerte aunque socialmente no esté definida de manera precisa.32 En general, es una obligación directa, que no necesita del intercambio
monetario, un día de trabajo vale un día de trabajo. Está acompañada por una
prestación de alimentos y bebidas; los que trabajan en ayni son alimentados por el propietario del
terreno. Cuando el intercambio del servicio puede efectuarse unidad contra
unidad (yo trabajo un día contigo, y a cambio tú vendrás a trabajar otro día
conmigo) nada más simple que el ayni. Las cosas se complican si uno de los
miembros necesita más días de trabajo de los que el otro está dispuesto a
ofrecerle. Entonces hay que recurrir a compensaciones triangulares o saldar los
excedentes en trabajo por arreglos en especie. La primera solución,
evidentemente, es incómoda, porque introduce colaterales o amigos, en todo caso
a terceros, en el circuito de intercambio que así contribuye a agrandar. En
cuanto a la segunda, al introducir el elemento monetario en un intercambio
ritual, amenaza a la institución del ayni, tal vez prepara su
ruina o por lo menos le quita su finalidad instrumental para no quedar ya sino
el aspecto simbólico. No es raro que el ayni dé lugar a agrias y aun violentas
discusiones. Usted viene a trabajar un día en mi campo. A cambio yo iré un día
a ayudarlo. Pero ¿cuándo debo devolverle el día que me ha ofrecido?, ¿quién
decidirá? Seguramente que el arreglo es más fácil si se cumple inmediatamente.
Sin embargo, puede ser que me excuse alegando que no he terminado mi propio
trabajo; entonces usted puede irritarse por tanta demora y acusarme de poner en
peligro su cosecha. En resumen, a pesar de la identidad cuantitativa entre las
jornadas de trabajo, siempre es posible objetar que un día no vale siempre un
día y que, según la fecha y las condiciones, el valor de un día de trabajo
recibido no es igual al que me declaro dispuesto a devolver.
Hostilidad
y vecindad
37Cualquiera sea la vitalidad de las instituciones de ayuda mutua
y de asistencia pública, en nuestra visita a Ichu nos sorprendió la hostilidad
que se testimoniaban buen número de habitantes. Nuestro hostelero se encontraba
en muy difícil relación con su vecino. Los hombres no se dirigían la palabra y
cuando de un patio al otro las mujeres se distinguían, casi siempre se
interpelaban en tono poco amable. Tuvimos la suerte de asistir a una disputa
que progresivamente llegó a incluir a todos los miembros de las dos casas. Era
de mañana y los hombres se preparaban a partir al campo. El asunto comenzó con
una riña de perros. equivalentes y homogéneos), hay que hacerle lugar a un ayni,
lato sensu (relación de intercambio gracioso entre un indio y un misti en la que la estricta exigencia de
igualdad y de homogeneidad en el servicio prestado y rendido, si no ha
desaparecido, por lo menos se ha relajado notablemente). Nuestra hipótesis es
que el funcionamiento actual del ayni tiende a esta segunda forma, aun si los
que participan son indios.
38Cada hombre llamó al suyo y le echó la culpa al perro del otro.
Los niños se acercaron y los muchachos comenzaron a desafiarse. Por último,
intervinieron las mujeres y después de unas breves observaciones cada una logró
convencer a su marido de entrar a su casa. No entiendo una palabra de aimara y
mi intérprete carecía de la sutileza necesaria para traducirme las réplicas a
medida que se producían y sobre todo para restituirme todo su sabor. Pero
bastaba ver para sorprenderse por la intensidad de sentimientos que este
mediocre episodio comprometía. Los protagonistas casi no elevaban la voz y se
mostraban sobrios de gestos. Las dos bandas se enfrentaban, claramente se
desafiaban. Ahora bien, la mujer de mi hostelero era la hermana de nuestro
enemigo y me explicó que, a la muerte de su padre, su hermano, que era el
mayor, había repartido la herencia según su interés, de manera que ella
prácticamente quedó excluida. Su marido, entonces, decidió llevar el asunto a
Puno ante el juez. Este, compadre de un amigo de su hermano, contra todo
derecho y toda equidad, según mi informante, rechazó al querellante. Es posible
que el fondo de la historia, tal como me la contó mi hostelero, haya sido
dramatizado. Así y todo el relato muestra la aspereza de las querellas familiares
y la fuerza de los conflictos que la propiedad suscita.
Propiedad
y embrollos
39El sentimiento de la propiedad individual es muy vivo en el
indígena. Este hecho, muy conocido por los hombres de ley, ha servido para que
algunos deduzcan conclusiones sobre la mentalidad del indio, mientras que la
mayoría se ha dedicado a sacarle provecho. Es de observación constante que el
indígena se compromete sin dudar, y con una perseverancia casi infinita, en
procesos cuyos gastos le comen incluso la utilidad que el juicio aun ganado le
ofrecería o que sobrepasan de lejos la pérdida que significaría para él una
decisión contraria del juez. Este sentimiento de la propiedad tiene, sin duda,
un origen utilitario. No es difícil comprender por qué una familia, cuyos
campos le son insuficientes, considera toda amputación como una calamidad. La
tierra es también un símbolo de estatus. Su pérdida afecta directamente al
propietario. A esto se agrega, cuando el asunto está en marcha, la vanidad de
no desdecirse, la obstinación en no descuidar ningún recurso en la esperanza de
no sufrir en el amor propio. Por eso, los procesos ocupan una parte apreciable
del tiempo del indígena y de esto incluso se vanagloria. En uno de mis pasos
por Ichu la mujer de mi hostelero, Aurelio, vino una mañana a verme con las
manos llenas de papeles; eran las copias de los juicios relativos a los
procesos que su marido había sostenido con su hermano. Me contó el asunto con
todo detalle, citando con complacencia el nombre de los notables abogados de
Puno cuyos consejos había buscado.
·
33 Gamonal, latifundista, gran propietario en
el vocabulario de los indigenistas.
40Estar en condiciones de sostener un proceso largo y costoso
puede darle a un hombre reputación de importante. Esta afición a los conflictos
evidentemente es estimulada por la ausencia casi completa de toda pieza escrita
en la que se establezcan los derechos del propietario. En la mayor parte del
Perú, salvo en la costa, no se ha podido levantar un catastro. Por una parte,
la inscripción en el Registro de la Propiedad Inmueble se acompaña de
formalidades que en general espantan al pequeño propietario indígena. De allí
las innumerables disputas entre vecinos y también las fructuosas ocasiones que
se le ofrecen al misti para agrandar su dominio. Se ha
desarrollado toda una literatura sobre la explotación del indígena por el
gamonal.33 Con seguridad que la confusión en lo referente a los títulos de
propiedad ha facilitado tales empresas, al mismo tiempo que ha contribuido a
avivar las intenciones en el interior de la comunidad indígena. Los conflictos
y los antagonismos alrededor de la propiedad se desarrollan, si no con
complacencia, con tal fuerza que la comunidad no podría ser presentada como una
autoridad social armoniosamente integrada.
La
integración de la comunidad
41La palabra integración
es de uso corriente; sin embargo, es necesario subrayar algunos equívocos. El
psicólogo habla “de personalidad bien integrada” cuando los deseos, apetitos o
tendencias de una persona son relativamente compatibles y su satisfacción no
expone al sujeto a intolerables conflictos, consigo mismo y con sus compañeros.
Se dirá también que la cultura francesa está bien integrada si los temas que se
reconocen en los productos materiales o espirituales de nuestra civilización se
prestan apoyo y se refuerzan, en lugar de contrariarse y destruirse. En razón
de la sola naturaleza de los elementos que se trata de integrar, aquí
tendencias y apetitos, allá la tecnología, arte o ciencia, la integración
cultural y la integración psicológica son muy diferentes tanto en su estructura
como en su desarrollo. Pero la integración social es distinta de una y de otra.
Una sociedad, en apariencia por lo menos, puede estar fuertemente integrada;
entre los individuos que la componen pueden desarrollarse intercambios
regulares, sobre todo si esos intercambios están convencionalmente
cuantificados, sin que aparezcan, por lo menos inmediatamente y en forma
explícita, conflictos demasiado violentos, aun cuando las obligaciones que
impone dicha sociedad a la personalidad de sus miembros sean muy pesadas y los
sometan a una tensión próxima al punto de ruptura. Del mismo modo, no habría
dificultad en concebir una sociedad desintegrada o de débil integración si se
prolonga en una cultura en la que ciertos valores hayan permanecido armoniosos
y activos. Por otra parte, indicaremos después en qué sentido se debe tomar la
distinción entre integración cultural e integración social. Cuando hablamos de
integración social se debe entender que las diferentes actividades a las que se
dedican los individuos que componen una sociedad se efectúan de tal manera que
minimizan las tensiones y conflictos que esta acción colectiva puede ocasionar
a los individuos. La determinación objetiva de esas tensiones y conflictos ¿no
es acaso tan difícil como la medida de las satisfacciones que obtienen los
individuos de su participación en la vida social? Nos contentaremos con índices
superficiales, tales como la frecuencia de procesos y querellas, y al ahondar
en ellos nos creemos autorizados a poner en duda el punto de vista trivial, y
para nosotros muy optimista, sobre la integración de las comunidades. Con toda
seguridad que una comunidad indígena como Ichu no está integrada en la forma de
una gran ciudad, como Lima o Arequipa, donde los grupos profesionales, los
grupos étnicos y aun las clases sociales tienden a diferenciarse y a oponerse.
Pero sería apresurarse demasiado calificar a Ichu como comunidad integrada y a
Lima como ciudad socialmente desintegrada. En Lima, el millonario de San Isidro
y el pobre indio recién llegado de la sierra representan dos universos que se
ignoran casi tanto como se oponen. En Ichu, los conflictos que destrozan a
vecinos y parientes son de expresión, cuando no de naturaleza interpersonal, y
no por eso son menos vivos, y el predominio de querellas que conciernen al
derecho de propiedad nos sugiere que estas tensiones interpersonales reflejan
antagonismos a escala de la sociedad global.
Organización
política de la comunidad: la doble jerarquía
·
34 El vecino, en la época colonial, era “el
habitante que había podido probarle al cabildo que le per (...)
42De esta debilidad de la
comunidad encontramos otro signo en su organización política. Esta última
revela orígenes prehispánicos y coloniales, a la vez que rasgos característicos
de la sociedad peruana contemporánea. A una organización formal, diseñada por los
funcionariosmistis,
se superpone una organización informal que satisface con más o menos felicidad
las exigencias tradicionales de la vida indígena. El Estado está representado
en el departamento por el prefecto, que tiene su sede en Puno; en la provincia
por el subprefecto, cuya residencia está en la capital de la provincia; y en la
capital del distrito por un gobernador. Por último, en los pueblos indígenas se
encuentra como representante de la autoridad central a un teniente gobernador
cuyo estatus es muy ambiguo. El gobernador es un notable, un vecino.34 Muy a menudo se trata de un comerciante o de un mediano
43propietario; tal era en 1959 la situación de Chucuito. Sus
funciones son múltiples. Vela por el orden público; se asegura, en unión del
cuerpo de policía rural, denominado guardia civil, que los reclutas no escapen
a sus obligaciones militares. Una de sus tareas más estrictamente
administrativas es la de proporcionar certificados de conducta, para cuya
entrega pide a veces una gratificación, contrariando la ley. El gobernador
interviene también en los conflictos entre propietarios. Dispone de un poder de
patronato porque prepara una nómina de la que el subprefecto escoge a los
tenientes. En principio, para cada puesto se hacen tres propuestas, pero lo más
frecuente es que el subprefecto ratifique la primera elección del gobernador.
Ocurre a veces que el cargo se encuentra capturado por una familia que lo pasa y
repasa a sus diversos miembros. El teniente ocupa la base de la jerarquía y se
trata de un notable ínfimo, unas veces esmisti (como es el caso en Ichu), y otras
indio. (Puede ocurrir que en el mismo pueblo haya un teniente de indios al lado
del teniente de misti.) De todos modos, el
teniente es solo un adjunto del gobernador, pertenece a su clientela, salvo el
caso, muy raro, en que por sus méritos o afiliaciones goce de una posición
autónoma. Así, Cotimbo, teniente de Ichu, ocupa el cargo desde hace mucho
tiempo y goza de un prestigio personal considerable en las oficinas de Puno.
Pero el teniente, por el simple hecho de que su nominación es propuesta por el
gobernador y no obstante que a menudo este es indígena, no es considerado como
una verdadera autoridad indígena. Cotimbo es el único misti de Ichu; los indígenas lo tratan con
deferencia, porque le temen y algunos odian en él al prestamista intratable.
Precisemos, además, que en los ayllu no siempre se cubre el puesto de
teniente. Su designación se deja a la diligencia y criterio del gobernador, que
muchas veces no provee el puesto. Esto da por resultado cierta fluctuación. Al
lado de la jerarquía administrativa legal, subsiste una organización indígena
tradicional cuyo origen debe buscarse en el pasado colonial. Está constituida
por el consejo de mandones, cuyos títulos y,
en menor medida, las funciones varían grandemente según los lugares. En la zona
quechua, en Paucarcolla por ejemplo, se encuentra un alcalde, un segunda
(segunda persona) y regidores; las atribuciones de estos personajes están muy
mal definidas y la nomenclatura es bastante vaga. A veces el alcalde ocupa la
cima de la jerarquía; en otros casos, los indígenas lo citan en tercer lugar,
después del teniente, a quien no se debe confundir con el personaje
administrativo cuyo rol hemos descrito. El subprefecto de Puno (en Puno,
capital del departamento y de la provincia, tienen sede un prefecto y un
subprefecto) nos aconsejó ponernos en relación con el teniente Cotimbo y nos
proporcionó una recomendación muy halagadora. Pero en Ichu este era conocido
como gobernador. Uno de los efectos de esta promoción era que Cotimbo, por
teniente que fuera, tenía su propio teniente de carácter indiscutiblemente
indígena.
44En otras comunidades de la región aimara, el hilacata ocupa unas veces el último rango (es
el más joven de los mandones) y otras el
primero. La nomenclatura no distingue claramente entre la jerarquía tradicional
y administrativa. El teniente puede ser un funcionario o un notable indígena. El
título de alcalde no solamente se usa entre las autoridades del pueblo, también
designa al jefe de la administración municipal: Lima tiene su alcalde del mismo
modo que Ichu tiene el suyo. La confusión se hace todavía mayor cuando al lado
de las instituciones comunitarias tradicionales coexisten los organismos
jurídicos de la comunidad legal. La ley precisa que los persone-ros sean
elegidos en votación secreta. Además, es necesario que sepan leer y escribir, y
por eso se reclutan entre los individuos más aculturados del grupo indígena.
Aunque el caso no se presenta en Ichu, la información que hemos podido recoger
nos permite hacernos una idea de las complejas relaciones que se establecen
entre estas múltiples jerarquías. A veces, cuando la comunidad legal está
comprometida en una empresa de interés común, sus personeros aparecen como los
verdaderos detentores del poder, con los que es necesario contar. En otras
ocasiones, su iniciativa suscita resistencias entre los notables tradicionales,
se forman coaliciones con o contra funcionarios (gobernadores y tenientes),
tanto más que los gobernadores hábiles o intrigantes a veces presionan a los
indígenas para que acepten tal o cual cargo en la organización tradicional. Por
eso las diversas jerarquías que hemos distinguido no constituyen órdenes
autónomas, unas veces se recortan y refuerzan, otras se oponen y contradicen.
Ciertos mandones (los más influyentes y poderosos del
conjunto, el alcalde, por ejemplo) son presentados por el gobernador, quien más
o menos los impone a la comunidad; otras veces son designados sin el acuerdo y
contra la voluntad de las autoridades administrativas.
Los mandones y su
poder
45Hemos marcado la
fluctuación en la terminología. Los poderes de estos notables son tan difíciles
de circunscribir como lo son sus títulos. Con toda seguridad, los mandones son tomados a veces como mediadores,
más o menos oficiosos, cuando surgen dificultades entre los comuneros; pero no
vayamos a imaginar a la comunidad gobernada por un consejo de sabios. Árbitros
y consejeros, el poder adjunto a esta magistratura de consejo se desprende del
prestigio y de la autoridad de sus titulares, más que de la ley (pues esta los
ignora) o de la tradición. En la plaza de Ichu, el domingo después de misa, los mandones provistos de sus varas con puño de
plata se alinean a lo largo del muro de la iglesia, los más venerables y los
que actualmente ostentan los cargos en la organización de la comunidad se sientan
en el banco cavado en el muro de la iglesia. Se invitan hojas de coca, alcohol
e intercambian algunas informaciones entre conversaciones amistosas. Pero no
hay consejo que realice sesiones en fechas fijas. A causa de su volumen y
composición, el grupo de mandones carece de poder de decisión y de
límites. Los cargos son anuales; constituyen una sucesión, una especie de cursus
honorum, a cuyo término el individuo se convierte en un pasado,
un anciano, especie de senador que hasta el fin de sus días tiene acceso a ese
consejo. Por eso, si viven bastante, casi todos los hombres tienen la
oportunidad de participar con uno u otro título, en un momento u otro, en la
vida pública de la comunidad. Es decir que el cargo, si bien constituye una
obligación en un sentido muy estricto, no basta para distinguir a los
individuos en una escala segura de prestigio. El grupo de los mandones y el de los notables no se superponen
exactamente. Nuestro hostelero había sido alcalde y los domingos no dejaba de
ir a alardear con su bastón al lado de sus pares. Sin embargo, todos los
trataban como a un pobre hombre, conocido por su ebriedad y su pereza. Sus
negocios desde hacía tiempo peligraban. Se había comprometido en un largo
proceso con su cuñado del que salió perdedor. Para pagar los costos, tuvo que
vender una pequeña parte de su herencia. Por mandón que sea, dudo que Aurelio Flores tenga
gran prestigio en Ichu. El prestigio se adscribe a la edad y a las cualidades
morales, tanto como el cumplimiento de funciones de autoridad, efímeras y poco
deseadas.
Jerarquía
del prestigio
46Aquí no podemos presentar sino un bosquejo muy sumario del
sistema de estatus en la comunidad indígena: ¿quiénes son importantes en Ichu?
Con toda seguridad, los hombres que han satisfecho las exigencias
tradicionales, que han pasado cargos. Pero, también lo son los
ricos, los que tienen tierra, ganado o los que se supone tienen dinero. Algunos
observadores —Tschopik para Chucuito, Mario Vásquez para Vicos— han llegado a
sostener que en la sociedad indígena actual el criterio decisivo, cuando no el
único, es la riqueza. No estamos completamente convencidos. Otros elementos
sirven para apreciar lo que vale un hombre. Además de la riqueza, el indígena
otorga importancia a la instrucción; se trata menos del respeto por el que sabe
que de la envidia hacia quien, por saber hablar y escribir castellano, puede
defenderse, él mismo y a los suyos. Agreguemos que la familiaridad con el mundo
de los mistis es un criterio ambiguo: Cotimbo, que
puede hablarle al subprefecto es, a la vez, admirado, envidiado y temido. Otra
fuente de prestigio es el control que se adjudica a ciertos individuos sobre
las fuerzas naturales: el curandero es un personaje discreto pero muy rodeado.
¿En qué medida la jerarquía tradicional de los mandones toma en cuenta los criterios que
acabamos de enumerar? ¿Cómo ponderar el prestigio mágico-religioso y el
prestigio utilitario del que tiene dinero, habla castellano y tiene acceso al
mundo de los mistis? Nuestras observaciones en Ichu han
sido muy breves para que podamos responder. Lo más probable es que sean varios
criterios antitéticos los que contribuyan a determinar el estatus de los
individuos y de las familias en la actual comunidad indígena. En primer lugar,
dado el número de cargos y lo reducido de la población, se debe subrayar que la
mayor parte de los hombres tienen la oportunidad de ser mandones; pero su paso puede ser más o menos
rápido y su promoción más o menos brillante. Por eso no podemos hablar de un
sistema de estatus atributivo, como las categorías de edad en la sociedad
incaica. Hoy, los criterios de selección unas veces valorizan la conformidad
del individuo con el modelo tradicional (la reputación de sensato, de buen
consejero o de curandero, por ejemplo, define un tipo de autoridad), otras
recompensan los méritos del hombre rico o instruido. Según el predominio de uno
de estos criterios podemos prever cómo evolucionará la comunidad.
El
apego a la comunidad
47¿Qué fuerza tienen aún
las instituciones tradicionales? ¿Por qué el indígena acepta entrar en cursus
honoruml? Por mucho
tiempo, los notables indígenas han sido utilizados como instrumentos por las
autoridades administrativas. ¿Tenía el gobernador necesidad de mano de obra
para la construcción o mantenimiento de los caminos, para la reparación de la
iglesia o de los edificios comunales? Su teniente se dirigía a los mandones,
a quienes incumbía la tarea de reclutar los hombres y esta obligación, como se
supone, no contribuía a hacer muy deseable el cargo de mandón.Pero
las autoridades tradicionales no solamente estaban obligadas a ofrecerle brazos
al gobierno. ¿Se le ocurría al gobernador hacer una requisición de carne o
lana, en su propio beneficio o para el de una autoridad administrativa más elevada,
el subprefecto por ejemplo? Tal comisión recaía también sobre los notables
indígenas. No es, pues, sorprendente que el honor de serlo haya sido
considerado por estos como el signo precursor de una ruina cierta o, por lo
menos, de muy serios disgustos. Y los cargos más elevados (segunda, alcalde,
teniente), expuestos a los mayores sinsabores, eran evitados o, por lo menos,
se procuraba apartarse de ellos. El caso es que, de buena o mala gana, había
que decidirse; los que ya habían cumplido, así como los más jóvenes, a quienes
no les importaba porque aún no veían aproximárseles muy pronto este peligroso
honor, no dejaban en paz al recalcitrante. Sobre este también hacía presión el
gobernador, que no dejaba de sacar provecho de su función, porque si bien uno
se arruina cuando es mandón, se enriquece
cuando llega a gobernador. Este humilde funcionario ha dispuesto de privilegios
de hecho mucho tiempo después de que la ley los permitiera. La mano de obra
reclutada con fines pretendientes colectivos, pero utilizada en las tierras del
que la reclutaba, las requisiciones, más o menos arbitrarias de carne o de
lana, las apropiaciones de tierras a veces dudosas, y ante las que cerraban los
ojos magistrados complacientes, constituían las ventajas de estos pequeños jefes.
Algunas fortunas de Puno deben su origen a un abuelo, todavía muy cercano de
los indios, del que el subprefecto había hecho un gobernador. La situación que
describimos ha cambiado y la arbitrariedad administrativa ha decrecido
notablemente. Pero todavía hoy las funciones administrativas rinden provecho
(mucho más que prestigio) y por esta razón son deseadas, mientras que los
cargos indígenas provocan rechazos y evasiones. Aunque estas protestas no se
cumplen efectivamente, si bien no hacen sino expresar el malhumor de los
interesados, sin dispensarlos de la costosa tarea, porque el ciclo de los
honores está tan claramente trazado que son muy débiles las oportunidades de
evitarlo, subrayan que en la comunidad el poder político no se busca, pero sí
que se teme tanto como se desea.
48Para explicar la vitalidad de las instituciones tradicionales es
necesario considerar a la vez la sociedad comunitaria y la persona del
indígena. En lo relativo a la sociedad del pueblo, se puede admitir que la
organización tradicional la defiende contra el dominio o contra los abusos y
amenazas de las haciendas vecinas. La gente de la comunidad lo sabe bien. Pero
la misma función de defensa podría ser asumida de manera más eficaz y con menor
costo. La vitalidad de la organización tradicional no solo se explica por los
servicios que presta a la sociedad indígena, sino por la significación
simbólica de la que está revestida a ojos de los comuneros. A pesar de las
incomodidades que trae el cargo de mandón, tiene prestigio
porque consagra al individuo en su comunidad (se debe distinguir con cuidado
las declaraciones explícitas de los indígenas y su conducta efectiva). A este
respecto, el caso más instructivo es el del mayordomo, especie de maestro de
ceremonias a cuyo cargo corren todos los gastos de la fiesta tradicional del
pueblo. No se trata de un cargo propiamente político, aunque esté incluso en el cursus
honorum, pero a causa de su designación religiosa y de los gastos
que implica está rodeado de más respeto y temor que los demás. Literalmente,
consagra al individuo que debe pagar la mayor parte de los gastos ocasionados
por el santo patrón. Los padres de Maryknoll han hecho lo posible en Ichu para
reducir el esplendor ruinoso de la fiesta patronal de San Pedro y San Pablo. Sin
embargo, en 1959, parece subsistir con el mismo brillo. Decíamos que los cargos
de autoridad son evitados, reconozcamos que también constituyen una fuente de
prestigio. El pasadoes un consejero cuya
opinión es solicitada con deferencia. Uno de nuestros amigos de Ichu que
pretendía haber visto en su niñez a los ocupantes chilenos, emitía arbitrajes
salomónicos. Hacía venir a los litigantes uno por vez, los escuchaba con mucha
paciencia y después proponía su solución. A la vista de la autoridad de que
están revestidos algunos pasados tomamos con algo más de prudencia las
quejas del indio que gime sobre las “cargas” que pesan sobre los notables;
también le inspira el orgullo de ser reconocido como individuo que ha cumplido
adecuadamente las obligaciones del hombre adulto.
·
35 Cfr. La cuestión agraria, en este mismo
capítulo.
49La multiplicidad de fuentes de la autoridad está en relación con
las actitudes individualistas. El individualismo es notable en el apego al
pedazo de tierra que cada uno hereda de su padre y que trata de transmitir a su
hijo y no encuentra sino un contrapeso muy débil en las instituciones, en el
fondo muy ambiguas, de la comunidad. Cuando hablamos del individualismo del
indígena no queremos decir que este no reconozca ninguna regla, que no se
sienta obligado por ninguna costumbre ni ninguna ley; queremos simplemente
decir que reconoce muy bien una esfera privada y que esa zona privada, aunque
se vea reducida por ciertas instituciones jurídicas (estructura de la
propiedad), o políticas (estructura de la autoridad), es más importante de lo
que nos obligan a admitir los estereotipos sobre el colectivismo del indio. Por
otra parte, este individualismo es contrabalanceado muy eficazmente por las
costumbres y prácticas que unen al indígena a la comunidad; pero pensamos que
ese contrapeso no debe buscarse en las instituciones políticas y jurídicas,
sino en ciertos modelos culturales, notablemente vivos, como las fiestas
patronales o el cursus honorum que asigna a cada una un lugar en el
sistema de los estatus. La confusión entre las instituciones comunitarias y los
sentimientos comunitarios ha pesado fuertemente en los intentos para definir a
la comunidad. Esta definición es difícil: un régimen de comunidad sobre ciertas
tierras coexiste con el régimen de propiedad individual sobre otras y con las
tareas colectivas a las que los comuneros solo dedican una fracción muy
limitada de su tiempo. Ahora, si consideramos a la comunidad reconocida, tal
como la define la ley, su vitalidad no se explica tampoco por la sola propiedad
colectiva de algunas tierras. Ahí también comunidad y comunidad de tierras no
son en absoluto nociones equivalentes. La fuerza de la comunidad reposa en
ciertos sentimientos y actitudes colectivos y no en instituciones coherentes y
bien delimitadas. Estos sentimientos y actitudes se expresan en el orgullo de
pertenecer a tal o cual pueblo: los de Ichu, la gente de Capachica. Estas
fidelidades locales están simbolizadas en los vestidos característicos de las
mujeres (se reconoce a las de Capachica por sus monteras, a las de Ichu por su
sombrero hongo), se exaltan en las fiestas, de las que hablaremos en el
capítulo siguiente. Este sentimiento de participar en un grupo muy cerrado aún
es reforzado por las prácticas matrimoniales. La gente de Ichu se casa en su
pueblo o en las diversas parcialidades que constituyen el ayllu. El último rasgo, y tal vez el más
importante, para explicar el apego del comunero a su comunidad es que esta es
imaginada claramente como propia y auténticamente india: de gente india. La
comunidad constituye el órgano de defensa y de expresión por el que un grupo
indígena logra mantener su originalidad. Esta la defiende contra la servidumbre
que pesa sobre el indio de hacienda. Y es en este sentimiento donde se debe buscar
la razón del apego del comunero a su pueblo. Cuando decíamos que la fuerza de
la comunidad reside más en los sentimientos que en las instituciones, no
oponíamos a las actividades de la vida indígena una conciencia colectiva
abstracta y separada. Los sentimientos comunitarios puede ser que antes que
nada tengan su fuente en el esfuerzo de los comuneros para mantener su
autonomía frente a la hacienda. Es en relación con ese objetivo que deben ser
apreciadas las instituciones con elayni,
la aynoca, y los trabajos colectivos. Lejos de
constituir bases inalterables, ofrecen condiciones de existencia y
supervivencia al grupo indígena. ¿Tienen éxito? Y ¿en qué límite? Es lo que
podremos apreciar más tarde.35
La
hacienda
·
36 Notas de campo, 25 de junio de 1953.
50La organización de la hacienda ofrece, a primera vista por lo
menos, un notable contraste con la organización de la comunidad. Notemos, en
primer lugar, que la extensión de la hacienda varía, que el mismo hacendado
como tipo social está muy lejos de ser homogéneo, que las actividades agrícolas
a las que se dedica son también variables, porque pueden ir de una
espe-cialización marcada, como es el caso general en la región de Puno, donde
el gran negocio es la ganadería, principalmente de ovinos, a un policultivo muy
diversificado, que se escalona a todas las alturas, desde las zonas de cultivos
tropicales hasta la ganadería en la puna, como puede observarse en la región
del Cuzco —sin hablar de las haciendas de la costa en las que se cultiva la
caña de azúcar, el algodón, la naranja y el limón—. Cierto número de
características observables en la región de Puno dan al régimen de la hacienda
su estilo y su figura. La producción de la hacienda es comercializable. El
hacendado no trata de vivir en ella de los productos de la tierra, lo hace de
la lana y de la carne, de las que obtiene los mejores rendimientos monetarios.
Agreguemos que el ingreso principal lo ofrece la lana. Los vacunos no
representan todavía sino una débil parte del rebaño, alrededor del 20%, y están
claramente localizados. Las zonas de vacunos son de fuerte densidad indígena:
la pampa de llave, entre Puno y Juliaca, la región de Paucarcolla y, entre
Juliaca y Huancané, la región de Taracoto. Los principales mercados son los de
llave, el domingo, y de Taracoto, el jueves. Los intercambios obedecen a un
ritmo de estación. A comienzos de la estación seca, a más tardar una vez
recogida la cosecha (julio), el campesino se desprende de su vaca y compra otra
en vísperas de la siembra (octubre). A este ritmo temporal corresponde un
desplazamiento espacial: las regiones de mejores pastos constituyen zonas de
reservas de las que se escogerán los animales que se emplean en los trabajos
agrícolas. El ganado que es objeto de intercambio no solamente está destinado a
trabajos agrícolas. Los animales que ofrecen una carne aceptable son
solicitados para los mataderos por los compradores de Arequipa, adonde los
expiden en camión o por tren. Mientras que los animales de trabajo casi siempre
son negociados por los mismos indígenas, los que van al matadero lo son por
tratantes cholos, que actúan por cuenta de los compradores, originarios de
Arequipa. Muy a menudo la gran propiedad lanera se caracteriza, en general,
como una propiedad muy extensa, de varios miles de hectáreas, y a veces de
varias decenas de miles de hectáreas (la hacienda en la que pasamos varias
semanas, entre Putina y Azángaro tiene alrededor de 15.000 hectáreas; según el
decir de sus propietarios, contenía 150 familias con una población total
aproximada de 500 personas). El propietario casi siempre es un blanco o un
mestizo, es decir un misti, que casi no reside
en ella sino que pasa la mayor parte de su tiempo en una gran ciudad como Lima
o Arequipa. Apresurémonos en agregar que estas dos características, que
corresponden indiscutiblemente a la generalidad de los casos, admiten
excepciones. A veces el hacendado es un mestizo que, por un proceso de
involución y regresión muy curioso, tiende a volver a la condición indígena. Es
así como hemos conocido a un hombre cuyo porte y vestido nos lo señalaban como
indígena, como a uno de los peones de la hacienda en la que estuve invitado.
López habla castellano con dificultad, la comisura de sus labios está sucia por
la mancha verdosa que le deja la coca. Este hombre posee una propiedad que
nuestro huésped evalúa en 1500 hectáreas. Por otra parte, tiene alguna de las
características físicas de sus ancestros europeos (su abuelo fue un español que
llegó a Azángaro en busca de fortuna): ojos azules, una pigmentación clara y
una barba rubia muy abundante. Él mismo es el producto de un mestizaje, pero lo
más importante es que ha llegado a adoptar un género de vida cada vez menos
discernible del de los indígenas que trabajan en sus tierras. Su mujer es india.
Sus hijos, por lo menos dos de los muchachos que conocimos, van descalzos y
usan poncho. Sería fácil apostar, según mi hostelero, que López venderá su
hacienda por parcelas a algunos indios deseosos de agrandar sus campos. A menos
que no llegue un misti que le ofrezca un buen precio por el
conjunto. Su mujer lo estimula a instalarse en Azángaro para abrir ahí una
tienda. La clase de los hacendados está, pues, muy lejos de ser homogénea. “Qué
contraste entre López y mi hostelero, que ha hecho buenos estudios en Lima,
después en Estados Unidos, que habla correctamente el inglés, muy
convenientemente el francés, que lee alemán y trata de tenerse al corriente de
las recientes publicaciones en biología y genética”.36 Además, hay que desconfiar del cliché según el cual el hacendado
nunca reside en sus tierras. Sin duda es así en la mayoría de los casos, pero
mi huésped, que posee una casa en Lima, no pasa en ella sino dos o tres meses,
y la mayor parte de su tiempo permanece en su hacienda.
51Repitamos, pues, que salvo reservas y calificaciones cuyo
alcance e importancia trataremos de apreciar después, el hacendado es para el
indígena un patrón y para nosotros un rentista antes que un empresario. Asi, la
mano de obra indígena es utilizada por un propietario cuyo género de vida y
cultura difieren largamente del género de vida y de la cultura del indígena.
Pero, en general, este propietario delega sus poderes ejecutivos a un
administrador o a un mayordomo, o a uno y otro de estos personajes según la
importancia de la hacienda. Lo que en primer lugar caracteriza a la hacienda es
la inclusión del indígena en una organización que no controla y a cuya
finalidad permanece en gran parte ajeno. Sin duda, como lo veremos, tiene un
sentido muy vivo y a veces muy claro de sus intereses. Vemos que a pesar del
individualismo, cuya importancia hemos observado en las instituciones de la
comunidad, subsiste entre los comuneros la conciencia de pertenecer a una misma
unidad social fuertemente unida. ¿Puede decirse lo mismo del indio de hacienda?
El amo o su representante se yergue frente a él para recordarle a todo instante
su dependencia. De esta tenemos tal vez una primera ilustración en las
condiciones mismas del poblamiento. En una hacienda cuya actividad principal es
la ganadería, las exigencias de la actividad pastoril reclaman una población
dispersa. A cada familia indígena se le confía la vigilancia de un rebaño de
ovejas o de vacunos y, a diferencia de los agricultores de Ichu, que pueden
vivir a cierta distancia de su lugar de trabajo, el pastor, para vigilar el
ganado, debe vivir con él. Por eso, de tanto en tanto, encaramada en una colina
o acurrucada entre los pliegos de un valle, se percibe la casa de un pastor. El
propietario vive en su caserío.
·
37 Esta hierba se llamaichu. Es la más rústica y resistente. Se le
distingue de la paja brava y del (...)
Mi huésped, que vino a esperarme a Pucará, me señala el caserío
del que todavía nos separan algunos kilómetros. Es un cuerpo de construcciones
rectangulares que se destaca en el paisaje sin árboles; las casas de los indios
por su color (casas de adobe con techos de paja] se confunden con el fondo rojizo
o grisáceo de las colinas en las que crece una hierba densa aunque chata.37 El caserío se destaca con toda la autoridad de un símbolo de
posesión y de dominación. Pasamos bajo una puerta bastante alta que ha sido
colocada en el mismo muro, y penetramos en un patio rectangular al que dan,
además de la casa del propietario, recientemente restaurada, una galería en
cuyos muros percibo unas pinturas que parecen describir el desembarco de un grupo
de europeos en un continente tropical (desgraciadamente, estas pinturas han
sido borradas por la injuria del tiempo]. Frente a la casa del dueño, cuyo
techo está recubierto con tela metálica ondulada, está la casa en la que se
alojan los indígenas que, por turno, vienen a servir a la casa-hacienda. A la
izquierda, haciendo frente a la galería que he mencionado, otra construcción en
la que en forma fija se instala una especie de equipo volante, cuya misión es
recorrer la hacienda por secciones para asegurarse de que los pastores
indígenas cumplen su tarea. Próxima a la puerta, por la que hemos pasado, una
oficina en la que, sobre una mesa cubierta de papeles, un viejo mestizo escribe
a máquina y verifica sus cuentas.
·
38 Nota del 20 de mayo de 1953.
El patrón tiene así a la mano a su personal ejecutivo: el
contador, los rodeantes, especie de vigilantes, y los domésticos.38
52Esta primera descripción, sin duda, nos ofrece una visión muy superficial
de la hacienda y de su organización. Pero nos permite percibir, casi a primera
vista, que esta organización es fuertemente jerárquica (veremos después algunas
de las causas que le impiden ser eficaz). En muchos aspectos, el caserío se
presenta como un puesto de comando. Pero la tropa sobre la que se trata de
ejercerlo es, a la vez, numerosa, abigarrada y poco manejable. El mismo volumen
de esta población plantea un problema de difícil control. El hacendado no lleva
sino un registro aproximado de sus efectivos: cuenta por familias o por fogones
y no por individuos. Con frecuencia, los jóvenes se marchan a la mina —a San
Antonio de Esquilache y a Toquepala— y van y vienen sin que su ausencia se
note. De ninguna manera el indígena puede ser considerado como un obrero
agrícola; para usar categorías familiares, digamos que es un colono. Sin duda,
en los casos previstos por la ley, es posible obtener contra él una orden de
expulsión: si no ha cumplido su tarea, si por negligencia ha producido consecuencias
dañinas a su patrón, o aun si ha provocado incidentes con otros pastores. Pero,
como lo hacía notar mi huésped, es muy imprudente y difícil deshacerse de un
individuo que opone su inercia y amenazas más o menos vagas, que a veces está
en condiciones de cumplir. Cuando el propietario se instala en su tierra, por
compra o por herencia, la población de la hacienda está en el lugar. Los
individuos nacen en la hacienda, mueren allí y el mismo destino de los padres
parece esperar a los hijos. El indígena tiene a su cargo un rebaño. Debe
vigilarlo, llevarlo a pastar. Su remuneración no consiste, principalmente en un
salario, sino en el uso de alguna parcela en las que cultiva papas y quinua, y
en el derecho de tener algunos animales de su propiedad. Los lotes cultivables
que le son concedidos varían según el volumen de su familia. En cuanto al
derecho de pasto, tradicionalmente lo ha ejercido no en campos determinados
sino en toda la extensión de la hacienda; el indio mezclaba su rebaño con el de
su amo (veremos que esta costumbre se está modificando]. Así, una
diferenciación muy neta se introduce entre la población indígena. Un pastor
tendrá 100 carneros, otro, 25; un hombre muy rico poseerá tal vez 150. En
cuanto a la distribución de las parcelas de cultivo, esta da lugar a dos tipos
de dificultades. En primer lugar, el indígena se queja de que el patrón no le
da sino malas tierras; aquellas, por ejemplo, donde hiela más. Después
envidiará a otra familia que, según él, habrá recibido un lote mucho más
fértil. Como quiera que sea, tal régimen asegura la subsistencia del indio y
permite al hacendado obtener una renta más o menos elevada, según la cantidad y
la calidad de su rebaño. El indio, a condición de velar sobre los carneros del
dueño, dispone de tierras con las que, bien o mal, asegura su subsistencia y la
de su familia.
53En cuanto al volumen de la población indígena instalada en su
propiedad, el interés del hacendado está en que esta sea suficientemente
numerosa para poder vigilar la mayor cantidad de animales, teniendo en cuenta
la capacidad de pasto; muchos indios y pocos carneros sería un mal negocio,
pero pocos indios y muchos carneros no le convendría tampoco, porque si estos
están mal cuidados producen poca lana y carne de mediocre calidad. La conducta
del hacendado está determinada por tres categorías de factores: el precio de la
carne y de la lana; las condiciones técnicas de la cría y las condiciones
demográficas y sociales que rigen el empleo de mano de obra. Mientras los
precios sean buenos, la mano de obra dócil y la técnica de cría rudimentaria,
el hacendado tiene simultáneamente muchos carneros y muchos indios. Pero puede
llegar el momento en que este tenga interés en reducir el número de indios para
acrecentar y sobre todo mejorar su rebaño. En cuanto al indio, su alimentación
de todos modos estará asegurada, cualquiera sea la producción de la hacienda.
El ingreso monetario lo obtiene de la venta de su propio ganado, que negocia
directamente y por su propia cuenta. Pero el débil rendimiento, la mala calidad
de la lana y de la carne lo llevan a aceptar las condiciones que imponen los
comerciantes, indígenas o cholos, que le ofrecen un precio muy bajo.
Hacienda
y dominio
54La estructura de la hacienda puede ser analizada a la luz de lo
que nos enseñan los historiadores sobre el feudalismo europeo.
·
39 Bloch, Marc, La
société féodale: la formation des liens de dependence, p. 365.
El dominio —dice Marc Bloch— se divide en dos fracciones unidas
por una estrecha interdependencia. De una parte la finca, también llamada por
los historiadores la reserva, de la que el señor recoge directamente los
frutos. De otra, los feudos, pequeñas o medianas explotaciones campesinas que
en número más o menos considerable se agrupan alrededor de la propiedad
señorial. El derecho superior que el señor ejerce sobre la choza, la labranza y
el campo del campesino se traduce en una nueva investidura... cada vez que
cambia de mano; en la facultad de apropiárselos en caso de falta de herederos o
de legítima confiscación; por último, y sobre todo, en la percepción de
impuestos y servicios. Éstos consistían en su mayor parte, en tareas agrícolas
ejecutadas en la reserva.39
55Naturalmente, el hacendado no da formalmente su “investidura” a
sus indios y menos aún puede hacerla onerosa. Tampoco puede “confiscar” los
feudos porque la presión de la población indígena es fuerte. Pero la oposición,
subrayada por Marc Bloch, entre la reserva y los feudos es bastante notable en
la hacienda. La reserva aquí está constituida por los campos en los que el
propietario emplea la mano de obra indígena para cosechar papas y quinua.
Guarda la cosecha en sus depósitos y en su mayor parte la cede a los indios en
condiciones más o menos draconianas.
56Esta comparación entre la hacienda y el dominio será tenida por
discutible. Se alegará que la ley prescribe el pago en especies. Teóricamente,
los servicios que el indio [pongo) debe a su patrón han sido abolidos.
Los días que se trabaja en casa del hacendado, cocinándole y sirviéndole, deben
ser pagados. Sin embargo, muchas veces estas disposiciones son burladas.
Evidentemente el hacendado no puede apropiarse gratis de todo el trabajo del
indio. Le asegura más o menos su subsistencia y, al permitirle tener su propio
rebaño, le deja los medios de hacerse de efectivo. Pero, sobre todo, hay una
originalidad característica que aparece en la hacienda ganadera; la reserva en
la que se cultiva la cosecha de que se apropia el propietario y que no le
interesa sino medianamente, puesto que se trata de cosechas —con la excepción
del chuño— de venta no importante, únicamente destinada al consumidor indígena.
Lo que le importa al hacendado es el mantenimiento de su rebaño. En la
organización tradicional este fin se obtiene, bien o mal, gracias al concurso
de cierto número de mecanismos que vamos a analizar.
El
patrón y sus empleados
57Con frecuencia el hacendado no ejerce sino un control muy débil
sobre su propiedad. Esta, generalmente, la tiene en manos de un mayordomo, a
veces indio; este personaje debe cuidar de que los carneros del patrón sean
trasquilados, que no le roben la lana, de la entrega, en las condiciones
previstas, de los carneros y vacunos vendidos a los mataderos y, finalmente, de
que los trabajos agrícolas se ejecuten de manera satisfactoria. A veces el
patrón se reserva el cuidado de efectuar la venta y trata directamente con el negociante
en lana o en carne. Deja su residencia de Arequipa o Lima y por algunas semanas
se instala en la hacienda. En el primer caso, el mayordomo maneja el negocio
más o menos como lo entiende; en el segundo, está sometido a un control más o
menos estricto, por lo menos en los aspectos financieros de su gestión. Ciertos
propietarios contratan administradores con formación técnica, ingenieros
agrónomos o, muy a menudo en esta región de ganadería, a especialistas
entendidos en el arte de criar y engordar ganado. Algunos de estos
administradores son extranjeros —suizos, alemanes y yugoslavos—, y sus
funciones y atribuciones son muy variables. En ciertos casos, ellos mismos se
consideran expertos y de buena gana descargan sobre un mayordomo la tarea de
dirigir una mano de obra cuya conducta y sentimientos les escapan. Otras veces
cumplen, a la vez, una función técnica y otra de dirección. Entre el
administrador, el mayordomo y los indios se interpone una jerarquía muy
completa. En la hacienda vecina a Azángaro, en la que tuvimos la ocasión de
pasar algunas semanas, además del administrador, que residía en una extremidad
de la hacienda, a unos 10 kilómetros del caserío, vivienda casi permanente del
propietario, había un buen número de capataces a quienes se confiaba la gestión
y el control de los asuntos corrientes en un sector determinado. La función del
capataz no es técnicamente especializada. Los pastores dependen de su
autoridad, pero también debe asegurarse del cumplimiento de las tareas de los
indios que trabajan en los campos del propietario. Cada tarde, por lo menos
cuando el dueño está allí, el capataz va a dar su informe, a presentar
sugestiones y a recibir instrucciones para el trabajo del día siguiente.
Además, el capataz aparece como un elemento extranjero a la hacienda y recibe
una remuneración monetaria. Muy a menudo no está sino de paso en una propiedad
en la que no ha nacido y en la que no tiene intención de enraizarse. Su
ambición es llegar a administrador o, con el poco dinero que logre reunir, tentará
su oportunidad en una ciudad pequeña, ensayará lanzarse en un pequeño comercio
de lana en Juliaca; o bien irá a trabajar como mecánico en un garaje o como
chofer de camión. Uno de los capataces que encontramos había nacido en Cuzco,
era un muchacho de 25 años que se vanagloriaba de sus conocimientos mecánicos
(a su cuidado estaba el camión de la hacienda). Usaba, además de las botas del
jinete indígena, el blue jean del cowboy. Manifestaba un evidente deseo de
aprender. Cuando un día llegó de Puno el veterinario para vacunar a los
terneros, durante todo el trabajo mostró una aplicación notable y, como este le
encargara vacunar a algunos de los animales, reía de placer al ejecutar bien
dicha tarea.
·
40 Literalmente: los que hacen la ronda.
58Los rodeantes,40 especie de policía montada, están encargados de vigilar a los
pastores indígenas y de asegurarse que ningún extraño se introduzca en la
hacienda para allí alimentar a sus animales. La primera vigilancia es para
impedir que los indígenas, colonos de la hacienda, hagan pastar a sus propios
animales en los sitios que el hacendado reserva para su uso. La segunda es
todavía más difícil. Los indígenas son viajeros inveterados: arreando dos o
tres llamas, acompañados de un burro que trota a su lado, o bien montados en
sus caballos, se ponen en ruta hacia un pueblo distante unos 50 km, en el que
los atrae una feria y al que también los empuja el gusto por el vagabundeo. De
tiempo en tiempo se detienen en el camino para respirar. Los caballos y las
llamas, y a veces toda la caravana, arrasan los pastos. Si el rodeante pasa por
allí, debe desalojar a esta banda errante que daña al propietario. Ocurre que
sobre los bordes de la hacienda vive una comunidad que está muy estrecha en sus
propias tierras. Es el caso de Muñani, cuyos habitantes son aficionados a hacer
pastar a sus animales en los territorios de las haciendas vecinas. El rodeante
constata el delito, lo informa al mayordomo, este al patrón y entre este último
y ios indígenas, presos en flagrante delito, la cosa se arregla a veces por la
prestación gratuita de servicios, como contraparte de los daños causados al
hacendado por los animales del indio.
59A veces el rodeante es bautizado como quipu (el empleo de ¡a palabra indígena es
un índice interesante). El quipu es un agente ejecutivo muy poco
diferenciado del pastor indígena y muy próximo a él. Mientras que elquipu es indio, el rodeante es a veces
mestizo, y parece ser característico de la organización de la hacienda, que
cuanto más esté controlada estrechamente por el patrón o por su representante
directo, más reducido es el número de indígenas empleados en los cargos de
autoridad. Mestizo es el capataz como el rodeante. El indígena permanece en la
parte más baja de la jerarquía. Esta situación corresponde, nos parece, a una
política consciente. Los agentes mestizos son más fácilmente sensibles a las
ventajas del progreso y a las innovaciones fructuosas. Son ellos los que
difundirán la práctica de la vacuna; verán la importancia de ciertos cruces
susceptibles para mejorar la lana y la carne. Además, muy contentos de hacer
sentir su poder a la indiada, serán sin duda muy poco tolerantes respecto de
las infracciones que pueda cometer el indígena de la hacienda o el viajero que
engorda a sus animales en detrimento del hacendado. Por otra parte, importa
mucho menos que el control de los trabajos agrícolas sea o no efectuado por un
mestizo. La tecnología agrícola casi no parece haberse modernizado y, si por
razones de gran apremio, muchos hacendados se muestran interesados por toda
innovación susceptible de mejorar su producción de lana o de carne, no parecen
mostrar el mismo interés por la mejora de los cultivos. En realidad, ocurre que
de las cosechas de papas o de quinua, el hacendado no puede obtener gran
provecho porque los mercados donde se distribuyen son reducidos (se trata de
productos de los que el comprador principal es el indígena) y muy poco
organizados. La venta al por menor en las ciudades está asegurada por un gran
número de pequeños compradores que se aprovisionan directamente de sus
parientes, amigos o compadres. De hecho, estas cosechas se acumulan en los
depósitos y se ceden a los indígenas con dificultades de víveres. Si la cosecha
ha sido mala en sus propias parcelas, el indígena se vuelve hacia el hacendado,
cuyas reservas le permiten hacer un arreglo a veces delicado. En intercambio de
estos productos alimenticios, el indio pondrá a disposición de su patrón
algunos animales de su rebaño o le ofrecerá algunos días suplementarios de
trabajo.
El
patrón y sus indios
60 Lo que es muy notable —cuando no sorprendente— es que las dos
partes tienen el sentimiento de ser explotadas. El indio se queja de que las
tierras recibidas son de mediocre rendimiento, que su vecino ha sido mejor
tratado o que el patrón se ha reservado abusivamente el uso de los mejores
campos. En resumen, siente que su trabajo “vale” más que la remuneración que
por él recibe. El patrón insiste en el débil rendimiento de la mano de obra
indígena, en la negligencia de los pastores que dejan morir a los carneros, en
el espíritu de merodeo que sugiere al indio substituciones fructuosas entre los
animales de su rebaño y los de la hacienda. La desconfianza es, pues, el tono
en que se desarrollan las relaciones entre el propietario y sus colonos. Esta
desconfianza alimenta discusiones infinitas cuando se trata de evaluar la
prestación de los servicios ofrecidos frente a las ventajas acordadas por el
hacendado. Este regateo tiene lugar de persona a persona o de grupo a grupo.
Pero el hacendado no solamente tiene que manejar a sus indios y protegerse
contra sus usurpaciones. Debe, también, defender sus fronteras contra otros
hacendados o contra las comunidades indígenas con las que mantiene variadas y
cambiantes relaciones.
·
41 Aguardiente que se produce con la
destilación de los vinos de Pisco.
·
42 Por otra parte, no dejaron de producirse
dificultades de interpretación; el protocolo del acuerdo (...)
61Asistimos a una negociación muy curiosa en la hacienda de la que
éramos huéspedes. El propietario había emprendido trabajos importantes en el
camino que sirve una parte de su propiedad y, después de emplear a toda su mano
de obra, propuso a los comuneros del vecino pueblo de Muñani que fueran a
trabajar donde él y que, en intercambio, pondría a su disposición ciertos
campos de cultivo. La negociación estaba en marcha desde hacía varias semanas.
El alcalde había tenido largas y laboriosas discusiones con el patrón.
Finalmente, llegaron a un proyecto de acuerdo, pero la ratificación del mismo
había sido pospuesta y en cada nuevo encuentro el alcalde alegaba que uno de
los comuneros al que había informado de los términos del contrato proyectado
había hecho resaltar tal dificultad, solicitado tal aclaración o formulado una
nueva pretensión. Apenas se arreglaba un punto, surgía otra dificultad y muy a
menudo una cuestión ya resuelta nuevamente era puesta sobre el tapete. ¿A qué
superficie de tierra daría derecho una jornada de trabajo? ¿La asignación se
haría en forma global o individualmente a cada jefe de familia? ¿Qué pasaría si
un individuo por una causa u otra cesaba bruscamente de ir a trabajar?
¿Retomaría la tierra el patrón o la entregaría al alcalde a condición de que
reemplazara al ausente? ¿Cuántas horas comportaría la jornada de trabajo?
¿Quién decidiría la fecha en que comenzarían los trabajos? La política del
hacendado era tratar directamente con el alcalde para evitar ser cogido en las
querellas que se suscitan entre los indígenas y se proponía dejarle mano libre
en lo relativo al reclutamiento de los trabajadores, una vez que hubieran
fijado de manera global los terrenos que el alcalde repartiría a continuación a
cada interesado. Pero como las cosas se eternizaban, el patrón decidió convocar
a los comuneros de Muñani que habían aceptado su proposición a fin de
obligarlos a decir su íntima palabra. Así, una mañana, hacia las ocho, vimos
llegar un grupo de unos 20 hombres, en su mayoría vestidos como indígenas (en
Muñani hay, a lo sumo, una decena de mestizos), de los que la mayor parte no
hablaba sino quechua. El alcalde los seguía a caballo. Prevenido mi hostelero
(terminábamos un copioso desayuno con sopa, carne y, además del café, una copa
de pisco41 para defendernos contra los rigores del clima) se dirigió a su
oficina, en donde se le reunió el alcalde. Como la puerta estaba abierta,
algunos indígenas entraban y salían, pero casi todos permanecían agrupados
delante de la oficina. A cada punto delicado, el alcalde venía hasta el umbral
y explicaba las proposiciones que había comprendido. Uno u otro de los
indígenas interrumpía y se formaban grupos. El alcalde volvía a reunirse con el
patrón y después salía para parlamentar nuevamente con sus poderdantes. Este ir
y venir comportaba para cada artículo dos o tres vueltas. Al mediodía, el
asunto apenas si estaba arreglado.42
62Este ejemplo, que ilustra las dificultades incesantes que se
desprenden de la incertidumbre de cada parte respecto de sus derechos y
obligaciones, nos sugiere que puede ser muy precario el control que el
hacendado ejerce sobre su propiedad.
·
43 Término despectivo que se aplica a los
escribanos de las ciudades pequeñas.
63A primera vista, el hacendado aparece como todopoderoso y uno
imagina que dispone a su albedrío de personas y cosas. Es cierto que entre las
autoridades administrativas encontrará muchas simpatías y complacencias. Puede
ser amigo o pariente del diputado o del prefecto. Tal vez su familia tenga en
la capital relaciones o apoyos que inspiren temor al alcalde o al juez. Además,
el hacendado goza entre las autoridades de un prejuicio favorable, porque
representa el orden, mientras que las reivindicaciones del indígena fácilmente
pueden pasar como subversivas. Pero esta visión no es sino someramente cierta.
El indígena también encontrará entre los abogados y notarios de las ciudades
pequeñas a defensores, evidentemente interesados y con frecuencia eficaces. Más
de un hacendado retrocede ante la idea de una querella con los indígenas por
temor a ser arrastrado al mismo tiempo a un asunto desagradable. El tinterillo43 que explota la pasión pleitista del indígena lo protege por el
temor y la duda que inspira al hacendado la amenaza de un proceso tal vez
largo, confuso y difícil. El hacendado teme reunir contra él la mala voluntad
de los indios. Mala voluntad tanto más difícil de reprimir porque también lo es
de circunscribir. En particular, el hacendado teme como a la peste al abigeato
que puede diezmar su rebaño. Ahora bien, la experiencia demuestra que los
ladrones de ganado tratan antes que nada de encontrar cómplices en la hacienda
que tratan de pillar. Un pastor descontento puede asegurarles una preciosa
complicidad. Por eso, el propietario duda antes de recurrir, aunque la ley se
lo permita, a la expulsión de sus colonos. El indio, por decirlo así, es
inamovible; además, por un proceso de penetración, tiende a implantarse cada
vez más firmemente en toda la hacienda. Si no se tiene cuidado hará pastar a
sus ovejas en los mejores pastos, reivindicará las mejores tierras, en resumen,
agrandará su lote. Así, a veces ocurre que los rebaños de los colonos de una
hacienda son más importantes que los del propietario, o que las tierras
directamente explotadas por los indios alcancen a un 30 o 40%, y a veces más,
de las superficies cultivadas.
La
hacienda y sus problemas de organización
·
44 “La condición de las trabajadoras indígenas
en las haciendas ganaderas del sur del Perú”. Arequipa(...)
64Hay que citar un
artículo publicado en Lana y lanares por Juan Chávez Molina.44 En la primera parte de su estudio, Chávez Molina ofrece algunas
notas interesantes sobre la organización de la gran propiedad ganadera, que más
o menos concuerdan con nuestra propia descripción. El autor es un gran
propietario de Puno que ha modernizado la ganadería en su misma propiedad y,
luchando contra los prejuicios, se esfuerza en mostrar que el pastor indígena
no ofrece al propietario una mano de obra gratuita; en intercambio de sus
servicios, el hacendado proporciona a sus indios diversas ventajas, directas e
indirectas. El hacendado, observa nuestro autor, en primer lugar concede a sus
indios el usufructo sin restricción ni especificación (“ya que no se les da
determinado lugar”) de pastos en los que pueden mantener su ganado en número
indeterminado. Les concede, además, el derecho de cultivar parcelas de la
hacienda sin limitar mayormente la extensión de las mismas. Les paga “un
salario en efectivo para remunerar sus servicios”. Por último, les concede el
uso de una vivienda para ellos y sus familias. Las notas de Chávez Molina
suscitan comentarios y reservas. El usufructo de los pastos, aun en la
organización tradicional de la hacienda, no es ciertamente ilimitado y ahora lo
es mucho menos. En cuanto al derecho que sería concedido a los colonos de cultivar
tantas tierras como quisieran, la afirmación también nos parece discutible. En
los dos casos, los derechos a que se refiere Chávez Molina son ciertos, pero no
ilimitados. Igual puede decirse de la concesión gratuita de una vivienda a los
pastores porque aunque es una ventaja real, no se debe exagerar su importancia.
En cuanto al pago en moneda, tampoco está completamente ausente de la
organización actual de la hacienda. Pero ¿algunos soles por mes constituyen
algo más que un símbolo? El hacendado, promediando la concesión de tierras de
cultivo y de pastos, se asegura el servicio de los pastores que, al mismo
tiempo que el suyo, harán pastar su ganado. Los problemas de gestión para él se
limitan, además de la venta directa de los productos de la ganadería, al
control que está en medida de ejercer sobre la población indígena. Es cierto
que desde hace una decena de años la ganadería se moderniza en la región de
Puno. Entre nuestra primera visita, que se remonta a 1952, y nuestro paso en
1959, las cosas habían cambiado. El número de hacendados que cercan sus campos
y que compran reproductores seleccionados ha aumentado; se ha elevado el
rendimiento de lana y carne. Dos grupos de causas han presionado al hacendado a
emprender estos cambios. Unas que llamaremos psicológicas no deben ser
descuidadas: la información se ha difundido, el prestigio de los propietarios
emprendedores ha empujado a otros menos audaces a seguir sus huellas. Además,
la modernización de la ganadería, su tecnificación, como se dice allí, aparece
a la vez como una empresa seductora y fructífera. Los gastos de la
modernización, si no pueden ser pagados totalmente con fondos de la hacienda,
pueden serlo con préstamos de interés. Si el indio, abandonado a sí mismo, no
tiene el deseo ni los medios de mejorar su ganado, el hacendado puede dejarse
convencer de las ventajas de toda clase que obtiene del progreso técnico.
Además —y este segundo grupo de motivos ha sido muy poderoso— la baja de su
ingreso real lo ha empujado a buscar la salvación en mejores rendimientos. La
separación entre el precio de la lana fina y de la lana corriente (chusca) se
ha acentuado sensiblemente. Una hacienda en la que el ganado del propietario
sea todo de raza indígena rendiría cada vez menos. Este, además, a consecuencia
del alza del costo de vida en los centros urbanos, tendría que mantener a su
familia en Lima o en Arequipa a un costo cada vez más elevado, mientras que sus
recursos permanecerían constantes o débilmente crecientes. El único remedio es
aumentar los ingresos con lana y carne de mejor calidad. Pero esta solución
favorable para el hacendado “progresista” tiene muchos riesgos, porque está muy
lejos de conciliar los intereses del propietario con los de la mano de obra
indígena.
·
45 El caso de la carne es algo diferente.
Hasta hoy, parte de la carne que se produce en la región de (...)
·
46 En 1959, un sol se cambiaba por 18 francos.
65El hacendado no se preocupa gran cosa si las rentas que obtiene
de su hacienda le parecen suficientes. Naturalmente que no es un rentista,
porque su ingreso no proviene de un alquiler. Se descarga de la administración
de sus bienes, sin hacerse muchas ilusiones sobre las pillerías de que es
víctima por parte tanto de los indios como de su mayordomo. En lugar de pensar
en términos de provecho, es decir de una separación a maximizar entre costos e
ingresos, tiende a pensar en términos de renta, es decir, de un ingreso capaz
de permitirle un cierto modo de vida. En resumen, lo que verdaderamente le
importa es obtener de su tierra de qué vivir, de manera agradable y decente. Se
trata de que la hacienda le asegure el mantenimiento de su familia en Arequipa
o en Lima, y que le permita mantener su rango. Sería falso imaginar que todos
estos rentistas se dan a una vida de lujo y voluptuosidad. Viven cómodamente,
aunque para muchos esta comodidad es muy modesta. Una casa en Arequipa, algunos
viajes a Lima; la misma casa a menudo es muy sencilla y el nivel de vida no es
de los más altos. Es decir que, hasta hace poco, los estímulos no eran ni muy
numerosos ni muy apremiantes como para invitar al hacendado a interesarse
directamente en la administración de su patrimonio o, con mayor razón, a la
introducción de nuevos métodos. Las innovaciones otorgan prestigio; el
hacendado está orgulloso de su ganado; se vanagloria de los nuevos métodos de
inseminación y vacunación que aplica en su propiedad. Fácilmente se da cuenta
de que sus ingresos aumentan si la calidad de la lana mejora y si se incrementa
la calidad de la buena carne.45 Esta consideración puede inducirlo a comprar carneros de mejor
raza. Pero los cruces de los que obtendrá ovejas más finas no serán ventajosos
si los productos de los reproductores seleccionados no se mezclan nuevamente, a
partir de la segunda generación, con individuos de tipo menos puro. Ahora bien,
en general el ganado del indio es de muy baja calidad. Produce, como media, de
medio a un kilo de lana por oveja, mientras que el ganado del patrón rinde dos
kilos y a veces más. Además, el indio que no vende sino muy poco de esta lana,
porque en su mayor parte la hila para su propio uso, no es muy sensible a la
calidad o, más bien, la aprecia con criterios muy diferentes a los del
consumidor misti. Por ejemplo, busca carneros negros
para evitarse el cuidado de teñir la lana con la que tejerá su ropa y prefiere
una lana algo delgada, más fácil de trabajar, la misma que los compradores
juzgarán frágil y quebradiza. Por otra parte, el ganado cruzado es de
mantenimiento más delicado. El pastor, habituado a las ovejas criollas ¿no
dejará morir a los animales importados a gran costo? El mejoramiento del ganado
tropieza a la vez con la indiferencia y la incompetencia del indígena. Como la
mezcla de un rebaño seleccionado con el del pastor indígena provoca una baja en
la calidad del primero, hay que separarlos. Por eso el hacendado se ve obligado
a cercar sus pastos. Hay otra consideración que lo incita: si quiere disponer
de pastos abundantes en periodos de sequía, debe preocuparse de que los pastos
de las hondonadas, mejor abrigados, permanezcan intactos como último recurso
para los meses de helada, de junio a septiembre, y que el ganado paste en las
alturas durante el periodo húmedo y menos frío, que va de diciembre a abril.
Para disponer esta migración, es necesario que los mejores pastos estén
defendidos y cercados. Aparte de que el cerco es muy costoso —7 a 8 mil soles
por km46—, pues se trata de
extensiones muy considerables, esta decisión no dejará de suscitarle graves
dificultades: de un solo golpe buena parte del personal resulta innecesaria.
·
47 Théorie générale de la Population, v. I,
pp. 131-147 y 179-193.
66¿Qué hacer con esta
población excedente? ¿Arrojarla? Como lo hemos visto, si no es imposible, por
lo menos es muy difícil. Hay que esperar una resistencia que tal vez no sería
completamente pasiva. Por el mismo proceso del cerco, el indígena va a ser rechazado
a tierras cada vez menos buenas y más escasas. Los conflictos entre el
hacendado y los indios —no solo por la atribución de pastos, sino a causa de la
conversión en pastos de tierras de cultivo de débil productividad— tienen,
pues, todas las oportunidades de acrecentarse y avivarse. La consecuencia
extrema a la que tiende esta política de cerco es visible en el ejemplo de una
hacienda muy próxima a la ciudad de Puno, propiedad de un escocés. El número de
pastores ha disminuido radicalmente y los que han quedado ya no tienen derecho
de tener su propio ganado; en resumen, los colonos se han convertido en
asalariados. La calidad del ganado ha mejorado de manera notable, así como la
ganancia del propietario y al mismo tiempo el ingreso individual del trabajador
asalariado. Este ejemplo ilustra los análisis clásicos de Alfred Sauvy.47 El progreso técnico en la cría de ovinos puede significar, a la
vez, un alza del ingreso real de las diversas categorías de productores (aquí,
los pastores, y el hacendado en la medida en que introduce innovaciones
técnicas), al mismo tiempo que una reducción en el volumen de empleo.
67Tal política es seductora por lo menos para el hacendado. Pero
tropieza con dificultades, tan temibles como fácilmente previsibles, por lo que
muchos dudan en aplicarla o, por lo menos, retroceden delante de sus últimas
consecuencias. Después de todo, aun en el caso de una explotación negligente y
mediocre, y promediando las fluctuaciones muy abruptas en el precio de la lana,
la hacienda mantiene más o menos a su dueño. ¿Para qué correr tales riesgos? Se
esforzará sin duda en mejorar el ganado, en cercar parte de los pastos —porque
el provecho que se desprende de tal mejora no es de ningún modo desdeñable—,
pero sin llevar las cosas hasta el punto en que el costo —inversión en alambre
de púas— y los riesgos sociales de la innovación resulten demasiado pesados. El
régimen de la hacienda se adaptará así, parcialmente, a las solicitaciones del
progreso y conservará sus caracteres esenciales: una población indígena muy
numerosa ligada al suelo, una agricultura de muy débil productividad y la
ganadería como fuente única de ingreso para el propietario, con cultivos
alimenticios destinados exclusivamente a asegurar la subsistencia de los
indios.
LA
REFORMA DE LA HACIENDA
68 Chávez Molina, en la
segunda parte del artículo que hemos citado, revisa las diversas técnicas por
las cuales puede mejorarse el rendimiento de la gran propiedad. La primera, que
consiste en transformar al pastor indígena en asalariado, le parece
impracticable en la mayoría de los casos, teniendo en cuenta las consecuencias
sociables desagradables que acarrea. La eliminación de una parte importante de
la población suscitaría tantas dificultades en escala colectiva como las
resolvería en escala individual. El método del cual exalta los méritos, por
haberlo utilizado personalmente, consiste en “interesar” al indígena en el
mejoramiento de su ganado. Se pagarán salarios, hasta donde sea posible, muy
diferenciados del pastor que acepte cuidar al ganado seleccionado y le serán
distribuidas primas según su tasa de éxito con el ganado, teniendo en cuenta la
mortalidad de los animales jóvenes. También se pueden distribuir
gratificaciones al pastor, si su propio ganado comporta un porcentaje más o
menos elevado de animales de raza. Al finalizar el periodo transitorio —tanto
del indio como del hacendado—, el ganado se habrá renovado y mejorado
completamente. Esta política supone que el propietario esté en capacidad de
financiar el costo de la innovación y que el indígena reaccione positivamente a
las incitaciones del progreso. Se puede admitir que lo hará si no le cuesta
nada, si no le retiran las pobres ventajas a que la organización tradicional lo
tiene acostumbrado y si obtiene algunos beneficios del nuevo método. En todo
caso, las resistencias indígenas son débiles porque el procedimiento de Chávez
Molina no deja a nadie sin trabajo. Teóricamente, se llega a un punto crítico
cuando el mejoramiento del ganado, al obligar a la reducción de su densidad por
hectárea (el ganado de calidad es más hambriento), deja de compensar la
disminución del efectivo por el mejoramiento de la productividad física por
cabeza de ovino o de bovino. Evidentemente, todavía no se ha llegado a ese
punto; sin embargo, uno se puede preguntar en qué medida el pastor indígena no
arriesga ser más sensible a la constancia o a la reducción del efectivo que al
mejoramiento de las calidades.
La
cuestión agraria
69El propietario y los
comuneros mantienen malas relaciones: predomina la hostilidad. Hemos visto cómo
el hacendado constantemente se encuentra en conflicto con sus pastores
indígenas; por la concesión de tierras o por la cesión de productos se reserva
un medio de explotar su trabajo, pero el control que ejerce sobre la
explotación de su patrimonio es tan vago que permanentemente teme la ruina. La
misma combinación de astucia, violencia y temor marcan las relaciones del
hacendado con las comunidades; la mayor parte del tiempo la tensión es latente;
escarceos, en apariencia insignificantes aunque continuos, apenas la hacen
perceptible. Los carneros, los asnos o los caballos de los comuneros son
sorprendidos en flagrante delito en los pastos de la hacienda, o bien el
propietario interviene en el nombramiento del gobernador o de otra autoridad
inferior. Sin embargo, a veces toda la región es sacudida por una serie de
explosiones en cadena. Es difícil hacerse una idea de lo que los peruanos
llaman “sublevación indígena”, amotinamiento que degenera en pillaje. La
historia de estas luchas campesinas en el departamento de Puno valdría la pena
de ser escrita, pero faltan informaciones serias. No podemos conceder mucho
crédito ni a la prensa local (que muy a menudo ni siquiera las menciona) ni a
la prensa de Lima, que ve las cosas desde muy lejos. Las declaraciones de los
testigos, o de quienes pretenden serlo, pueden, también, ser sospechosas. Desde
los últimos movimientos de alguna importancia, que remontan a 1925, han pasado
más de 30 años; la exactitud de muchos testimonios se encuentra afectada por un
plazo tan largo. Además, según su humor, los testigos se muestran, ya discretos
y reservados o, de lo contrario, estilizan los sucesos, agrandándolos. Hemos
tenido acceso a los expedientes de algunos procesos criminales correspondientes
a los participantes en tales sucesos. El hecho de que hayan sido atribuidos a
la competencia de los jueces y no tratados según un procedimiento más corto,
sugiere que no deben ser tenidos por muy graves o muy exactamente
representativos ni en su desarrollo ni en la solución judicial que los sanciona.
70A veces los indígenas le buscan pleito a un individuo a quien
detestan particularmente. El Día de los Muertos, un hacendado de la provincia
de Lampa se fue de paseo a la capital del distrito, Calapuja. Era amigo del
gobernador. Mientras que los dos hombres bebían, se les anunció que el
mayordomo del hacendado tenía una discusión con indios ebrios. Algunos de ellos
eran pastores de la hacienda; otros, simples habitantes del pueblo, en dimes y
diretes con el mayordomo. Finalmente se libra de ellos y los indios se ponen a
las órdenes del gobernador. Pero, en la tarde, cuando el mayordomo y el
hacendado salen del pueblo a caballo, caen en una emboscada. Se les lleva
delante del gobernador, de quien los indios pretenden que ponga en prisión a
sus amigos. Después los encierran y, por la noche, un grupo de furiosos
regresa, los maltrata y finalmente matan a uno y otro. Un antiguo odio dirigido
contra un hombre marcado por su aspereza y dureza produjo una explosión
espontánea, que se vio acrecentada por el alcohol y la excitación de la fiesta
y se desahogó violentamente. Otras veces, la lucha es organizada: casi degenera
en guerra. Es dirigida no solo por la masa de indios contra el propietario,
sino por cabecillas que no siempre son indios. Hemos podido reunir algunos
datos de un asunto que remonta al 27 de septiembre de 1920. Una hacienda de la
región de Azángaro pertenecía a una viuda que no la visitaba jamás. El
mayordomo era el dueño absoluto y aprovechaba muy bien la situación. Un indio
que había sido soldado adoptó poco a poco la figura de jefe y reclamante. Los
dos hombres se enfrentaron varias veces violenta y públicamente. A fin de
obligar a su enemigo a dejar la hacienda, el mayordomo le infirió mil
vejaciones. Un día, un grupo de indios (varios centenares, según el informe del
procurador) asedió y saqueó la casa-hacienda y el mayordomo resultó muerto. Un
grupo de policías, expedido desde Azángaro, fue acogido a tiros de fusil. Hubo
una decena de gendarmes heridos y también numerosos indios, pero el jefe logró
fugarse y nunca más fue hallado.
71Hay varios tipos de bandoleros. Ciro Alegría ha bosquejado, bajo
el nombre de fiero Vásquez, el retrato de un quijote de la región de Cajamarca:
ladrón, pero valiente y magnánimo. Este enderezador de entuertos actúa solo,
aunque sus hazañas le valen la complicidad de numerosos admiradores. Las bandas
de hoy tienen como objeto más prosaico el robo de ganado. He aquí un asunto que
hizo gran ruido en Puno alrededor de 1925: X se da cuenta de que su ganado
disminuye. Se queja de abigeato. La hacienda vecina pertenece a uno de sus
primos. Tiene una explicación con este —quien le declara ignorar todo lo de la
marcha de su hacienda y lo remite a su mayordomo—. Escoltado por tres amigos, X
se dirige a la hacienda de su primo y pregunta por el mayordomo, quien se
encuentra ausente, aunque no debe tardar en regresar. Los tres hombres esperan
largo rato. Finalmente llega el mayordomo. X le entrega una carta de su primo y
la discusión se torna agria. El mayordomo encierra a los visitantes y regresa
escoltado de hombres armados y enmascarados. Sigue una pelea general en la que
mueren X y uno de sus acompañantes, el tercero logra escapar, pero guardando
una notable discreción.
·
48 Por lo menos, tal era la situación hasta
estos últimos años, pero esas antiguas familias están per(...)
72 A todo lo largo del
siglo xix y hasta
hoy no han sido muy graves los amotinamientos. Una hacienda quemada, un
mayordomo muerto, encuentros entre gendarmes e indios, así son las
sublevaciones de los años 20 y 30. Según los propietarios, se debieron a la
violencia y la bestialidad de los indígenas. Se les excita haciéndoles creer
que la hacienda los ha despojado de sus tierras y que el hacendado quiere
quitarles las que aún les quedan. La versión de los “indigenistas” es
totalmente distinta: en general, esas sublevaciones serían “provocaciones”
preparadas por los mismos propietarios. Tomando como pretexto algunos
desórdenes, se llama a la guardia civil y al ejército, se hace tornar presos a
los indígenas que molestan y se quiebra así la resistencia de los comuneros, de
los que pueden explotar la mano de obra y adquirir tierras. Sin embargo, se
debe tener cuidado de no reducir todos los conflictos agrarios a la sola
oposición entre los grandes propietarios y los indígenas. Hemos recordado que,
según estimaciones generalmente admitidas, la mediana propiedad ocupa en Puno
alrededor del 10% de los campos de cultivo y de pastos. Esos medianos
propietarios con frecuencia son los notables (vecinos) de los pueblos, que a
los ingresos de sus bienes territoriales agregan otros recursos. Esta categoría
está muy lejos de ser homogénea. A ella pertenece Cotimbo, el teniente de Ichu,
y también el joven maestro que el año 1959 encontramos en la región de
Azángaro. Si el primero es un notable de estilo tradicional, muy al corriente
de las sutilezas del comercio y de la usura, aunque completamente indiferente a
las nuevas prácticas agrícolas, el segundo es un hombre joven, abierto al
progreso técnico y que se interesa en particular en la introducción de nuevos
tipos de pastos, capaces de resistir la helada. En resumen, esta categoría
reúne a los comerciantes de antiguo estilo, a los tenderos más emprendedores
que representan, por ejemplo, algunas casas comerciales, y a funcionarios que
han logrado hacerse nombrar en sitios muy próximos a sus pueblos de origen. Agreguemos
que, si la importancia de la mediana propiedad es muy limitada en Puno, sería
falso imaginar que en todo el Perú la oposición entre la gran propiedad y la
comunidad indígena ofrece el rigor y la brutalidad que le prestan los
escritores indigenistas. En dos regiones sobre las que tenemos alguna
información, la de Puquio y la de Huamanga, una y otra situadas en el vasto
departamento de Ayacucho, los pequeños señores locales —aquellos que José María
Arguedas describe en su hermosa novelaYawarfiesta—
son pequeños o medianos propietarios y, además, se da que estos pequeños
potentados locales son tan duros con los indígenas como los más ricos
hacendados con sus indios.48 Hasta donde podemos saber, las famosas sublevaciones de Huancané
en 1923 no enfrentaron a los indígenas con hacendados abusivos (en la región de
Huancané no hay grandes haciendas); parece que tuvieron por origen la
resistencia activa de los indios a las pretensiones exorbitantes de los
vecinos, investidos con la autoridad administrativa, que les exigían
prestaciones gratuitas de servicios y de trabajo. Estaríamos inclinados a creer
que buena parte de los conflictos que destrozan a la sociedad agraria interesan
sobre todo a las relaciones entre indios y pequeños notables, que han buscado
y, hasta hace muy poco tiempo han logrado, sacar todas las ventajas de la
dependencia y de la inferioridad indígenas, tanto más que los empleos
administrativos medianos y subalternos generalmente les son confiados. Es lo
que en el Perú se llama el gamonal. Esto quiere decir que el propietario que
explota al indio no siempre es un hacendado, muchas veces es un hombre que en
resumidas cuentas no es muy rico, sino que ha sabido rodearse de protectores
poderosos en un puesto de ventaja. El teniente, tal juez o tal subprefecto,
puede ser un gamonal, tan abusivo y tan odiado como un gran propietario de
varias decenas de miles de hectáreas.
73La última crisis remonta a los años treinta, después de la caída
del presidente Leguía. Desde entonces la guardia civil y la policía parecen
ejercer un control muy firme; por otra parte, los particulares no están
autorizados a llevar armas. Si bien la inseguridad se manifiesta casi
exclusivamente por el abigeato, nuevas dificultades pueden volver a suscitar la
agitación. La presión demográfica se incrementa en las tierras ya bastante
escasas de las comunidades, aunque hasta ahora parece que ha estado limitada
por las tasas de mortalidad todavía muy elevadas (tal como lo hemos podido ver
en Ichu). Se han puesto grandes esperanzas en las migraciones espontáneas de la
población, sea hacia los valles cálidos (Tambopata), o a los de la costa.
Desgraciadamente, estos movimientos parecen ser tanto limitados cuanto
temporales. Los de Huancané —algunos millares en total— bajan hacia la región
de San Juan del Oro para cultivar café. Pero regresan una vez que recogen la
cosecha. Del mismo modo, los valles de la costa atraen una mano de obra
golondrina para la viña y el algodón. Las grandes inversiones en la región de
Toquepala (minas de cobre) entre 1956 y 1959 fijaron allí a varios miles de
trabajadores, pero una vez que las principales construcciones estuvieron terminadas,
el efectivo obrero se redujo. Solo queda que la población rural excedente pueda
salir para trabajar en la ciudad. En Puno no se ha emprendido ningún estudio
completo respecto de la distribución de tierras en las diversas categorías de
propietarios. Las estimaciones usuales que hemos recogido de los Servicios
Agrícolas atribuyen a las comunidades indígenas un poco más del 20% de las
superficies cultivadas, 10% a la mediana propiedad, y más o menos 70% a las
grandes haciendas. Debe precisarse que en las grandes haciendas el 20% de la
superficie total está ocupada por los colonos, que la destinan a cultivos
alimenticios. Si se tiene en cuenta que el 90% de los indígenas vive en las
comunidades con el 20% de tierras, y que al 10% que trabajan como colonos corresponde,
aproximadamente, el 15% del dominio en la forma de tenencias, concedidas por el
hacendado, se concluye que la población indígena, que representa la casi
totalidad de la población agrícola del departamento, dispone aproximadamente
del 35% de las tierras. El campesino indígena se ahoga en sus campos exiguos,
mientras que las haciendas dedican a la ganadería inmensas extensiones en las
que viven muy mal algunas decenas de miles de pastores.
74Todo sería simple si fuera posible y deseable entregar a la
agricultura esos pastos. Desgraciadamente, a 3800 metros de altura la
agricultura es una empresa insegura. Está expuesta a sequías y heladas: las
cosechas son irregulares —veces catastróficas, como en los años 1955-1956, en
que el invierno fue muy severo y largo y de una aridez excepcional—. Contra la
sequía hay trabajos de irrigación emprendidos en la región de Azángaro en
particular. Son muy costosos y aún es pronto para apreciar su efecto en el
rendimiento de los principales cultivos (papas y avena).
75Por otra parte, la ganadería ofrece posibilidades inmediatas muy
atrayentes. La región de Puno, convenientemente tecnificada, puede ofrecer a la
economía nacional parte de su carne y de su lana. A este respecto facilitaría
las cosas la instalación de un gran matadero moderno en Cabanillas, en la ruta
de Puno a Arequipa, ahora en vías de conclusión. La realización de este
proyecto abriría nuevos mercados a la producción de carne. Por el contrario,
una reforma agraria clásica que parcele las grandes propiedades, tal vez
incrementaría la producción alimenticia o mejor el autoconsumo indígena, pero
arriesgaría destruir la producción de carne y lana de calidad, que requiere una
mano de obra competente e importantes inversiones. Lo que ensombrece las
perspectivas, en la hipótesis de que el proceso de tecnificación se deje a la
diligencia de los hacendados, es que la política de cerco amenaza desprender un
surplus creciente de mano de obra que, al dejar de tener trabajo en la
hacienda, se encuentra privado de tierra y de medios de subsistencia. La
comunidad indígena, tal como funciona actualmente, no está en capacidad de
alimentar a sus miembros. Hemos señalado la exigüidad de los campos que
corresponde a cada familia. Es aproximadamente en esos términos que en el Perú
se plantea lo que se conoce como el problema de la reforma agraria. En la
región de Puno la reforma parece, a la vez, particularmente urgente y difícil.
La exigüidad de tierras de que dispone el comunero aconseja una redistribución
en su provecho y en detrimento de las grandes haciendas ganaderas. Pero, además
de las dificultades de toda expropiación, los riesgos económicos son
impresionantes: ¿se contentarán los indígenas con las medidas parciales y
prudentes que preparan los expertos? ¿No entenderán toda reforma, por moderada
y juiciosa que sea, como una transferencia, inmediata y sin reserva, de todas
las tierras en su provecho? Conociéndose las posibilidades estrictamente
agrícolas del departamento como muy reducidas, ¿la reforma, no arruinará la ganadería
—por lo menos a la ganadería de calidad— sin mejorar en mucho la agricultura?
76Sin embargo, se bosquejan transformaciones importantes. Hemos
subrayado las iniciativas de ciertos hacendados. Se deben mencionar las
consecuencias de las medidas tomadas por el gobierno en favor de los indígenas,
tanto en el orden educativo, como en el dominio económico.
77En el orden educativo, una de las experiencias más interesantes
es la de los núcleos escolares. Se escoge la capital de un distrito como sede
de una escuela principal que abre sucursales en las diversas parcialidades. A
esta escuela se encuentran adjuntos un educador de higiene, un educador
agrícola y un tercero encargado de la castellanización. La condición del éxito
reside en la aptitud de los nombrados para entenderse con los comuneros, para
suscitar y retener su interés. A este respecto las opiniones están divididas;
unos reprochan a los núcleos escolares su inercia, otros los acusan de excitar
a los indígenas y de difundir opiniones radicales. No esperemos resultados
inmediatos, ni demasiado notables. Uno de los efectos más interesantes de estas
medidas es el acceso de una nueva élite indígena a la vida moderna. En este
particular vale la pena citar la reciente iniciativa del Banco de Fomento Agropecuario,
que se remonta a 1958. Este organismo decide ofrecer a los indígenas contratos
de engorde. La dificultad está en que los interesados no pueden ofrecer sino
garantías muy mediocres: algunas parcelas de tierras, cuya propiedad muy a
menudo es incierta. El Banco dispone de agentes que recorren los pueblos,
encargados de formular listas de eventuales beneficiarios. El préstamo es por
un año y en 1959 las deudas habrían sido convenientemente pagadas. El interés
de esta medida no solamente es económica: al ganar dinero con el engorde del
ganado, el indígena entra en el circuito monetario, aprende a contar y a
calcular. No lo logra sino con dificultad. En el momento en que la campaña de
ventas estaba en lo mejor, con la que los indígenas clientes del Banco de
Fomento Agropecuario contaban para saldar sus deudas, una huelga de tratantes
de ganado y de los grandes compradores significó una baja de precios en los
principales mercados de la región. El Banco fleta varios camiones que van
directamente a Arequipa y Lima. Los precios se mantienen pero, cuando se trata
de pagar el costo del transporte, buen número de los que reciben préstamos
protesta y se queja. Por otra parte, los indígenas no solamente reaccionan por
la desconfianza: si el transporte es tan costoso es porque el camionero
solicita una remuneración excesiva. ¿Por qué no encargarnos nosotros mismos, y
no nos convertimos en camioneros? Encontramos aquí la tendencia a la
organización espontánea sobre la que pueden apoyarse las iniciativas oficiales,
si son oportunas y bien preparadas. Buen número de escuelas se construyen con
la ayuda y participación voluntaria de los comuneros, por “acción popular”. Una
serie de incitaciones parciales, juiciosamente aplicadas, puede preparar los
cambios necesarios. Educación, obras públicas, ayuda por el crédito, tantos
medios cuya eficacia depende tanto de la acogida que encuentren entre los
indígenas como de la intensidad y continuidad de la intervención. Pero ¿serán
suficientes para evitar la explosión?
NOTES
1 Bloch, Marc, “Le probleme des régimes
agraires”. En Bulletin de l'Institut Français de
Sociologie, p. 46.
2 En 7 ensayos de la interpretación de la
realidad peruana. Mariátegui
reproduce con una fuerza y audacia admirables una tesis que después ha llegado
a ser trivial. Su expresión
4 Véase Mariátegui, ob. cit., p. 70. “Si el
comunismo incaico no fuera evidencia histórica incontestable, la comunidad, órgano
específico del comunismo, bastaría para disipar todas las dudas”. Sigue una
larga nota, pp. 79-80, en la que Mariátegui admite que “el comunismo moderno es
cosa distinta al comunismo incaico”, reconoce el carácter “teocrático y
despótico” del imperio de los incas, pero subraya que la comunidad “célula del
imperio” suponía una organización socialista de la propiedad.
5 Para los cronistas que constituyen nuestra
única fuente escrita sobre la civilización incaica, ver Baudin, Louis, L'empire
socialiste des Inka, Les Sources, pp. 6-25.
7 La observación de Garcilaso es muy general.
Después de los 3500 m el maíz no madura; está ausente de Puno y su región. El
clásico trabajo de Yacovleff y Herrera, “El mundo vegetal de los antiguos
peruanos”. En Revista del Museo Nacional (dos entregas reunidas en una
separata), reúne los textos principales de los cronistas con la reproducción de
las piezas de cerámica, especialmente mochica. Para la quinua, véase el texto
de Cobo citado por Yacovleff, p. 239.
8 Garcilaso, ob. cit., en particular, parte I,
libro 5, cap. 2 y 15; y Cobo, ob. cit., libro 12, cap. 28.
14 Es Rowe quien hace esta observación con buen
sentido (Handbook,
v. 2, p. 273): “Calificar o no de socialista el sistema de los incas, depende
de lo que se entiende por socialismo”.
17 Matienzo, citado por Kubler, p. 367,
“Colonial Quechwa”. En Handbook
of South American Indians, pp. 331-340.
19 Término aimara; suyu es el equivalente quechua; también se
dice “mando” o “cuartel”. Se trata de terrenos sometidos a rotaciones casi
obligatorias.
22 Sin embargo, debe señalarse que, en su
artículo “The Contemporary Quechwa”, B. Mishkin dedicada algo más de una página
(439-440) a esta importante cuestión. Distingue: 1.° La comunidad abierta (open
community)en la que cada familia ocupa una casa en medio de sus
terrenos, y 2° La comunidad nuclear, que es un verdadero pueblo del que salen
los habitantes hacia sus campos. Mishkin agrega: “el tipo número 1, la
comunidad abierta o dispersa, es evidentemente una forma antigua, pre-incaica y
propia de las grandes alturas donde hasta ahora predomina. En cuanto al tipo 2,
se observa en los valles y en los terrenos más fértiles, situados a menores
alturas”. Veremos después por qué no nos parece que pueda sostenerse esta
clasificación. Sin embargo, tiene el mérito de vincular los tipos de
poblamiento a las formas de organización social.
23 El teniente gobernador es el representante
del Prefecto, en el último escalón de la jerarquía administrativa.
24 Negocio en el que el comprador encuentra
artículos de consumo tales como sal, coca, velas, galletas de soda, a veces
agua mineral y casi siempre alcohol.
25 Hay otro tipo de poblamiento que se da en el
Perú; el disperso, en forma de bosquecillo. Las casas se levantan en el centro
de un campo cerrado. Es lo que se llama campiña. El valle de Arequipa y Yungay,
en la región del Santa, constituyen ejemplos. Uno y otro lo hemos visitado muy
rápidamente.
27 En Garcilaso se encuentra una descripción
clásica de esas terrazas (Comentarios
reales, parte I, libro V, cap. I). Aunque se refiere a la región de
Cuzco y al cultivo de maíz, vale la pena citarla: “En los cerros y laderas que
eran de buena tierra hazian andenes para allanarlas, como hoy se ven el Cozco y
en todo el Perú. Para hazer estos andenes echa-van tres muros de canteria
fuerte, uno por delante y dos por los lados, algo pendientes adentro (como son
todas las paredes que labran), para que pueden sufrir el peso de la tierra que
les arriman hasta emparejar con lo alto de las paredes. Passado el primer
andén, hazian luego otro menor, y adelante de aquél otro más chico. Y assi ivan
ganado todo el cerro poco a poco, allanándolo por sus andenes a manera de
escalera, gozando de toda la tierra que era buena para sembrar y que se podía
regar... ”. Esta misma técnica se encuentra en Ichu, Ojerani y Pusalaya:
algunas terrazas todavía son irrigadas y abonadas. Las situadas en las
vertientes de inferior exposición han sido abandonadas.
29 Vocabulario de la lengua general de todo el
Perú, llamada lengua quechwa o del inca. reeditado por Raúl Porras Barrenechea, Lima,
1952.
32 George Dumézil ha consagrado un artículo
importante al ayni (“Catégories et échanges de services
chez les Indiens quechwa”, pp. 3-16). Aunque las observaciones de Dumézil se
refieren a la región del Cuzco, creemos útil resumirlas para discutir su
interpretación. “El ayni —escribe Dumézil— no se practica sino entre indios y
crea una relación durable entre individuos o entre familias [...] Por ejemplo,
el trabajo (el ank'a) hecho por X en el campo de papas de Y, no dará lugar sino
al trabajo de Y sobre el campo de papas de X”. Se trata, pues, de un
intercambio entre iguales (“no se practica sino entre indios”) que recae sobre
bienes o servicios rigurosamente equivalentes. A esta primera característica,
Dumézil agrega una segunda: “prestación y contraprestación no deben ser
negociadas ni aun solicitadas [...] Hay una lista de circunstancias que
tradicional-mente ordenan en el seno del ayllu un servicio de este tipo:
trabajo agrícola o de construcción, presencia y contribución en los duelos y
fiestas de familia, visitas y ofrendas a los enfermos, regalos de matrimonio,
donación de alimentos en la necesidad, mikuy ayni (asistencia alimenticia), por
último, la ayuda a quienes son designados para ocupar los cargos honoríficos,
de la iglesia y la comunidad, que en nuestros tiempos cristianos son onerosos
(no se ve dónde acaba la cita); Dumézil, al subrayar que los servicios del ayni no deben “ser negociados ni
solicitados”, insiste en el carácter de la institución. Nos parece que su
insistencia es excesiva. ¿Qué sanción recaerá sobre mí si me substraigo a las
cargas del ayni o si, por lo menos, trampeo con ellas?
Con toda seguridad seré mal visto por los otros comuneros, y eso me puede
costar. Pero el carácter impreciso de la sanción nos conduce a poner en duda el
carácter categórico de la obligación. El ayni excluye el regateo, escribe Dumézil.
Sin embargo, deja entre sus participantes secuelas de amargura y resentimiento.
Basta escuchar las quejas entre parientes y amigos para convencerse. La
equivalencia rigurosa entre los servicios rendidos y prestados es, sin duda,
una de las exigencias de la institución. Que esta exigencia se respete siempre
y fácilmente, sin duda es otra cosa. “El ayni no se practica sino entre
indios”, escribe Dumézil. Esta fórmula le ha debido parecer demasiado radical
al mismo autor, porque en el párrafo 4 de su texto agrega esta precisión muy
importante: “Por otra parte, entre indios y mestizos y por ser éstos los ricos
y poderosos del pueblo, el término ayni se emplea para designar intercambios de
servicios que ya no son homogéneos pero que aún tienen —prestación y
contraprestación— el carácter esperado, el carácter de necesidad tradicional
que no incluye la negación [...] e igualmente, por lo menos en teoría, el
carácter de intercambio en la igualdad [...] El indio trabaja las tierras del
mestizo, quien, en reciprocidad, le ofrece concejo y protección en las
innumerables acciones legales en las que es su defensor o, a veces,
demandante”. El texto precisa útilmente que al lado del ayni,
stricto sensu, intercambio obligatorio (entre indios, que recae sobre bienes y
servicios
34 El vecino, en la época colonial, era “el
habitante que había podido probarle al cabildo que le pertenecía la casa de la
ciudad en que habitaba, que era propietario de armas, que había servido en la
milicia... ” (Helmer, Marie, ...Chucuito
en 1567.p. 127). En resumen, el vecino es un burgués en sentido
estricto.
37 Esta hierba se llama ichu. Es la más rústica y resistente. Se le
distingue de la paja brava y del kachu.
42 Por otra parte, no dejaron de producirse
dificultades de interpretación; el protocolo del acuerdo nada había dicho del
problema del abono. Los de Muñani interpretaron a su favor el silencio y
quisieron abonar las tierras, cuyo uso se les había dado, con los abonos
animales que el hacendado pretendía reservarse en beneficio de sus propios
campos.
44 “La condición de las trabajadoras indígenas
en las haciendas ganaderas del sur del Perú”. Arequipa, febrero-marzo de 1957.
45 El caso de la carne es algo diferente. Hasta
hoy, parte de la carne que se produce en la región de Puno no se consume
fresca; se sala y se seca al sol y se conserva con el nombre de chalona. Para
este uso no se precisa carne de buena calidad; basta con la de los animales
viejos. Sin embargo, como el mercado de esta carne seca es muy extenso, no solo
se consume en la sierra, sino también en la costa, y se vende a buen precio.
Con la apertura de un matadero moderno en Cabanillas (en la vía férrea entre
Puno y Arequipa), la producción de carne de calidad puede resultar mucho más
interesante. Hasta ahora, la ambición de los hacendados progresistas se ha
centrado en el mejoramiento de la lana.
48 Por lo menos, tal era la situación hasta
estos últimos años, pero esas antiguas familias están perdiendo sus comodidades
y la escala de prestigio. En Puno, por ejemplo, un observador tan advertido
como Arguedas se sorprende por la rápida decadencia de los notables
tradicionales (que describe en sus primeras obras) y del ascenso de los cholos
que han hecho dinero con el comercio y sus camiones (José María Arguedas,
“Puquio: una cultura en proceso de cambio”. En Revista del Museo Nacional).
NOTES DE FIN
1 Cuando Bourricaud escribe este texto, estaba
en vigencia la Constitución del 29 de marzo de 1933, donde se habla de
“Comunidades indígenas” en los artículos 193, 205 y en todo el título XI (arts.
207-231). En el artículo 209 se señala que “la propiedad de las comunidades es
imprescriptible e inenajenable... asimismo, inembargable”. (N. del E.]
2 Se refiere a Maxime Kuczynski-Godard quien,
por encargo del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, hizo una
evaluación de la zona a inicios de la década de 1940. Ello se publica con el
título La pampa de llave y su Hinterland(1944).
Hay reedición por la UNMSM con el título Los andes peruanos: llave - Ichupampa
- Lauramarca - Iguaín, serie Clásicos Sanmarquinos, Lima, 2004. (N. del E.)
TABLE DES ILLUSTRATIONS
© Institut français d’études andines, 2012