PUNO: LA CIUDAD QUE NO EXISTE
Una necesaria lectura
Tomado de “El Comercio” Lima 1952
El siguiente texto lo considero un preámbulo de este libro,
en la medida que es en realidad una radiografía, una sinopsis de Puno y del
puneño, que aunque no siendo yo puneño de Puno, sino puneño de Azángaro, cabe
en mi ser, la trascendencia de la identidad descrita en sublimes conceptos,
hace sesenta años por Federico More, y estoy seguro que lo mismo sucede a
cualquiera que ha nacido y se ha criado en la amplia meseta del altipampa, o
muy cerca del lago sagrado.
Desde cuando hace años leí por primera vez este texto, consideré que es imprescindible leerlos varias
veces, aun estando en la tierra donde uno ha nacido y ha vivido desde su niñez,
más aun, cuando esta lejos del lar querido, en el objeto de no ser un
desarraigado de su tierra, de ahí que muchas veces estuve tentado de volverlo a
publicar en la Revista
Aswan Qhari, sin embargo parece que esta es la ocasión.
Leer estos textos es conocer la identidad necesaria del
puneño para comprenderlo, entenderlo y saber que es un ser raro, distinto,
ajeno a los del resto del país, y qué decir de la tierra puneña, la tierra
puneña es distinta, es atrayente, te puede comer, engullir, absolver, con la
belleza de su paisaje, con la belleza de su tradición y sus costumbres, con la
forma del ser puneño, o puneña, que pasado los años, te impide dejar de serlo y
te prohíbe negar tu tierra de origen.
Es que Puno es otro mundo, nosotros los puneños somos seres
de otro mundo, distintos, hemos forjado una propia identidad que también es
distinta a las demás, si hasta los perros son distintos, porque es el único
sitio donde los perros no le ladran a la luna, sino que piensan con ella, es el
único sitio donde el silencio se escucha bien clarito y con mucha atención.
Estas y otras razones motivan reproducir este hermoso ensayo
del periodista puneño Federico More,
publicado en el diario el Comercio en
1952, cuando él tenia 62 años y era un hombre que yahabia recorrido mundo falleciendo dos años después, en 1954.
Este es el Ensayo:
PUNO: LA
CIUDAD QUE NO EXISTE
Escrito por Federico More.
Si de pronto, la ciudad donde seres y objetos quedaron
petrificados por la furia heológica, se animasen tímidamente y los hombres
tuvieran algo como gesto, el indicio de una mirada, el vestigio de una voz y
las flores temblaran un segundo y sobre la superficie lítica de sus pétalos de
voluptuosos y suaves contornos corriera algo como brisa llegada de muy lejos
para morir… Si sucediera todo esto y lo viéramos, como en el lienzo del cine
mudo o como una alucinación en un cementerio, acaso tuviéramos remota idea de
lo que es Puno, la ciudad irreal, maravillosa encantadora donde la palabra y el
movimiento son ensayos y donde, sin embargo, nos rodea un consonante aire
musical bajo una luz que nadie sabrá jamás de donde partió. Si Euterpe, la
diosa bajo cuyos ojos zarcos nacieron la flauta y la dialéctica, no fuere
alegre y sonora, diríase que ella es la que preside los destinos de Puno. Si
Melpóneme no fuera musa de la
Tragedia y de las oscuras leyes del destino, quizá fuera la
deidad nutriz de Puno. Pero si Puno no es alegre, tampoco es trágico. Es nada
más que pensativo y luminoso hasta la irrealidad. Al Puneño de Puno y con Puno
le interesa muy poco el mundo exterior. No lo hace ni por presumido ni por
insensible. Ese puneño no ama a su ciudad sino que está dentro de ella, estrañado
en tierra yerma y en sus piedras grises. No le preocupan los asuntos que
apasionan en otras ciudades: el agua potable, la luz eléctrica, los
automóviles, la asistencia de salud. Es que, para sus necesidades, lo tienen
todo. Posee agua clara, fría, hija de azuladas vertientes s8ilenciosas; posee
una luz superior a todas las luces humanas y no iluminación comparable a la de
sus noches de Junio. Parece escrito para Puno aquella de:
“El día que me quieras
será el mes de junio,
La noche que me
quieras será de plenilunio”
Es imposible tener idea de los plenilunios puneños en el mes
de las heladas. Aun viéndolos, es imposible comprenderlos. Después de haberlos
visto, cuando ya se convierten en sueño, en recuerdo, en nostalgia, es cuando
se empieza a entenderlos un poco. Solamente los enamorados tienen ojos para
verlos. Son de un frío tan frío y de una claridad tan clara que en ellos es
preciso juntar las manos con las manos, quedar en silencio y cerrar los ojos.
Si Puno fuera ciudad de Atica, sus destinos estarían en manos de Harpócrates,
el dios de los labios sellados. Y en las manos de Artemisa, la de ojos tan
azules y fúlgidos como las aguas del lago misterioso y divino. Los perros, que
en todas partes ladran a la Luna,
no lo hacen en Puno; ante la luna llena y en la noche helada de un azul en
negrecido por la hora, los perros se sientan, solemnes y hieráticos, sobre sus
cuartos traseros; aprietan los hocicos, sonsacar la lengua acezante ni exhibir
os colmillos feroces y elevan los ojos agrandados, implorando, húmedos, hacia
la luz imperturbable de la diosa Gélida.
Lo corriente es que el hombre ame a saciedad, dando por
sentado que él es uno y la ciudad es otra; que la ciudad es distinta del
ciudadano. En Puno ocurre otra cosa; el hombre es parte de la ciudad, es la
ciudad misma, ola ciudad es una representación del hombre. El puneño siempre es
un ser de otro mundo, no pertenece a la Zoología, sino a al Cosmogonía. La sobriedad y la
medida alcanzan en Puno limites inconcebibles es que el puneño se siente
infinitamente diminutivo ante el lago yante la pampa, ante el frío y ante la
luz. El frío de Puno poco o nada tiene que ver con el termómetro: Es posible
que en Polo haya más frío termométrico. Lo mismo puede pasar en muchas grandes
ciudades. Y lo mismo pasa con la luz. La de Puno en nada se parece a la de las auroras
boreales. No es la luz instantánea de los ocasos del trópico. No es la luz
dormida de los mediodías en los mares
ecuatoriales. Es una luz en la que hay hielo, una luz hecha con témpanos, así
como la nieve puneña parece un encaje tejido con luz. Nada tiene que hacer la
burbuja eléctrica en esa sociedad etérea que, en las noches de junio y julio,
necesitan candelas y fogatas, luces que son así como cataclismos convertidos en
resplandor.
No hace falta que haya servicios higiénicos. En uno mueren
los Zoopatógenos, no son de urgencia los baños, el alcohol baja de grados, las
comidas tienen que ser sencillas y parvas. Entre el hielo y la luz se
esteriliza todo. Cuando no es la luz prodigiosa y feérica de los meses del
hielo, es el interminable caer del agua y son las noches atrozmente lógrebas.
El agua cae sin ruido sobre los techos de paja. Nada tan silencioso como la
nevada que más parece un deshacerse, en el aire insonoro, de copos de nubes, de
vaporosas madejas de seda blanca deshilachada. En el fondo de los grandes
patios, entre velones de lumbre mortesina, trabajan brujos y curanderos.
Y los patios, muchos de ellos pavimentados con unas
piedrecillas blancas que hay en las orillas del lago, aparecen en las
transparentes noches heladísimas, como reproducciones del fulgor lunar y en las
tenebrosas noches de lluvia, como gemas que nadie se atrevió a recoger. ¿Y para
qué el automóvil?. Bajo la acción furiosa del hielo, del sol y del agua, las
pistas desaparecen. Al puneño lo único que le extraña es no caminara a pie. En
flores es, como en todo parco e irreal. En Asiruni, en la isla de Amantaní, en
el Manto, hay arriates donde medran pensamientos de un azul que seguramente se
conocen en la estratósfera; de un amarillo cruel como el que ocela la piel de
los tigres. Hay pensamientos negros cuyos pétalos parecen alas protervas.
En las paredes de las casa del campo, brota entre ladrillo y
ladrillo y borrándolas junturas, un orégano que en nada se parece al tomillo
literario del que tanto hemos oído hablar. En Puno los olores se disipan. El
color de las flores se suaviza y amortigua con peregrina elegancia y, si bien
no abundan los matices, los tonos son finos y graciosos como ciertos celajes en
los cielos de las latitudes templadas. Y todo sucede en silencio. Un día se
descubre que la ciudad avanza hacia el cementerio y que el cementerio avanza
hacia el cementerio y que el cementerio avanza hacia la ciudad. No hay más que
urbanizar la necrópolis o neurotizar la ciudad.
¿Quiénes son los vivos? ¿Quiénes los muertos?. Esto lo saben
los extranjeros que gobiernan en Puno. Los puneños no distinguen bien estas
minúsculas diferencias entre la ciudad y el cementerio. En medio de ese ecuménico
silencio, todo sobresalta. Cuando los enamorados se besan, con el beso mudo y profundo
del amor, parecen asustados por haber hecho ruido.
En la calle de los Puentes que es la que separa la ciudad
quichua de la ciudad aymara, unas mujerucas cubiertas de innumerables rebozos,
preparan el té con pito. Las marmitas, colocadas sobre los fogoncillos de quién
sabe qué tiempo silban en cuanto el agua empieza a hervir. Es el té con pito
que se toma con licor de anís. Es el ruido
más fuerte de Puno. Y esa gente silenciosa ama, sobre todas las cosas la
mosaica y sus huainos son los más lindos del Perú.
Junto al cerro Huajsapata, los puneños bailan en silencio y
después las parejas sed pierden en la revueltas interiores del cerro engruñas y
cavernas con algo carcelario y algo nupcial; y el rumor de la música sedante y
con una cadencia pacificadora gracias a la cual comprenderemos lo que hay de
beatitud y de tormenta en el alma puneña. Alma parecida al lago, numen augusto
del páramo. En el lago, si se quiere oír el viento y ver el movimiento de las
aguas, hay que internarse hasta la pampa de Ilave, ahí donde no hay sino cielo
y agua. Antes, todo es silencio y quietud. Los totorales se mecen probablemente
al influjo de una brisa que sólo ellos sienten y forman un ruido que debe
parecerse al que producen las hamacas cuando se mecen perezosamente en los países
del Sol. Nadie duda de que en el lago hay seres extraños. Algunos los han
entrevisto. Como en los mares hiperbóreos, las aguas del lago esconden romances
e idilios, tragedias de celos, secretos de muerte, dulzuras inexplicables y
dolores sin remedio. Algo Clama y se queja y se ríe dentro de esas aguas. Pero
para oírle, hay que ser puneño de Puno. No es raro ver a uno de esos puneños,
de pie en las orillas del lago, escuchando algo que nadie más escucha, Se le
acerca otro puneño y no hay saludo alguno. Ninguno de ellos habla. Ambos
escuchan. Y parece que no hay qué oír. La totora tierna es muda, Las aguas del
lago jamás confidencian con nadie. La luna boga en silencio. La lluvia cae sin
ruido. En Puno ni siquiera el granizo tabletea. En las grandes tempestades, el puneño
se estacia contemplando el zigzageante y corcorgráfico esguince del relámpago.
No tiene tiempo que dedicar a las ruidosas vulgaridades del trueno. Y la música
envuelve a las gentes. Las rodea con gracia de brazos amantes y con arrullo de
voz enamorada. En aquellas calles y en aquellas plazas que siempre parecen algo
recóndito, vagan seres estáticos. En éxtasis vive el hombre, en éxtasis la
huicuña, en éxtasis el huanaco. Cualquier ruido suena en Puno como un balazo en
una alcoba. Los ojos de las mujeres sin hermosos por su luminosa quietud,
porque parece que siempre buscan un paisaje remotísimo, porque el amor y el
deseo duermen en el fondo de ellos como en el fondo de las aguas el espejismo
inalcanzable. Puno es tierra mística, tierra de músicos y de sacerdotes y en
ella la palabra tiene muy poco que hacer.
-
Pero Puno –interrumpe un lector- es según dicen, el
Departamento más rico del Perú.
-
Cierto. Bajo su suelo abundan el oro y la plata y sobre
sus llanuras interminables corren millones de ovejas. Y sus ríos son ricos en
pesca. Pero es que no estamos hablando del Departamento de Puno ni haciendo un
estudio estadístico. Puno es, en el Departamento, el distrito más pobre de la Provincia más pobre. Y
hablamos de Puno.
-
Pero dicen Uds. que Puno es pobre.
-
No es cierto. Quizá no abunde en minas y ovejas. Tiene
leyenda, es hijo mimado del Titicaca. El primer puneño fue Manco Cápac, aunque
jamás haya existido. Y es que en Puno las cosas y las gentes no existen. Son y permanecen.
-
No hemos entendido una palabra.
-
Nosotros tampoco; pero sabemos que es así. Puno es la
capital de la leyenda y de la fábula. ¿Qué puede importarle la Arqueología y la Historia?.
No hay puneño fuera de Puno, el que sale de la heredad
milagrosa pierde sus cualidades. Es como la joya que cuando abandona el pecho o
la mano de la mujer hermosa, se convierte en objeto de prendería.