DE PUNO A MOQUEGUA
DE PUNO A MOQUEGUA EN BICICLETA

La historia es
tan actual que merece ser contada para conocimiento de los mas jóvenes que
tienen pereza de caminar mas de dos cuadras. O para los más grandes, que andan
quejándose de achaques que existen más en la mente, que en el cuerpo.
LOS ACTORES

LA PARTIDA

EL VIAJE
Casi sin ningún
apuro; pero con una decisión a prueba de dudas, nos encaminamos por la ruta 5
de la carretera interoceánica. Fuimos devorando kilómetros y paisajes propios
de la cordillera volcánica, que ha dejado mesetas como las de Cutimbo, en cuya
cima nuestros antepasados han dejado monumentos funerarios, conocidos como las
Chullpas de Cutimbo. Mas allá en el kilometro 27 tropezamos con una formación
de tufos volcánicos, conocidos como sillar. Este material es excelente para la
construcción; pero no es aprovechado adecuadamente. A 30 kilómetros encontramos
una edificación que se encuentra sin uso, un elefante blanco como muchos
existentes en nuestro vasto altiplano.

Aquí haremos un
alto para describir algo de nuestra realidad, Huacochullo se encuentra a 78 kilómetros de Puno; pero a 500
kilómetros de la realidad, nuestros gobernantes locales desconocen la realidad
de estos pueblos; sin energía eléctrica, colegios poco atendidos; postas de
salud desatendidas. La ganadería alpacuna a merced del frio y de las
enfermedades. Hacen que estos pobladores miren a Moquegua, nuestro vecino
millonario gracias al canon minero; muchos de ellos quieren pertenecer a la
tierra de las paltas. Vamos a pedir a nuestras autoridades regionales, atención
para estos pueblos, o los vecinos se encargaran de hacerlo.
Luego de un
reparador y constructivo sueño de mas de ocho horas, proseguimos nuestro viaje
rumbo a la gloria o rumbo al fracaso. No teníamos certeza de lo que nos
deparaba el destino, según los cálculos nuestra próxima parada debio ser
Titire, esto realmente ocurrió cuando a las 10 am del día 6 de mayo, avistamos
la pequeña localidad, según todos perteneciente a Puno; pero según algunos
perteneciente a Moquegua. Algunas autoridades de ese departamento, hasta se han
atrevido a construir una plaza.
En Titire
(kilometro 103) nos correspondió recuperar las energías con unos edificantes
chicharrones de alpaca, en el único restaurante del lugar, allá como en otros
sitios la pregunta era constante. ¿Por qué iban en bicicleta? Si había carros
para viajar. No había muchos deseos de discutir con la gente, lo que había eran
deseos de llegar a Moquegua. Y el viaje proseguia lento pero constante hasta
arribar a Puente Bello, un lugar sacado de los cuentos de hadas, donde la
naturaleza ha esculpido formas caprichosas, grutas maravillosas y pareciera
decirnos que alla hay vida a través de emanaciones de agua caliente y gases
sulfurosos, de fuerte olor. Todo un espectáculo que pago el esfuerzo con
intereses altos.

La travesía se tornó
penosa debido a un viento contrario de unos 20 kilómetros por hora, este hacia
dura la tarea de pedalear, las distancias se hacían largas inacabables, casi
infinitas. A pesar de todos esos inconvenientes nunca paso por la mente de los
viajeros, abandonar la empresa; solo
había que tomar algunas decisiones. Según
nuestra bitácora, debíamos tocar Humalso o Humajalso; pero este
campamento no aparecía ni en los sueños. De pronto la salvación estuvo de
nuestro lado, como un espejismo apareció detrás de una curva la escuela de
Chilota, una edificación moderna, donde se nos apareció la virgen enviándonos a
un joven motociclista, que se alojaba en la escuela, luego de las
presentaciones de ley, el trabajador del Proyecto Alpaca de Moquegua resolvía
alojarnos por esa noche. Esto salvo el pellejo de los viajeros que eran
amenazados por el frio y por el cansancio.

Luego de
agradecer por la atención recibida había que proseguir el viaje, que seguía
siendo incierto, el siguiente punto debía ser Humajalso; pero no sabíamos
cuanto tiempo debriamos pedalear para llegar a ese destino. Las cuestas se
hacían interminables; pero para gratificar venían unas bajadas asombrosas,
donde nuestras escuálidas bicicletas desarrollan según se puede calcular, unos
40 km por hora. El sol jugaba su partido se tornaba inclemente; pero se
compensaba esta “agresión” con paisajes que para describirlos, nuestro español
queda corto. Nieves eternas, manadas de alpacas, bofedales o humedales que
hacían posible la vida a esas alturas, que se encontraban encima de los 4500
msnm. Todo un espectáculo, que nos recordaban nuestra pequeñez, nuestro
carácter efímero, nuestra presencia poco importante frente a la grandeza de la
naturaleza.

En Humajalso
pudimos saciar nuestra sed industrial, de comer no había nada eso hubiese sido
mucho pedir, en nuestro caso, la sed era una de las amenazas mas temibles, la
otra era que el viaje seguía siendo incierto. La gente no daba razón de las
distancias, ni del tiempo que
tardaríamos en llegar al desvío de Carumas, eso era preocupante, sin duda.
Para volver a la
pista tuvimos que trepar una cuesta que de solo verla daba fatiga, la subida
fue tortuosa, se puede decir que fue el obstáculo mayor. Dos horas fue el tiempo
que demoramos en trepar la cuesta y casi toda la energía disponible para ese
efecto. Despues sobre la pista, la cuesta se prolongaba indefinida e
interminable, algunas bajadas premiaban en esfuerzo y avanzábamos con el mismo
entusiasmo que al principio. En ningún momento se hablo de regresar, tampoco
nadie se arrepintió jamás de haber partido, con rumbo a lo desconocido. Ninguna
queja, ninguna maldición, nadie recrimino a nadie. No hubieron crisis de
ninguna especie; solo pensaba que nuestros ingenieros y topógrafos en vez de ir
por la quebrada, habían buscado las cumbres, no se si para hacer mas fácil el
descenso. O para hacer el asunto mas difícil o será que no estuvimos en el
pellejo de nuestros esforzados ingenieros.
El esfuerzo de
mas de cuatro horas de inagotables cuestas e incontables curvas; a las 3:00 pm
del día 7 de mayo, tuvo un premio y es que avistamos el paraje de Chilligua,
que es a su vez el desvió a Carumas y la puerta de entrada al valle de Torara.
Luego de comer unos deliciosos y reparadores chicharrones nuevamente, nos
esperaban 80 kilómetros de pendientes y curvas, hasta Moquegua. Nuestros
pesados cargamentos y nuestros pesados cuerpos, se deslizaban a 40 km por hora,
aunque dicen los historiadores que llegamos a 50 km por hora. En un abrir y
cerrar de ojos se mostraba el cerro Baul, todo un símbolo de nuestra travesía.
El valle de Torata no se hacia esperar, tampoco la ubérrima y acogedora villa
de Moquegua, que a las 6:30 Pm casi en plena obscuridad, se abría nuestros ojos, como diciéndonos que habíamos
cumplido con un sueño, esperándonos con el ruido propio
de la ciudad, que sonaba a esperanza, a triunfo, a gloria.
Jose Antonio
Mandujano Gallegos
Gabriel Omar
Mandujano Rubira