El Momento Histórico, por Lizandro Luna
El Momento Histórico.
En tiempo de Pedro Vilca Apaza
Tres siglos de opresión, con
su influencia letal. Pensaban como tres montañas de plomo sobre el cadáver del
imperio. Bajo aquel peso enorme habían ido desapareciendo las obras admirables
del lnkario logradas en largos siglos de paciente labor. La conquista fue como
un cataclismo para aquella organización. Destruyó la sociedad indígena y su
economía. Trajo por tierra el maravilloso y armónico sistema Comunista de
gobierno. Pueblos íntegros fueron diezmados.
Desaparecieron sus magníficas
obras de irrigación, Sus acueductos. Sus caminos espléndidos, sus edificios
seculares. De todo esto quedaron ruinas. El capital humano también iba
disminuyendo. De once millones de habitantes, con que contaba el Imperio antes
de la conquista, se habían reducido a menos de cinco en aquellas fatídicas tres
centurias. Pavorosa proporción. Marchando a aquel ritmo la despoblación sería
total. Este hecho, da la medida de la obra destructora de la Conquista debido al
bárbaro sistema de gobierno impuesto a los pueblos sojuzgados.
Del Imperio floreciente de
ayer solo quedaban vestigios y escombros. Reinaba entre ellos un silencio de
necrópolis. El dolor la angustia, cerraban sus férreas tenazas en torno a la
sufrida raza. Pero esta soportaba en silencio su martirio. Parecía de bronce,
Resistió estoicamente. Ni uno quejo. Ni un alarido de protesto. Sus reacciones
violentas habían sido ahogadas en sangre desde la rebelión de Manco II en 1535.
El Perú estaba sumido en una inmovilidad cataléptica. en un letargo mortal. El
régimen colonial parecía. haberse impuesto definitivamente.
En rápido bosquejo enfocamos
lo situación. Los indios marchaban en rebaño a ser devorados entre las fauces
voraces de lo mita, los obrajes. Los cañaverales. las encomiendas. Eran estos
centros de bárbara e inhumana explotación. Verdaderos infiernos dantescos. Ahí
entraban los indios por millones, en racimos humanos impresionantes, la mayoría
no volvió a salir. Quedaban sus cenizos. Huesos calcinados, sangre y lágrimas,
eran el combustible de aquellas hogueras gigantescas. Es que el hombre había
perdido su condición de persona. Estaba convertido en animal de sufrimiento.
Había descendido al plano de lo bestia de carga. Estaba en la misma categoría
del perro o del gato ante el criterio despótico del amo. El que nada tenía
pagaba con su persona el delito de vivir.
El que era yanacona de nacimiento se
consideraba como siervo. De hecho, perteneció al dueño de la tierra donde había
visto lo luz. Y era irredimible. Si era hijo de la comunidad. el mal era mucho
peor; llevaba desde antes de nacer el marco infamante del esclavo. El casado no
estaba seguro de su compañera de infortunio. Estaba a merced de lo violencia,
de la extorsión brutal erigidas en ley Carne de esclavitud, para esta sufrida
raza no había más ley que la voluntad despótica del amo ni más juez que el
látigo del capataz, Era paria en su propia tierra.
Nada le pertenecía.
(Lisandro Luna, 1944. “El Puma Indomable”)