EZEQUIEL URVIOLA, El Profeta que incendió la pradera
Ezequiel Urviola: Entre la historia y el mito
Escribe: Luis Urviola Montesinos
EN EL DIARIO LOS ANDES DE PUNO
Nacional - 18 may 2014
“Lo bello es cien veces más bello
Aureolado por la preciada verdad.
(Shakespeare)
(Shakespeare)

La novela “Ezequiel: el profeta que incendió la pradera”, del
escritor Feliciano Padilla Chalco (2014); obra muy comentada y elogiada
por expertos, principalmente literatos nacionales y locales, es
merecedora, además no solamente del comentario de los especialistas de
otras áreas que tienen que ver con la historia, cultura y nuestra
sociedad peruana, en general; y puneña en particular. Es menester que la
obra mencionada salga de los confines de los entendidos académicos,
generalmente enclaustrados en microgrupos elitistas y muy alejados del
pueblo al que perteneció, pertenece y pertenecerá siempre Ezequiel
Urviola y Rivero.
Pero, en primer lugar quiero felicitar al autor porque entre otras
virtudes suyas, demostradas en la novela mencionada, está el habernos
entregado la primera imagen estética, no elaborada por nadie, de
Ezequiel Urviola, a través de la literatura. Es más, mi deseo es
referirme, dentro del limitado espacio de este artículo, a una
aproximación estética marxista sobre aquel luchador azangarino que el
sociólogo Antonio Rengifo Balarezo (1977) denominara “el precursor de la
alianza obrero campesina” en el Perú y que Feliciano Padilla lo muestra
en bellas dimensiones caracterológicas propias del arte.
Obviamente que la obra de Feliciano Padilla no es una investigación
de historia o sociología. Es una novela y, a mi entender, su mejor
novela que, entre otros merecimientos, ya comentados por diversos
críticos, tiene acaso la virtud de haber roto los atavismos que
circunscribían a nuestra producción literaria puneña a espacios muy
localistas, terrígenos. Posiblemente esta obra de Feliciano Padilla sea
la primera novela puneña de extensión y dimensión nacional y hasta
internacionalista ya que Eduardo Galeano presentó a Ezequiel Urviola al
Mundo en su ensayo Memorias del Fuego.
Feliciano Padilla ha logrado entregarnos los rasgos del carácter, la
personalidad, la obra, el sentimiento y el pensamiento de Ezequiel
Urviola, no a través de los hechos ocurridos; sino mediante la categoría
estética de la imagen. La ciencia, como forma de conocimiento, refleja
la realidad objetiva mediante conceptos, leyes, y se basa en hechos.
Encontramos la verdad científica en su aproximación a la realidad y
mediante procesos cognitivos determinados desde la observación,
percepción, abstracción concreción y demostración, experimentación y
demás procedimientos de acuerdo a cada objeto de estudio. Pero la verdad
no es exclusiva de la ciencia. La verdad en el arte se manifiesta a
través de las imágenes artísticas y éstas se corresponden con la
realidad de la vida.
En la estética burguesa, al arte no le corresponde la verdad, sino la
verosimilitud y no pocos escritores y críticos han buscado y logrado, a
través de la libertad que la ficción les permite, contradecir no pocas
veces, a la vida misma; es decir, a la verdad. Estos autores sostienen, a
lo sumo, que existen dos verdades: una para la ciencia y otra para el
arte. La estética materialista, en cambio, rechaza categóricamente dicha
posición y sostiene que la verdad es una sola tanto para la ciencia
como para el arte. En este sentido, el protagonista de la novela de
Feliciano Padilla es el mismo que en verdad existió en la vida y no
entra en contradicción con lo que las ciencias sociales conocen sobre
Ezequiel Urviola. No hay un Ezequiel Urviola para el arte y otro para
las ciencias.
En “Ezequiel: el profeta que incendió la pradera”, Feliciano Padilla
nos entrega una novela cuya lectura, muy recomendable, no cansa. Cada
uno de sus doce capítulos es la porción, no de una composición circular
propia de la convencionalidad a la que recurren otros escritores
presuntamente muy andinos, sino una narración en espiral como las que se
encuentran en las líneas de Nazca, el girar de los fuegos artificiales
de nuestras fiestas patronales o el desenlace vertiginoso con el que
culmina el remate de la música y la danza de los sikuris.
Una categoría estética, insustituible en la imagen estética de
Ezequiel Urviola, creada por Feliciano Padilla, es lo heroico que, como
forma de lo sublime, cualifica las acciones del personaje central
consagradas al ideal de justicia social. El componente biográfico se
desliza entre episodios juveniles carolinos, la presencia del amor, sus
encuentros proletarios y la búsqueda identitaria tolstoyana de un
personaje que no siendo originariamente campesino se identificó con este
grupo sociológico; mucho más por la necesidad de empoderar los
movimientos campesinos con un pensamiento político revolucionario que
por la opción radical de cambiar de vestimenta. Este último cambio tiene
que ver más con lo verosímil que con la verdad.
El encuentro, y las reuniones, entre Urviola y Mariátegui quizás
debieron haber merecido mayor desarrollo en la novela, porque es la
parte de la semblanza del protagonista con la que alcanza el cénit y el
logro de su vida y pensamiento y porque Ezequiel Urviola devino en
referente del campesinado andino para el Amauta.
“Este encuentro fue la más fuerte sorpresa que me reservó el
Perú…Urviola representa la primera chispa de un incendio por venir. Era
el indio revolucionario, el indio socialista. Tuberculoso, jorobado,
sucumbió al cabo de dos años de trabajo infatigable. Hoy no importa ya
que Urviola no exista. Basta que haya existido…” (J. C. Mariátegui)
Felicitaciones reiteradas a Feliciano Padilla Chalco por esa entrega novelada que merece mayor divulgación popular.