Enfermos de racismo
Enfermos de racismo
EL MAL QUE PADECEMOS
Escribe: Jorge Rendón Vásquez
Diario LA
PRIMERA, 5 de febrero 2013, p14 y s.
El racismo o discriminación
racial implica la preferencia de los blancos y blancoides o blancones en el
trabajo, en las instituciones privadas y públicas y en otros aspectos de la
vida social, y la exclusión correlativa de los indios, negros y mestizos,
considerados inferiores por los blancos.
Este racismo presenta dos
manifestaciones: una originaria y otra, de sumisión.
La primera se manifiesta como
discriminación y desprecio impulsados y practicados por gentes de raza blanca y
otras con acusados rasgos faciales correspondientes a esta raza contra los
indios, negros y mestizos. (Por mestizos se comprende al grupo humano
resultante de las uniones de blancos, indios, negros, asiáticos y su
descendencia.) Es el racismo que va de arriba hacia abajo, impuesto activamente
por la diminuta cúspide blanca, poseedora del mayor poder económico de la
sociedad, a través de sus maneras de pensar, actitudes personales y medios de
comunicación social animados por modelos blancos.
Este racismo es asumido por los
mestizos de caracteres blancos (blancoides o blancones) contra otros mestizos
menos claros que ellos, y obviamente también contra los indios y los negros.
Cuanto más se asemeje el rostro de un blancoide al de los blancos su valoración
personal será mayor y su desdén por las personas con rostros de rasgos indios o
negros más acentuado. A raíz de esta discriminación, para muchos mestizos
raciales o culturales la unión matrimonial o convivencial con una persona de
caracteres más blancos que los suyos constituye un avance en su promoción
social. Ciertas mujeres con rasgos blancos aceptan esas asociaciones, intuyendo
que podrían ofrecerles la seguridad y la posición económica más elevada de su
pretendiente. Los hijos comunes irán luego a colegios particulares con un
alumnado preferentemente blanco o blancoide, y, si acceden a la Educación
superior y disponen de los recursos suficientes para el pago de las pensiones,
continuarán en ciertas universidades privadas creadas para recibir a esos
grupos racialmente claros y convertirlos en cuadros de los aparatos empresarial
y estatal.
La segunda se ubica en la
conducta sumisa de los mestizos e indios frente a los blancos y en su actitud
discriminatoria de sus propios congéneres, como una manera normal de vivir en
la sociedad. Manifestaciones de este racismo inverso o de sumisión, que va de
abajo hacia arriba, es la tendencia general en numerosos indios y mestizos a
considerar a los blancos como sujetos superiores a ellos, a creerles más que a
quienes no lo son, a obedecerlos sin reflexionar si los blancos tienen el poder
de mandar y a preferirlos en las múltiples relaciones sociales. Un policía, un
militar, un juez y un fiscal mestizos serán más benévolos o condescendientes
con un blanco o un blancoide que con un indio o un mestizo de rasgos indígenas,
sobre quienes descargarán todo el rigor de la ley y los harán víctimas de sus abusos
más execrables, en tanto que hallarán siempre para aquéllos una causa eximente
de responsabilidad; los blancos y blancoides gozarán para ellos de preeminencia
en el ingreso al trabajo y a ciertas instituciones y en los ascensos; un
guardián mestizo dejará pasar a un blanco o blancoide y hará valer la
prohibición contra un indio o un mestizo; un vendedor, funcionario o empleado
mestizo dejará de atender a un indio o un mestizo más prieto que él para
ocuparse de un blanco o blancoide que llegó después.
Para este racismo de sumisión no
existen el orden de llegada, la igualdad de oportunidades, ni, finalmente, la
igualdad ante la ley. Parece obvio que el racismo originario sería menos
agresivo o de hecho no existiría si el racismo de sumisión fuera erradicado de
la conciencia de los mestizos que lo practican, como se extirpa un hongo
parasitario que solo puede vivir de la savia de la planta a la que se adhiere.
¿Cuál es el origen del racismo
tan metido en la conciencia de nuestro pueblo?
Apareció con la conquista de América por los españoles y portugueses en el siglo XVI. La derrota de los pueblos aborígenes trajo como correlato su esclavización y posterior servidumbre. Para los conquistadores blancos los habitantes de América eran seres inferiores. Cuando hacia 1540, fray Bartolomé de las Casas llevó a España sus denuncias contra el aniquilamiento de las poblaciones aborígenes por los conquistadores, a punta de torturas, asesinatos y explotación ilimitada, el Consejo de Indias le hizo firmar al rey ciertas disposiciones de protección de los indios para impedir su aniquilamiento como fuerza de trabajo, que los conquistadores españoles de América se negaron a cumplir.
Apareció con la conquista de América por los españoles y portugueses en el siglo XVI. La derrota de los pueblos aborígenes trajo como correlato su esclavización y posterior servidumbre. Para los conquistadores blancos los habitantes de América eran seres inferiores. Cuando hacia 1540, fray Bartolomé de las Casas llevó a España sus denuncias contra el aniquilamiento de las poblaciones aborígenes por los conquistadores, a punta de torturas, asesinatos y explotación ilimitada, el Consejo de Indias le hizo firmar al rey ciertas disposiciones de protección de los indios para impedir su aniquilamiento como fuerza de trabajo, que los conquistadores españoles de América se negaron a cumplir.
La réplica ideológica contra la
campaña de Bartolomé de las Casas provino del fraile Ginés de Sepúlveda, quien
enarbolando la tesis de que los habitantes de América eran seres inferiores a
los humanos, sostuvo que no merecían otro trato que la dominación total. En el
famoso debate de Valladolid, en 1550, entre ambos monjes ante una junta de teólogos,
no hubo vencedor ni vencido. Poco después el Consejo de Indias emitió las leyes
de estructuración social de las colonias de América por castas raciales
minuciosamente jerarquizadas. Por ellas, un español peninsular estaba en un
nivel superior que un español nacido en América; los hijos de un español con
una india eran mestizos; los de un español con una negra, mulatos; los hijos de
mestizos entre sí eran mestizos, y así sucesivamente. En último lugar, después
de los negros que solo podían ser esclavos, estaban los indios. Y todos estos
sujetos descendientes de progenitores de razas diferentes y legalmente
excluidos de la Educación, salvo los hijos de los curacas colaboradores del
poder español, debían respeto y sumisión a los blancos peninsulares y americanos.
Durante los tres siglos que duró
la dominación colonial en América tal estratificación racial de la sociedad
modeló la conciencia de los habitantes de América tan fuertemente como la
imposición del feudalismo, de la lengua castellana, de la religión católica y
de los usos y costumbres hispánicos.
La revolución de la
independencia, a comienzos del siglo XIX, si bien anuló las leyes de
estratificación racial, no pudo ni siquiera mellar esa conciencia de
discriminación. Al contrario, la continuación de los blancos nacidos en América
en el poder político, la mantuvo con caracteres más pronunciados. El racismo,
ingrediente consustancial de la explotación del indio, del negro y del mestizo,
siguió irradiándose desde los centros de dominación blancos en la ciudad y en
el campo. Las autoridades judiciales, policiales y eclesiásticas a su servicio
se desplegaban contra los indios, negros y mestizos con más ensañamiento y
rabia que los mismos gamonales. Y así continuamos viviendo.
No se libran del racismo ni siquiera
ciertos profesionales e intelectuales descendientes de familias blancas o
blancoides, simpatizantes de alguna tendencia de izquierda. Lo exhalan y
transpiran en sus actitudes y actividades profesionales, políticas y
literarias, y, si gozan del poder de decidir, prefieren a los blancos y
blancoides frente a los mestizos e indios; y si, por ejemplo, acceden a la
conducción de alguna revista, periódico o institución se desvivirán por
destacar los íconos blancos, dejando de lado a otros con mayores méritos, pero
considerados por ellos de razas inferiores, para halagar a algún jefe blanco.
La discriminación en las
empresas es más abominable todavía. Las hay que solo reciben para sus puestos
de dirección, de oficina y de trato con el público a hombres y mujeres blancos
y blancoides. Las leyes contra la discriminación laboral carecen de vigencia en
esos ámbitos que gozan en la práctica de extraterritorialidad.
¿Qué hacer para eliminar el
racismo?
Se requiere completar el elenco de normas contra él, pero más que eso, es imprescindible un cambio en el comportamiento de las mayorías sociales mestizas e indias, que equivaldría a una revolución en su conciencia. Si aún no lo saben, estas mayorías mestizas e indias deben aprender a reaccionar contra la discriminación, especialmente en el acceso a los empleos estatales y privados y a los bienes y servicios a los cuales tengan derecho, y a contestar el menoscabo y el insulto racial. Este cambio podría ser promovido a través de la educación en todos sus niveles, y, si esta fuera incapaz de cumplir esa tarea por hallarse manipulada por la cúpula gobernante y por grupos interesados en mantener el racismo, por la acción de los partidos, movimientos sociales y personas que asuman la misión de sanear la conciencia colectiva e individual de ese trauma heredado para arribar a un espíritu nacional más diáfano y homogéneo.
Se requiere completar el elenco de normas contra él, pero más que eso, es imprescindible un cambio en el comportamiento de las mayorías sociales mestizas e indias, que equivaldría a una revolución en su conciencia. Si aún no lo saben, estas mayorías mestizas e indias deben aprender a reaccionar contra la discriminación, especialmente en el acceso a los empleos estatales y privados y a los bienes y servicios a los cuales tengan derecho, y a contestar el menoscabo y el insulto racial. Este cambio podría ser promovido a través de la educación en todos sus niveles, y, si esta fuera incapaz de cumplir esa tarea por hallarse manipulada por la cúpula gobernante y por grupos interesados en mantener el racismo, por la acción de los partidos, movimientos sociales y personas que asuman la misión de sanear la conciencia colectiva e individual de ese trauma heredado para arribar a un espíritu nacional más diáfano y homogéneo.
Los movimientos y partidos
políticos llamados a sí mismos de izquierda deberían ser descalificados por las
mayorías sociales si en sus programas no inscribieran en primer lugar la
erradicación del racismo y si no practicasen una conducta compatible con este
propósito.
En 1972, varios funcionarios del
gobierno de Velasco Alvarado convencimos a los coroneles del COAP sobre la
necesidad de dar una ley que destinase el 50% de la programación de las
televisoras y radios a las manifestaciones culturales nacionales, sobre todo la
música folclórica y criolla. Algunos intelectuales de derecha se escandalizaron
ante lo que calificaron como una osadía inadmisible, pero carecieron en
absoluto de eco. No era ese un gobierno apto para aceptar su influencia; y esa
ley se dio y se cumplió. Fue a su modo uno de los primeros ataques contra la
discriminación racial en el Perú, con el mismo espíritu que la ley de Reforma
Agraria, dirigida a acabar con la herencia feudal de los conquistadores
blancos.